Neodictadura

En el tumulto de las sospechas ajenas, los liberados imaginan un mundo de inocencia sana, proclive a resucitar los corazones primigenios, los que habitaban la dicha planetaria de antaño, cuando la evolución había permitido que los humanoides comenzaran a pensar en algo más que en la supervivencia salvaje.
Los que aún deben ser despertados deambulan entre codazos y zancadillas estériles, preponderadas en la intrusión del sensacionalismo y del egocentrismo exacerbado, con la parálisis de la intuición, con la anulación de la creatividad, a punto de caer siempre por el abismo de la apatía, resbalando aceleradamente hacia la negrura del vacío que trae la desesperanza.
Y es entonces cuando triunfa la ignominia, el despotismo, la barbarie, la indignidad, la locura.

Edadismo

El edadismo.
Esa es una palabra que nunca había leído antes de verla mencionada continuamente en LinkedIn.
Las oportunidades laborales van menguando con la edad y esa es otra de las lacras de esta sociedad inmersa en un Sistema Erróneo y Errado.
La experiencia debería ser un valor añadido en todos los trabajadores.
No solo la experiencia profesional sino la vivencial. La paciencia, el control emocional, la mente resolutiva, va desarrollándose con el paso del tiempo y ayuda en bastantes momentos clave de nuestra labor, como crisis en una organización o en la ejecución de un trabajo en concreto.
Achacan que, con la edad, los reflejos disminuyen. Yo, para la mayoría de los casos, lo dudo.
El edadismo coarta, pues muchos siguen anclados de por vida a un trabajo que o no les gusta o no les deja desarrollarse ni como profesional ni como persona, ya que temen intentar embarcarse en nuevas aventuras por miedo a no poder avanzar en otras empresas o en la realización de otros proyectos o sueños.
Yo no creo en el edadismo. Sé que existe pero no quiero caer en la trampa de creérmelo y asumirlo y enquistarme en un rol que quieren imponerme otros. Seré yo el que decida cuándo ha llegado el momento de retirarme.



Nota: Archiviejuno es un personaje, creado por mí, que parodia, en la mayoría de sus interpretaciones, el edadismo.

Caracterizado como Adolfo Gila, Archiviejuno

A veces veo

Recuerdo a aquel niño que susurraba al bueno de Bruce Willis aquello de «a veces veo muertos». Pues bien, yo tengo aún dentro de mí a mi niño interior que me susurra continuamente «a veces veo tuertos».
¿O es que los que me rodean no se dan cuenta que tienen ante sí un problema y no lo ven en su auténtica y completa crueldad?
Soy actor y tengo la osadía de decirte que, dentro de poco, todos los que son como yo no existirán.
Mi carne y mis huesos, mis pensamientos, mis lágrimas y mis carcajadas ya no serán mías. Como tampoco serán suyas las palabras de los que escriben mis personajes y las encumbran hacia tu cerebro para que los escuches y los veas como reales.
Ni nadie real registrará mis movimientos, mis gestos, mis liberaciones en un grito de exaltación o dolor eterno, ni habrá nadie que les dé sentido en la concatenación de experiencias de los que me acompañen en la aventura.
No seré yo ni serán ellos porque los tuertos han decidido mirar con un solo ojo, sin saber que más adelante quedarán ciegos por la osadía de confiarlo todo a unas entelequias sin estómago, que no lloran ni ríen ni, menos aún, sienten pinchazos de desesperanza en el corazón, porque no lo tienen. Y estarán ciegos, aunque crean que ven, porque lo que contemplen no será parte de este maravilloso mundo real.
Mis personajes no tendrán parte de mí ni serán parte de mí, porque lo más seguro es que no sea yo… a quien veas en la pantalla.

Imagen de Mostafa Meraji en Pixabay

Me hago el dormido

En la trastienda de mi desesperación acudo a los recuerdos de hechos fútiles, tan livianos como mi paciencia con los demás, con esos prójimos que están siempre muy lejanos.
Y la paciencia infinita corroe la pequeña parte de egoísmo que queda en mí.
Y asumo la desesperanza, el no fiarme de nadie ni de nada que provenga de humanos, porque la mente me lleva a revivir la inacción de tantos y tantos inútiles y mediocres.
Y llego a dudar que aquellos recuerdos existan, que no sean más que memorias implantadas por los miembros del poder oculto que maneja y diluye todo.
Tampoco me fío de mí mismo, pues son tantas veces las que he fallado que he traicionado a mi animalidad, ya que mi humanidad la he perdido.
Los hombres me explican cosas, pero yo no las entiendo.
Creo que, al fin, no soy nadie.
Y duermo, claro que duermo. Aunque creo que, más bien, me hago el dormido.

