¿A qué estoy esperando? ¿Para liberarme? ¿Para librarme de ti? ¿Para saber lo que es otra vida? ¿Sin ataduras? ¿Sin apegos? ¿Sin preguntas?
(Fotografía de Jesús Fernández de Zayas © archimaldito) 





Un trono del sacrificio. Un beso al incauto, al infeliz mal hallado, al iluminado apagado. Millones de lágrimas por las sombras danzantes. Mil puños en alto por los labios sangrantes, tan ávidos de vidas ajenas, tan temerosos de las vidas propias. Así te maldigo. Así te maldigo, malaventurado. Para que me cures de tus infamias. Para que añores tus pensamientos que son penumbras. Para que tus dientes, tus uñas, tus garras y tus rodillas sangren con la nueva sangre que te contamina. La mía. La de muchos. La de tantos. La que teñirá con su color el mundo grisáceo que alumbraste con una vela mal apagada. Te maldigo bien lo digo. Te maldigo mientras tanto.
Sea pues la luz. Luzca pues la valentía de la verdad nunca hallada y por ello más buscada. Seas.

Otra vez ante la hoja en blanco que necesita mi llanto.
Otra vez ante la lámpara de los años.
Otra vez ante la incertidumbre de tus daños, la hermosura de tus ojos, que me corrompen.
Y la liberación de las migrañas que me dan vida donde no la hay, que me dan sueños que son mis sueños.
Ya no podremos bailar con la música de las palabras no dichas, pero sí escritas.
Palabras hirientes, mis suaves serpientes, mis suaves sirvientes.
Y es cuando decido que vuelvo a ser escritor.
Otra vez ante la hoja en blanco que necesita de mi llanto.

No conseguía escuchar el tic tac del reloj. Algo lógico cuando se daba cuenta de que era un reloj digital el que pesaba en su muñeca izquierda. Y refunfuñaba. Echaba de menos dar cuerda por la noche al reloj que había heredado de su abuelo, que en paz descansara.
No conseguía encontrar, discernir, ningún olor en la casa. Totalmente inodora. Y refunfuñaba. Echaba de menos el pestazo de los callos que cocinaba la abuela. Y echaba de menos las reuniones familiares en torno a la mesa, para comérselos.
No escuchaba maullidos ni ladridos ni alboroto de niños, como antaño. Y echaba de menos las correrías con sus primos, y los mordiscos del pequeñajo Petronio. Y la risa le sobrevenía con la ocurrencia del nombrecito para el perro del Tío José. Pero ahora todo era silencio. Sepulcral. Y refunfuñaba para escuchar sus propios bufidos de desdicha.
Y con cada paso crujían los listones de madera bajo sus pies, con miedo a que alguno se quebrara y cayera todo su orondo peso al vacío del primer piso, clausurado por la plaga de carcoma.
Refunfuñaba, refunfuñaba y refunfuñaba. Hasta que decidió calmarse porque dedujo que con la mala sangre no perjudicaba a nadie salvo a él mismo.
Y aún no sabía qué hacía recorriendo las habitaciones de la casa de su infancia.
Y aún no sabía qué hacía martirizándose pensando en esa vida que nunca volvería.
Y aún no sabía qué mal había hecho para merecer ese castigo. Ese castigo eterno.

Atravesaba un mal momento. Y éste se quebró y la dejó caer en un oscuro abismo. Y cuando tocó fondo, se deshizo en mil pedazos. Imposibles de reconocer. Imposibles de recomponer.

Me duele tragar.
Me duele tragar porque tengo un nudo en la garganta. Y tengo un nudo en la garganta porque te añoro hasta dolerme el corazón. Y ese dolor me sube por el pecho, oprimiéndome el esternón con un peso enorme.
Y la saliva se acumula en mi boca, porque la embalso para no tragar. Y cuando las sienes me palpitan, me rindo y dejo pasar la corriente por el esófago porque creo que prefiero ese dolor al del estallido de la cabeza, y no por terror al sufrimiento en sí sino porque la jaqueca me lobotomiza, me deja inerte, in albis, estúpido y vegetal. Y si estoy en ese estado no puedo pensar, y si no pienso, no me llegan los recuerdos sobre ti.
Prefiero concentrarme en la respiración, porque cuando se cumple el ciclo de diez inhalaciones, trago. Y me duele. Y me deleito en el dolor. Para volver a empezar.
Y las emociones pasadas vuelven: Las que viví contigo. Las que me dieron felicidad. Las que me causaron penas profundas. Porque ambas, desde sus extremos, me dieron vida. Esa vida que ahora no tengo. Y ambas me empapan los ojos. Y me hacen moquear. Lo que complica todo, pues boqueo hasta toser. Y al toser armo tal escándalo que todos me miran. Los que me rodean y más allá. Algo que me despreocupa. Porque me duele tragar.
Y aunque no quiera pensar en ti, para evitarme todo este engorro, caigo en la cuenta de que adoro pensar en ti, recrearme en los recuerdos, antes de que se me olviden, o de que ellos me olviden. Porque sé que nunca, que jamás volverás. Porque es imposible.
Y es entonces cuando la verdad invade mi raciocinio. Y sé que no es que me duela tragar.
Es que me duele vivir.


Perdido. Buscado. Encontrado. Deseado y adquirido. Acumulado y guardado. Pero con la mente reblandecida por la inconsciencia y por el absurdo del egoísmo. Por el mal hacer de tus circunstancias. Esas que se convierten en tus excusas para volver a perder más oportunidades. Que volverás a buscar. En un ciclo incontrolable y eterno. Tan eterno como tú.

Dejó caer la copa. Y con los trozos esparcidos en la mesa hizo un montoncito. Después apretó las palmas de las manos sobre las aristas cortantes. Se quedó observando cómo el color rojo manchaba la multitud de transparencias. Y en vez de quejarse por el dolor autoinfligido, sonrió, presionando más aún.
No había decidido cuándo dejaría de hacerlo. Se recreaba con su masoquismo. Se sentía mejor. Era un efecto físico sabido y buscado. Relajándose poco a poco.
Esperando que apareciera ella de un momento a otro. Imaginándose su alarma, su descontento y su ansiedad. Recreándose con la probable propuesta de una prórroga concedida. Mientras que durara la lástima había esperanza. Y para cuando ésta empezara a caducar tenía reservados un plan B, y uno C y todos los que se prolongaran con el abecedario.
Daba igual. Lo que importaba era no dejarla escapar. La amaba demasiado.
