Atravesaba un mal momento. Y éste se quebró y la dejó caer en un oscuro abismo. Y cuando tocó fondo, se deshizo en mil pedazos. Imposibles de reconocer. Imposibles de recomponer.

Atravesaba un mal momento. Y éste se quebró y la dejó caer en un oscuro abismo. Y cuando tocó fondo, se deshizo en mil pedazos. Imposibles de reconocer. Imposibles de recomponer.

Me duele tragar.
Me duele tragar porque tengo un nudo en la garganta. Y tengo un nudo en la garganta porque te añoro hasta dolerme el corazón. Y ese dolor me sube por el pecho, oprimiéndome el esternón con un peso enorme.
Y la saliva se acumula en mi boca, porque la embalso para no tragar. Y cuando las sienes me palpitan, me rindo y dejo pasar la corriente por el esófago porque creo que prefiero ese dolor al del estallido de la cabeza, y no por terror al sufrimiento en sí sino porque la jaqueca me lobotomiza, me deja inerte, in albis, estúpido y vegetal. Y si estoy en ese estado no puedo pensar, y si no pienso, no me llegan los recuerdos sobre ti.
Prefiero concentrarme en la respiración, porque cuando se cumple el ciclo de diez inhalaciones, trago. Y me duele. Y me deleito en el dolor. Para volver a empezar.
Y las emociones pasadas vuelven: Las que viví contigo. Las que me dieron felicidad. Las que me causaron penas profundas. Porque ambas, desde sus extremos, me dieron vida. Esa vida que ahora no tengo. Y ambas me empapan los ojos. Y me hacen moquear. Lo que complica todo, pues boqueo hasta toser. Y al toser armo tal escándalo que todos me miran. Los que me rodean y más allá. Algo que me despreocupa. Porque me duele tragar.
Y aunque no quiera pensar en ti, para evitarme todo este engorro, caigo en la cuenta de que adoro pensar en ti, recrearme en los recuerdos, antes de que se me olviden, o de que ellos me olviden. Porque sé que nunca, que jamás volverás. Porque es imposible.
Y es entonces cuando la verdad invade mi raciocinio. Y sé que no es que me duela tragar.
Es que me duele vivir.


Perdido. Buscado. Encontrado. Deseado y adquirido. Acumulado y guardado. Pero con la mente reblandecida por la inconsciencia y por el absurdo del egoísmo. Por el mal hacer de tus circunstancias. Esas que se convierten en tus excusas para volver a perder más oportunidades. Que volverás a buscar. En un ciclo incontrolable y eterno. Tan eterno como tú.

Dejó caer la copa. Y con los trozos esparcidos en la mesa hizo un montoncito. Después apretó las palmas de las manos sobre las aristas cortantes. Se quedó observando cómo el color rojo manchaba la multitud de transparencias. Y en vez de quejarse por el dolor autoinfligido, sonrió, presionando más aún.
No había decidido cuándo dejaría de hacerlo. Se recreaba con su masoquismo. Se sentía mejor. Era un efecto físico sabido y buscado. Relajándose poco a poco.
Esperando que apareciera ella de un momento a otro. Imaginándose su alarma, su descontento y su ansiedad. Recreándose con la probable propuesta de una prórroga concedida. Mientras que durara la lástima había esperanza. Y para cuando ésta empezara a caducar tenía reservados un plan B, y uno C y todos los que se prolongaran con el abecedario.
Daba igual. Lo que importaba era no dejarla escapar. La amaba demasiado.

