Pues

No tenía solución inmediata. El Matemático lo había intentado y había desistido. Aquella incógnita enigmática. Aquella transferencia de incomodidades fractales. En aquel Universo modélico, donde la excepción inimaginable lo corrompía.
Donde la irreversibilidad se hermanaba con la fuga del raciocinio.
Y ante tanta desdicha intelectual, el Matemático, rindiéndose, aún adivinando que recibiría el peor de los castigos, dirigió sus últimas palabras a los Creadores: 
– El Humano, como criatura impredecible, acabará consigo mismo por sí mismo. Y nada puede cambiarlo. Siento mucho que vuestra criatura haya traicionado vuestras expectativas y mis tentativas de encontrar el modo de retrasar el nuevo final cíclico. Me pongo en vuestras manos pues.

 

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Efluvios

Sonó el despertador y se arrebujó entre las mantas. Y como el timbre continuo no acababa, lo acalló con un manotazo, que mandó el incordiante artilugio hasta la pared de enfrente, la que veía al final de sus pies, que asomaban por las barras de la piecera.

Bostezó ruidosamente, abriendo tanto la boca como en una caricatura que fuera a desencajar la mandíbula, y una tos espontánea le obligó a abrir los ojos y enfrentase a la penumbra de la habitación.

Desenmarañó sábanas y piernas y se irguió en la cama, aún somnoliento, dejando resbalar los pies dentro de las pantuflas que estaban colocadas sobre el frío suelo de azulejos.

Cuando irguió su estatura rozó las manos con sus partes íntimas y cayó en la cuenta de que estaba desnudo, completamente desnudo.

Localizó la bata de franela sobre la estufa apagada, junto a la ventana con persianas de madera. Se la colocó sobre su robusto cuerpo. Y anduvo hacia la luz del día.

Tiró de la cuerda que enrollaba la persiana hasta que la luz impactó sobre su incipiente barba canosa. Se frotó los ojos apartándose las legañas y arrastrando el primer moco del día con el reverso de la mano derecha.

Y cuando se vio preparado, abrió las ventanas, con un gesto decidido, casi brutal, y aspiró el frescor de la mañana, con los párpados bajados, concentrándose en cada molécula de aire, saboreando los efluvios cotidianos de la ciudad que lo envolvía, que lo arropaba con sus sonidos y colores.

Y sonrió. Y se dijo a sí mismo, en voz alta, lo mismo que se decía todos los días, en todas las eternas mañanas de su existencia.

¡Qué bien huele la vida! ¡Qué bien huele la vida cuando se tiene!

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Terror

Había tenido miedo durante toda su vida, pero nunca lo había demostrado ante sus seres queridos. Si lo hubiera hecho, lo habrían tachado de débil.

Se había rodeado de riquezas y de ricos vanagloriados de haberlas conseguido sin esfuerzo alguno. Se había sentido aceptado por los encumbrados y rechazado, en igual medida, por los esforzados supervivientes del sistema eternizado por gente como él. Y había tenido miedo de perderlo todo. Miedo de manejar los hilos y a que se los manejaran. Siempre dominado por la codicia, por el apetito insaciable de verse reconocido por las hordas elitistas, tan incordiantes con sus excusas para perpetuar el inmovilismo. 

Había tenido miedo, hasta poco antes de ver a aquel niño llorando sobre sus padres muertos, mientras él corría sobre los cascotes respirando polvo y cenizas y ahogándose con sus propias lágrimas, con un sonido agudo que laceraba su cerebro y su entendimiento, sin poder escuchar nada más, buscando la luz que creía acercarse según iban aumentando de tamaño los haces que bañaban las sangres, que bañaban el horror del sinsentido.

Destrozándose las rodillas al chocar con los hierros y aceros retorcidos.

Y en la vida que había inaugurado después de resucitar de entre el peso infernal de los pisos superiores, desplomados sobre su ignorancia, en el ahora de sus malditas circunstancias, era rabia, más que desdicha, lo que sentía.

Y cuando inconscientemente contó seis zanzadillas, provocadas por los cadáveres que se encontró en su carrera interminable, volvió a sentir otra clase de terror, que le sobrevenía tras el pensamiento, tras el convencimiento de que aquella rabia, de que aquella hambre de justicia, de total venganza, nunca desaparecería.

 

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Estoy impaciente

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.

Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

 

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Palabreando

 

¡La felicidad!

No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

 

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Aquella mañana de mayo

Aquella mañana de mayo.

Le hubiera gustado recordarla siempre.

Porque ella estaba allí, junto a él, recién salido del hospital, recién recuperado. Porque se sentía dichosa. Porque quería creer que ella le importaba. Porque creía saber por qué lo amaba, a él, tan estúpido con la gente, tan intratable en lo privado, tan despreciable en lo humano. Y, aun así, tan tierno con ella, cuando no esperaba eso de él. Y ella creía que, aunque fuera durante contados instantes, esa limitada amalgama de sentimientos, la llenaba, porque, quizás, no tenía otra cosa a la que aferrarse.

Y aquella mañana de mayo estaba siendo la mejor mañana de su vida porque aquella mañana la había tenido en cuenta. Porque, ayudándose mutuamente, harían lo que siempre habían querido, desde que se dieron cuenta que, por sí solos, no lo conseguirían.

Primero ella, y luego él. Y no errarían. Y no volvería jamás uno de ellos al hospital, para tener que volver a empezar.

Aquella mañana de mayo conseguirían, por fin, no tener mañana.

 

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