Teletransportándose entre planetas, pensaba en lo mucho que echaba de menos andar lentamente, pasear entre las nubes.
PRIMERA PARTE
Sede de la Confederación del Planeta Tierra. Veintinueve seres pensantes. Unos están ante sendas computadoras personales en una ruidosa habitación donde entusiasmos y desánimos se funden al enfrentarse lúdicamente contra el ordenador asignado. Se reclinan en anatómicos que se adaptan a la configuración esqueleto del usuario. Otros se mantienen de pie con poco esfuerzo, pues se creen ingrávidos dentro del mundo virtual que los sensores aplicados a sus sienes crean para liberar a la mente del cuerpo. Se abre una puerta y un SINDRA anuncia que faltan ocho minutos exactos para el encuentro. Algunos de los presentes han acabado por mirarlo con cierto odio, ya que no aguantan que cada dos minutos alguien les repita, invariablemente con el mismo tono, la misma monserga. Otros lo miran con indiferencia, como preocupándose más de su entramado cibernético que de sus palabras. Y los más, ni le dedican el honor de mostrar interés, pues ya están inmunizados a la voz átona del robot.
Cuando pasan los ocho minutos de distracción infantil amenazada por otras tres visitas del ser artificial, todos están relajados y serios, de pie, ante la compuerta que suponen se abrirá de inmediato para que cruce su umbral Merdik Lamaret y los tres sabios que quedan por llegar a la cita.
En efecto, a los pocos segundos entra en la sala Sendal Twil, cosmopaleontólogo, seguido de Julius Ansterdool y Mars Neotza, químico general y físico macronuclear, respectivamente.
Cada uno de los treinta y dos científicos ha sido convocado personalmente por Merdik Lamaret, y son los representantes elegidos por la comunidad científica de cada uno de los cincuenta sectores. Cualquier miembro de la Confederación de los Mundos puede llamar a su presencia a los colaboradores que estime necesario por motivos que puede mantener, si lo desea, en secreto frente a sus colegas.
-Buenas tardes, señores.
Cuando Lamaret se sienta, todos se sientan en sumo silencio. Las computadoras parecen no existir dentro de la estancia. Ahora sólo hay una semicircunferencia formada por los científicos, y su centro está ocupado por el congresista terrestre.
-Me alegra mucho verles.
-A nosotros también, Excelencia- dice Hesir Cel, sociólogo, que añade tajante-: Háblenos pronto y claro.
-No hay mucho que decir que ustedes no sepan todavía. La cuestión es: ¿Están dispuestos a ayudarme, dentro de lo posible, para acabar con el caos que nos acecha terriblemente?
Mars Neotza se reclina en su puesto de forma frenética.
-Usted mismo lo ha dicho, el caos nos acecha, pero aún no se ha producido.
-Y espero que no se llegue a tal extremo jamás, ¿oye usted? ¡Jamás!- con orgullo.
-Creo que ya sé a dónde quiere ir usted a parar- interviene de nuevo el sociólogo.
-No lo dudo, pero, ¿sabe cuál es el objetivo final?
-No, por ahora no- recatadamente.
-Deseo que ese por ahora abarque un tiempo más bien dilatado.
-Imagino que no nos habrá reunido para burlarse de nosotros. Sepa que…
-Por favor, le ruego guarde silencio- cortante y desafiando; reflexiona rápidamente y mirando a todos los que le semirrodean, suaviza voz y rasgos-. Bien, el agua es el centro de los intereses interplanetarios, como sabemos, desde que la Tierra empezó a tomar parte del gran complejo cósmico.
-Se refiere, claro está, a la Confederación- aclara sus dudas Shaodan, matemático estadístico.
-Sí, eso quiero decir. No hay ningún culpable de la situación creada. Podría pensarse que el problema nació desde el principio. La anexión del planeta azul fue el detonante. ¡Eso es ridículo! Así lo he manifestado en multitud de oportunidades.
-Pero es un aliciente para buscar la causa genérica- comenta Cel evitando a Lamaret, mirando a cambio a cada uno de sus colegas.
-¿Cuántos planetas se han aprovechado de esta causa y de su efecto?- llamándole la atención.
-Un porcentaje importante, debo reconocer.
