Va a ser que no me haces caso cada vez que te digo que te quiero. Va a ser que te miro a los ojos cuando me hablas y rehúyes los míos. Va a ser que te toco una mano y la retiras. Va a ser que soy como soy y te burlas de mí o, peor aún, me desprecias. Pero tenme en cuenta cuando no haya nadie que te diga que te quiere, o nadie que te mire a los ojos, o cuando no sientas ninguna caricia en el final de tus días y nadie toque la magia de tus arrugas.
Estoy de paso en la gran ciudad, donde todos miran hacia abajo, pero no hacia el suelo sino hacia la pantalla del teléfono móvil que tienen entre sus manos. En el suburbano, aquí llamado Metro, donde me tengo que desplazar hasta mi destino, donde me encontraré con un amigo de la época del instituto, todos están como hipnotizados andando por los andenes, subiendo y bajando escaleras, dentro de los vagones, sentados o de pie, sin despegar la vista de su pantallita, aislados también del entorno con los auriculares que todos llevan. Me siento como si fuera un extraterrestre recién llegado a un nuevo planeta. Una señora muy mayor casi me arrolla hace un rato cuando no se ha dado cuenta de que yo estaba dentro del vagón, agarrado a la barra de sujeción, porque pretendía llegar hasta los asientos, pero sin levantar la vista, en ningún momento, para mirar lo que la rodeaba. Pero no ha conseguido sentarse porque los jóvenes, que deberían haberla cedido el asiento, no se han percatado de su presencia al estar ensimismados en las redes sociales a cuya ventana se asoman desde su dispositivo móvil. Es como si todos fueran zombis. Menos mal que ya me faltan pocas paradas para llegar a Plaza de España. Miro mi reloj de pulsera y soy, por una vez, puntual, y ya estoy saliendo al exterior para dirigirme al Monumento a Cervantes. -¿Por qué no levantan la vista y contemplan el inconmensurable Edificio España?- le pregunto a Don Quijote, como si esperara respuesta de la estatua, imaginándome que Sancho me responde, con su desparpajo, a su vez con otra pregunta. -¿No se percata, noble señor, que estoy aquí, con mi hidalgo, para vigilar que Madrid no desaparezca y que los viandantes no sean abducidos por la desesperanza? Y cerca, por fin, escucho el ritmo de una guitarra, que pareciera acompañar a sus imaginadas palabras. Un músico ambulante está haciendo que se acerquen personas a contemplar su interpretación, y que levanten la vista y observen el maravilloso azul del cielo mientras corean, tímidamente, el archifamoso «Pongamos que hablo de Madrid».
Jerjes El Grande, fundador y líder del grupo Drunk In Palace. (Fotomontaje por Archimaldito).
Nota: Parte de este microrrelato está inspirando en el trovador funkyurbano Jerjes El Grande, genio musical y luthier inventor.
Traumas, bloqueos, ansiedades, depresiones. Hay que cambiar el «chip» mental para poder autoayudarnos. No es una utopía. Hay personas privilegiadas que lo logran. Que son constructivas con sus vidas y deberíamos aprender de ellas, dando el primer paso hacia la reflexión. Y después, intentar aplicar el positivismo para mejorar nuestras vidas.
No existe la traducción simultánea. La traducción es escrita, cuando se traduce un texto de un idioma a otro idioma distinto del original. Los mal llamados traductores son, en realidad, intérpretes, y pueden ser simultáneos, cuando interpretan simultáneamente al ponente, con un tiempo de demora mínimo, o consecutivos, cuando esperan a que el ponente termine una o dos frases, mientras que ellos toman anotaciones escritas o mentales, y cuando el ponente se pausa, el intérprete hace comprensible para los escuchadores (u oyentes) lo que ha dicho el ponente, estando éste en silencio y alternándose en sus intervenciones. La interpretación simultánea es casi instantánea. La consecutiva alarga, un poco más del doble, el tiempo de la intervención de un ponente con respecto a la simultánea. Existen subtipos de interpretación basados en estos dos anteriores. La gente, en general, ignora casi todo sobre este trabajo.
La noche es un lugar donde todo se reconoce más intenso. Donde el dónde y el cuándo se viven más puros. La noche es la distancia más lúcida y los silencios más cercanos, por tan intensos. El rumor de lo inconstante se palpa en el ambiente límpido y las falacias del día quedan atrás, aunque persisten los miedos sobre los pormenores de las siguientes claridades deslumbrantes. La noche martillea las mentes con dudas sobre si lo vivido, hasta el momento, es real. La noche es la purificación de los remordimientos a través de los sueños, cuando se tienen, o no se tienen. Por eso, te deseo la noche.
Estuvo paseándose por mi cerebro y no le hice caso. Estuvo mandándome señales de advertencia, incluso de auxilio, y rehuí la responsabilidad. Y cuando más estaba autoinculpándome como un miserable cobarde, el aviso se mostró claro y contundente. Volví a tenerla delante y esta vez, la enésima, sí la capté. Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.
Creo tener muchos amigos, aunque casi todos son conocidos, los circunstanciales que ves de ven en cuando. Me rodean, casi siempre, cientos de personas, y me veo, desde arriba, mirándolos. Las risas, los halagos, los aplausos efímeros, el bienestar pasajero, mientras lo único que escuchas, continua e incesantemente, son los murmullos de tu mente, los latigazos del corazón y el tintineo de tus ansias. Al principio y al final del camino, físico o imaginado, estoy yo conmigo, buscándome, comprendiéndome, queriéndome. Los demás, los prójimos, son circunstancias vitales, amparos para el alma, destellos para que no duermas, para que no ensueñes demasiado, en el camino hacia la desaparición.