Vas a ver

Vas a ver cómo sé sortear las inclemencias de la vida. Vas a ver cómo sé resistir, una vez y otra, los golpes desafortunados del destino. Vas a ver cómo siempre me levanto de mis cien y mil caídas. Vas a ver cómo sé tener paciencia y cómo convierto ésta en un recurso inagotable ante las malas caras, los malos rumores y el tenaz desasosiego. Vas a ver tanta tranquilidad que no te pareceré humano. Tanta templanza que dudarás de si corre sangre por mis venas. De si tengo demasiada fe en la Humanidad, incrementando mi ingenuidad, incólume desde la infancia. De si estoy ciego ante la realidad, la cruda realidad que nos rodea. Y dudarás de mi inconsciencia, porque creerás que se alimenta de una frialdad sospechosa, que la farsa que me he construido se deshará como un castillo de naipes. Y errarás, amigo mío, errarás en todos los casos. Porque la vida es bella allá de donde vine, en el confín de los tiempos. Y todos los que allí habitamos nos capacitamos en sembrar la discordancia en el presente, tan necesario de Amor, tan necesario de fe en el prójimo. No dudes pues y repara tu error claudicando ante tu ignorancia y enmendándote emergiendo en la nueva sabiduría, que solo tiene una enseñanza: La Felicidad eterna.

 

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Indomablindómita

Era más joven que viejo. Más listo que tonto. Más superviviente que conformista. Casi un héroe. Casi un extraño espíritu libre. Enfrentado de continuo a la osadía de su desdicha incipiente. En el borde de la ilusión. En la frontera de la cobardía, cayendo mal a casi todos, por ser mendigo de sus faltas. Por ser un pecador continuo en la trastienda de lo inasumible. En el teatro de la infamia, donde se mezclan los personajes inapreciables con los imprescindibles. Así, tan hecho a vivir a saltos y a sobresaltos. Tan perdido como todos. Pero con tanto contraste vital que se atribuía una ligereza tan exclusiva como rara en los tiempos corrientes: La felicidad. La indómita felicidad.

 

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Restitución

Los paseos dejaron de ser relajantes. Miraba siempre hacia atrás, porque en la senda de grava escuchaba sus pisadas, que me herían por su inoportunidad. Pero no había nunca nadie a quien acusar. Solo mi paranoia. Y el demente jamás confiesa su locura. Ahora lo hago, porque me curaste, pero antes estaba demasiado imbuido en la idea de mi genialidad autodestructiva.

Un día, en una calurosa mañana de invierno, mi sistema asociativo se derrumbó.

Falsas recurrencias magicolúdicas de mi atormentado complejo de inferioridad para el que ser el centro del Universo se concretaba en que alguien se fijara en mí, que fuera yo el núcleo de sus obsesiones amatorias o de potestad sobre los demás.

Estar solo y creer que miles de pares de ojos te observan para juzgar lo que haces. Cualquier sonido era sospechoso. Y al fin, un charco en el que te miras y junto a tu testa, la de tu musa. Un respiro de reacción y, girando la cabeza, sin nadie al lado. Pero, en esa ocasión, la sensación de verme acompañado fue hiperreal porque sentí su aliento.

Creí que alguien se estaba burlando de mí, por lo que pudiera haber sabido a través de mi propio contar anecdotario. Anduve con zancadas más largas y a mayor velocidad, para que la fantasma se despegara y se quedara tirada en alguna cuneta de mi itinerario.

Y el calor me empezó a estrangular. El de la fricción continua de la soledad se había apagado con el batir del corazón nervioso, acelerado por los últimos acontecimientos: No creía que pudiera ser quien yo creía. Habían pasado demasiados años, y los rostros cambian.

Quizás, pero no las miradas. Pueden ser alegres, iracundas, o afectadas por algún mal de ánimo, mas las que te rasgan con su profundidad se mantienen, aun con aquellos disfraces, imperturbables.

¡Basta! Ella no existía. Aunque aquella noche soñaría con ella y con su sonrisa, inaugurando mi mortificación.

 

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Orgasmo

 

Y, sin embargo, se adueñó de mi alma, pues ahora, cuando la busco no la hallo, y deduzco que debió de ser ella la que la arrebató de mi cuerpo, cuando lo encumbró a lo más alto del placer físico.

Y es que ahora la hecho en falta, cuando quiero llegar a lo más alto del placer espiritual.

 

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En busca

 

Fui a buscar la luz y encontré la oscuridad. Y en la oscuridad alguien encendió una antorcha de esperanza. Y los que rodeaban al infame quisieron que no se provocaran sombras. Porque esas sombras los delataban. Y el que portaba la antorcha explicó que si encendían más antorchas las sombras desaparecerían. Dudaron entre silenciar al mutante o unirse a él.
Y un sol estalló.
Y encontré lo que había estado buscando. Y me fui, con mi antorcha, a otros lugares de penumbra. Yendo a buscar más luz.

 

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Ocasionalmente

 

En una ocasión, cuando creí dormir, estaba muriendo.

