Pseudocantante

Se filtró la noticia de que iba a sacar un nuevo disco, mucho más impactante, en estilo, que el anterior. Alguien del grupo o de la productora, seguro, se estaba sacando un sueldo extra con esa exclusiva. Por ello, y sin que sirviera de precedente, obligó a su manager a convocar una rueda de prensa, que con el tiempo que tenía para prepararla -casi un mes- sería, con toda seguridad, multitudinaria. Y entonces impactaría al mundo, declarando que era otra, y no ella, quien cantaba en todos los temas, y que así había sido desde el comienzo de su carrera.

-De veras, esos sonidos salen de unas cuerdas vocales orgánicas. Todas las modulaciones, tonos y timbres proceden de una garganta… humana.

En el supermercado

En un arrebato de sinceridad, Ana Sofía le dijo a la cajera:

-Señorita, con todo el respeto que me merece su uniforme, y sabiendo que ya me ha cobrado la compra de hoy, me gustaría que llamara, por favor, al encargado.

La señorita Almudena, pues así se llamaba si había que hacer caso del letrero con imperdible que le afeaba la camisa de trabajo, miró a Ana Sofía de mala manera y no respondió a sus requerimientos.

-Señorita… -tuvo que entornar los ojos para enfocar el nombre escrito en cursiva- … Almudena. Por favor, le ruego, con todo el respeto, que pare, durante un instante, la cinta sobre la que tiene este amable señor sus productos de cosmética, y se digne en llamar por megafonía a su encargado.

La señorita Almudena hizo oídos sordos a la petición, pues la cinta transportadora no se paró y el emperifollado y bien rasurado cliente terminó con toda normalidad su compra al estampar su rúbrica en el recibo de la tarjeta de crédito con la que pagó sus afeites.

Almudena entonces, y solamente entonces, cuando pudo comprobar que no había más clientes en la calle que desembocaba en su caja, limitó el acceso de posibles mediante una cadena que impedía el paso de carritos. Ana Sofía la observaba impaciente y gesticulante, pidiéndole que se diera prisa, se componía la coleta de cola de caballo para estar más presentable ante el jefe de aquella impertinente.

-Señorita, le agradezco su atención. Le agradezco, de corazón, que me atienda con tanta prontitud y, sobre todo, le agradezco que no haya hecho una escena.

Almudena se alisó la falda, se la ajustó a la cintura, se recolocó el identificativo e, imitando a su interlocutora, se estiró el pelo y le dio una vuelta más a la goma que se lo cogía por detrás. Y habló.

-¡Mamá! ¿Cuántas veces tengo que decirte que, por mucho que llames al encargado y le pidas de rodillas que me despidan, no volveré a casa? ¡No, no y no! Y dile a papá que tampoco lo intente él mañana, porque no voy a estar. Me cojo el día libre y me voy con mi novio al parque de atracciones, para mezclarme en una multitud donde no me encontréis y no me avasalléis con vuestros ruegos de viejos solitarios.

-Pero ¡hija! ¡Por favor!

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La no esclava

   Nadie como ella para presumir de nuevos chips ante los otros cyborgs. Nadie como ella, para demostrarles, con hechos, que las simulaciones habían terminado. Que ahora volvía a ser funcional, con sus atributos sexuales emancipados. Que estaba preparada para volver a ser esclava, haciendo libres a las otras, de ese fin trascendental para el que se las criaba. Volvería a enamorar a los incautos con sus sueños y quejidos, y no notarían la diferencia. De un cliente a otro nadie notaría, salvo sus proxenetas, que era incansable, y que el placer que ella podía dar era eterno, pues no notaba la diferencia en la penetración entre un humano y otro, ni ellos las huellas que dejaban escapar sus sudores. Y sus parámetros conductivos le permitían no escandalizarse ni reprimirse ante las perversiones de los exterminables de esa especie. Así, decían sus «padres», salvaban muchas vidas inocentes. Y para ella no era ningún sacrificio permutar soluciones no viables para nadie más, excepto para otros artificiales como ella, capacitados para no sucumbir ante cansancios ni penas.

Brindis

He brindado por tu felicidad hasta que te has inmiscuido en la mía. Sé que no te importa que te maldiga, por eso lo seguiré haciendo hasta que me pidas perdón, de rodillas, por ser un mequetrefe. Y cuando me harte de hacerlo, te abandonaré. Ya no me importará lo que te ocurra. Y mientras, me emborracharé para intentar olvidarte.

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