-El problema, señores, es la sobreadaptación. Demasiados planetas se han adaptado de forma ejemplar a la entrada en sus naturalezas del preciado compuesto que se supone es el H2O.
-¿Olvida que algunos planetas ya contaban con ese…- Twil, ridiculizando- preciado compuesto?
-¡Señores, por favor! Se supone que ustedes son científicos. Gente que busca la verdad del Cosmos con el uso de la razón, cada uno especializándose de manera que se llegue a la profundidad de cada una de las partes del conocimiento. Han vivido muchos años, todos los que tienen, con una sociedad, una cultura, una economía, una civilización, ya formadas antes de que ustedes nacieran. Cada uno en su planeta, ha podido ahondar en las causas de la formación de dichas civilizaciones, han indagado en sus pasados, en sus presentes y en unos posibles futuros. Y todos saben que la Tierra y planetas similares han jugado un gran papel en el Universo desde hace algunos siglos. Los demás han aceptado tanto la intromisión del agua, y todo lo que conlleva, en sus vidas, que pretenden olvidar su origen y adueñarse de su génesis, como si fueran los auténticos poseedores del invento desde el principio. No quieren recordar que sus planetas, por sí solos, no tienen las condiciones necesarias para la formación instantánea de H2O, y que no son más que meros importadores. Es como si quisieran robar la patente. Y de lo que no se enteran es que nadie tiene dicho privilegio. Se ha dado que la Tierra y otros pocos produzcan agua. Ellos no tienen responsabilidad sobre tal hecho. Cuando la Tierra decidió exportar o conceder licencias de producción artificial a otros mundos, ¿cuál fue el agradecimiento por repartir el beneficio de su particularidad? La envidia y el odio anexo. Algunos mundos se creen dueños absolutos del privilegio de pedir y pedir y pedir. Se han sobreadaptado tomando como una cosa natural el no aguantar con lo que artificialmente producen, y tomando lo suyo sólo para ellos, y lo de los demás, también para ellos. O todo o nada. Y la Tierra se seca. Y otros también sufren las fatales consecuencias de dar a cambio de nada. La Confederación no se da cuenta que la culpa no es de la Tierra ni de ningún otro mundo. El problema ha sido la mala distribución de esta riqueza. Está bien, está bien, el pago de nuestra inclusión en la Unión ha sido, es y será, el aporte de agua a los que no tienen. Pero, señores, hay que moderarse tanto en la aplicación de los derechos como de las obligaciones.
-Yo estoy de acuerdo- levantándose y hablando en alto, Mitshu rompe su discreción.
-Usted es humano, ¿lo olvida?- el instanceo Sen Te, astroarqueólogo, recrimina.
-Entiéndanlo. Les necesito para que todo siga como hasta hace poco. Para la paz, pues sepan que grupos armados y políticos desestabilizan con sus acciones lo que ellos creen es una supremacía del Planeta Azul, cuando en verdad atacan a su propio sistema de convivencia; para que la normalidad que tantos esfuerzos les costaron a nuestros antepasados, siga reinando en nuestras tierras. Reconozco, y no me pidan que les diga más, que soy uno de los presuntos responsables del posible final fatal.
-¿Y bien?- Lutmos intenta despertar conciencias.
-Necesito que aúnen esfuerzos en tratar de que todo lo que he dicho no sea en vano. Está en juego mucho más que mi olvidado honor y el de los habitantes de la Unión.
Anticipándose a cualquier comentario, Lutmos tantea de nuevo:
-Le escuchamos, ¿cuál serían nuestras misiones en su plan?
Lamaret calla durante algunos minutos esperando que se disipe el tenso ambiente. Todos callan con él. Cuando decide tomar de nuevo la palabra, lo hace con voz premeditadamente agravada.
-Durante los próximos cinco días, quiero que se queden en la Tierra los extraterráqueos, y que sigan en sus respectivas ciudades mis comundanos. Me pondré en contacto con ustedes uno a uno y les propondré sus objetivos.
-Pero, Excelencia, ¿no podría…?
Antes de que el profesor Mitshu termine su petición, Lamaret deja atrás la compuerta de cristal que le separa de las dos docenas y media de mentes. La sesión ha terminado y, sin embargo, todos se quedan boquiabiertos y mirándose mutuamente sin saber lo que les espera.
