Mariquilla

A menudo pensaba en ella como la única que podría permitirme salir del laberinto en el que me había metido, casi voluntariamente, sin haber pensado las consecuencias.
Si no creyera que la paz que transmitía su mirada se estampaba con mi rabia interna por no haber escogido bien mi vocación, no me permitiría cortar su paso camino al mercado para decirle:
-¡Mariquilla! ¡Reza el Padrenuestro!
Sintiendo cómo mis tímpanos se fundían, como la cera, con la emoción, al escuchar de sus labios carnosos, y seguro que tersos y suaves:
-¡Señor cura!: ¿Todos los días va a ser esto?

Mariquilla

 

 

 

 

(Dedicado a mi madre, Carmen de Zayas Fernández, a la que siempre escuché el diálogo simulado, cuando sus hijos colmábamos su paciencia)

Ana la de los Panes

Tenía mucho que decir y nadie la escuchaba. Por eso, Ana “la de los panes” se encerraba en sí misma aguantándose las ganas de contar sus sombrías disquisiciones sobre el mundo que la rodeaba. Y como el mundo apocalíptico jamás llegaba, por mucho que aceptara teorías infames sobre el fin de los tiempos, se autoconvencía de que el resto de los humanos estaban equivocados en frivolizar sobre las señales que, según ella, justificaban sus predicciones.

Y del comprar en el supermercado, abasteciéndose puntualmente para la supervivencia ante el desastre que estaba siempre esperándola a la vuelta de la esquina, momentos en que las dependientas sufrían sus monólogos frente a la tahona, donde sabía que los panes de su sobrenombre jamás la replicarían, pasaba al correr por las calles de la ciudad medio desnuda, para convencer a sus vecinos de su falta de sentido del ridículo y de su escasa necesidad de apegarse a los símbolos, que según ella, eran parte de la esclavitud de la sociedad que la ahogaba, las prendas de vestir que oprimían su cuerpo y su alma, pocos minutos antes de dar con sus huesos, y sus carnes, en comisaría, donde volvían a soltarla después de ficharla y dar por perdida su sensatez. Y, ya vestida, volvía a insultar a los transeúntes desconocidos con proclamas antisistema, porque, siempre según su valoración, todos eran parte de un entramado que tenía, como único objetivo, acabar con las buenas costumbres de la caballerosidad y la femineidad propias de otros tiempos más deslumbrantes, porque de ellos abundaban las historias de los libros de los que se había estado alimentando su caótica memoria.

Hasta el fatídico día, la fatídica mañana.

Cuando Ana “la de los panes” después de hablar con sus panes, que ella creía siempre los mismos, pues sus aromas así se lo demostraban, pasó por la caja del supermercado, como de costumbre, sin pagar nada porque nada se llevaba, y doblando la esquina del edificio que sufría, tan a menudo, sus vandálicas trastadas, se percató de que un hombre, que estaba de pie silbando, la miraba. Y no solo eso, sino que tras sacar la lengua al extraño, escuchó cómo acompasaba los pasos con los suyos y la seguía a una corta distancia. Y sin atreverse a mirar hacia atrás sobre su hombro, lanzó un gritito de espanto cuando ese mismo hombro fue agarrado por la mano masculina que la amenazaba. Y recordó que tenía que salir huyendo porque sus doce gatos la esperaban. Pero la mano la atenazaba y la obligó a encararse a una vida olvidada.

-No temas, madre.

Desde aquel encuentro, fortuito para unos, premeditado para otros, Ana “la de los panes” no volvió a correr desnuda, ni a emular locuras, ni a exagerar sus amarguras. Porque Ana decidió que, hasta el día de su muerte, no tenía nada que decir ni nadie que la escuchara.

 

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Coma

Vuelvo a emocionarme pensando en ella.

Porque es lo único que puedo hacer: Pensar.

Porque, aunque noto, no sé cómo, que está a mi lado, no puedo verla, ni tocarla, ni escucharla, ni siquiera olerla.

Y pienso en ella, continuamente, para olvidarme de mi castigo eterno.

Provocado por mí mismo y mi falta de coraje.

Y pienso en ella, sin imaginar nada, solo recordando cómo era antes que yo dejara de ser.

Y en esta especie de limbo en el que me encuentro, ella y nada más, me hace olvidar el dolor continuo.

