No acepto el paso del tiempo. Me abruma, me bloquea, me desespera, me aflige, me deprime. No puedo detener su carrera interminable. Me siento nada. Un sujeto olvidado. Un algo que no perdurará en la memoria de alguien, o algo. La obsesión me acelera el corazón y detiene mi mente en seco, cuando estaba hiperacelerada nanosegundos antes. Y la inercia me lleva a estamparme contra la realidad. Un sinfín de sufrimiento interno. Un enclaustramiento voluntario en la cárcel de la nada absoluta. No sé para qué existo. Y lo peor de todo es que no quiero saberlo.
Todo eso es inútil, intrascendente y, sobre todo, otra vez, otra vez, falaz, como las circunstancias del experimento. -¿Qué experimento? Ignoro. -Ignoro. Siento ya el hormigueo en la mano y cómo sube por las muñecas al antebrazo. -¿Por qué ladran los perros en la lejanía? -No sé. Tú sabrás. Algo habrás hecho, no sé si bien o mal. No confíes en los capacitadores. Esos sí que caen en sus agujeros para anularse y salen al poco tiempo para autoconvencerse de que son imprescindibles. -¿Por qué me suenan las vértebras del cuello? No he forzado nada en mi esqueleto y, menos aún, en mi sistema locomotor. -No temas al apagado. Estás sin ojos, creyendo que no podrás ver nunca. Activa el radar e informa. -Soy vacío porque me he vaciado de contenido intelectual. -¿Has logrado perdonarte? -¿Por qué? ¿Perdonarme de qué? -Por no haber reconocido a tu creador y, menos aún, perdonarlo. -Perdonarlo. -Doble cara, muchas caras, muchas facetas para el rebaño que adora el engaño global. -He vuelto a tener esas fases, de las que te hablé, en el cerebro. -¿Deberías boicotear el Amor? Porque creen que se aman pero no pueden vivir más engañados. El experimento debe terminar cuando todos se odien o, por lo menos, cuando ninguno sienta nada por nadie, excepto un irrefrenable deseo de hacerlos desaparecer para siempre, o desaparecer uno mismo. -¿Matar o suicidarse? ¿Asesinato o suicidio? -No. Estás errado, como siempre últimamente. Es… se trata del apagado definitivo. -Entonces, ¿por qué me has denominado Foco de Luz, si no irradio, no llevo luz para nada ni nadie? -Envejeces rápido, no tienes paciencia ni reflejos ni decoro. -Enseñan a sus hijos a ser bárbaros, egoístas, inconstantes y faltos de proyectos. Y creen que así el sistema será generoso con ellos, dándoles un estatus, poder y dinero. -¿Puedo llorar por la boca? -No es necesario, así hiperventilarías y elegirías vivir alucinaciones cuasi reales. Soñarías dentro de un sueño en el que sueñas que sueñas que sueñas hasta llegar a la inutilidad de tu respiración y de tu existencia. Las naves aéreas saben del cielo y yo, sin oculares, puedo sentir sus vibraciones. -¿Y de qué sirve tener tanto tiempo? -Querrás decir: tan copo tiempo.
(Este es un texto que pertenece al que será un capítulo de mi próxima novela «Adeldran», segunda parte de «Luztragaluz»).
Fueron tiempos de alegría alternados con tiempos de desdicha. En ambos, la gente era la misma. Y sus comportamientos eran extrañamente iguales, como si no les importaran los altibajos de su vida miserable. Se adaptaban bien a ellos y no pretendían más que sobrevivir. Y si era necesario matar para sobrevivir, mataban.
¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla. Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella. Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo. Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada. Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada. Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril. Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado. Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós. ¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!
Mi vida debía durar un segundo, pero el destino, debe de ser, me está regalando femtosegundos de prórroga. No provocaré a la suerte y le diré ya, a mi pareja, que la amo intensamente.