El palpitar por ella. Sabiendo que jamás sería correspondida.
Desesperanza. Toda la que su corazón de polímeros permitía. Toda la penumbra que su cerebro asimóvico asimilaba.
Sufría las consecuencias de amar, en la distancia, sólo material, a aquella hermosa humana. Una de sus madres.
Androide, hembra, y lesbiana. Tres factores que sus creadores nunca quisieron conjugar.
Algún día la desconectarían y el secreto de aquel amor se tornaría perenne, inaprovechable, involucionador.

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Vinagre asesino
Estupefacto.
El ácido casi me agujerea el estómago.
Ésta ha querido matarme.
-¿A qué viene eso? Porque si te lo hubiera hecho con limón, no sería gazpacho: Sería crema de tomate o algo por el estilo. Tú ni siquiera te cocinas un huevo frito. Si no es por mí, te morirías de hambre.
-¿Alguna ensalada, quizás? ¿Por qué gazpacho?
-Me pediste algo fresco y alimenticio. ¿Qué hay así, aparte de mi amor?
Nudillos
Estaba seguro de que la sorprendería con aquel regalo. Nervioso como un colegial, se quedó parado, frente a su puerta, en aquel quinto piso sin ascensor.
Pensó que prefería llamar con los nudillos, en lugar del escandaloso timbre, para dar más emoción al asunto.
Cuando estaba a punto de concentrarse en esos golpes de hueso, ella abrió la puerta.
Y se esfumó toda la ilusión.
LOS TREINTA PRECEPTOS
En 1909, Harold Klett publicó en The Library Journal de Nueva York un artículo titulado “Don’t”, en el que se contenían 30 preceptos relacionados con los libros. Al año siguiente apareció en Guayaquil una traducción anónima.
1. No leer en la cama.
2. No poner notas marginales.
3. No doblar las puntas de las hojas.
4. No cortar con negligencia los libros nuevos.
5. No garabatear vuestro interesante y precioso autógrafo en las páginas del título.
6. No poner en un volumen de un peso, una encuadernación de cien pesos.
7. No mojar la punta de los dedos para dar más fácilmente vuelta a las hojas.
8. No leer comiendo.
9. No fiar los libros preciosos a malos encuadernadores.
10. No dejar caer sobre el libro las cenizas del cigarro, y aún mejor no fumar leyendo.
11. No arrancar de los libros los grabados antiguos.
12. No colocar vuestros libros sobre el borde exterior o canal, como se hace frecuentemente cuando se lee y se interrumpe momentáneamente la lectura, en vez de tomarse el trabajo de cerrar el libro después de haber puesto una señal.
13. No hacer secar hojas de plantas dentro de los libros.
14. No tener los estantes de las bibliotecas encima de los picos de gas.
15. No sostener los libros sujetándolos por las tapas.
16. No estornudar sobre las páginas.
17. No arrancar las hojas de guarda de las tapas.
18. No comprar libros sin valor.
19. No limpiar los libros con trapos sucios.
20. No tener los libros encerrados en arquillas, escritorios, cómodas, ni armarios: tienen necesidad de aire.
21. No encuadernar juntos dos libros diferentes.
22. EN NINGÚN CASO sacar las láminas y los mapas de los libros.
23. No cortar los libros con horquillas para el cabello.
24. No hacer encuadernar los libros en cuero de Rusia.
25. No emplear los libros para asegurar las sillas o mesas cojas.
26. No arrojar los libros a los gatos, ni contra los niños.
27. No romper los libros abriéndolos enteramente y por fuerza.
28. No leer los libros encuadernados muy cerca del fuego o de la chimenea, ni en la hamaca, ni embarcado.
29. No dejar que los libros tomen humedad.
30. No olvidar estos consejos.
(Fragmento extraído del capítulo X “Preceptiva y práctica bibliófilicas” , de la obra La pasión por los libros, de Francisco Mendoza Díaz-Maroto, 2002, Colección Espasa Fórum, Editorial Espasa Calpe)
Rabioso
Estratega
En la ducha, mientras las hirvientes gotas laceraban su incipiente calva, daba vueltas y más vueltas a la estrategia a seguir.