El de la pérdida de mi vida, de mi propia vida, desmerecida por mis actos egoístas.

Y me martirizo enfrentándome a mis propios miedos, a mis propios ojos que me miran con sorna e ira al mismo tiempo.

Y pensando en ella ahora me pregunto, muy íntimamente, por qué no pensé en ella antes.

Cuando la tenía a mi lado y la podía ver, tocar, escuchar, oler, y hasta saborear.

Cuando desoí sus advertencias sobre la espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, resbalando tan precipitadamente.

Y preguntándome esto y más, me odio.

Y odio el amor que tuve por aquella vida artificial, que me ha llevado a esta vida en penumbra.

Y no entiendo por qué, pudiendo haber tenido plenitud con ella y con todos los que me amaban, preferí la destrucción.

La de mis neuronas.

Preferí el polvo blanco que ahora es negro.

Negro. Negro. Negro y profundo.

Sin fondo.

Sin salida.

Seguiré pensando. Es lo único que tengo.

En ella.

 

Coma

Cuarenta y nueve minutos

No hay nada peor que subirse al tren sin un libro al que echarle los ojos.

Mirar a los demás e intentar esquivar sus miradas. Y bostezar, bostezar continuamente. Y recitar mentalmente las estaciones que faltan para llegar a la tuya. Y en cada una de las paradas, la cuenta atrás para terminar el suplicio.

Te imaginas que la maciza que tienes enfrente te echa reojos provocadores. Pero sólo te lo imaginas, ya que no te atreves a mirar directamente, no vaya a ser que el que está al lado sea su novio, o esposo, y acabes con la boca partida. O se sienta insultada. O lo que es peor, que te mire con desprecio porque tu físico le desagrade. Ya le gustaría un tipo cachas, rubio con ojos azules y que marcara un buen paquete.

Y si miras al negro del maletón, que qué miras, que eres un racista. Que nuestros abuelos y padres también emigraron para buscarse el pan de cada día. Así que chitón, que ellos también tienen derecho. ¡Pero si yo no he dicho nada!

Si me hubiera acordado de traerme el libro no sentiría la vergüenza de los que te recriminan por qué no le has dado una limosna al cantante sudamericano que ha desgañitado una canción inconclusa porque tiene que subirse al siguiente vagón antes que lo localicen los de seguridad.

No estaría al acecho de alguna embarazada, anciano o inválido para cumplir con el deber cívico de dejarle mi asiento y dar ejemplo de solidaridad que en otras circunstancias destacaría por su ausencia. Y claro, mientras los demás siguen bien sentaditos tú te bajarás en tu estación con un buen dolor de riñones, de estar tanto tiempo de pie.

Y estaría zambulléndome en otros paisajes, en otras pieles, en otros sentimientos. Y no en la cruda realidad que me rodea. Me evadiría de los pensamientos oscuros que me acechan cuando rememoro el planning laboral, cuando los espíritus malignos de los trepas no hacen más que mandarme malas vibraciones para que caiga del pedestal al que ellos quieren llegar. Aunque si estoy tan bien colocado, qué me impide coger el coche para desplazarme hasta mi lugar de curro. Mi conciencia ecológica, y ¡narices! hay que admitirlo, lo racano que soy, que la gasolina está por las nubes. A ellos, ¿qué les importa? Búsquense otra víctima. Que ya tengo yo bastante con tener que aguantar los caprichos del patrón, cual proletario oprimido.

Si no me hubiera centrado en comprobar que la fiambrera no se volcaba dentro del maletín y manchaba con los jugos del manduqueo todos los informes que tengo que presentar a primerísima hora. Si no hubiera contado una y otra vez los diferentes llaveros con innumerables llaves que son más un símbolo de la confianza que han vertido sobre mí los mandamases que algo práctico que se arreglaría con las dos o tres que utilizo siempre, para el local de las oficinas, para el coche de la empresa y para los almacenes de material. Si no me hubiera puesto a repasar los sobres, menos mal que ya sellados, que tengo que meter en el buzón de la primera esquina que doblo para venir a la estación. Sin tantos “si no” no me hubiera olvidado sobre la mesilla del recibidor mi estupendo libro de aventuras que estoy a punto de terminar, deseando volver a la biblioteca para pedir prestado otro.