Fotografía de Archimaldito

Cervantes, Quijote y Sancho

Estoy de paso en la gran ciudad, donde todos miran hacia abajo, pero no hacia el suelo sino hacia la pantalla del teléfono móvil que tienen entre sus manos.
En el suburbano, aquí llamado Metro, donde me tengo que desplazar hasta mi destino, donde me encontraré con un amigo de la época del instituto, todos están como hipnotizados andando por los andenes, subiendo y bajando escaleras, dentro de los vagones, sentados o de pie, sin despegar la vista de su pantallita, aislados también del entorno con los auriculares que todos llevan. Me siento como si fuera un extraterrestre recién llegado a un nuevo planeta. Una señora muy mayor casi me arrolla hace un rato cuando no se ha dado cuenta de que yo estaba dentro del vagón, agarrado a la barra de sujeción, porque pretendía llegar hasta los asientos, pero sin levantar la vista, en ningún momento, para mirar lo que la rodeaba. Pero no ha conseguido sentarse porque los jóvenes, que deberían haberla cedido el asiento, no se han percatado de su presencia al estar ensimismados en las redes sociales a cuya ventana se asoman desde su dispositivo móvil.
Es como si todos fueran zombis. Menos mal que ya me faltan pocas paradas para llegar a Plaza de España.
Miro mi reloj de pulsera y soy, por una vez, puntual, y ya estoy saliendo al exterior para dirigirme al Monumento a Cervantes.
-¿Por qué no levantan la vista y contemplan el inconmensurable Edificio España?- le pregunto a Don Quijote, como si esperara respuesta de la estatua, imaginándome que Sancho me responde, con su desparpajo, a su vez con otra pregunta.
-¿No se percata, noble señor, que estoy aquí, con mi hidalgo, para vigilar que Madrid no desaparezca y que los viandantes no sean abducidos por la desesperanza?
Y cerca, por fin, escucho el ritmo de una guitarra, que pareciera acompañar a sus imaginadas palabras.
Un músico ambulante está haciendo que se acerquen personas a contemplar su interpretación, y que levanten la vista y observen el maravilloso azul del cielo mientras corean, tímidamente, el archifamoso «Pongamos que hablo de Madrid».

Jerjes El Grande, fundador y líder del grupo Drunk In Palace.
(Fotomontaje por Archimaldito).

Nota: Parte de este microrrelato está inspirando en el trovador funkyurbano Jerjes El Grande, genio musical y luthier inventor.

Negacionistas

¡Qué sudor!

¡Qué calor!

¡Qué estupor!

¡Qué engaño!

¡Qué negación!

¡Qué desatención!

¡Qué tensión!

¡Qué inacción!

¡Qué manipulación!

¡Qué osadía!

¡Qué traición!

Imagen de sippakorn yamkasikorn en Pixabay

Vivo viviendo en mí

Creo tener muchos amigos, aunque casi todos son conocidos, los circunstanciales que ves de ven en cuando.
Me rodean, casi siempre, cientos de personas, y me veo, desde arriba, mirándolos. Las risas, los halagos, los aplausos efímeros, el bienestar pasajero, mientras lo único que escuchas, continua e incesantemente, son los murmullos de tu mente, los latigazos del corazón y el tintineo de tus ansias.
Al principio y al final del camino, físico o imaginado, estoy yo conmigo, buscándome, comprendiéndome, queriéndome.
Los demás, los prójimos, son circunstancias vitales, amparos para el alma, destellos para que no duermas, para que no ensueñes demasiado, en el camino hacia la desaparición.

Fotografía © Archimaldito

Devastación

Lo único que me mueve es estar quieto.
Y sin embargo, en la osadía de mi existencia clamo por desaparecer de ella.
Visionando cada detalle del proceso. Sintiendo el irse de la sangre a raudales, hasta quedar vacío y liviano.
No quiero disolver mi forma con la firma de lo infernal.
Se acercan tiempos devastadores para mi mente.

Fotografía © Adelbrando McPherson