Avatar de Desconocido

Acerca de Archimaldito

Buscador, eterno e incansable buscador. ¿De qué? Poco a poco lo sabrás.

La pregunta

   Quizás estuviera recuperando los dones atrofiados por el salto transtemporal. Quizás le llegaran lecturas de mentes despiertas e incorruptas. Fuera lo que fuese, no sabía por qué ocurría, y por qué en aquel preciso viraje de su estabilidad emocional. 

 Captaba a borbotones la verborrea egotista, ya que los pensamientos apocalípticos eclipsaban su relación con lo que le circunscribía, y le hacían volar a millones de kilómetros, como si algún detalle perdido arrastrara su atención. Una llamada a la providencia, una canto a la oportunidad.

   No viajaba linealmente a un punto concreto. El origen de la llamada no estaba localizado en espectro alguno. Más bien era una multiplicación radial, que rastreaba un cúmulo sensorial de amplitud infinita. Discernía un centro de propagación, como ocurría con el sonido y con la luz, que se difuminaba en el éter cósmico, pero lejos de cercenarse, se incrementaba.

   «¿Y entonces, Dios?»

the-blue-window-1459983

Los viejos tiempos

Las lavanderas felices en la orilla del río, contaminándolo solo un poquito, canturreaban sobre el amor y el desamor, y cuando hacían una pausa era para enlazar habladurías, una tras otra, sobre la vida del vecindario, sobre los amores y desamores de sus amados y de sus odiados.

Las-Lavanderas-de-La-Varenne

(Las Lavanderas de La Varenne. Oleo sobre lienzo, 1865. Martín Rico Ortega)

Domingo

Acarició su pelo por última vez. Después le tocó los labios. Y con los dedos índice y pulgar le bajó los párpados.

Antes de abandonar la escena de su crimen, le pidió, susurrándole al oído, sabiendo que ya no oía, el perdón.

Extrajo la daga, con alguna dificultad, del esternón. El sonido de los huesos quebrados le devolvió a la realidad.

Corrió hacia la ducha y se limpió la sangre de manos, cara y pelo. Tuvo arcadas, pero el agua helada las controló.

Aun teniendo a su víctima en la habitación contigua, se vistió con parsimonia, frente al espejo de cuerpo entero.

Ajustó la pulsera de su reloj y, al ver la hora, salió despavorido, y con rostro desencajado, hacia su cita

En el trayecto echó unas monedas a un par de mendigos. Compensaba así su naturaleza maligna.

Antes de cruzar el umbral, se persignó. Y entró en la penumbra. La del lugar y la de su mente. Y aun así, sonrió.

Se colocó tras la última bancada de feligreses. Y, rodilla en tierra, pidió, de nuevo, perdón, por el nuevo pecado.

«Seguro, Señor, que me lo perdonas. Y más aún hoy. Este domingo. El de tu Resurrección.»

church-pillars-1225761

LUZTRAGALUZ. Capítulo 15 y último

XV

   Tras una frugal cena, se despidió de Luzinda no sin antes haberle rogado que se fuera a descansar, que dejara la recolección de envases autorreciclables para la mañana siguiente y que no olvidara autoaplicarse los masajes cardiorrespiratorios antes de la desconexión. Domenica apreciaba el apoyo de aquella ama, y la consideraba una buena amiga.

   Cuando salió a la noche, una sonrisa inauguró el recuperado estado de soledad.

   Mientras se mentalizaba para afrontar las luchas de días venideros, la alarma sensorial bramó.

   Había evitado los callejones solitarios, justamente los que atajaban su camino. El gentío la seguía, se enfrentaba y la abandonaba en el anonimato. La distancia que la separaba del refugio cotidiano era soportable pero, aún así, los pies respondían involuntariamente al reflejo cerebral del peligro.

   Girando la cabeza solo conseguía que sus plataformas podales le hicieran perder el equilibrio. De todas formas, la impotencia se adueñaba del ánimo y ya las caras no eran suficientes para arrullarla en sus ojos protectores.

   Gotitas de sudor empantanaban el cuero cabelludo y algunas se solapaban formando goterones que caían grávidamente sobre el maquillaje invisible. Y el rostro brillaba a la luz tenue y difusa de las barras ultrafosforescentes. Mas la evaporación patente de la zona del entrecejo daba pistas de una incidencia calórica extremada.