Cómo utilizar las palabras exactas. Colocando las pausas en el momento adecuado. Realizando malabarismos gestuales para transmitir la petición subliminal de misericordia.
Ya llevaba un buen rato en el cuarto de baño, que se había convertido en una sauna, y pensaba que debería ir acabando pues el enemigo, que le estaba esperando, sospecharía. De todas formas, no había logrado relajarse y eso, quizás, le delataría.
Pulsó el mando del grifo, y suspiró.
Alargando la mano, en medio del vaho, alcanzó la toalla y se enfundó en ella. Volvió a suspirar.
Pensó que la suerte estaba echada. Lo que tuviera que ser, que fuera. Y fuera lo que fuera, lo que fue lo había disfrutado.
Salió del plato y se aseguró de no resbalar con los primeros pasos dentro de las chanclas. Sonrió por la dichosa Ley de Murphy, imaginando librarse del inminente enfrentamiento gracias a una proverbial rotura de cuello.
Con la mano hizo un movimiento de limpiaparabrisas para descubrir su imagen enrojecida, en piel y ojos.
Se guiñó el ojo derecho y escupió en el lavabo. Una masa verde proveniente de su garganta más profunda.
Y giró el picaporte.
-¡Hola, querida!
Y una hora de ducha tirada por el sumidero. Literalmente. -Sé que te vas a enfadar pero tengo que decirte que… te engaño con tu hermana.
No te voltees
Con los “no te voltees” y “dame toda la plata que llevas encima” se apresuró a dictaminar que quien la estaba asaltando a plena luz del día era un desesperado emigrante víctima de la cada vez más profunda crisis económica. Los dos perros que estaba paseando sí se voltearon y enseñaron sus dientes al agresor. Ella no podía controlarlos por mucho que les ordenara callar, sin gritar para no provocar al asaltante, y tiraba de las correas para mantenerlos a una distancia prudencial de las piernas de aquél. -¡La dije que no se volteara! ¡La plata! ¡Y calle a esas fieras o los rajo a los tres! Él se lo había buscado. Nadie haría daño a sus dos amores, los que estaban acompañando sus últimos días. Le miró a los ojos, tan fieramente como sus canes, y sin pronunciar palabra, el asaltador bajó su mano y soltó la navaja dejándola caer al suelo con un minúsculo estrépito metálico. Y después huyó. A gran velocidad. Un testigo, en la precavida distancia, se acercó al lugar de la increíble escena y se atrevió a preguntar. -Señora, lo he visto todo. Siento no haber acudido en su auxilio porque, lo reconozco, soy un cobarde. Eso y que tengo dos gemelos recién nacidos a los que alimentar. No creo que ése se amilanara por sus ruidosos defensores. Pero, ¿qué dijo usted para que cambiara de opinión? Los perros, callados, miraban, sentados sobre sus posaderas, a su ama, esperando también la respuesta para aquel enigmático desenlace. Ella los miró, con una sonrisa dibujada en sus labios, pero, pareciendo maleducada, no respondió al curioso. Le dejó con la incertidumbre. Era mejor así. Ya había mostrado, por ese día, suficientes veces, el auténtico rostro de la muerte. Esa con la que tenía concertada una próxima cita. Y se volteó. Para dejarle con la palabra en la boca. Perdonándole la vida.
Receta sensual
Dos cucharadas de sirope de fresa, una cucharada de aceite de oliva virgen, una pizca de sal, tres suspiros de menta y un instante de lujuria, y creo que este ungüento funcionará, bien repartidito por tus partes más sensibles.
Sólo cierra los ojos y déjate hacer.
Que cuando cierre el horno, sentirás otro tipo bien diferente de calor.








