Carta de Amor

Aranjuez (Mon Amour)

Primer día de Primavera

Del año 2013

 

   Querida mía:

   ¡Qué vergüenza atreverme a empezar así una carta! ¡O qué desvergüenza! Sobre todo sin tener claro aún, desde nuestro encuentro, si soy yo también querido tuyo.

   Perdóname pues si consideras que voy demasiado rápido. Pero, con el corazón en la mano, y en la tinta que dibuja estas palabras, te diré que no me arrepiento de haber comenzado así esta carta porque, de veras, que eres por mí muy querida.

   No me hacen falta más citas contigo para tener claros mis sentimientos. Y es porque te amo por lo que me atrevo a pedirte de nuevo que nos veamos. Para que tú también puedas darte una oportunidad de conocerme más profundamente.

   La primera fue una cita casi a ciegas, pero en las escasas horas en las que disfruté de tu compañía, de tu conversación, de tu visión, esta última hizo que mi entendimiento me quitara el velo que no me dejaba ver cuán bella es la vida si hay personas como tú con quien compartirla.

   Porque te diré ahora, en este papel, y podré decirte más tarde, si me lo permites, de viva voz, que hasta que te conocí, tenía perdidas las esperanzas en tener una vida feliz, una vida plena, ya que mi trabajo me absorbía casi todo de ella. Y la obsesión de conseguir el éxito profesional no me dejaba ver otros aspectos de la única vida que tenemos.

   Puede que me digas que es importante tener ambiciones y, hasta cierto punto, yo apoyaría esa opinión. Pero, ¿qué es una vida llena de éxitos si no tienes a nadie con quien compartirla?

   Tengo casi todo en esta vida, pero me falta algo. Tengo, lo reconozco, muchos amigos, más bien muchos conocidos, y el amor y apoyo de mi familia sé que nunca me faltarán, pero íntimamente estoy solo, con secretos y vivencias que siguen siendo sólo mías, con pensamientos que nacen y mueren en mí, y no quiero que continúe esto así por más tiempo.

   Soy un hombre maduro que creía saber lo que quería, que tenía muy planificado su futuro. Pero, desde que te he conocido, no estoy tan seguro de ello.

   ¿Podría, entonces, verte otra vez? ¿Dejar de ser yo para ser tú y yo?

   Dame la oportunidad de hacerte feliz para ser feliz.

   Muy tuyo, muy sinceramente,

 

                                                           Adalberto Cifuentes

 

 

 

(Carta presentada al XIX Certamen Literario de Cartas de Amor Villa de Mijas 2014)

 

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Armas de mujer

Juana tenía un arma de doble filo con la que doblegar a sus pretendientes masculinos: Su escritura compulsiva y su lectura fagocitadora.

Con la primera seleccionaba, al instante, al candidato a formar parte de su vida, cribando, con su vehemencia, la larga lista de hombres que intentaban embaucarla con sus logros profesionales y económicos.

Nada más citarse con su macho, que elegía película y restaurante, le extendía, a modo de presentación, su cuaderno de relatos. Si aquel ponía caras extrañas o cualquier reparo para ni siquiera abrirlo, se despedía con un beso en la mejilla y lo dejaba, nunca mejor dicho, con la palabra en la boca. Si, por el contrario, se veía entusiasmado y encantado de tener el privilegio de leerla, pasaba la noche con él y prometía más citas.

Con la segunda, ponía a prueba el amor, pues en cuanto se fraguaba la convivencia, se espaciaban las salidas, se ralentizaban los divertimentos y, en las horas domiciliarias en común, se intercambiaban los supuestos roles tradicionales y machistas, haciéndose él cargo de la casa, y ella, odiadora sempiterna del televisor, se atragantaba con las miles de palabras que poblaban su amada biblioteca, humilde paraíso donde, sentada, pasaba hora tras hora hasta el encuentro físico necesario para mantener la relación.

Por eso, Juana seguía con la cabeza bien compuesta pero sin un novio que la aguantara como para llevarla al altar.

Pero Juana se contentaba ella misma, autoconvenciéndose cuando le preguntaban por su soltería, con que tenía cientos de amores, tantos como ejemplares de papel, que la esperaban, extasiados, en sus estanterías, rebosantes de historias con las que le harían eternamente el amor.

 

(Relato presentado al I Concurso de Micro Relatos del Ayuntamiento de Arroyo de la Encomienda «Las mujeres leen mucho»)

 

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Rédito

 El director del banco me quiso acompañar personalmente a la salida, después de que uno de sus subalternos se negara a atenderme cuando solicité cerrar mi cuenta y que me devolvieran todos mis ahorros.

   Siempre acababa igual. Me iba cabizbaja después de que me aconsejara que lo pensara bien, que lo consultara con la almohada.

   Y siempre acababa aguantando su mirada de superioridad, cuando era él el que, supuestamente, estaba trabajando para mí y para mi dinero.

   Y otra vez volvió a hacerlo. Se rió en mi cara sin cortarse un pelo, esperando que algo dentro de mí despertara, que la sangre me hirviera y explotara en una reacción en cadena.

   Y acercando su rostro a mi cabello susurró, para que nadie más escuchara:

   -Hazme una transferencia de tu corazón y te beneficiarás con los intereses de mi cuenta amorosa.

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Divorcio

 

Pronto me iré de aquí. Y hasta que ese momento llegue, recordaré con añoranza los momentos que pasé contigo, inmerso en una placidez absoluta, cuando las horas de hastío aún no habían contaminado nuestra convivencia.