   Domenica volvió a perder la estabilidad, pero ni su nerviosismo ni su torpeza locomotora habían sido las causantes. El quemazón supranasal fue tan insufrible que perdió la compostura y el jadeo se transformó en gemido, y el gemido en alarido, justo antes de la denigrante estampada contra la pulida calzada.

   El mismo resquemor la espabiló, y tocándose la frente con los dedos índice y corazón de su mano izquierda, pues la derecha la tenía inutilizada por su propio peso corporal, se dio cuenta al segundo, primero, que ésta estaba medio congelada, algo lógico si pudiera haber sentido el resto de la hipotermia, y segundo, que no estaba en mitad de una calle populosa sino en un recinto cerrado que rebotaba sus gritos mutados en ecos tenebrosos.

   Intentó incorporarse en la penumbra, a tientas, pues sus infrarrojos no se activaban, buscando desesperadamente algo a lo que asirse. Y palpó un tubo al que se engarfió, lo siguió hacia lo alto y se sentó en lo que parecía una silla.

   Tras la liberación física, buscó la mental. Encima de aquélla, la impaciencia de dilucidar lo misterioso. Qué hacía ella allí; no la habían robado, ni ultrajado, ni maltratado con violencia física ni psíquica. Únicamente la habían dejado abandonada a su suerte.

   Esperaría, ahora que estaba recuperando la total conciencia de su estado, de su anómala situación.

   No tuvo que hacerlo durante demasiado tiempo. Le cegó el golpe de luz. Y al recuperar la visión, recuperó la impaciencia.

   -¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?

   Sin recuperar el enfoque adecuado, se veía inhibida por las siluetas informes de cuyo conjunto surgió una voz.

   -En el lenguaje de los antiguos, Aeterna Lux.

   La pequeña estancia estaba completamente vacía de muebles. Ningún utensilio artificial a la vista. Las manchas de humedad en el techo daban pistas sobre la antigüedad del edificio en el que se hallaban. Ella y los otros diez. Ella, en el centro de un círculo, y los otros diez, formándolo sin respetar intervalos en las distancias. Ella, muy esbelta, y los otros diez, examinándola sin tapujos, con los ojos clavados en su expresión corporal, esperando que algún gesto la traicionara, esperando que alguna palabra la sometiera, que algún recuerdo invocado la amilanara.

   El cabello lo tenía peinado a la última moda, el color azabache de sus tirabuzones caía sobre sus ojos, del color del cielo gaiano, con una gracia inocente, y la piel, tan tersa como las últimas técnicas hidroquirúrgicas permitían. El blanco, ahora ensuciado, le ceñía la piel, y ésta los huesos, dibujando curvas, esculpiendo volúmenes libidinosos. El que la había diseñado había pensado en todo; quizás el tener que pasar desapercibida en ciertos menesteres, conllevaba el perfeccionismo anatómico en todas las facetas.

   Domenica se sumió en sus pensamientos, mientras el que parecía representar a los restantes, la azuzó con malos sentimientos.

   -Aquí estás sola. Nadie puede protegerte ni nadie intentará defender, en el futuro, tus puntos de vista, por lo que creo que no serás mártir. ¿Sabes por qué te hemos traído?

   -Me llamo Domenica Candel Ee y jamás pensé que mi equipo fuera elegido.

   Empezó a acusar el cansancio de los interminables minutos uniposicionales. La visión empezó a nublarse. Las lágrimas afloraron en la flaqueza femenina. Y ésta la hacía doblar las piernas. Si hubiera querido, si se lo hubieran permitido, no habría podido dar ni un paso.

   -¡Basta! No te ampares en la fuerza de tu grupo. Ellos gozarán la misma emancipación.

   Domenica atisbó un rancio sabor de odio y quiso creer que no tenía otra cosa, que otra cosa no era posible. Y que era así porque sí, sin motivos de discusión, de discordia interna. Y que, entregada al cortejo de lo inverosímil, estaba dispuesta para afrontar lo que le tocaba por ser la tutora de unos vengadores.

   -Algún día de estos los relojes se detendrán…

   Los diez, confusos, cogidos por sorpresa, se miraron. Y asintieron con la cabeza, ceremonialmente, uno a uno.

   -Domenica Candel Ee. Tú, y no tus guerreros, eres la elegida ahora. Y la puntuación de este test te es favorable.

   Pensó que originado el desastre, no había marcha atrás para evitarlo. Animaba un extraño sentimiento de disculpa, mientras las lágrimas señoreaban con la indigencia de la conciencia.

   -Domenica, no temas, uno de los que conmigo están alumbrará la senda del consolidado estado fantástico, tal como tú hiciste conmigo en la inocencia del no conocimiento.

