Artista

Dicen que soy un artista.
Algunas personas dicen, incluso, que soy un buen artista.
Esta es una faceta de mi vida que siempre me ha acompañado, desde niño, y que intenté ver materializada en mi adolescencia cuando quise ser actor. Pero no pudo ser.
En el 2016 empecé a cantar en jam sessions, tímidamente, para salir de la depresión en la que caí tras la muerte de mi padre, en julio de ese año.
Haciendo coros para otros cantantes llegué hasta la eclosión con Purple Rain, de Prince, que dedicaba, en mis pensamientos, a mi padre, y más tarde, cuando también falleció, a Prince.
Considero que nunca he cantado bien hasta hace bien poco.
Tras la Pandemia, realizando covers, a mi manera excéntrica, de varias canciones conocidas por la mayoría del público de jam sessions y open mics, me fui haciendo conocido en la escena underground de Madrid.
Sé que lo que hago no agrada a muchos pero me reconforta saber que puedo dibujar una sonrisa, e incluso una carcajada, de satisfacción en el ánimo de otros.
Todos los elogios recibidos continuamente, los aplausos, no se han visto materializados en ningún proyecto mío o de colaboración con otro artista.
Quiero que ese arte del que algunos quieren convencerme que tengo, se haga conocido, para poder hacer feliz a la mayor cantidad de gente posible.
Pude haber aprovechado, en el año 2022, la oportunidad de aparecer en la TV, pero no lo hice por miedo a que repercutiera en mi vida laboral, ya que yo no padezco del mínimo sentido del ridículo.
He podido ser manager o representante de varios músicos, he podido ser presentador de Open Mics en Madrid y otras localidades aledañas, y no lo he hecho.
Una amiga, artista reconocida, me dijo una vez: el Arte hay que pagarlo y a ti te tienen que pagar por tu arte.
Yo transformé, en mi interior, su consejo, creyéndome, de corazón, que mi arte hay que valorarlo y me tienen que valorar por mi arte. Más allá de lo económico, más allá de lo transaccional.
Me tomo su consejo en serio ahora, en el comienzo del año 2026.
Y sigo abierto a cantar con mis amigos o participar en proyectos colaborativos, o a actuar en salas que me inviten para hacerlo.
Soy un artista, porque ya me estoy creyendo, en serio, que lo soy.
Gracias por escucharme, por verme, por dejarme ser libre encima de un escenario.

En Aranjuez, a 1 de marzo de 2026.

Firmado: Jesús Fdez. de Zayas «Archimaldito»

Selfie o autorretrato

Síndrome de abstinencia

Es algo increíble y no sé cómo explicarlo.
Seguro que los que se acercan a mi situación, o están en ella, lo comprenden, pero para mí es algo que va a más.
No bebo alcohol, no fumo ni he fumado nunca, y tampoco he probado ninguna droga en mi vida.
Según la Wikipedia, que es mi enciclopedia Larousse del siglo 21, el síndrome de abstinencia es la unión de reacciones físicas o corporales que ocurren cuando una persona deja de consumir sustancias a las que es adicta.
Como he escrito al principio, no puedo ser adicto a sustancias que nunca he consumido, pero en mí existe un síndrome de abstinencia que se manifiesta en reacciones psicológicas como la apatía, la depresión y la sensación de mecanicidad en la consecución de mis actos diarios. No es que me encuentre en esa situación todo el día ni todos los días, pero me asaltan los síntomas cuando menos me lo espero.
Y es que me entra el «mono» cada vez más a menudo cuando pasan los días sin poder actuar.
La cura es rápida y contundente: Me subo a un escenario y me siento feliz, animado, vibrante. Mi cerebro se activa en una nueva dimensión, mis piernas y brazos se desentumecen, mis células se regeneran, mi piel se vuelve tersa y suave y la comisura de mis labios se tensan para dibujar una sonrisa de satisfacción extrema.
Soy feliz con mi pareja, con mi familia y amigos y con mi trabajo, y conmigo mismo, pero, de vez en cuando, tengo este «síndrome de abstinencia».

Detrás de mí, uno de los mejores músicos que conozco: Alberto Palacios Anaut.

No cometas el mismo error

No cometas el mismo error.

Por sobrevivir económicamente, he antepuesto mi trabajo a la familia. Y me arrepiento de ello.

Hace poco mi hija entró en una crisis de ansiedad y desesperación porque veía su vida vacía y sin futuro.

Una mujer talentosa, llena de vida y de experiencias, que yo nunca he tenido, una mujer que se ve a sí misma como un cero a la izquierda cuando en verdad es toda una genia en proyecto, una mujer que ha pasado por vicisitudes sentimentales que le han marcado la autoestima pero que es capaz de dar lecciones de ética y moral a sus propios padres, una mujer que cae y vuelve a levantarse. Esa es mi hija.

Ahora ve mi apoyo pero no lo tuvo en su momento porque yo no estuve ahí, con ella, cuando lo necesitó. Y no estuve porque me centré en trabajar, creyendo que si llevaba dinero a casa y, de vez en cuando, satisfacía algún capricho, sería suficiente.

Pero era una niña cuando necesitaba hablar conmigo, llorar mirándome a los ojos para que yo la consolara, llamar mi atención para que yo viera que no podía vivir a la sombra de su hermano, mayor que ella, y que ella también tenía sueños y deseos de autorrealización que no se veían impulsados por los estudios ni por su círculo familiar ni de amistades.


