A rajatabla

No la destrocé. Porque, si lo hubiera hecho, podría haberse recompuesto en cualquier momento. Y yo no quería eso. Lo que hice fue aniquilarla. Porque así, sin ninguna posibilidad de regeneración, mi visión y mi misión se cumplían a rajatabla.

La libertad de expresión siempre ha estado sobrevalorada. Y nunca debí de haber permitido su existencia en los comienzos de mi gobierno.

Ahora todo fluye. El pueblo acepta lo que decimos. Y los tenemos mansos como corderos. Acatan nuestras órdenes sin vacilación, sin distracciones que retrasen la cadena de productividad. Los contentamos con entretenimientos intrascendentes y efímeros, que no hagan pensar demasiado. Porque lo único que importa es que se dejen manejar a nuestro antojo, para satisfacer nuestra soberbia, para llenar nuestros bolsillos y asegurarnos un futuro de bienestar que ellos, que no son de los nuestros, no se merecen. 
Ya no me consideran un dictador, sino un bienhechor, que cuida de sus hijos y que los cobija de las maldades de los nuevos tiempos.
Que no piensen.

Que no digan.

Que no pregunten.

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Arco Iris

El susurro en el intercomunicador le causó alarma y, sobre todo, extrañeza. Había escuchado el mensaje y no había conseguido dilucidar en qué idioma había sido vocalizado, porque, pensó bien, eso es lo que había oído, una retahíla de vocales entonadas en altibajos continuos en una frecuencia perturbadora, cercana al ultrasonido. 
Continuó caminando con los rayos del sol azul incidiendo en la visera de su casco, pensando que su compañero de misión se había tomado unas copas de más y estaba desbarrando incongruencias. Era perdonable en aquella soledad tan profunda, en aquella luminosidad perenne tan irritante. 
Estaba a punto de cruzar el umbral de la carpa isotérmica y de manipular los anclajes manuales de las compuertas de las cúpulas de descompresión cuando volvió a sufrir las estridentes vocales imposibles en sus auriculares. Y se dijo que aquel idioma extraño no era propio de un borracho como el comandante.
Y de reojo, aún con los guantes resbalando por las manivelas de acceso, lo vio. Allí de pie, junto a él, con su cara iridiscente y sus extremidades fantasmales. Y cuando lo vio, inexplicablemente, conociendo su propio carácter asustadizo, no se inmutó, y fue al otro al que la cara le cambió de color, pasando del arco iris luminoso al gris más apagado, mientras que levantaba lo que parecía una mano, a modo de saludo, a la vez que susurraba al intercomunicador del humano, varias vocales, que éste entendió perfectamente.
-Bienvenido. Os esperábamos con ansia.

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Desorbitado

El ojo pinchado en una aguja de punto miraba a todos lados, llorando la poca sangre que le quedaba, maldiciendo no parecer desorbitado por no tener una cuenca que lo ciñera; esperando, con cólera, a que apareciera su liberador, para no quitarle la vista de encima.

 

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Zombis

Fueron tiempos de alegría alternados con tiempos de desdicha. En ambos, la gente era la misma. Y sus comportamientos eran extrañamente iguales, como si no les importaran los altibajos de su vida miserable. Se adaptaban bien a ellos y no pretendían más que sobrevivir. Y si era necesario matar para sobrevivir, mataban.

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Ejecutor

Hería todo lo que podía. No lo que quería. Porque la circunstancia de no estar en guerra coartaba su ansia de ver sangre derramada. Era un soldado en ciernes, un guerrero en potencia, que se consolaba cometiendo fechorías de toda índole dirigidas a la estima de las personas con las que se cruzaba. Ya que no podía cortarles la cabeza, los insultaba cruelmente, anulándoles, primero, su capacidad de reacción, incidiendo, después, en cualquier defecto visible para agigantarlo y minar cualquier atisbo de autoestima que pudiera autocurar la incisión psíquica.
Se aprovechaba, en ese sentido, de los supuestos más débiles, niños, ancianos y algunas mujeres. Con los adultos machos no se atrevía porque la incapacidad de evasivas y de evasiones ante los de su género amordazaba la valentía aguerrida que se le presuponía.
La ley del más fuerte era válida cuando el único fuerte era él. Y si alguien se atrevía a proclamarlo como cobarde, se daba media vuelta y lo dejaba abandonado a su suerte, creyéndose triunfador en una batalla no finalizada.

 

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Excéntrico

Paciente. Pletórico. Capaz. 
Con ganas de ir a por todas. Enfundándose el mono multicolor para no dejar de estar a la moda y para que las cámaras no lo perdieran de vista.
Asomándose a la escotilla y mirando hacia abajo y a todos lados, porque el vacío lo rodeaba. 
Sabía que el salto iba a salir perfecto, porque los simulacros así se lo habían anticipado.
Ya no había perturbaciones que pudieran echar al traste tantos años de entrenamiento. Ni cuánticas ni mentales.
Y en la Tierra, allá abajo, veía el punto de luz que debía alcanzar en tiempo récord. Solo faltaba que el trampolín lo situara a los cinco metros estipulados de la carcasa de la nave, que desde control terrestre detuvieran la caída en picado de ésta, y que él dispusiera ambos brazos a lo largo de su tronco, con el casco iridiscente apuntando en sentido contrario al Sol.
Y la inercia haría el resto. 
Y el calor infernal de la entrada en la atmósfera. 
Y su hermoso traje, y su egocéntrica banalidad, y sus tediosas riquezas, se fundirían en un abrazo irreversible entre su profunda cobardía y la muerte, alimentando la última de sus insaciables excentricidades.

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La élite impúdica

Fin de las emociones y las transiciones entre pensamientos vedadas.

Sin importar a qué se parecen o qué pretenden, porque son inmaduros, porque no tienen consistencia.

Porque presumen de genialidad sin tenerla.

Asumiendo que los borregos humanos aplaudirán la desidia y el conformismo.

Teniendo bastantes razones para claudicar ante la apatía.

Porque no son valientes.

Porque no se arriesgan a nada. Van a lo fácil y no saben de lo difícil.

De lo difícil que es vivir. Y sin esfuerzos las emociones finalizan.

Y se creen elegidos por un ente inexistente.

Y presumen de una vida llena para desasosegar a los demás.

Para embaucar y engañarlos con un paraíso ficticio.

Tan irreal como su propia vida.

Tan vacío como la vida ajena.

Porque son inmaduros y los demás son frágiles. De corazón y de espíritu.

Y de eso se aprovechan.

Y de eso se jactan.

Y en eso se malgastan.

 

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Sufro

Me esmero por difuminar mi conciencia en la del colectivo en el que estoy inmerso.

Me esmero por aceptar sus irracionalidades y aplaudir sus injusticias.

Pero no puedo, pues me abaten mis alarmas internas que me avisan de lo que está mal, de lo que está bien y de lo que es correcto.

Y en el tránsito entre pensamiento y acción sufro. Por mí y por los demás.

Por mí porque me siento impotente ante la posibilidad de no llegar a tiempo para arreglar los desperfectos causados por la inconsciencia de mis projimos

Por los demás, porque veo que se hunden irremediablemente en el fango putrido de la sumisión, la manipulación y la ignorancia.

Fotografía: Monami