Genio

Genio. Tránsito y esperanza. Lúgubres sentimientos de insatisfacción. Patetismo integral de una memoria caduca. Irreprochable tentación de lo absurdo. Lujuria vana de una rabia eterna. Vasta bestia marchita marchando hacia la total disgregación, hacia la total desaparición de la esperanza en un remedio para la cordura. Prefiriendo estar loco que lúcido. Prefiriendo morir que vivir en la nada. Deseando. Buscando antes que encontrando. Para perderse siempre. Genio.
Es hora de echar a andar de nuevo.

 

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Tránsito

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 ANTES

Había intuido claramente que algo iba a suceder. Se lo había profetizado a sí mismo. Entendía que todos los avisos extraños que habían asaltado de continuo su mente en este último período crítico de su vida, eran la antesala del fin total. Por eso, algo le decía que tenía que prepararse para lo que fuera a acontecer.

Hoy, cuando despidió al robot de servicios básicos personales, se dijo que iba a morir.

Era aún temprano para acostarse, pero la desesperanza de un nuevo día justificaba que no esperara a agotar las últimas horas del que estaba en curso todavía. Opacó los ventanales de su dormitorio y esperó.

La inferencia de que alguna señal derivaría en el cambio de estado espiritual, le tenía alerta.

Inspiró, espiró, inspiró, espiró. Se obsesionó por última vez con la respiración.

Volvió a quedar fascinado con la visualización de su yo interno. Obvió que el siguiente paso le llevaría a la emersión de su espíritu.

Cuando estaba ya dispuesto para integrarse en el vacío, y dejar su cuerpo adjudicado por entero al mundo material, sufrió el habitual shock del alma escapada.

Instantáneamente visualizó una potente luminiscencia que abarcaba todo su cuerpo etérico.

Cada vez ingresaba menos sangre a su músculo esencial y, por lo tanto, el riego sanguíneo disminuía en su masa encefálica.

Sus pulmones seguían bombeando y asumiendo aire. Al fondo, muy al final de sus percepciones, escuchó el ritmo de la vida. La sensación de ser anaeróbico fue fijándose en su pensamiento.

El corazón colapsó. Sin embargo, su mente seguía despierta y atenta.

Ya veía su cuerpo allá abajo. Veía que la coraza que le había albergado no era ningún anclaje de su espíritu.

Disociado.

Concentrándose en la luz, la veía acercarse por rededor suyo y abrazarle. Viéndose envuelto por ella, se dio cuenta que aquella fuerza no era algo extraño. La luz era él y él era la luz. Era todo y nada. O por lo menos sus sensaciones le ligaban a ambos estados.

Los ojos cerrados. Los labios distendidos. La faz serena.

Al día siguiente entraron en sus dependencias, sin permiso: Su médico personal, un médico forense, un cotejador de mapas genéticos y su… viuda.

Acercaron el captador de anomalías a la sien derecha de aquella cabeza durmiente. Ante el veredicto, se repitió la prueba con el hemisferio izquierdo.

-Señora, creo que ha muerto exactamente hace cinco horas y treinta y ocho minutos.

-¿Llegaron a terminar su trabajo los genéticos?- se preocupó el que había sido más su amigo que su doctor de cabecera.

-De cierto, señor.

-Entonces, que actúen inmediatamente. Les doy el plazo de un año. Ni más ni menos. Así lo dejó estipulado mi paciente. Creo que ya podemos comenzar con el tránsito. La aceleración en el desarrollo del nuevo individuo nos hará tener entre nosotros a Janos antes de lo que imaginas, querida Sandra.

El llanto de la desconsolada interrumpió cualquier debate técnico que pudiera estar fraguando en la cabeza de los eruditos. Dos robots se encargaron del traslado del cadáver, con la escolta de los presentes que respetaron la soledad de la mujer, ahogada en los recuerdos, asaltada por la alegría infinita del vaticinio de un amor recuperable.

 DURANTE

Los genéticos laboraron con precisión insultante en el cuerpo del finado. Lo más íntimo de aquél había sido desconsagrado por el bien de un objetivo fútil. El más mínimo detalle de las coordenadas genéticas que estaban implantadas en los cromosomas que habían diferenciado a aquel ser humano de los demás, había sido estampado en un meticuloso mapa genético que serviría para clonar célula a célula un edificio orgánico que en toda su extensión sería la copia del genuino Janos Hanussenn.