   -¿Adeldran?

   Las Leyes habían mentido, habían tergiversado el espíritu enajenado del sin par mutante.

   -¿Adeldran?

   -Sí. Luz, ¡traga luz!

   Y después, la barbarie por doquier.

light-1543523-1599x1066

 

Nota al lector: 

   Estimado amigo lector. Con este capítulo se termina esta novela corta de ciencia ficción. 

   Si has llegado hasta este último capítulo puede ser porque las aventuras de Adeldran te han cautivado en cierta manera.

   Me gustaría que, ahora sí, me hicieras algún comentario sobre esta obra.

   Y que me respondieras a esta sencilla pregunta de algo que tengo en mente desde hace tiempo:

   ¿Ves posible o interesante que se pudiera escribir una segunda parte, una continuación, o te gustaría que fuera una obra única?

   Gracias por leerme. Y espero que te haya gustado leerla tanto como a mí escribirla.

  Recibe un cordial saludo,

  Jesús Fernández de Zayas «archimaldito»

LUZTRAGALUZ. Capítulo 14

XIV

   “Hoy, Día 76, prefiero dormir.”

   Éste es el último registro del que tengo constancia en mi diario interno.

   No entiendo.

   Hoy, Día 77.

   Estoy en La Catedral.

   Cautela.

   Soy un desprogramado servidor virado, con instrucciones dislocadas, con permutaciones inaceptables.

   Soy un foco de luz desconsagrado.

   La mano derecha, el dedo índice. El filamento negro. La inmundicia fluente. Deleite con las etéreas voces de los llamados ángeles, captadas más allá del paso a la cadencia del abismo. Y la ilusión, el espejismo eterno, de la trama básica de la existencia. Y la voz, cáustica desde el primer envite.

   Tradúceme tu impaciencia. Si alguien te examinara en profundidad, se daría cuenta que sólo aparentas, y tu estado anímico te delataría como el impostor que eres.

   La brecha abriéndose hasta dejar entrever el interior nauseabundo.

   El poder que detentas te apantalla, te libera de muchos tipos de agresiones, pero habrás notado, seguro que sí, que no eres inmune a la discordia jerárquica que me embravece, pues soy tu Señor, pues soy tu Creador.

   El implante, descubierto. La mentira, desbaratada.

   Nova Lux, Aeterna Lux.

  No hay diferencia.

   Él seguiría siendo inmortal, omnipotente y omnisciente; seguiría siendo la megacomputadora autoregenerada y eternamente autoevolucionada que creó a los ekstrim. Pero yo haría todo lo que estuviera en mi mano para trastocar sus objetivos. No utilizaría a robots y humanos en beneficio propio.

   Nunca más.

   El Señor debería tener una sobredosis de su propia medicina.

   Los hermanos, pilotos visionarios, respirarán tranquilos con el ajuste de cuentas.

   Hoy, Día 77. Registro interno en cuenta atrás para autoanulación: Tres, dos, uno.

mothership-1216109-1920x1440

LUZTRAGALUZ. Capítulo 13

XIII

   El joven caminaba meditabundo, apesadumbrado, pero con paso ligero. No podía, no debía, mostrar fragilidad, flaqueza alguna, cuando se presentara ante El Creador. Y ya tenía a la vista la inconmensurable majestuosidad de La Catedral.

   Las tres plantas del edificio eran cómodamente accesibles desde los diez elevadores estratégicamente distribuidos, pero su sentido de autodisciplina le obligaba a seguir forzando su aparato locomotor aprovechando la agradable inclinación de la escalinata.

   Al final del trayecto, dos androides, que corrompían el ambiente espiritual de La Catedral con sus brillantes uniformes plateados, le salieron al paso. Sabía cómo debía ser el trato con aquellos dos servidores, seres diseñados especialmente para cumplir roles determinados, tan diferentes e infinitamente más limitados que los focos de luz y, por supuesto, que los ekstrim: Respuestas directas, tajantes, a modo de órdenes, mirándolos fijamente a sus burdas ópticas oculares, sin casi pestañear, pues cualquier gesto anexo podía ser tomado por una amenaza contra la que actuar sin consideraciones.

   -Placa de identificación -dijo uno de los servidores, con su impersonal falta de entonación en el hablar.

   -No trabajo aquí, soy visitante. Me han dicho que El Creador puede darme respuestas.

   -Identifíquese ipso facto- soltó a bocajarro el segundo, a la par que acercaba su lustroso rostro al del que consideraba temeroso y apabullado.