El talento. Con él se nace y se muere, muchas veces, sin que quede huella del mismo en el Cosmos. Otras veces, aparece tardíamente, pero siempre a tiempo para deslumbrarnos. Otras, se va fraguando poquito a poco en el horno mental de un ser especial, hasta que la supernova estalla. Y otras, más bien escasas, empieza a cegarnos con su luz a muy temprana edad.
No digo más. No escribo más. Solo os presento a Monami.
«
Mi corazón tan frágil como cristal, pero hay que tener cuidado cuando se rompe, porque corta. Esos pedazos escritos por la última persona que te destrozó. Cuesta tanto respirar, duele tanto recordar. Miedo por volver a llorar hasta quedarse dormido.
Un último suspiro, aunque nos rompamos. Mentiras llenas de cicatrices, dolor que solo ocultamos con una sonrisa. Dentro solo quedan restos de un pasado lleno de mentiras y odio, el cual se refleja en mi piel y ojos, que son ventanas hacia una mente perdida y cansada de intentar parecer que todo está perfecto. Marcas de guerra contra mis demonios internos, que no dejan de perturbarme.
Esto es muy confuso para mí. Necesito algo más que un juego absurdo, algo más que sentirme confundida y aturdida. Dar vueltas como un tiovivo hasta caer… caer a un fondo oscuro y totalmente negro. Cegada por tu propia confusión. Ya no sabes qué es verdad y qué mentira. Totalmente desarmada. Presa de rompecorazones. Rota como una muñeca de porcelana. Tirada al suelo sin saber qué hacer.
¿Llorar? Haz algo mejor que derrochar lágrimas. Sonríe y haz todo lo posible por estar de pie.
Las palabras destruyen más que una bala. Palabras, palabras… que recordamos siempre. Promesas, promesas… que jamás fueron cumplidas. Lágrimas, lágrimas… que abren mi vacío. Sonrisas, sonrisas… que decoran un odio infinito. ¿Por qué? ¿Por qué pasa esto?
No eres mala persona, simplemente te tienen envidia. Envidia a saber vivir sin quejas, sin mentiras, sin cobardías.
Ríete enfrente de mi cara, mientras yo lloro como una niña sola y vacía. Como una muñeca sin boca, sin poder decir nada. Ojos de cristal, frágiles cuando recuerdas por la noche y no paras de llorar. Necesidad de acabar en una caja abandonada. Cuando empieza a pasar el tiempo me lleno de polvo, de odio y de venganza. Necesito retroceder para quitar lo que ahora me mata. Necesito retroceder para cambiar mi futuro. Para cambiar esas lágrimas. Para cambiar esas ilusiones. Pero… ahora me he hecho más fuerte gracias a tus empujones que me hicieron romperme hasta desaparecer. Ahora sé cómo soy, y sé que no debo ser como tú.
Mi mente explota de tantas palabras, como un globo que llenas de mucho aire. Mi boca siempre la he tenido tapada con celo. Mis manos las he tenido atadas con cuerdas. Mis ojos cegados con una venda. Mi cuerpo tumbado sin fuerzas, sin poder levantarme. Mis sentimientos rotos. Me siento manipulada como un títere al que apuntan con una pistola, frente a su cara, sin poder verla. Pero no puedo seguir así.
No puedo seguir de esta forma. Totalmente encerrada en un cuarto a oscuras, en el cual solo puedo oír unas gotas encima de mi cabeza. Torturándome.
Puede que dentro de poco todo eso acabe. Luchar, luchar y luchar. No volver a rendirme y no dejar que me pisen.
Puede que tú hayas sido mi luz en mi oscuridad pero ahora eres mi oscuridad en mi luz. Solo puedo prender fuego y así iluminar toda mi valentía y poder. Yo no soy un títere. Yo soy un pájaro que vuela, libre y sin ser de nadie.
«

Tornillos moleculares. Se trata de los tornillos moleculares repartidos por mi estructura craneoencefálica. Y aunque no tengo localizados todos, noto cómo algunos están desestabilizando mi equilibrio. Y si éste me llegara a fallar en cualquier momento el desbarajuste tendría tal magnitud que llamaría la atención del Sistema y éste tomaría represalias con el resto de mi estructura base.
No podría tener miedo, aunque quisiera. No me ha estado nunca permitido.
Pero una especie de sufrimiento se apodera de mí cuando racionalizo las consecuencias de los desajustes moleculares. Porque pienso más allá: en niveles atómicos y subatómicos. Y en la influencia del malfuncionamiento preprogramado en el Continuo.
Y si el Continuo se desequilibra, los efectos en los demás entes que lo habitan serán catastróficos, anulando la existencia de unos y cambiando radicalmente la de los otros.
Los localizaré y abandonaré esta suerte de pesimismo. No tiene por qué pasar nada. Pocas veces ha ocurrido. Solo es que el Sistema me lo recuerda. Por si acaso decido dejar de ser Dios.

Me libré por una buena. Casi caigo por el precipicio, pero me libré por una buena. No tenía que haber tomado la curva a esa velocidad. No en esta zona. Y menos aún con esta carraca de coche.
Aunque el impacto ha sido bestial, me libré por una buena.
No sé por qué el camión que venía de frente tuvo que tomar la iniciativa y dar el volantazo.
No sé por qué no lo esquivé pensando solo en el vacío que me comería si frenaba de golpe.
No sé por qué la dije que no hacía falta que se pusiera el cinturón, si no quería, para un trayecto tan corto. No sé por qué tuvo que hacerme caso fiándose, como siempre, de mí, me imagino que por amor.
Se la están llevando. A ella y al conductor del camión. Sin vida.
Me libré por una buena.

En mi celda, espero.
Pero cierro la puerta.
Y espero. En la celda.
A que otros abran la puerta.
Para sentirme querido.
Para tener salida.
Y vida.

Teatro abierto. Mundo abierto. Telón levantado. Y las ocurrencias sin sentido de un individuo arrepentido del papel que ha aceptado, ante la mirada amenazante del director de escena, porque su vida vacía se lo merece. Y como no hay marcha atrás, al pasado continuamente cambiante, se aprende el libreto, para intentar convencerse que su vida tiene una finalidad en el Universo.
Pero el teatro sigue vacío, y quizás nadie acuda, porque las entradas, demasiado caras, no se las puede permitir nadie.
Y los diálogos que tiene que memorizar, tan insulsos que da pereza aprendérselos, no dan sentido al mundo abierto que, segundo a segundo, va clausurando sus puertas de acceso. Y cuando el mundo se apague, no porque no haya luz que lo ilumine, sino porque las escenas repetitivas lo asesinan, él, como todos los otros, los miles de millones de otros, se fundirá en la nada, disgregándose en la mezquindad de los dioses, los directores de la obra desasosegante.
Y el telón bajará para volver a levantarse. Periódicamente. Sin prisa. Sin pausa. Sin remedio.