-Doctor Vingenstein, es sorprendente. Aún no consigo asimilar cómo puede mantenerse incorrupto el cuerpo. No hemos visto necesario mantener su conservación criogénica en ningún momento- dijo el doctor Miho Nais mientras frotaba una y otra vez sus afinadas manos.

-Yo tampoco lo entiendo. Sin embargo, las órdenes han sido bien estrictas: una vez que hayamos conseguido desarrollar tres clones a partir de la base de datos de la que disponemos, debemos deshacernos del testigo inerte de nuestros manejos- enarcó las cejas casi sin hacer demasiado caso a sus propias palabras.

El edificio que albergaba toda clase de experimentaciones vanguardistas en busca del porqué de la existencia de la vida, se hallaba localizado en las afueras de una populosa ciudad. Como casi todas las arquitecturas de este tipo, la altura se había tornado profundidad.

A treinta metros de la capa humífera, el organismo vacío de Hanussenn era trasladado a la sección de escanerización para ser transparente a los ojos de los que buscaban su momificación. Desde tiempos ancestrales, esta inquietante costumbre había sido desechada por no hallarle sentido tradicional de ninguna clase, ni social ni religioso. Pocas veces se hacían excepciones: El individuo a tratar podía ser requerido para ulteriores intervenciones ante posibles contrariedades en el funcionamiento de sus clones. Se pensaba que más tarde o más temprano el cuerpo se disgregaría.

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   Era el momento. Veía allá abajo su cuerpo, aunque casi no lo distinguía en medio de tanto artilugio.

Él, todo luz, se precipitó sobre aquella materia inerte e incólume. La sensación del estado de suspensión vibratoria cesó, y con el brusco cambio buscó la ensambladura correcta.

En nanosegundos, volvió a sentirse perceptible y percibido. La luz que había sido se desparramó entre las finas membranas acuosas de sus tejidos. Los hematíes volvieron a jugar con el oxígeno, y las neuronas chispeaban en una catarsis de las ramificaciones que conducían los pensamientos. El soplo vital estaba reanimando lo que en los instantes precedentes no fue más que un vacuo caparazón.

Las córneas se dejaban ceñir por la fina capa epidérmica de los párpados y se estaban moviendo anárquicamente, delatando actividad ocular.

De pronto, ambos pulgares se engarfiaron. Dos argollas de titanio enganchaban las muñecas de Janos y estaban insertadas en estrías de acoplamiento magnético, que obligaban a tener los brazos en cruz.

Una sonrisa deformó su reciente rostro estático.

-Tengo muchas cosas que hacer, mucho tiempo que recuperar. ¿Dónde está la salida?- fue lo primero que improvisó nada más renacer.

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DESPUÉS

   Dejando flojas las manos, Nais permitió que ambos brazos se le situaran a ambos lados del tronco, dándole un aspecto de simio, que en otras circunstancias le hubiera ridiculizado. Con la boca entreabierta, como embobado, observaba cómo huía despavorido su fiel colaborador, y asistía impasible al rompimiento de la monocadena y al erguimiento y posterior acercamiento de lo que asimilaba con un zombi. Salió de su letargo cuando tuvo el rostro de Janos frente al suyo.

-Señor Hanussenn, ¡bien… bienvenido!

-¿Cuánto tiempo ha transcurrido?

Desnudo. Desorientado. Con tantas cuestiones que necesitaba aclarar, no se percató que el científico estaba también hambriento de respuestas.

Se asustó ante el primer movimiento de su interlocutor.

-Le traeré una bata. ¿Sabe? Hasta ahora hemos estado esperando una respuesta de alguno de sus clones.

-¿Cómo dice?

Vingenstein reapareció con tres robots de las fuerzas de seguridad del Complejo Fénix.

-¡No se mueva!- la voz átona del jefe de pelotón llamó la atención del emboscado.

-¿Por qué me hacen esto? De veras que únicamente quiero volver a contemplar el azul del cielo.