Y si todo va bien, si no hay corte de fluido eléctrico, o alguno de esos problemas ajenos a la compañía de ferrocarriles, o alguna huelga de conductores de la que no me haya enterado porque siempre voy distraído por la vida, serán cuarenta y nueve minutos, contados por cronómetro, para desembocar en el paradero que está a cinco minutos andando de la parada del autobús que me dejará a diez minutos a pie de la puerta de mi trabajo. Y todo ello sin libro que devorar, o por lo menos algún periódico de esos gratuitos llenos de propaganda política subliminal que no he podido conseguir de esos amables repartidores por haberse agotado, aunque ya estoy acostumbrado que unas veces no me los den por coger el tren demasiado temprano o por hacerlo demasiado tarde. Nunca consigo coincidir con ellos.

Y los anuncios pegados en el interior del vagón me aburren por ser los de todos los días que ya tengo aprendidos de memoria. Y el estudio del plano de los trayectos de los que se compone el servicio de cercanías, con los que hago hipotéticos viajes por confluencias, transbordos y estaciones centrales. Ya no me queda nada que leer.

Aunque si soy un poco avispado podré echarle un vistazo por encima al periódico pagado del vecino. Hasta que se dé cuenta y con un refunfuño me advierta que está harto de los gorrones y con un simple movimiento de manos lo haga desaparecer de  mi campo visual.

Hay que ver lo que me hubiera evitado si me hubiera traído mi libro.

Hasta por el hecho de concentrarme en el texto hubiera desaparecido de mis sentidos esa musiquilla enlatada que se corta cada dos por tres cuando la otra voz, también en diferido, te anuncia la próxima estación. A veces a tanto volumen que te desconcierta y otras tan bajo que no logras discernir de qué pieza se trata, que tal vez traería a tu cabeza recuerdos de alguna película entrañable, o la imagen sonriente de alguna chica con la que saliste a aquel pub donde la estaba pinchando, la canción, un disc jockey afanado y mal pagado. O cuando reproducen mal la cinta de las paradas y te las dicen en sentido inverso, cuando te anuncian que estás a punto de llegar a donde ya has estado hace media hora.

Con mi libro en la mano, podría estar en cualquier posición, aguantando apretujones, pisotones y malos olores de algunos que olvidan asearse por las mañanas, seguirían mis ojos fijos en las palabras, en el caudal de mensajes, acariciando las tapas resbaladizas, haciendo malabarismos para poder agarrarme al asidero y poder pasar a la siguiente página. Riendo o temblando de emoción. A mi bola.

Ya estoy llegando a mi destino.

Aunque pensándolo bien, a veces me relajo tanto que con el libro sobre mi regazo no puedo evitar echar una cabezadita, y más de una vez, y de dos, me he pasado de estación.

Cosas de la vida. Nunca estamos contentos. Pero sigo en mis trece: No hay nada peor que subirse al tren sin un libro que echarse a los ojos.

 

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Pulmón

Me costaba respirar.

Me costaba asumir la inhalación del aire enfermo.

Me costaba asumir que ésta sería la última vez que tendría la oportunidad de terminar mi obra.

Demasiados muertos en el mundo.

Demasiados intereses ocultos para que siguiera habiendo demasiados muertos en el mundo.

Pero la advertencia íntima llegaba y mi intuición trabajaría para lograr el objetivo.

No habría solución más extrema que la aniquilación de los que ostentaban el poder.

No cejaría en el empeño de verlos a todos muertos: La Élite terminaría fagocitándose a sí misma.

Y respiraría el mundo. El mío. El de todos. Y los Derechos serían Hechos.

Porque todos serían iguales. Menos yo.

Porque cargaría sobre mi conciencia la exterminación de la ralea inverosímil.

Y pensando, en un nanosegundo, en todo ello, me costaba respirar.