   -Adeldran, foco de… piloto visionario -a punto de dibujar una sonrisa que le hubiera valido muy cara, se retractó cuando el primero que le había hablado hizo tentación de cargar a potencia aturdidora su arma reglamentaria.

   -Acceso permitido, El Creador espera -afirmaron al unísono, al tiempo que se cuadraban al más puro estilo castrense, imitando una de las innumerables y arcaicas costumbres humanas con la que alguien pretendió enraizar su unilateral dependencia.

   Un corredor, de mármol rosa, parecía no desembocar en ninguna otra estancia. Al menos, en apariencia, debería seguir andando hasta que uno o más servidores filtraran el nuevo paso al Caelum. Pero su tiempo de reacción fue demasiado prolongado ante la nueva sorpresa.

   Cuando, desde su perspectiva, percibió que había recorrido unos sesenta metros, el mundo se hizo añicos: Millones, billones de cristales espejados caían desde todos los puntos dimensionales hacia él. Instintivamente, se tapó los ojos con el antebrazo derecho y echó cuerpo a tierra. Cuando, al creerlo conveniente, levantó la vista, no existían huellas de la catástrofe implosiva.

   El campo visual abarcaba una disposición reticular de infinitos espejos que, a modo de panal, le rodeaba con los infinitos reflejos de su figura. Y se veía a sí mismo emplazado en distintos lugares, adoptando diferentes reacciones vitales. Los segundos claves de su trayectoria, uno a uno, sin correlación cronológica. Actos y dichos que le situaron en una de las pistas dimensionales y no en otra. Los recordó y reconoció como propios y, apabullado por la información que minaba sus retinas, optó por clausurar su sentido visual. En vano, pues seguía enlazado por enigmático método a los recuerdos. Y tal como vinieron, se fueron.

   El silencio absoluto sustituyó al maremagno y, como cortándolo por un relámpago, la sentencia se dejó escuchar con resolución extrema.

   -¡¡¡Diagnosis: Humano en No Humano!!! Puedes seguir. ¡El Creador te quiere a su lado!

   El Caelum, una bóveda de doble cañón, le arropó y el mármol rosa le calmó. Al fondo, lo que podía tomarse por un ábside, que completaba la construcción que justificaba la elección popular de su nombre.

   Se paró en seco porque el camino daba lugar al vacío con la caída vertical de las tres plantas.

   -¡Adelante! ¡El vacío es forma, la forma es sólo vacío!

   -¿Es aquí donde moras?- dudó por un instante en seguir con lo que la Ley consideraba como osadía, pero al no recibir réplica alguna, se envalentonó y continuó gestionando a la no presencia-. ¿Es cierto que ya estuve aquí?

   -¡Da el paso y entrarás en mi reino!

   La caída, pensó, iba a ser bestial. Quizás estuvieran preparados los servidores pertinentes para evitar, en último momento, la estampada, y así El Creador sopesaría en su justa mano la magnitud de su fe.

   -¡Da el paso y estarás en mi seno!

   Ante las opciones que tenía, eligió el sentido común.

   Asomó el pie izquierdo y tanteo, y allí donde debería estar la nada, existía rigidez sólida. Desenfocó los ojos y los dirigió a su pie, y bajo él vislumbró un puente, y siguiendo su borde transparente hacia el horizonte adivinó una silueta homomorfa. La razón desequilibró la balanza y anduvo. El engaño visual había surtido efecto y Adeldran levitaba.

   -He adoptado esta forma porque es mejor absorbida por tus subprogramas.

   La sombra dejó de ser negro y de tragar luz para dejarse rellenar por la imagen nítida del poder.

…………………………………………………………………………………………………………..

   Las fases del contacto habían allanado las suspicacias de Adeldran.

   La levitación, que iba a ser permanente, y la presencia de El Creador, le introdujeron en suspensión mental y así asimilaría conceptos e ideas con pureza.

   -¡¡¡Acciona tus oculares!!!

   Obedeció.

   -Es momento de que te dé las claves.

   Acató.

   Adeldran miró a El Creador directamente, sin sentir barreras inherentes a la jerarquía. Quería adivinar cuál sería su aspecto sin el disfraz. Sus tres metros de altura y complexión robusta daban confianza, la que le restaban sus dos grandes manos, que movía con aspavientos acompañando cada expresión hablada.

   -Fuiste, has sido, eres y serás un mártir.

