Gua pedía agua, no para beber sino para echársela por encima y reír a mandíbula desencajada. Gua jugaba con los demás tal como había jugado cuando era niña. Pero la edad y la experiencia daban otro sentido muy distinto a sus juegos. Estimaba que los que estaban con ella o se cruzaban en su camino eran seres aburridos a los que había que divertir a costa de sus defectos físicos y psíquicos, lo que la acarreaba la aparición de muchos enemigos y enemistades. Pero a ella eso no la importaba porque la principal diana de sus burlas, insultos y escarnios era ella misma y cuando alguien la preguntaba por qué se cebaba con su propia cojera, con su mandíbula saliente y con su bizquera mal disimulada, contestaba que lo hacía para superarse cada día, para encontrar un objetivo en la vida, para dar y recibir cariño y, consecuentemente, felicidad.
¿Quieres saber quién puede absorber tu cerebro y quitarte las ideas más rápido que nadie?
¿Quieres saber quién puede absorber el agua de tu cuerpo y quitarte la vida más rápido que nadie?
En los sueños están las respuestas, mientras queesperas la noche con calma y con la extensión de tu raciocinio perenne.
En los sueños se esclarecen tus miedos diarios, tus traumas vitales, tus obsesiones más recónditas. Se magnifican tus defectos, tus virtudes, y tus pecados más secretos se transparentan.
Hoy me han dicho que sufro de microinfartos cerebrales.
Los médicos no saben decirme aún cuál es el motivo de esta anormalidad.
Yo intento sugerirles una respuesta al enigma y no me hacen caso. Desprecian mis explicaciones aduciendo que no estoy preparado intelectualmente para aportar una solución científica plausible.
Yo insisto e insisto para ayudarles desinteresadamente y, aún así, me miran por encima del hombro.
A veces, me imagino sus caras cuando les diga algo que les he ocultado hasta el momento: que no tengo cerebro.
Golpeó varias veces la mesa, con las manos muy abiertas, hasta hacerse daño, pero los alumnos seguían sin callarse.
Consideraba que ya estaba muy harta de desgañitarse para nada, así que, desde la segunda mitad del curso, optó por golpear la mesa con alguna regla, que acababa rota, con algún libro, que acababa deshojado o, como hacía últimamente, con las manos, a riesgo de romperse algún hueso.
Es un renglón torcido. Es un repicar interminable de campanas. Es una disputa que trae el consabido delirio. La sensación del vacío, de la inacción. El habla sin sonido, el gesto sin significado. Es la rabia sin espuma en la boca ni lágrimas ardientes en las mejillas. El golpear de la palma abierta en la mesa frágil. Son las luces que se apagan sin que nadie accione el interruptor. Es la osadía de tu mirada. La rotura de tus uñas cuando atacan mi rostro. El crepital del fuego cuando es alimentado con gasolina y no con amor. Es el esperar horas y horas en las colas interminables de la desazón y la desesperanza. Son los exabruptos injustificados. Pero, sobre todo, sobre todo, son mis cortocircuitos neuronales, mis ataques de ira seguidos de la frialdad y desinterés casi inhumanos, mis renglones perdidos, mis palabras vacías, mi lenguaje simulado.
El despertar de cada mañana era horrible. Tenía la sensación de que sería el último día de su vida. Y por eso se quedaba en la cama, después de apagar la alarma del despertador, unos minutos más, deshaciendo la postura fetal, acostumbrándose a resucitar de la muerte corta que había sido el sueño, notando cómo le asaltaba la lucidez para enfrentar la nueva jornada. Soportando el choque mental que suponía observar su cara en el espejo del cuarto de baño, segundos antes de mojarla con el agua helada, reaccionando, con incredulidad, al primer escalofrío que recorría su aletargado cuerpo. Y se vestía, con parsimonia, atento al placer que le producía el roce de las telas con su piel, para llevárselo consigo en su registro conceptual de las cosas buenas de la vida.
Aparte de mi parte, ¿qué otra parte quiere usted que aparte cuando, aparte de mi parte, no hay otra parte? Aparte pues, y déjeme estar en mi parte. Y si no está dispuesto a aportar nada, apóstese a un lado y déjeme impostar la voz de mi quebranto que ya dura tanto, desde que me acusan de impostor. Y si no busca apoyarme ni molestarme, vaya entonces a su parte de esta ciudad, de este mundo. Mas no soy impostor, no engaño a nadie. Soy como soy por lo que soy y lo que fui, aquí de pie o tumbado, cuando me tumba el dolor de los pensamientos insanos. Deje que los demás me traten con buen trato, que de eso se trata: que seamos concordia, donde todos aman y nadie odia. Armonía en todas partes.
No acepto el paso del tiempo. Me abruma, me bloquea, me desespera, me aflige, me deprime. No puedo detener su carrera interminable. Me siento nada. Un sujeto olvidado. Un algo que no perdurará en la memoria de alguien, o algo. La obsesión me acelera el corazón y detiene mi mente en seco, cuando estaba hiperacelerada nanosegundos antes. Y la inercia me lleva a estamparme contra la realidad. Un sinfín de sufrimiento interno. Un enclaustramiento voluntario en la cárcel de la nada absoluta. No sé para qué existo. Y lo peor de todo es que no quiero saberlo.
0:00 0:00 es 0:00. Y yo soy 0. 0 y 0 suman 0. 0 o 0. 00:00:01 es el abismo. 00:00:01. Ya. Está. Bien. Ya está. Está bien. Bien. Bondad. Bueno. Bon dad. Dad. Lo único importante. Aunque sea 00:00:02, bien dad.
Mi vida compartida comenzó a estar partida. El Amor me abandonó, sentimental y físicamente, y el fondo ahondó y me hundió, y acabé roto, partido. Y partido, me partí en dos, que se hicieron, entonces, par. Y, entonces, partí, dejando a los dos en mi lugar. Pero nada de lo que hacían convencía. Y rehacían, y los demás maldecían. En la distancia, no entendía y me desentendía y a ninguna reclamación atendía. Los dos, poco a poco, aprenderían. Los dos eran las dos partes de mi personalidad, llevadas al máximo extremo, en antipatía y en empatía, con las que yo había lidiado desde mi nacimiento, sin mi consentimiento. Ahora, todo distinto, era yo un ser neutral, frío, insensible, pero apacible, fluible. Y mis dos partes, separadas de mí, actuaban a su libre albedrío, inconscientes de su origen e inconsistentes con sus hechos, que empezaban a estar maltrechos. Una, con su vehemencia, con su egoísmo, con su intolerancia más rancia, con su irascibilidad más sublime, que creaba enemigos con cada una de sus palabras, con cada una de sus insidiosas miradas, importándole poco o nada. La otra, con su paciencia y sapiencia, con su amabilidad nada caprichosa, con su ternura abrumadora, con su entrega desinteresada. Ambas necesitaban de mí y la confluencia en mí para sentirse completas. Pero yo no volvería a cometer el error. Prefería seguir solo, menos que solo, pues ser solo es ser uno y yo era cero, como quería seguir hasta el final de mi existencia. Y las víctimas de una de las partes, y los beneficiados de la otra, sufrían y disfrutaban, los embates del bien y del mal, en estado puro, en trato y maltrato duro. También ellos clamaban que volviera, y cada vez que lo hacían, yo me alejaba más, me perdía, me fundía con el entorno, con la mirada hacia la oscuridad en torno a la claridad, con mis nuevos sentidos escapando al horizonte, como si de uno de los agujeros negros del Cosmos se tratara.