Se dejó abrigar por la hospitalidad de Miho Nais, tan divergente de la reacción de su colega. Recorrió en panorámica visual el recinto en el que se hallaba amenazado, y halló en ella la revelación que necesitaba.

Aún descalzo, pisó el frío pasillo que se abría en sentido opuesto a la salida, dejando a ambos lados las pizarras holográficas saturadas de datos genomáticos, las mesas de trabajo repletas de microscopios moleculares, de criobandejas de muestreo, de soluciones flotantes en urnas de ingravidez, y armarios y más armarios estancos con sus secretos contenidos que de vez en cuando distraían la atención con los reflejos iridiscentes que escapaban de sus estructuras metálicas.

-¡Señor! Le queremos vivo. No complique las cosas. Dé la vuelta y regrese hacia nosotros. No sufrirá ningún daño.

La respuesta a la provocación no se dejó esperar.

-¡Seréis estúpidos! ¿Creéis que el coma le ha borrado la inteligencia? Sabe lo que sois y las leyes que os rigen. Sabe que no podéis causarle ningún daño psicofísico. ¡Vingenstein! ¡Lléveselos de aquí! ¡Están interrumpiendo la investigación!

Mientras, Janos Hanussenn tenía frente a sí tres cisternas verticales con tres cuerpos adultos en suspensión.

Pegó su nariz a las paredes, pues veía en ellos algo que le resultaba familiar. Recorrió los rasgos faciales de cada uno de los individuos inmersos, ciertos detalles del fenotipo sexual, probables marcas, lunares, cicatrices, que les hicieran únicos, y se llevó la mano a la boca para levantar un dique momentáneo a la corriente de su alarido, cuando cayó en la cuenta de las imposibles coincidencias del trío, y más aún, cuando los caracteres comunes eran uno con los suyos propios.

Se concentró de nuevo en los rostros y todas las dudas se esfumaron con el temor de perder el alma: Que flotara en la nada, mudando el sentido de toda su pasada existencia y de la que estaba dispuesto a inaugurar.

Volvió sobre sus pasos, parpadeando con frenesí, porque no quería creer lo que había visto, porque no podía anular su dignidad de un plumazo. No resultó del todo convincente cuando se atrevió a levantar los ojos fijos en el suelo y los enfrentó a los de Nais.

-¿Por qué este fracaso? Debo entender que, de los cuatro, yo soy el que no debería estar vivo.

-Puede entender que es la excepción que se salta la norma.

-¿Es científica esa norma? Si es así, yo estoy demostrando que es prescindible y que los que quieren eternizar su legado deben desconfiar de la utopía que supone desaprovechar su vida actual para que recuperen el tiempo perdido sus extensiones biológicas. Las mías no han tenido la oportunidad.

Miho Nais reflexionó sobre las palabras del resucitado, que de otra manera no podría ser clasificado, mientras espiaba sus movimientos. Le dejarían ir en paz, regresar  a los brazos de su amada esposa que le haría olvidar el paréntesis sin sentido.

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   Janos Hanussenn no volvería jamás a ser el mismo. Decidió que debía buscar refugio en el anonimato. Que terminaría sus días junto a su mujer, sin intentar llegar a la eternidad. Que su mortalidad era un don que ya pocos tenían y que, por ello, aunque hubiera sido por accidente, debía dar gracias a la Fortuna.

Poco tiempo después, cuando le atacaron las enfermedades inherentes a la vejez, las dejó cumplir. Las enfrentaría con lucidez y con el cariño de todos a los que no les importara verle en tal estado.

Inspiró, espiró, inspiró, espiró. Se obsesionó por última vez con la respiración. Y pensó que de verdad era la última. A su lado, impertérrita, Sandra, rebosantes los labios y los ojos de amor.

Ningún robot que desvirtuara la sencillez del acto. Y su amigo, Miho Nais, polarizando la luz de su último día, acompañando sus últimos deseos, vigilante para que nadie intentara la clonación, pues ya se había encargado de incinerar los tres receptáculos de la anterior tentación.

Y el alma huyó hacia delante, sin tornar su sentido, borrando la última duda de si algo le fue robado, de si algo de ella había estado confinado en alguno de aquellos tres cuerpos en suspensión temporal, de si ahora, en el último viaje hacia el infinito, estaba incompleta.

Disociada. Sólo luz.

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