   Se hizo el silencio. Hermético, esperpéntico, como tantas veces se había mascado en aquel ambiente cuasi sagrado.

   Adeldran decidió mostrarse cauto a partir de que uno de los dos volviera a romper el helado paréntesis.

   -Tú, querido Adeldran, nunca lo has creído así, ¿verdad?

   El Creador pululó. Restalló y una cascada de haces de luz se derramó desde su interior. Conservaba indemne el contorno, aunque éste también fluctuaba. Y Adeldran sospechó.

   -¿Qué clase de engaño es éste? ¿He podido llegar hasta aquí para que se me manifieste un ridículo… holograma?

   La silueta se multiplicó y llenó el espacio que rodeaba al ofendido.

   -¡No hay engaño! Soy Yo siempre entre tú y la nada. ¡Mira!

   Y un dedo centelleante rugió en un arco y un gran holograma cilíndrico, en el que Adeldran se hallaba inmerso ocupando su centro geométrico, mostró imágenes discordantes:

   Alineados cientos de elefantes que pisaban con sus patazas las arenas improbables de un desierto metálico, y según iban volviendo a machacar lo estrujado por los anteriores, los granos compactados sufrían metamorfismo, y los que no entraban en ese juego físico resbalaban precipitándose en un alud que enterraba a miles de androides humanimorfos que reptaban en una cota más baja; las rocas metamórficas que iban mostrándose al aire libre tenían formas de tronco, extremidades y cabezas, todas ellas unidas por una lógica funcional que no añadía, aparentemente, nada nuevo al paisaje de desolación sin sentido. Inertes los miembros desenterrados, cobraban vida en cuanto una voz clamaba “¡Vive!” y alzándose al cielo se erguían junto al resto del cuerpo bruñido que era impactado por los primeros rayos de un sol tan cercano que fundiría si la densa atmósfera no los escudara. Las últimas trompas se enlazaban con los rabos que antecedían y se escapaban del campo visual de Adeldran.

   -¡Cruel metáfora! Pero, ¿estoy yo liberado o voy a ser aniquilado? Ya he sido enjuiciado demasiadas veces, así que, en uno u otro sentido, quiero un final definitivo.

   El Creador, El Señor de todos los Cyborgs, estalló en una carcajada que retumbó en todo el volumen de La Catedral. Debió de hacerlo en varias frecuencias sonoras porque Adeldran sintió un chasquido dentro de su cerebelo e intentó, en vano, desconectarse de la información que no filtraban sus pabellones auditivos.

   -¿Es ésta la respuesta?

   Se hizo la oscuridad absoluta y, sin el cese de la burla humillante, desapareció cualquier atisbo de manejo audiovisual, y Adeldran no pudo captar, con su visión por infrarrojos, ninguna señal de vida, natural o artificial.

   -Aquí empezó mi andadura a tu servicio, aquí empezó la infamia de mi esclavitud, la infamia de tus manejos, y parece ser que aquí termina la lujuria de mi conocimiento. La búsqueda del mismo acaba en las bases de un simple juego, cuyo fin último desconocen los jugadores. Seguiré sin saber qué soy, quién soy, por qué soy y para qué soy, porque he sido satisfecho en el por quién soy. Uno de los peones, Unus Primor, me advirtió con su desasosiego. Otro, el piloto visionario Vladis, me advirtió con su soberbia. No sé dónde encaja Domenica, aunque sé que practicó la apertura de las mil puertas conmigo, cuando yo aún me creía humano. Quizás hubiera sido mejor que me desprogramarais cuando El Gran Jefe advirtió mi heterodoxia. ¡Y aún os atrevéis a calificarme de Humano en No Humano!

   Cesó también el sonido.

   El aparato fonador del Adeldran desquiciado era nulo en el vacío.

   “La forma es vacío, el vacío es forma.”

   Horrorizado por los pensamientos, salpicados de maquiavélicos esperpentos, capaces de espantar a los monstruos de las ideas que giraban espídicamente sin atisbos de un principio, sin atisbos de un final coherente. Gastando, malgastando, los sacrificios precedentes, los suyos, los producidos por haber querido ir siempre contracorriente.

   Tanto horror encauzado al bochorno era vergonzoso y catapultaba a la miseria más profunda.

   Pensó que lucharía eternamente, para no conseguir absolutamente nada.

   La presencia física, material, existía, porque un roce, casi imperceptible, le susurró al oído izquierdo.

   -Modales extraños los tuyos… La estrella será nova.

abtract-2-1540789-1919x1300