Siempre alerta

   Acostado en la oscuridad, que no es tenebrosa, escuchando el batir de las alas tan vehemente de los mosquitos sin preocuparme por la posibilidad de una picadura accidental. Escuchando el ronroneo de mi estómago por culpa de la imaginación que se está friendo un par de huevos. En el calor sin abrigo de una intemperie voraz cuyo fresco fortuito me hiela el sudor de las patas de gallo. Y la respiración, entre desganada y ridículamente acelerada, cuando sobreviene la taquicardia traicionera. Con el oído pendiente, a modo de sonar, por si localiza a otro ser vivo que mida más de un metro dirigiéndose hacia el otro calor, el de mi cuerpo. Sin esperar que me venga un pensamiento lúcido y constructivo sobre el devenir de mi insulsa vida.
Y mirando al cielo. Esperando que lo que no encuentro en este mundo me lo ofrezca alguien que venga de otro.

 

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