 

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Vida y muerte

   … Aquel calor que me envolvía me sería extraño diez segundos después, cuando la luz diera paso al reto del comienzo de mi vida. Intenté concentrar mis escasos sentidos en la oscuridad que me impregnaba porque tenía la certeza de que jamás volvería a disfrutar como lo había hecho en aquellos nueve meses.

   De pronto, unas manos tocaron mi cara y tiraron de mi cabeza como si quisieran separármela del resto del cuerpo, y cuando estaba dispuesto a chillar por el dolor, me di cuenta de que no salía ningún sonido de mi garganta, aunque de todos modos no hubiera servido de nada porque aquellas manos se deslizaron rápidamente hacia mi tronco y continuaron estrujándome, pero esta vez sin hacerme demasiado daño, porque era como si todo yo me estuviera deshaciendo de una segunda piel que me ciñera con su líquido viscoso.

   Y la calidez, que suponía eterna, dio paso al frío desalentador del aire aséptico que me circundaba. Durante milisegundos odié aquella sensación de caída al vacío, pero la piel rugosa de unos guantes me despertaron a la realidad, cuando una de las manos que envolvían chocó, en un estallido, contra mis nalgas. Y la rabia contenida en mí salió por mi garganta. Y el crujido de mis cuerdas vocales la transformó en un alarido quejumbroso.

   Ella nunca lo sabrá, pero logré verle los ojos, aquellos maravillosos ojos azules que se fueron acercando a mí con una sonrisa. Y al momento, de nuevo el calor. Y recuperé lo que me habían quitado. Mi madre me susurró algo a lo que nunca he logrado dar significado, pero cuya armoniosa entonación degusté como parte de su amor. En aquel mismo instante pasé de ser lo más importante en la vida de una persona a ser la provocación del último suspiro de la misma. Mi madre murió con una sonrisa dibujada en su rostro. Una sonrisa que me haría preguntarme años después si había deseado la muerte o se sentía dichosa de haber muerto dejando un testigo de su existencia. Lo que yo sé es que preferiría que ella siguiera conmigo compartiendo mis triunfos…

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Inconmensurablemente

   Atormentado con la miseria humana, trato de encontrar una salida a las ilusiones que me he hecho sobre el modo de ayudar a los demás a afrontar sus, para ellos, irresolubles problemas. Confiando en mi voluntad para que me guíe a través de la incomprensión de los receptores de mis esfuerzos. No cejo ni cejaré en el intento. Siempre hay alguien que se da cuenta, a tiempo, de que existe esperanza para vivir a pleno rendimiento de acuerdo con uno mismo.

   Recuerdo que hubo un tiempo en que me atormentaba pensando en que mi vida seguía pautas mecánicas de supervivencia y que nada llenaría el vacío que en ella se había formado. Estar muerto o vivo debía de ser lo mismo. A punto estuve, en varias ocasiones, de probar esta hipótesis. Pero algo me decía que debía seguir luchando conmigo mismo para buscar los frutos de mi experimentación con el ejercicio del Amor.

   No sé cómo fue que, a punto de concluir el mundo, y yo con él, me pregunté por qué, entonces, estaba vivo ¿Para nada? ¿Vendré de la nada para acabar en la nada? Un sinsentido, sin duda. ¡Qué vano esfuerzo sería crear algo para no ser disfrutado!

   Decido, pues, que todo tiene un sentido, y que algo o alguien produjo ese sentido. Ya tengo un objetivo: Buscarlos a ambos. Pero no contento con ello, quiero que los demás hagan lo mismo. Es delicioso, inconmensurablemente magnífico, irse encontrando a uno mismo. Cuanto más me doy cuenta de quién soy, por qué soy y para qué soy, más ganas tengo de comprender a los demás, a los que recorren el mismo camino que yo, y a los que no, para que empiecen a recorrerlo.

   ¿Y después qué? Cuando me haya conocido totalmente, qué debo hacer. Y la respuesta es siempre la misma: Nunca llegaré a conocerme de verdad, porque el mismo hecho de estar haciéndolo me hace ir subiendo escalones de mi evolución interna, escalones que separan pisos distintos, que son también desconocidos para  mí, y así siempre, y así siempre. Y después, de vuelta a encontrar al prójimo.

   En verdad que es inconmensurablemente magnífico vivir. En verdad que es inconmensurablemente magnífico amar.

   Y ahora, que me conoces bastante bien, empezaré a mostrarte la Luz, una de tantas que es proyectada por uno de tantos focos de luz en el infinito espacio de la inmensidad…

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El empuje (Reflexión personal)

Estos días estoy autoconvenciéndome de que todo en mi vida va a salir bien, porque harto ya de sobrevivir cada segundo de la misma, quiero vivir. Hoy mismo me ha dicho la persona que más quiero en el mundo que me fuera a un espejo y reconociera, mirándome a los ojos, que soy una persona negativa. Y yo, luchando continuamente para ser positivo y mostrarme a los demás como positivo, no he ido al espejo y me he dicho que es hora de vivir, vivir porque la vida merece ser vivida. Y eso lo confieso porque, aunque a veces casi me convenzo de que la vida no es fácil, ni la supervivencia es fácil, nosotros tenemos el poder de liberarnos del ancla que nos la hace difícil. ¿Por qué no intentarlo? Quiero ser uno de los privilegiados que vive la vida, no que la sobrevive. Poco a poco… o mucho a mucho.

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Autofoto en Copacabana (Bolivia), 29 marzo 1994