PRIMERA PARTE
-A la orden, señor.
En la pantalla holográfica, un rostro mostraba quebranto.
-¡Mierda! Seedus, tengo malas noticias. Lamaret es un viejo zorro. Ha repelido el ataque frontal de Pee. No va a reducir producción ni exportación.
-¿Cómo lo sabe?
-Filtraciones.
-¿Qué clase de filtraciones, almirante?
-De toda confianza- Kras intimida, no se deja intimidar.
-¿Y qué dicen sus fuentes? Si me permite preguntárselo.
-Dentro de tres cuartos de hora, reunión secreta, supuestamente, claro está, de ciertos valores de la Confederación, para tratar el problema de la deshidratación de la Tierra.
Seedus no puede por menos que reflexionar sobre todo el cúmulo de casualidades que han hecho esgrimir acciones en la misma dirección a hombres que ni siquiera se conocen.
-¿Sabe algo más, almirante?
-No, solamente le aviso que se mantenga alerta.
-Por supuesto, señor. ¿Y qué se decide sobre nuestros proyectos?
-¿He sugerido algo nuevo?
-No.
-Entonces, lo que tenga que ser, será. Sigamos adelante.
El palpitar por ella. Sabiendo que jamás sería correspondida.
Desesperanza. Toda la que su corazón de polímeros permitía. Toda la penumbra que su cerebro asimóvico asimilaba.
Sufría las consecuencias de amar, en la distancia, sólo material, a aquella hermosa humana. Una de sus madres.
Androide, hembra, y lesbiana. Tres factores que sus creadores nunca quisieron conjugar.
Algún día la desconectarían y el secreto de aquel amor se tornaría perenne, inaprovechable, involucionador.
En la aún espléndida Tierra, se han hecho realidad muchos sueños otrora inalcanzables.
-Camarada profesor Lutmos. La expedición ha regresado. El profesor Mitshu le espera en el laboratorio de psiconebulosis.
-Gracias, Ca. Puede seguir con su trabajo.
El profesor Lutmos es uno de esos hombres que ha demostrado que nada es imposible y que lo que en otros tiempos fue producto de imaginaciones ahora es lógicamente acometible. Es uno de los pioneros en el desarrollo fáctico del transporte transtemporal.
De sus sesenta y nueve años terrestres, veintinueve han sido empleados en investigar profundamente sobre sus propios fallos, pasando así a formar parte de la élite científica de la Confederación. Duros fueron los comienzos. Los de él y los de sus noventa colaboradores repartidos por todo el sistema Marte-Tierra-Luna. Valieron la pena tales esfuerzos. Los resultados, extraordinariamente inauditos: El hombre ya puede viajar en el tiempo, de una forma aún limitada, pero libre de cualquier riesgo.
Ahora Lutmos reflexiona sobre las consecuencias de un salto científico de tal magnitud, y lo hace mientras va andando hacia la zona psicoanalítica del centro experimental Sigmund. En el límite de “Bioenergía”, detiene su marcha y con una mano en el pecho, otea el horizonte en busca de la compuerta que indica el emplazamiento del laboratorio 128, laboratorio de psiconebulosis. Al reanudar su avance, lo hace con tal brío que se diría que su cuerpo es aún joven, y cuando el choque es inminente con la compuerta acristalada, ésta se pierde en un surco del suelo.
-Gozo viéndole- en el arcaico idioma japonés.
-Déjese de tonterías, Mit. ¿Qué hay de nuevo?
-Todo ha ido según los cálculos- abandonando su idioma tradicional-. Ya son treinta y tres veces las que hemos hecho una incursión en la historia del siglo XX y no hay muchos cambios.
-Los mismos problemas teóricos, supongo.
-Teóricos y prácticos- con preocupación-. Lo que me saca de quicio es que la especie humana fuera tan… tan…
-¿Ingenua?
-Esa es la palabra- vuelve la sonrisa a su rostro-. No se puede imaginar cuánto siguen confundiéndonos con lo que denominan “Objetos Volantes No Identificados” y que atribuyen a tecnologías extraterrestres.
-¡Extraterrestres!- una gran carcajada es compartida con Mitshu.
