Rédito

 El director del banco me quiso acompañar personalmente a la salida, después de que uno de sus subalternos se negara a atenderme cuando solicité cerrar mi cuenta y que me devolvieran todos mis ahorros.

   Siempre acababa igual. Me iba cabizbaja después de que me aconsejara que lo pensara bien, que lo consultara con la almohada.

   Y siempre acababa aguantando su mirada de superioridad, cuando era él el que, supuestamente, estaba trabajando para mí y para mi dinero.

   Y otra vez volvió a hacerlo. Se rió en mi cara sin cortarse un pelo, esperando que algo dentro de mí despertara, que la sangre me hirviera y explotara en una reacción en cadena.

   Y acercando su rostro a mi cabello susurró, para que nadie más escuchara:

   -Hazme una transferencia de tu corazón y te beneficiarás con los intereses de mi cuenta amorosa.

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Divorcio

 

Pronto me iré de aquí. Y hasta que ese momento llegue, recordaré con añoranza los momentos que pasé contigo, inmerso en una placidez absoluta, cuando las horas de hastío aún no habían contaminado nuestra convivencia.

 

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Inconmensurablemente

   Atormentado con la miseria humana, trato de encontrar una salida a las ilusiones que me he hecho sobre el modo de ayudar a los demás a afrontar sus, para ellos, irresolubles problemas. Confiando en mi voluntad para que me guíe a través de la incomprensión de los receptores de mis esfuerzos. No cejo ni cejaré en el intento. Siempre hay alguien que se da cuenta, a tiempo, de que existe esperanza para vivir a pleno rendimiento de acuerdo con uno mismo.

   Recuerdo que hubo un tiempo en que me atormentaba pensando en que mi vida seguía pautas mecánicas de supervivencia y que nada llenaría el vacío que en ella se había formado. Estar muerto o vivo debía de ser lo mismo. A punto estuve, en varias ocasiones, de probar esta hipótesis. Pero algo me decía que debía seguir luchando conmigo mismo para buscar los frutos de mi experimentación con el ejercicio del Amor.

   No sé cómo fue que, a punto de concluir el mundo, y yo con él, me pregunté por qué, entonces, estaba vivo ¿Para nada? ¿Vendré de la nada para acabar en la nada? Un sinsentido, sin duda. ¡Qué vano esfuerzo sería crear algo para no ser disfrutado!

   Decido, pues, que todo tiene un sentido, y que algo o alguien produjo ese sentido. Ya tengo un objetivo: Buscarlos a ambos. Pero no contento con ello, quiero que los demás hagan lo mismo. Es delicioso, inconmensurablemente magnífico, irse encontrando a uno mismo. Cuanto más me doy cuenta de quién soy, por qué soy y para qué soy, más ganas tengo de comprender a los demás, a los que recorren el mismo camino que yo, y a los que no, para que empiecen a recorrerlo.

   ¿Y después qué? Cuando me haya conocido totalmente, qué debo hacer. Y la respuesta es siempre la misma: Nunca llegaré a conocerme de verdad, porque el mismo hecho de estar haciéndolo me hace ir subiendo escalones de mi evolución interna, escalones que separan pisos distintos, que son también desconocidos para  mí, y así siempre, y así siempre. Y después, de vuelta a encontrar al prójimo.

   En verdad que es inconmensurablemente magnífico vivir. En verdad que es inconmensurablemente magnífico amar.

   Y ahora, que me conoces bastante bien, empezaré a mostrarte la Luz, una de tantas que es proyectada por uno de tantos focos de luz en el infinito espacio de la inmensidad…

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Me he sacudido la escarcha de encima

Me he sacudido la escarcha de encima mientras mirabas por la ventana cómo empujaban mis dedos el pulsador del timbre. Y cuando éste ha sonado, te has precipitado escaleras abajo con el corazón desbocado y la cabeza arremolinada con ideas inconclusas sobre cuáles serán mis palabras al verte frente a mí contemplando la irradiación de tu belleza, tornando en espléndido el día vivido y por vivir.

   Te ha dado tiempo a quitarte los rulos que deformaban tu flequillo y a desembarazarte de la bata de felpa que ocultaba tus exuberantes curvas.

   Y cuando has entreabierto la puerta de tu casa y la de tu corazón, me has ofrecido tu más dulce sonrisa cuando, entrecortando mi normal fluidez comunicativa, te he dicho:

   -Buenas tardes, señorita. Siento la tardanza, pero con este tiempo tan loco, la gente no sabe conducir. Pero no se preocupe. La pizza que usted pidió… seguirá bien calentita.

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Nunca es demasiado tarde

  ¿A quién cree que engaña con sus modales tan altaneros?

   Sabe que nació en la misma miseria que yo, que viene de la misma ralea y que, por mucho que intente disimularlo, de vez en cuando, le sale el deje.

   Ahora viste con ropas caras, habla por teléfonos caros y se codea con gente cara, pero no podrá evitar ser tan barata como todos los demás.

   No voy a descubrirla ante ese mundo porque ella misma lo hará y, cuando suceda, yo estaré allí para recogerla entre mis brazos y llevarla, con todo mi amor, hasta el altar.

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