Y como yo siempre estaba trabajando no me percataba de sus vacíos ni de sus baches emocionales, creyendo que la figura de su hermano supliría la mía.


Ahora, espero que no demasiado tarde, me he dado cuenta que el trabajo no lo es todo. Que yo, un superviviente, tengo cerca de mí a otras personas a las que arrastro con mis actos pero también a las que marco por la falta de estos: mi familia.


Y ahora, como siempre, aunque ella no lo sabía, la apoyaré en todos sus sueños para que se conviertan en felices realidades.

Por eso te digo que no cometas el mismo error y no antepongas nada a tu familia. La vida es corta, por muchos años que tengas o creas que vas a cumplir. Y la vida de tus seres queridos también. Así que haz que sean plenas sus vidas, llenándolas con tu amor.


Yo me he dado cuenta a tiempo. ¿Y tú?

Ella es mi hija, Estela Tatiana.
Su sonrisa llena mi vida.

                 

Meticulosidad versus Improvisación

Soy bastante meticuloso en el trabajo. La mayoría de las veces aplico mis conocimientos obtenidos durante muchos años, pero otras veces es la inspiración la que me mueve. Prevengo los problemas y si no existen, durante el desarrollo de un evento, mejor que mejor, pero si salen imprevistos, los años de experiencia y un sexto sentido me guían para resolverlos con eficacia.
Sin embargo, en mi vida artística soy todo lo contrario: improviso, improviso e improviso, para no verme atado por reglas o pasos autoimpuestos que quiten frescura a mis actuaciones.
Más de una vez me han dicho, tras bajarme del escenario, personas conocidas y desconocidas, que cuando actúo es como si estuviera en trance. No les quito la razón. Muchas veces no recuerdo lo que acabo de hacer, o si lo recuerdo, es como si no acabara de ocurrir.
Debo admitir que entro en una especie de éxtasis que me transporta fuera de mi cuerpo (por describirlo de alguna manera) y que me dejo llevar por la canción y su mensaje, por la música y el recuerdo de su intérprete original y que, la mayoría de las veces, pierdo la noción del tiempo, y obligo a los músicos, no sé si a su pesar, a realizar malabarismos para que todo encaje con mi interpretación.

Fotografía © Asociación Cultural La Brecha

Me suena

Esto me suena.
Me suena que me ha pasado antes.
Me suena que iba hacia alguien.
Me suena que necesitaba a alguien.
Me suena que buscaba a alguien.
Hasta que caigo en la cuenta de que ese alguien era yo.
La persona más importante de mi vida.
La persona que más necesito en este mundo.

Obsesiones de un pesado

El 31 de julio de 2024 descubrí a Tiny Tim.
Desde entonces, estoy obsesionado con esta figura musical y performativa, al nivel que siempre me obsesionaron Michael Jackson, Marlon Brando, Prince, Adolf Hitler, Andy Kaufman o Stromae.
Mi esposa sabe de mis obsesiones y tiene que sufrirlas.
Soy la pesadez humanizada en esa faceta de mi personalidad y eso, a veces, harta a los demás.
Debido a ello, en las relaciones sociales, suelo ser un individuo callado, tímido e introvertido.
Nada que ver con mi alter ego, Archimaldito.

Foto de Getty Images

#archimalditoapoyandoalosartistas

#archimalditoapoyandoalosartistas

Archimaldito es el nombre artístico de alguien que empezó siendo un escritor reconocido cualitativamente, pero no cuantitativamente, que apoyó a su hijo artista desde sus inicios, debido a su trayectoria melómana desde niño, que quiso ver volcada en sus retoños, algo que sigue extendiendo a su hija artista.
Archimaldito es un artista que apoya, en vida, a otros artistas, con hechos, y no solo con palabras. Que lo hizo, lo hace y lo hará, aportando su pequeño granito de arena dentro de sus limitadas capacidades económicas: Yendo a sus presentaciones,  comprando sus obras, participando en sus «crowdfundings», dándoles dinero, para que sobrevivieran, en los peores momentos de la Pandemia, pagando las monetizaciones en las cuentas de sus plataformas virtuales, acudiendo a sus conciertos, viviendo, con ellos, sus altibajos. «Mojándose» con sus críticas positivas y negativas, en el mundo real y el virtual, y con sus difusiones y redifusiones. Sin hipocresías, sin miedos, sin egoísmo y sin vergüenza.
Archimaldito es un artista que está acostumbrado a no ser reconocido en su limitado talento, de ahí su apodo. Que está acostumbrado a amar y dar sin pedir, para él, nada a cambio.
Si Archimaldito dice y hace que apoya a los artistas es porque lo hace entregándose en cuerpo y alma, si es que esta existiera.
Así que antes de preguntar qué o quién es Archimaldito, intenta conocerle personalmente para mirarle a los ojos y vislumbrar, en su mirada, sus trayectorias, la artística y la vital. Así podrás reconocer lo que pocos saben, o no quieren saber.
Archimaldito es simplemente él o ello mismo, fuera de sus excentricidades, que le dan la libertad que desea para los demás.
Él sí que vive y deja vivir. Y ama. Sobre todo eso: Ama.