En otra ocasión, cuando creí correr, estaba huyendo.

En una tercera, cuando creí llorar, estaba sabiendo.

En todas, cuando deduje que era yo quien erraba, decidí meditar, parar mi tiempo, para preguntar a la vida si podía quedarme, si podía luchar por ser eterno.

Y obtuve, por respuesta, solo silencio, silencio solo.

Pues era yo, en esa soledad, quien estaba quieto. Sin soñar, sin correr, sin saber.

Solo yo, en el vacío de mi plenitud.

Solo yo, en el hartazgo de mi esencia.

Con una única conciencia.

Inconsciente de mi dicha. Inconsciente de mi lucha. Inconsciente de la verdad, que se asemeja al infinito. Que se acerca al pasado, presente y futuro, armonizados en el grito intenso, concentrado en una ilusión: Ser vacío, ser forma, ser todo, ser nada.

No ser, para ser. Ser, para no ser.

 

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Falso fulgor

Fui directamente a mi mesa escritorio y entresaqué de mis papeles un cuento que había escrito meses atrás. Aún no le había puesto título. La verdad es que me había resultado imposible encontrar una palabra que resumiera todo el contenido del manuscrito. Pero tras la visión de mí mismo envilecido por la mecanicidad robótica de mis musas anteriores, concentré todos mis esfuerzos en inaugurar mi nueva ambición vital con la búsqueda de un nombre para mi redescubierta historia.

“Falso Sol” se transformaría en el orientador de mi rumbo literario. Desde aquél se desplegaban todas mis ilusiones, todos mis anhelos, y cada uno de mis sinsabores.

El cuento se fue transformando en una novela donde la narrativa dejó paso al aguijón de la pericia en la utilización del lenguaje, al buen oficio de hilvanar diferentes historias en una sola que condujera a los potenciales lectores al placer de la inmersión en otras pieles, con otros ojos, sobre diferentes suelos.

Al parecer, desde mi perspectiva actual, creo que no me entregué lo suficiente en la seducción de palabras envolventes, sino que fui directamente al meollo de la historia, para abrirme de par en par ante los pretendidos anhelos de las mentes, acompañadas de sus respectivos sentimientos, que pudieran integrarse en mi proyecto de búsqueda del propio conocimiento.

“Falso Sol” intentaba narrar, repito, desde mi rocambolesca concepción de la vida, la historia de un ser humano abatido por las circunstancias de esa vida y por los efectos que sus acciones desarrollaban en la de los demás. En cierto sentido, mi cuento-novela-confesión de un desconocido era un círculo vicioso, una cadena interminable de casualidades con el mundo real.

Nunca pensé que “Falso Sol” llegara alguna vez a ser publicado. Pero debía cumplirse esa suerte de oferta-demanda espiritual y anímica y tuve que plegarme ante la exteriorización de mi creación y la preparación ante el shock de la comprensión o aborrecimiento de los demás.

Mis expectativas fueron superadas con creces. Recibí elogios y rechazos a partes iguales. Incondicionales de mi estilo y exabruptos directos con referencias a mis objetivos literarios. De todo un poco, aquí y allá. Aunque poca gente entendió el mensaje auténtico que tuve en mente transmitir cuando rematé los últimos capítulos, plenamente parabólicos.

Mi editor estaba pletórico. Un trabajo de novel no se había destacado tanto como el mío, y aunque nunca fue un superventas, se distribuyeron un par de ediciones. Esto le animó a seguir creyendo en mi capacidad literaria por algún tiempo.

Compartía yo con él parte del no poder creérmelo, al principio. Inmerso, como siempre, en el mar de dudas, acabé por plegarme a la realidad de que era leído con esperanzas varias, y aquellos lectores me daban, con su anonimato, nuevas fuerzas para seguir intentando el resurgir de mi propio existir, recién estrenado. Mas cometí un error, imperdonable confianza en lo desapercibido de la amalgama de mis miserias: Fue un error pensar que los lectores no serían cómplices de mis experiencias, y no llegué nunca a sospechar que hubiera alguien que pudiera sentirse totalmente absorbido por la historia, pero he aquí que alguien se sintió identificado con ella, con la mía propia, sin él saberlo.

Los sueños pueden ser avisos. Pronósticos de lo inimaginable. Pero, más que eso, pueden ser reflejos de lo extrañado, de lo reciclado por nuestras neuronas, de lo rozado por la realidad de la vigilia. Y quizás en algún instante, sin estar persuadido, había dejado que mis córneas fueran atravesadas por la luz reflejada por la imagen de lo inverosímil, y aquello se quedó grabado en mi subconsciente. Y en los sueños nocturnos, los que antaño me permitían la evasión de lo inaceptable, afloró el elemento de la pesadilla. Y los espejos cortantes me devolvían mi recuerdo sangrante, y con él convivo desde su vuelta.

Soñé con Vladis, y con Vladis llegó la angustia del perseguido.

Yo, víctima de mi propia monstruosidad.

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