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Peón blanco peón negro
Revolvía, una y otra vez, las piezas de ajedrez al lado derecho del tablero, junto con los trozos del dulce que caían de mi boca.
Visualizaba la composición del juego, que se demoraría hasta que apareciera mi contrincante.
Mezclaba las jerarquías y los dos colores con los dedos juguetones y, con la otra mano, aplastaba mantecado tras mantecado para ser engullido mejor. Pero la punta del bocado chocaba con mis dientes y volvían a caer escombros desde las alturas de mi boca hasta la superficie pulimentada de la mesa a cuadros blancos y negros.
Y cuando la reina blanca iba a ser colocada en su lugar idóneo, la carcajada incontrolable terminaba con la tos atronadora que enviaba los últimos proyectiles de canela y sésamo a la silla vacía que tenía enfrente.
Hasta que apareció el confiado atacante en la contienda lúdica y me retaba con sus mocos absorbidos hasta la garganta.
-¿Jugamos o comemos?
-¡Jugamos, por supuesto!

El paseo
Quieta.
Esperando el momento perfecto, el espacio perfecto, la luz perfecta.
Siendo yo sola. Pero siendo yo.
Dejándome envolver por lo cotidiano, para captarlo con mi cámara, para celebrarlo, para desear más instantes sublimes.
Y compartirlos contigo, para mirarte, para abrazarte, para que me sientas otra vez libre. Libre en la prisión de tu corazón.
Extasiada ante la belleza de lo que aún no he fotografiado.
Pero hoy, que he venido a pasear por 1980, no hay nadie, y la sensación de sentirme observada es mucho menos fuerte que el placer de observar a través del objetivo de mi cámara, que alimenta mi búsqueda subjetiva de la belleza, tan recóndita a veces ella, tan sensible siempre yo. Y he llorado ante un hecho que siempre me fue imperceptible, y que he recordado hoy, cuando no había nadie para susurrármelo: Que los chinos también bostezan.

Ensortijados
Cada vez que la miraba a los ojos más se convencía de que les quedaba poco tiempo de estar juntos, pues ella rehuía su mirada justificándose con cualquier distracción del paisaje, y el traqueteo del tren no era suficiente para eclipsar sus síes y noes ante las preguntas intrascendentes que surgían del aburrimiento.
-Bien por ti. Bien por mí. Bien por ambos, pues ambos nos tenemos.
Y la ausencia de reacción demostraba que el fin estaba próximo.
– Te echaré mucho de menos. No sé tú a mí.
Y la ausencia de emoción clarificaba que uno de ellos era el perdedor en la relación fallida.
Solo el pestañeo incontrolable, el obligado trago de saliva y el desgaste en las palabras, por repetitivas, liberaban la tensión del interminable silencio incómodo.
-Me enseñan sus billetes, por favor.
La diplomacia ante el extraño.
Y después, la desesperación.
-¿No me vas a decir nada? ¿Crees que te voy a dejar bajar en la próxima estación sin saber por qué ya no me hablas como antes, por qué ya no me miras como antes, por qué ya no me quieres…?
-¿… cómo antes?- completó ella, impertérrita, retirando la mano que él acariciaba con un roce de energía inservible.
Ella se levantó para dirigirse a la portezuela de salida del vagón.
Él contempló, por última vez, su espalda bañada de precioso cabello ensortijado.
Y se perdonó.