 

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Siempre alerta

   Acostado en la oscuridad, que no es tenebrosa, escuchando el batir de las alas tan vehemente de los mosquitos sin preocuparme por la posibilidad de una picadura accidental. Escuchando el ronroneo de mi estómago por culpa de la imaginación que se está friendo un par de huevos. En el calor sin abrigo de una intemperie voraz cuyo fresco fortuito me hiela el sudor de las patas de gallo. Y la respiración, entre desganada y ridículamente acelerada, cuando sobreviene la taquicardia traicionera. Con el oído pendiente, a modo de sonar, por si localiza a otro ser vivo que mida más de un metro dirigiéndose hacia el otro calor, el de mi cuerpo. Sin esperar que me venga un pensamiento lúcido y constructivo sobre el devenir de mi insulsa vida.
Y mirando al cielo. Esperando que lo que no encuentro en este mundo me lo ofrezca alguien que venga de otro.

 

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Apariencias

James Loverboy era, contrariamente a lo que podría creerse por su nombre, un tímido impenitente. No salía a la calle ni para comprar el pan. Le horrorizaba tener que mantener cualquier conversación, y más aún una conversación con cualquier mujer, y se arrepentía siempre de haber dado pie a alguna con cualquier pregunta estúpida.

Muchos creían que James Loverboy era homosexual y, aunque no les hubiera importado, se preguntaban cuándo conocerían a su pareja, y se distraían haciendo conjeturas sobre el aspecto y clase social del amante, hasta el momento, imaginario.

El día que apareció en el barrio con una despampanante mujercita, muchos tuvieron que tragarse la lengua, pero otros, los envidiosos, se preguntaban cómo un ser tan apocado podía atraer a cualquier espécimen del sexo opuesto.

James Loverboy seguía, de todas formas, mostrando su acervada timidez, pues se decía que nunca en público daba muestras de conversar con su novia y, menos aún, de hacer cualquier tipo de carantoña. Era una extraña relación y todos vaticinaban que duraría poco.

Un día, el pastor de la congregación le esperó a la salida del oficio, al que no solía acudir, por lo que se deducía que la influencia femenina estaba empezando a hacer estragos en las rutinas de James, y le espetó:

-¡Querido James! Me complace verte por aquí, en tan buena compañía.

Cabizbajo siempre, hasta en presencia de su amor, respondió.

-Gracias, reverendo.

-Me alegro de que hayas acabado de una vez por todas, con las habladurías.

En un acto reflejo, James Loverboy soltó la mano de su pareja y miró fijamente a los ojos del pastor Williams.

-¿Qué habladurías?

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Matando

   Los dedos índice y corazón de su diestra se engarfiaron en las cuencas oculares y las vació de su contenido. El alarido fue ensordecedor, pero no podía permitirse dejarse vencer por la lástima.

   Y el siguiente paso sería completamente apocalíptico para su conciencia pues, sin retirar los dedos de las sangrantes cavidades, agudizó sus fuerzas y las convergió en sus extremidades superiores para cumplir su objetivo: La profanación.

   La potencia muscular que había combinado en ambos dedos y en la mano que sustentaba la base occipital de la cabeza permitió que estos llegaran a tocar lo más sagrado de aquel ser que tenía bajo su dominio. Tocó el cerebro y lo desgarró con las duras y afiladas uñas. Y aró en una parte mínima de sus circunvoluciones. Y la muerte hizo presencia. Y las lágrimas hicieron presencia. Y se sintió sucio, y desvalido, y retiró con autodesprecio sus garras.

   Desencajado, con los ojos desorbitados, contempló su cruenta obra.

   Temió caer en el arrepentimiento, pero ya no había lugar para ese sentimiento: Había sido consciente de todo el proceso del asesinato, segundo a segundo, movimiento a movimiento.

   Y perdió el conocimiento.

   Y murió un poco. Solamente un poco.

 

Matando1

Colonizador 000001

El borde afilado de la plataforma central estaba clavado en el suelo. Las dos bandejas de transporte que la flanqueaban estaban en vilo y cubiertas sus superficies de las pisadas fijas de las botas de gala. Los pies que se las enfundaban, con los talones juntos y las puntas separadas por un ángulo de cincuenta grados. Las piernas rectas sostenían los cuerpos embutidos en los monos bicolores de giselo. Las manos desnudas se cruzaban a la altura de las pelvis, y los ojos perdidos en la formación que se les enfrentaba.

Silencio, que se rompió por pasos acompasados y risas espontáneas. Ojeó las castrenses hileras de ambos lados. Sonrió para sí y terminó abrazando al capitán, que le había animado a que bajara sin precauciones por la superficie de aspecto resbaladizo.