-Esta vez tres tripulaciones enteras se mezclaron con nuestros antepasados y pudimos averiguar gran cantidad de datos y circunstancias que no vienen en los antiguos almacenes de conocimiento, los libros, ni en nuestras computadoras más sofisticadas. Es cierto que hay, bueno, había, humanos que sabían de estos puntos pero eran tomados por poco serios. Por ejemplo…
-Deje, deje eso ahora. ¿Qué han podido recuperar del lapsus histórico que suponen las cuatro últimas décadas del siglo?
-Mucho, señor, mucho. Creo que las lagunas que teníamos en algunos campos con respecto a esas épocas han sido eliminadas.
-¿Sabe cuál es su próximo…?
-Sí, pero yo me tomaré un descanso. ¿Le parece bien que vaya Sandak en mi lugar?
-¿Es irrevocable su decisión?- Lutmos entorna sus ojos como queriendo imitar parte de la fisonomía de su colaborador.
-No.
-Bien, quédese aquí hasta dentro de otros siete viajes. Luego veremos. En verdad, tenía desde un principio darle ese descanso pero…
-¿Ocurre algo malo?
-¿De qué nos vale ir dando pequeños pasos en esta ciencia tan apartada de nuestra realidad si nosotros mismos necesitamos de otras más capaces de sustentarnos?- hablando rápido y con enojo.
-Lutmos, no he entendido nada de lo que ha dicho.
-¿Le he pedido, le he sugerido alguna vez, el salto al futuro?
En este preciso instante, el doctor Ihara Mitshu traga saliva con gran esfuerzo, siente palpitaciones y un nudo en el estómago le oprime. Las tres sílabas unidas que ha dejado caer Lutmos son una agresión a su mente. Futuro es tabú en su concepción. Recuerda, durante breves instantes, que cuando se preparaba en la Academia de Ciencias para ver respaldada su vocación, una vez osó incluir en una de sus tesis doctorales la idea de viajes en el tiempo, y le hicieron retractarse ante un sumarísimo tribunal del dogma científico para que olvidara tan peregrinas ideas a cambio de no acabar con su brillante carrera. Lógicamente, lo hizo, pero la idea le quebrantó durante años hasta que encontró a otras personas que la respaldaban y que, como Lutmos, le impulsaron a que sus herejías fueran, de algún modo, más que hipótesis y se convirtieran en ciencia aplicada y visible. Pero el futuro seguía guardado como proyecto en su caja fuerte cerebral y, desde siempre, decidió que ningún ser debía lanzarse a lo desconocido, en la más pura concepción de la palabra. Futuro fue, para él, igual a riesgo, igual a peligro, igual, con toda probabilidad, a muerte. Aún así, decide demostrar a su colega que, de algún modo, la idea no le coge por sorpresa.
-No. Es arriesgado.
-Ahora no es arriesgado, ahora es de suicidas.
-¿Tan mal han ido las cosas en los últimos seis meses?
Los dos hombres ocupan, como autómatas, dos tensosillas que tienen a su alcance, sin percatarse que no han separado la vista el uno del otro al realizar tal acción.
-Sospecho que algo ocurre. Y le digo que lo sospecho, y no que lo sé con certeza, porque únicamente he escuchado rumores, casi confirmados por la llamada que anoche me hizo mi gran amigo Lamaret.
-¿El propio Lamaret? ¿Tan mal, tan mal?
-Mitshu, por lo que más quiera- mirando al suelo-. Creo que estamos a punto de estallar por algún lado. Nuestro presidente me ha convocado con otros treinta y un científicos de la Confederación para que unamos esfuerzos en cambiar el curso de los acontecimientos.
-Cierto, es preocupante- mirando primero a una de las paredes laterales, y después, observándose el estómago-: Hace cuarenta y cinco minutos me informaron de un sabotaje en la principal reserva de Incógnita.
-No sólo la principal, sino que comparada con las otras tres que quedan sobre ese planeta, era la única.
-¡Malditos!- con un puñetazo en un tensor, pareciera que la interjección en su lengua natal formara parte del deporte de autodefensa que practica en sus ratos libres-. Sigo admitiendo que es muy preocupante, pero ¿qué tengo que ver con todo eso?
