Cuando deslizo la punta de mi lápiz o de mi bolígrafo, temo no ser leído, y que esto sola sea un gesto de rebeldía, de escape de mi corazón, en los estertores de las compulsiones de mis ansiedades o de mis angustias o de mis alegrías. Un acto de rebeldía, porque vivo y moriré siendo rebelde, un antitodo, un maldito olvidado, un desecho del karma global. Anulo mis perspectivas de pasar a la posteridad y me enfrento a la realidad de mi única fuerza: ser un ser humano bueno, porque mi bondad es mi signo de rebeldía, mi liberación, mi dicha y mi crítica al mundo envuelto en desesperanza.
No sé cuántas veces, ni de qué formas, he de manifestarlo.
Todos creen que bromeo, incluso las autoridades, esas que, a veces, me tienen retenido innumerables horas hasta que se dan cuenta que no existen registros sobre mí, ni personales ni profesionales, y acaban aislándome en alguna celda hasta que se hartan de mi inacción y mi silencio y me vuelven a echar a la calle, para que las recorra día a día, sin destino ni finalidad.
No me importa. No siento frío, ni calor, ni hambre ni sed, ni cansancio.
Y en la próxima población, los vagabundos, los policías, los transeúntes, volverán a preguntarme.
Y volveré a responder: No soy humano.
Y se repetirá el ciclo.
Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo.
Va a ser que no me haces caso cada vez que te digo que te quiero. Va a ser que te miro a los ojos cuando me hablas y rehúyes los míos. Va a ser que te toco una mano y la retiras. Va a ser que soy como soy y te burlas de mí o, peor aún, me desprecias. Pero tenme en cuenta cuando no haya nadie que te diga que te quiere, o nadie que te mire a los ojos, o cuando no sientas ninguna caricia en el final de tus días y nadie toque la magia de tus arrugas.
Estoy de paso en la gran ciudad, donde todos miran hacia abajo, pero no hacia el suelo sino hacia la pantalla del teléfono móvil que tienen entre sus manos. En el suburbano, aquí llamado Metro, donde me tengo que desplazar hasta mi destino, donde me encontraré con un amigo de la época del instituto, todos están como hipnotizados andando por los andenes, subiendo y bajando escaleras, dentro de los vagones, sentados o de pie, sin despegar la vista de su pantallita, aislados también del entorno con los auriculares que todos llevan. Me siento como si fuera un extraterrestre recién llegado a un nuevo planeta. Una señora muy mayor casi me arrolla hace un rato cuando no se ha dado cuenta de que yo estaba dentro del vagón, agarrado a la barra de sujeción, porque pretendía llegar hasta los asientos, pero sin levantar la vista, en ningún momento, para mirar lo que la rodeaba. Pero no ha conseguido sentarse porque los jóvenes, que deberían haberla cedido el asiento, no se han percatado de su presencia al estar ensimismados en las redes sociales a cuya ventana se asoman desde su dispositivo móvil. Es como si todos fueran zombis. Menos mal que ya me faltan pocas paradas para llegar a Plaza de España. Miro mi reloj de pulsera y soy, por una vez, puntual, y ya estoy saliendo al exterior para dirigirme al Monumento a Cervantes. -¿Por qué no levantan la vista y contemplan el inconmensurable Edificio España?- le pregunto a Don Quijote, como si esperara respuesta de la estatua, imaginándome que Sancho me responde, con su desparpajo, a su vez con otra pregunta. -¿No se percata, noble señor, que estoy aquí, con mi hidalgo, para vigilar que Madrid no desaparezca y que los viandantes no sean abducidos por la desesperanza? Y cerca, por fin, escucho el ritmo de una guitarra, que pareciera acompañar a sus imaginadas palabras. Un músico ambulante está haciendo que se acerquen personas a contemplar su interpretación, y que levanten la vista y observen el maravilloso azul del cielo mientras corean, tímidamente, el archifamoso «Pongamos que hablo de Madrid».
Jerjes El Grande, fundador y líder del grupo Drunk In Palace. (Fotomontaje por Archimaldito).
Nota: Parte de este microrrelato está inspirando en el trovador funkyurbano Jerjes El Grande, genio musical y luthier inventor.
La noche es un lugar donde todo se reconoce más intenso. Donde el dónde y el cuándo se viven más puros. La noche es la distancia más lúcida y los silencios más cercanos, por tan intensos. El rumor de lo inconstante se palpa en el ambiente límpido y las falacias del día quedan atrás, aunque persisten los miedos sobre los pormenores de las siguientes claridades deslumbrantes. La noche martillea las mentes con dudas sobre si lo vivido, hasta el momento, es real. La noche es la purificación de los remordimientos a través de los sueños, cuando se tienen, o no se tienen. Por eso, te deseo la noche.
Estuvo paseándose por mi cerebro y no le hice caso. Estuvo mandándome señales de advertencia, incluso de auxilio, y rehuí la responsabilidad. Y cuando más estaba autoinculpándome como un miserable cobarde, el aviso se mostró claro y contundente. Volví a tenerla delante y esta vez, la enésima, sí la capté. Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.
Un nanosegundo antes, este mundo no existía. Pensé que fuera, y fue. Se hizo y manifestó. Con sus habitantes, con sus trillones de historias personales. Con su mezcolanza de especies, razas y géneros. Y todo interactuó con todo. Y se hizo historia para que alguien, como tú, como yo, la leyera, la pensara y la recreara.
“Maravilla de vida. Lustrosa remembranza de lo fútil.”
Así comenzaba el texto de aquel ser anónimo, que descubrí entre los restos del incendio de la casa de mi novia, mientras caían goterones negros, mezcla de herrumbre y de cenizas. Afortunadamente, no hubo que lamentar pérdidas personales. Sandra había pasado la noche conmigo.
Revisando el cuadernito en el que estaban escritas aquellas enigmáticas frases, encontré otras, desdibujados sus trazos por el agua rociada por los bomberos, y decidí llevarme aquel tesoro, que seguro nadie echaría en falta.
No le conté nada a mi pareja y me guardé, para la intimidad de mi trabajo, la lectura de algunos pasajes, a cada cuál más enigmático.
“A mí morir me da la vida.”
Mi lucha interna por guardarme el secreto se anteponía a esclarecerlo.
“Me centro en lo esencial y excluyo todo lo demás.”
Cada noche me esperaba el mismo trabajo intelectual de descifrar los borrones en las páginas amarillentas de renglones desdibujados. Y sufría pensando que más de una se desmoronaría entre los dedos.