Confesiones desquiciadas

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las  dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

 

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Pionero

Vuelvo a estar solo otra vez.

Casado y con hijos, pero solo otra vez. 

Con amigos, pocos y escogidos, y cientos de conocidos, pero solo otra vez.

Echando de menos el contacto humano.

Queriendo salir y abrazar. Queriendo conversar y, sobre todo, escuchar.

Solo, siempre solo. 

Y cuando me entra el bajón, me pregunto, después de secarme las lágrimas, que a veces no puedo controlar: 

¿De qué vale la fama?

¿De qué vale ser un pionero?

¿De qué vale vivir algo extraordinario?

Si, al final, estoy solo.

(Diario Personal, clave a69X8THRE3, Mars Mission Dome/ Cúpula Misión Marte)

 

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Esperad noticias

Queridos amigos que algún día podáis leer esto:

   Parece mentira. He logrado llegar a Barajas a las nueve y media de la mañana. Y aquí me tenéis, escribiendo después de complicarme un poco la vida. Me refiero a que lo de ser vegetariano me trae algún problemilla que otro.

   Mis amigos expedicionarios se olvidaron mencionar ese detalle tan tonto respecto a mí y, claro, cuando lo digo en los mostradores en que me dan la tarjeta de embarque ¡plaf! no voy a poder comer a mi modo desde Madrid a Chryse Planitia. Tendré que escoger secciones comestibles para mí de entre el menú poco variado que me ofrezcan. Han tardado en atenderme más de lo normal porque, además, a petición mía, se han molestado en intentar reservarme mi nutrición especial en el transcurso del vuelo de vuelta. Son unas ricuras estas chicas.

   Terminé todo el papeleo en un cuarto de hora. Hasta tuve que pasar por R-X mi equipaje al confesar que no sabía lo que Elizabeth me ha legado para que entregue a su hermana y que resultó ser una batidora. Y ahora, mientras escribo con esta maravillosa pluma que me regaló Armando, estoy dejando pasar la hora que falta hasta mi embarque. Salgo a las 11:25 AM pero debo estar en la lanzadera a las 10:45 AM.

   Me he propuesto absorber todo lo que ocurra a mi alrededor y concentrarme en mis objetivos a realizar. Necesito dejar de pensar, hasta donde resista, en todo lo que dejo aquí. La ilusión de volver con nuevos ánimos vitales me ayuda a no obsesionarme con lo que me espera a la vuelta.

   Y justamente lo que me ha estado martirizando durante estos últimos días es muy distinto a lo que, en un principio, cuando me planteé el viaje, concentraba mis pensamientos: Converger todo mi amor en una persona determinada en vez de buscar el conocimiento.

   Me iniciaré magistralmente en el arte de aprender, aprender de mí mismo y de los demás.

   Esperad noticias.

 

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La Búsqueda

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   No llegué al sueño en todo el resto de la travesía.

   Realicé lo rutinario en cualquier vehículo espacial dirigido que estuviera a punto de entrar en nueva atmósfera: La asepsia integral, la desintegración de las vestimentas y calzado utilizados en el viaje, y la esterilización de los complementos insustituibles, así como la incorporación de un atavío unisex de un único uso que estuviera de acuerdo con la moda del planeta en el que iba a ingresar, compuesto por un vestuario de riguroso estreno, y en tal caso, con los gérmenes propios del mundo en cuestión.

   Completado esto, anduve, sin demasiada prisa, por el corredor, dirigiéndome al portón de salida. La antigravitación me depositó sobre un deslizador uniplaza que tenía ya asignado un domicilio en la memoria de su orientador electromagnético. 

   Durante la carrera, dejé a los lados avenidas rancias de lujo, con luminotecnia que sobraba, que se hacía barroca en las formas y en los usos, pues con el día que estaba reiniciando, se aportaban demasiados brillos a los metales de las calzadas, de los edificios, de las alturas surcadas. La privacidad de los acontecimientos que contenían aquellas interminables sucesiones de rascacielos, que conferían monotonía en la línea paisajística, se hacía redundante con las placas de fibras traslúcidas. Los habitantes de aquella no debían de amar las sorpresas, la variedad, la inconstancia.

   No pude adivinar ninguna huella de creatividad, pues se había olvidado la presencia de la pasión, del equilibrio entre lo racional y lo sentimental, para dominar con la lógica incolora y pragmática. Además, iba a demasiada velocidad para permitirme degustar los aromas, sonidos y colores de las escasas pausas llenas de Naturaleza.

   El deslizador fue desacelerando a medida que iba rozando las altas hierbas del prado violeta surcado por la senda de aproximación, señalada a ambos lados por dos hileras de enhiestos frutales, y finalmente se detuvo.

   Pisé el suelo y subí las escaleras pulimentadas sin ayuda de ningún automatismo. Raramente se veía aquello, pero así era en aquel planeta: los usuarios debían subir los peldaños luchando contra sus propios pesos activando sus aparatos locomotores. No se consideraba arcaico, sino elitista.

   La cima estaba coronada por una pileta de roca artísticamente labrada y, tras ésta, un portal ciclópeo que escondía mi próxima soledad.

   Una gran baldosa metálica resaltaba de entre las demás pétreas, y sobre ella me situé, siendo analizada mi identificación. Y escuché una voz dentro de mi cabeza.

   “»No luche demasiado. A veces, no vale la pena.”»

   La mirada perdida en un punto fijo imaginario. Dejé pasar los pensamientos que me desolaban y repelí lo que me servían de consuelo, dejando la mente en blanco, evacuándola de todo su contenido, pero siempre teniendo dominio sobre ese vaciado. E ignorándolo todo.

   Me olvidé de mí mismo, siendo menos que nada, y ese era el escarmiento que me merecía y el que había estado buscando cuando me planteé viajar hasta ese planeta, pues, aunque había soportado años de voluntaria penitencia, de castigos psicofísicos incontables e incomparables por su severidad, no había logrado borrar mi angustia de omnipecador. Había soportado la carga, el peso continuo, y la flama incombustible en mi corazón, con la expectativa de que algún día se hiciera cenizas, para que pudieran volar y repartirse en el ciclo constructivo del quizás volver a ser.

   Y allí, encima de aquella gran baldosa metálica, me llegó la Iluminación:

   “»De todo existen dos caras, dos polos. Si considero que estoy inmerso en el Bien, debo considerar que el Reflejo de ese Bien es el Mal. Y yo nunca he actuado al otro lado del Espejo.»