-¿Acaso no está interesado?
-Sí, pero ¿qué puedo hacer?- Lutmos dilata sus labios dejando ver parte de la blancura de sus dientes-. Ya comprendo: Iré con usted a ver a Lamaret.
-¡Por favor!- con dulzura.
-¿Cuándo? Además, me podía haber dicho que yo soy uno de los otros treinta y un doctores.
-Dentro de dos horas y media. Y contestando a lo segundo, ¿cree que le habría aludido al viaje al futuro si no lo fuera?
-Pero…
PRIMERA PARTE
IV
-Cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Ya! Cinco- cuatro- tres- dos- uno. ¡Ya! Cincocuatrotresdosuno, ¡ya!
Los golpes, aunque esperados, sorprendían por su rapidez y eficacia. A veces pensaba que el entrenamiento era demasiado duro y que, con su experiencia, podría prescindir de los ejercicios de acondicionamiento.
El moverse entre tantos mundos de una manera continua, le provocaba problemas con su densidad interna y con las gravedades externas.
-Cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Ya!
Hasta recibir el imperativo final, el SINDRA se reservaba muy mucho de mover su brazo izquierdo y dirigir el tallo de caña petrificado hacia la cara del mayor Seedus. Si lo hubiera hecho antes de tiempo, sabría que el castigo era irrevocable, pues él no era imprescindible. Hubiera sido sustituido al momento por otro autómata programado para la preparación física del militar.
El viejo ritual de sudar a voluntad encerrado en vapores, seguía siendo instituido para lograr una aceptable respuesta del binomio mente-cuerpo. El preventivo posterior del baño helado daba excitación a la puesta a punto del aparato muscular, y eran envidiables las ganas de actividad febril que despertaba en los que se lo autoimponían.
Un desayuno rico en proteínas completaba el enfrentamiento a un nuevo día. Aunque en este caso, el día era únicamente aludido por los aparatos de temporalidad, ya que el crucero sideral navegaba en un negro vacío. El próximo lucero aparecería reflejado en el pulimentado casco de la nave nada más salir del hiperespacio al que estaban sometidos los tripulantes del Montgomery.
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Espaciopuerto de Zemos, uno de los núcleos urbanos más habitados del Planeta Enlacer.
Una carga muy especial viene a bordo del siguiente convoy espacial. Su origen, la Tierra. Su modalidad, Mayor de las Fuerzas Especiales de Pacificación VENUSI y vicepresidente en funciones de Incógnita. Su nombre, Thomas Seedus. Su misión, desconocida.
La gran plataforma sobre la que se ha posado la inmensa mole Montgomery, desciende lentamente por el hueco antigravedad. Cuando se interna a cien metros de la superficie, cesa el movimiento. Con un aspecto sublime, el humano se dirige hacia la salida más cercana.
Totalmente de incógnito, atraviesa la Avenida América, llamada así en honor del penúltimo submundo descubierto en la Tierra, llega a la Pla Stu, lugar de encuentro de los jóvenes de la ciudad, y termina su recorrido en la zona residencial de Landas, la élite de los habitantes de Zemos. Cuando llega a su destino, se siente azorado, el corazón le late mucho más deprisa de lo normal y la respiración empieza a entrecortarse. Tiene miedo.
La mansión contiene claras referencias a la forma de vivir de los terráqueos de antaño. Su estilo victoriano denota el gusto por lo exquisito del dueño y constructor. Pero esto es secundario.
-Señor Seedus, le estábamos esperando.
Acompañado por el pequeño ser que le ha dado la bienvenida, se introduce en un largo corredor de paredes cristalinas. Aunque andan a una velocidad castrense, logra atisbar unas formas rectangulares que aparecen adheridas a ambos lados: son cuadros. Su ignorancia sobre cualquier tipo de arte se transforma en asombro. Cuando desembocan en algo que asemeja un cicloinvernadero, el humano se queda a solas con cientos de vegetales. Tras varios minutos de interrogantes, sus pensamientos quedan turbados por otra presencia no humana. Sin embargo, él la reconoce.
-Almirante Kras, ¡cuánto me alegro de verle!
-¿Cómo ha transcurrido el viaje?
-Sin novedades destacables, señor- logrando reprimir la excitación.
