Anonimato

 

El primer descerebrado que prendió la llama en Alejandría, en su Biblioteca, hizo anónimos a miles de autores, en el futuro incierto.

 

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¡Fuego!

   Rodilla en tierra, miré a los ojos de una de las víctimas de esta guerra absurda y cruel. Tras un breve lapso, miré a esos mismos ojos a través de la mirilla de mi fusil. Tras otro breve lapso, pensé en mí y acaricié el gatillo. En el último lapso, el comandante del pelotón miró a mis ojos y asintió. ¡Fuego!

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