Lento. En el hablar. Lento. En el hacer. Lento. En el pensar. Sin ganas. Sin sentir. Atemorizado. Muerto.

Lento. En el hablar. Lento. En el hacer. Lento. En el pensar. Sin ganas. Sin sentir. Atemorizado. Muerto.

Su hijo la miró a los ojos. Madre, te amaré siempre. La comadrona lo depositó sobre su vientre. Hijo, te amaré siempre. El bebé sonrió.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, prometía acabar con su odio hacia la especie humana. Mientras tanto, la invasión seguiría adelante.

Nadie entendía por qué el androide de servicio quebró el cuello a su amo. El odio no estaba incluido en su programación.

Debería distinguir entre lo real y sus sueños. La última vez que no lo hizo, transformó un mundo entero.

Y lo he hecho, aún sin su consentimiento.
Besar sus labios, hundiendo mis dientes en su boca, lamiendo su sangre en mis uñas, aún fresca, aún compatible con la mía.


Veo mi propia mano acercarse a mi rostro y causar dolor en las cuencas oculares mientras me desangro en la desdicha de lo irracional.
He claudicado ante la estupidez. He claudicado ante la imaginación de otro que no soy yo, pues no es mi mano la que me mutila sino mi corazón el que me trae desasosiego. El que me hace desear la propia muerte antes que la de los demás, aún sabiendo que podría ser así mi triunfo sobre el resto de la especie humana.

Pudo ser peor.
Y lo fue.
Pues allí se reunían las maldades de un sinfín de hipócritas que continuamente argüían argumentos ridículos para intentar engañar a los incautos. La mayoría pasiva de los incautos que formaba la minoría activa de los ilusos.
Pudo ser peor. Y lo fue. Porque los engañados otorgaron el poder de decidir sobre sus destinos a los sibaritas de la mentira. A los canallas de la sinrazón.

Y, sin embargo, se adueñó de mi alma, pues ahora, cuando la busco no la hallo, y deduzco que debió de ser ella la que la arrebató de mi cuerpo, cuando lo encumbró a lo más alto del placer físico.
Y es que ahora la hecho en falta, cuando quiero llegar a lo más alto del placer espiritual.
