
Ya iluminé tu cara con mi sonrisa.
Ahora te toca darme las buenas noches con tu ternura.

Ya iluminé tu cara con mi sonrisa.
Ahora te toca darme las buenas noches con tu ternura.
Por donde vayas
habrán rosas,
por donde vaya
habrán espinas.
Clávamelas sangrándome,
sálvame rasgándome.
Y el rubor de tus mejillas
que lacere las heridas.
Ámame, con pasión, aunque muera;
ámame, con promesas, aunque duelan.
Por donde vienes
hay rosas;
por donde vengo,
dudas que son losas.

La música, a lo lejos, sonaba antigua. Mis gustos, obsoletos, la apreciaban.

Durmiendo abrazadito a ella me imaginé a mí mismo muriendo, dentro de cien años, abrazadito a ella.

¿Por qué no apareciste en mi vida antes?
Hubiera sido feliz antes, mucho antes.
Ya no me interesa lo que me daba mi alma dormida,
esa vida que sin conocerte estaba aturdida.
Que el jardín que tengo ahora era un desierto.
Que el mar que tengo ahora era un cenagal.
Que las estrellas, la Luna, el Sol, la Bóveda entera,
estaban vedados a mis ojos.
Que todas las sensaciones que el Amor ahora me revela,
antes eran fantasmas, alucinaciones de otros locos.
Que hasta podría haber deseado la muerte
por no tener con quién compartir la vida.
Antes estaba a oscuras, y con tu llegar, la Luz.
No una luz cegadora, sino tenue y plácida.
¿Por qué no apareciste antes?
¿Por qué no fui yo tuyo antes?

Teniendo en cuenta que añoro verte,
teniendo en cuenta que adoro olerte,
teniendo en cuenta que busco para encontrarte,
teniendo en cuenta que no me canso de hablarte,
teniendo en cuenta que sin ti estoy perdido,
teniendo en cuenta que de tu sed he bebido,
teniendo en cuenta que nada sin ti soy,
teniendo en cuenta que así ni estoy donde estoy,
teniendo en cuenta que te tengo en cuenta,
te cuento, por si no te habías dado cuenta,
que de ti, como en un cuento, estoy enamorado.
Aprisióname, amor mío, entre tus brazos,
y no me permitas que te hable,
pues con tu boca, noche y día, debes tapar la mía.
Aprisióname con tus piernas
y embelésame con tus formas cálidas y suaves,
pues mi vista, vida mía, con tu piel debes llenarme.
Haz de tu corazón mi prisión,
que mi mente pierda la razón,
y que el correr de mis años sea por ti siempre ilusión.
Porque el mundo no sería mundo sin la cárcel de tu amor,
porque yo no existiría sin tenerme dentro de ti en una flor.
¡Qué suerte poder reflejarme en tus ojos!
¡Qué suerte poder entrelazar mis dedos con los tuyos!
¡Qué suerte poder rozar nuestras pieles!
¡Qué suerte poder reír con tu risa!
¡Qué suerte poder llorar con tu llanto!
¡Qué suerte poder estrecharnos en un abrazo!
¡Qué suerte poder oler nuestros cabellos!
¡Qué suerte poder intercambiar nuestros alientos!
¡Qué suerte poder poner al rojo vivo nuestros labios!
¡Qué suerte poder electrizarnos con nuestros sexos!
¡Qué suerte poder amarnos hasta el infinito!
Pero sobre todo, qué suerte,
¡Qué suerte ser tuyo!
Sentía una fuerte punzada en el cuello y aquella mujer se comprometió a hacérsela olvidar. Con los ojos cerrados, imaginó un paraíso único en el que quería estar. Sin nadie más a quien escuchar ni ver. Integrándose en una vida de supervivencia. Sin tener que pensar en nada. Solo sufriría cuando las leyes de la Madre Naturaleza mostraran su crueldad. Rememoró de pronto imágenes filmadas de la extinta águila dorada atenazando con sus garras a su huidiza presa mientras surcaba majestuosamente los cielos incontaminados de una vetusta Tierra. Y le pareció que, aún así, aquella muerte se integraba en la perfección. Y trasladó esa imagen, en otros tiempos real, a su imaginación. Y se sorprendió tumbado sobre la hierba fresca de un extenso prado bajo la aguda mirada del águila de sus recuerdos, con el sonido del discurrir caudaloso de un inmaculado río a sus pies. Y viéndose a sí mismo en este estado sublime, decidió compartirlo con una mujer, el amor de toda su vida: su esposa. Y la veía echada a su lado, con los ojos cerrados, como degustando la paz que les rodeaba. Y la imitó.
Y aunque la realidad era ahora tan distinta, se sintió feliz al notarse acariciado por las manos de su mujer. Y cuando entreabrió los párpados, la vio delante. Y Johanna le sonrió. Y el se sintió amado.
Pero, aún así, pensó que no quería que ella llegara a conocer el sufrimiento en sus propias carnes. Siempre la había protegido de ese extremo. Si no jugaba bien sus cartas, tendría que elegir: sus propias felicidades o la de la humanidad entera. Y muy a su pesar, decidió qué escoger si se llegara a tal punto.
El dolor muscular desapareció, pero fue sustituido por un nudo en el estómago.
Johanna seguía masajeando, como si deseara relajar algo más que el cuerpo de su marido. Como si presintiera la batalla interior.
-¿Qué te ocurre, cariño?
-¿Recuerdas las videograbaciones en que aparecen imágenes del planeta rebosantes de vida?
-Sí, Merdik, por supuesto. En la universidad utilizábamos antiguos reproductores láser para recuperarlas y hacer un examen exhaustivo de lo que contenían.
-¿Y recuerdas el matiz del azul de los cielos que mostraban?
-Cariño, ya sé a dónde quieres ir a parar. Pero en aquella época, tú no habías nacido aún. No te mortifiques más.
-Del azul puro se pasaba al gris más oscuro y… llovía, ¿recuerdas?
-Déjalo ya. Sé que cuando empezaron a querer remediarlo, era ya irreversible. Ahora, en cambio, no tenemos ya polución ni en el aire, ni en los mares y ríos.
-Dirás, en lo que nos queda de agua. La evaporación fue desconcertante hasta para los más pesimistas. El efecto invernadero actuaba y abusaba.
-¿Quieres dejarlo ya, por favor? ¿No pasó ya? ¿No logró nuestra anterior generación rehacer la climatología? ¿No es un consuelo que, aunque las nubes se formen raramente, el ciclo se haya recompuesto? Confío en esta humanidad, ¿sabes? Creo saber que lleva en sus genes el aprender de sus errores.
-Ojalá fuera tan fácil como dejarse confiar.
Un beso selló momentáneamente su boca.
-No te preocupes, cariño, volverás a pensar sólo en mí.
(Nota del autor: Esto es un extracto de mi novela corta «Jamás y siempre a la vez»)