Ambiente
El ambiente, lleno de líquido enloquecedor aunque a algunos les pareciera enriquecedor.
El calor, lleno de lujuria en cada cruce de miradas.
Y allí estaba yo, fuera de lugar, como siempre. Y mis amigos burlándose de mi desánimo y de mi apatía. Y es que estaba ya aburrido de tanto amor libre y de tanta palabrería utópica y desenfrenada. Sabía que siempre hablaban por hablar. Para llenar sus vidas vacías, para vaciar sus vidas llenas.
Y a punto de marcharme de la fiesta apareciste tú.
Despreciándolos a todos. Poniendo caras neutras ante sus gracias, que solo a ellos hacían gracia.
Y me quedé para observarte. En la distancia que nos separaba, una pista de baile de cuerpos caóticos.
Tú quieta. Yo quieto. Tu quietud, mi liberación. Cada uno de tus tragos, mi hipnotismo.
Nunca haría nada por conocerte. No quería romper la magia efímera de mi descubrimiento. Solo supe, con certeza, que jamás podrías amarme. Pero tampoco podrías vivir sin mí. Porque en cuanto volviera a la realidad, la que me abrasaba con su artificialidad, desaparecerías de mis deseos, de mis sueños de libertad, de mi imaginación sin contaminar, de mi vida.
Y al no soñarte, no existirías.
Otra vez.

Pareja
Tampoco hoy.
Tampoco mañana.
Como tampoco fue en el pasado nunca.
Asumir que tengo tan poco que dar a nadie.
Ni mi corazón lo ofrece ni mi mente está por intentarlo.
Me tildan de egoísta.
Yo me aplico el sambenito de lobo solitario.
Que ronda por la vida sin necesitar a nadie y que la acabará sin echar de menos a nadie.
Me describen como un ser amargado. Y no les quito la razón, pues me amarga la misma existencia, a la que mis padres me lanzaron sin pensarlo, sin reflexionar sobre mi futuro cuando ellos me faltaran.
Él.
Los trazos de amargura se difuminaban en su alma ilusionada. No cabían en ella nuevas pretensiones que sabía incumplidas de antemano. Germinaban, sin embargo, los pellizcos de emociones hasta entonces desconocidas. Y haber conocido a esa persona que había logrado hacerle olvidar sus desórdenes internos, más del corazón que de la mente.
Cuando me digas que me quieres.
Cuando me hables de nuestros recuerdos.
Cuando me toques y yo te deje hacerlo.
Cuando me mires, sin reírte, o sin llorar.
Yo te preguntaré cuándo.
Sobre vivir, te hablaré mientras sobrevivo.
Ella.

Amada mía
Imagen

Así es ella
Pizpireta, anacleta.
A veces profeta de una vida multidesgraciada.
Seguidora de unas normas endulzadas
que la corrompen en la tribu ensimismada,
esa horda que dice que no hay leyes,
esa que grita que no hay reyes
mientras distribuyen el derecho de pernada.
La individua revolucionada y la revolucionaria,
la apática y la estratégica,
la exigida y la restringida,
la aplaudida y la temida.
Esa señora que te mira y no te mira.
Esa ilusa que se ríe de tus gracias y con tus desgracias.
La liberadora de pasiones
y la presa de los besos presos.
La señora de la incertidumbre,
la aprovechada de la mansedumbre.
Así es ella y no se queja.
Así es ella en privado y en público.
Y así lo escribo, de ella enamorado
de su leyenda y sus miradas,
de su tacto y de su lengua intrépida,
que no se calla, que no me acalla.
Que no me quiere ni me ama,
pero que adora ser mi dueña y mi ama.
Ama, ama.

Posesivo
Siento tener que tenerte.
Tengo que sentir sentirte.
Y la desdicha es dicha.
Teniéndote me basta.
Bástame tenerte.
Sí, siempre, así, sí.
Y si no es así…

No hago poesía
Pronto, loco, pronto.
No desesperes.
Loco, pronto, pero poco.
No te excedas ni antecedas.
No me desampares,
no me abandones
pues estoy contigo
en éste, éstas y aquéllas.
Pronto, falta poco,
juntos,
mutuos,
míos,
tuyos,
todo.
Pero siempre poco.
Y demasiado pronto
¿Qué esperas de mí?
¿Qué no esperas de mí?
¿Qué quieres que te dé?
¿Qué pretendes recibir sin ofrecer?
¿Amor, dolor, sopor, temor, amor,
amor, amor, amor?
¿O no?
No.
Será que no.
La espera se te hará larga.
Disfruta de lo que no vas a conseguir.
De mí.
Sin mí.
