Enrolló las piernas alrededor de su cuello y cuando empezó a creer que era una nueva forma de hacerle el amor, se lo partió.

Enrolló las piernas alrededor de su cuello y cuando empezó a creer que era una nueva forma de hacerle el amor, se lo partió.

Escupió en su cara lo que había embalsado en su boca segundos antes.
-Te devuelvo lo que es tuyo. Porque yo no lo quiero. Ya está tan muerto como tú. Y es tan despreciable como tú, que me has utilizado.
El hombre levantó la mano derecha, abiertos sus dedos para desgarrar la cara de la que había usurpado su estima. Pero, sin embargo, se arrepintió de inmediato y la utilizó para limpiar su propio semen y, con la otra, extrajo un pañuelo del bolsillo de su pantalón con el que secó las lágrimas que manchaban de negro la cara de la que había sido, otra vez, su objeto sexual.
-No volveré más. Hay otras. Y mejores que tú.
Convencido de su hombría, pero no de su humanidad.
Dudando. Y viéndola llorar, sin importarle, como tantas veces.

El heladero, en el calor insoportable de agosto, se hizo famoso por sus sopas de vainilla, fresa y chocolate.

Lento. En el hablar. Lento. En el hacer. Lento. En el pensar. Sin ganas. Sin sentir. Atemorizado. Muerto.

Su hijo la miró a los ojos. Madre, te amaré siempre. La comadrona lo depositó sobre su vientre. Hijo, te amaré siempre. El bebé sonrió.

De vez en cuando, muy de vez en cuando, prometía acabar con su odio hacia la especie humana. Mientras tanto, la invasión seguiría adelante.

Nadie entendía por qué el androide de servicio quebró el cuello a su amo. El odio no estaba incluido en su programación.

Debería distinguir entre lo real y sus sueños. La última vez que no lo hizo, transformó un mundo entero.

Y lo he hecho, aún sin su consentimiento.
Besar sus labios, hundiendo mis dientes en su boca, lamiendo su sangre en mis uñas, aún fresca, aún compatible con la mía.

