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Genio
Genio. Tránsito y esperanza. Lúgubres sentimientos de insatisfacción. Patetismo integral de una memoria caduca. Irreprochable tentación de lo absurdo. Lujuria vana de una rabia eterna. Vasta bestia marchita marchando hacia la total disgregación, hacia la total desaparición de la esperanza en un remedio para la cordura. Prefiriendo estar loco que lúcido. Prefiriendo morir que vivir en la nada. Deseando. Buscando antes que encontrando. Para perderse siempre. Genio.
Es hora de echar a andar de nuevo.

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¿Quién decide? (Por Monami y Archimaldito)
No encontraba su libro y se estaba desesperando.
Buscaba y buscaba, pero no aparecía. Tenía la sensación de que alguien o algo se lo había escondido. Ese libro era muy importante para él. Se lo habían regalado cuando estaba vivo. Cuando su memoria intacta lograba que los detalles permanecieran vívidos, saboreados cada segundo, con cada latido de su corazón. Cuando aún era un libro en blanco donde apuntaba, día a día, cada detalle de su vida, antes de que estos se le olvidaran.
Porque sabía que un fallo genético en su estirpe dejaría, poco a poco, su memoria en blanco. Porque sabía que la degeneración biológica iría de la mano con su disgregación mental, hasta la desaparición absoluta de su cuerpo.
Y ahora, ya sin él, se preguntaba: ¿Quién decide lo que es bello? A veces yo he cerrado también así los ojos.

H.H.
Seáis quienes seáis no me merezco vuestra discordia y menos aún vuestra falta absoluta de respeto.
Por mucha nave nodriza que traigáis para impresionarnos, por mucha abducción que utilicéis para atemorizarnos, por mucha invasión que sugiráis para amenazarnos, no creo merecer la injusticia de vuestra indiferente barbarie.
Firmado: Humanidad. Harta Humanidad.

Melocotón
Por fin ha claudicado ante mis miradas más que insinuantes. A mis movimientos de manos hipnotizadores. A mis vahos perfumados dirigidos a su pituitaria perfecta. A mis roces de melocotón electrizante. A mis lubricados labios por los que resbalará su lengua exploradora. A mis microarañazos que microsurcaron su piel de porcelana. A mis susurros doblegadores de voluntades férreas.
Por fin ha accedido a mis súplicas nada humilladoras de enlazarme eternamente con ella.
Y ahora sí, por fin, tengo que aguaparme. Y aguaparla con mis ensoñaciones de enamorada. Y absorberla con mi mano para irnos juntas hacia el éxtasis. Y vivir lentamente en ella. Vaciándonos de temores. Liberándonos del peso de nuestras mentes. Abrazándonos en la poca sombra que da la luz cegadora de algo que se parece al Amor. Sin sus concesiones superfluas. Siendo así dos en una.
O una en dos.

Emocionante
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Resquemor
El resquemor del amor. El pavor del desamor. La barbarie de la injusticia, la de la distancia ni buscada ni compartida. La que hiere de veras. La que se puede solucionar con una mirada cómplice nunca encontrada. Y los latidos desbocados que se van apagando con los silencios cada vez más eternos.

De ida
A la vuelta, él.
Él y su yo eterno.
Él y su signo impronunciable.
Él y su rostro inacabado.
Él y sus manos gigantescas.
Él y su ritmo pausado.
Él y su sangre transparente.
Él y su cuerpo intangible.
Él y su verbo.
Él y su mirada apacible.
Él, siempre él, y yo.

Penoso
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(Fotografía: Jesús Fdez. de Zayas © «Archimaldito»)