A una señal de su comandante, las estatuas que adornaban su paseo, genuflexionaron en acto de reverencia al solemne huésped que les abandonaba. Tocó suelo y enfiló sus pasos hacia la fila derecha, y no con poco esfuerzo, pues tenía que erguirse sobre la punta de sus pies, apretó las manos de los que le reverenciaban.

-Gracias. Gracias. Gracias. Gracias…

No esperaba respuesta. Repitió la operación con los del otro lado.

-¡Ojalá el destino tuviera a bien unirnos en otras circunstancias! ¡Hasta pronto!

El capitán le demostró un último afecto y retrocedió dejándolo sobre el firme del planeta.

Colonizador 000001 alejó su figura unas pocas decenas de metros, los suficientes para que el campo magnético de la nave no le alcanzara. Se quedó estático observando cómo se elevaban hasta ser un punto negro contra el naranja del cielo y cómo partían vertiginosamente hacia el punto de origen, La Tierra.

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Apagado o fuera de cobertura en este momento

   Vio que con la razón no llegaba a ningún sitio, porque éste ya estaba ocupado por la desesperanza, y así, mientras cavilaba sobre cuáles deberían ser sus próximos pasos, los recuerdos nostálgicos sembraban su memoria, martirizándole con la impotencia de volver a ellos, porque sabía que no era posible hacerlo.

   Aun así, silbaba en las tardes de lluvia y renegaba de las de calor, porque el agua le animaba y el sopor le agriaba. Y aunque, en un acto reflejo, mientras paseaba solitario, alargaba la mano derecha esperando que ella se la cogiera, el aire agarrado le hacía saltar las lágrimas por no encontrarla a su lado.

   Lo peor de todo era saber que ella estaría entrelazando sus dedos con otro y que él, habiendo perdido su oportunidad, no volvería a estrecharla entre sus brazos.

   Reía, paseándose por la casa, imaginándola en las situaciones cotidianas, y cuando lanzaba una pregunta al aire y ésta no era contestada, lloraba de nuevo porque se esfumaba la imagen imaginada para dar paso a las sillas vacías, a la mesa incompleta, a la ducha sin rocío y sin los cantos de la amada. Y aunque había quemado todo sus vestidos y había dejado que el olor a chamusquina invadiera el hogar, siempre existía un retazo de su perfume que se le clavaba en la pituitaria.

   Continuamente pensaba en la manera más fácil de acabar con el tormento de esa soledad, pero la idea descabellada del suicidio se le iba tan pronto como le sobrevenía, pues pensaba que sus padres, aún vivos, no tenían culpa de su cíclica inmadurez.

   Y cada mañana, después de alargar el brazo y tocar solo almohada, resoplaba y forzaba, con la micción, la desaparición de su excitación provocada  por un sueño que se repetía cada noche, desde la separación, y tras el afeitado y el desayuno acelerado, conducía hasta el único sitio donde encontraba, por unas horas, la paz: Su trabajo.

   Frente a sus clientes, siempre optimista ante las ventas, se olvidaba de su vida y cumplía los sueños de los demás. El traje gris y monótono le confería neutralidad ante las confianzas no deseadas y su sonrisa, tan blanca como artificial, le granjeaba la fama, no merecida, de poseedor de un alto grado de positivismo.

   Pero la pesadilla y el desasosiego volvían en cuanto las tres vueltas de la llave de seguridad desanclaban la pesada puerta de su casa para dejar paso a la pesada losa de la soledad.

   Y la rutina de la leche fría en un tazón con fondo de cacao le hacía viajar en el tiempo, cuando el tazón estuvo caliente y rezumante de risas compartidas por los mismos labios que tocaban su borde azucarado.

   Y volvía, cómo no, a llorar. E intentaría, de nuevo, llamarla, sabiendo que el resultado iba a ser el mismo que la centena de noches anteriores, y siempre se decía que se conformaría con escuchar su voz durante un milisegundo.

   Y,  casi a desganas, marcaba las teclas de su teléfono de última generación. Como cada noche. Antes de apagar, momentáneamente, su vida. Antes de configurar el despertador al nuevo día. Y, casi a desganas, acercaba el oído al altavoz para escuchar el mensaje, ya memorizado, y repetido en playback frente al espejo del baño, de la falta de cobertura de su improbable interlocutora.

 

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