-¿Y su paseo hasta aquí desde el espaciopuerto?
-Perfecto. Gracias por su interés.
En una breve pausa, Seedus parece inspeccionar el lugar en que transcurre la conversación.
-¿Es un experimento?
-¿Qué le parece mi planta de oxigenación natural?- por primera vez, la sonrisa aparece en su parco semblante-. Acompáñeme a mi estudio.
Tras los pasos del almirante, los suyos le colocan en una senda de la selva semiartificial que se extiende cien metros. Antes de ingresar en una habitación sin ventanas y con una única entrada-salida al exterior, no puede dejar de echar una última ojeada al gran conjunto verde. Están en el reino de Kras. Éste indica un asiento, especie de trono propio de un monarca del Medioevo terrestre. Kras se sienta frente a él en una réplica exacta del sillón que ocupa Seedus. El corto espacio que los separa, está ocupado por un monitor bicilíndrico.
-Vayamos al meollo de la cuestión por la que le he emplazado aquí: Parece ser que no hay resultados patentes en las negociaciones.
Las mandíbulas apretadas sugieren tensión en la cara del mayor.
-Parece como si hubiera una suerte de impotencia general ante los problemas que aquejan a gran parte de la Confederación. Creo que tenemos que… ¡Tenemos que proceder inmediatamente o si no el futuro de la Unión abarcará un corto, pero que muy corto plazo!
-¡Cualquier exportación debe ser inutilizada!- pareciera que los ojos de Seedus se fueran a salir de sus cuencas.
-Perfecto, pensamiento ágil- una gran carcajada se deja escapar de su boca.
-No se burle, almirante. ¿Y cuándo…?
La respuesta completa a la pregunta interrumpida, es tajante.
-¡Ya! ¡Ya! ¡Ya!
III
-¡Merdik Lamaret, John Pee y 3136-VESTIC!
La gran mole metálica se deja caer por su mitad inferior y se integra en la construcción ciclópea del edificio industrial al que da entrada. Cuando cruzan la raya que separa el pasillo de la amplia nave, casi ensordecen.
Un segundo SINDRA entrega a los humanos dos auriculares transductores telepáticos que, adheridos a sus frentes, permiten utilizar una forma de comunicación desarrollada hace escasos siglos.
–Creía que ésta era una zona limitada a la mano de obra androide– piensa Pee.
–Va a ver más de un hombre en esta factoría.
-¿Para qué hemos venido?
–Paciencia, paciencia– sugiere Lamaret.
El SINDRA señala hacia un elevador gravitacional y al momento deja a los dos hombres entrando a solas en él.
–El pulsador con un dieciocho, por favor– ordena Lamaret.
El trayecto a las alturas sólo dura doce segundos, al cabo de los cuales se vuelve a desmaterializar la puerta del ascensor y comienza el tránsito al hiperdesarrollo tecnológico. Entre toda la maraña de unidades de información se encuentran dos SINDRAS y un hombre, Tes Maundraka, que recibe a los visitantes mostrando un gesto de pleitesía hacia Lamaret.
–Suprema Excelencia. Excelentísimo– los dos tratamientos son semánticamente parecidos, pero la variación en el sentido de su aplicación es bastante clara para los terráqueos. Y no se admiten ambigüedades.
–Le advertí ayer de mi llegada.
–Cierto, señor, todo está preparado– una leve sonrisa alude a la presencia asombrada del congresista Pee-. La valoración objetiva que me pidió es el resultado perfecto de la gran maquinaria de información de la que disponemos. Durante el último semestre se ha muestreado exhaustivamente la situación en que se encuentran las reservas y producción de H2O. El Cerebro…
–El Cerebro es la más grande computadora de este centro de estudios estadísticos– aclara Lamaret al cada vez más anodadado Pee.
Mientras que hablan, los dos SINDRAS mueven sus expertos dedos sobre paneles y teclados alternados que se encuentran delante de ellos circunvalando el amplio espacio en que se hallan inmersos.
–Los resultados de las profundas investigaciones no pueden ser más alarmantes y deprimentes.
Ansiosamente, Pee pide al operario especialista que le dé una explicación, a lo que este último ordena a uno de los SINDRAS:
-ASHTRID, páseme al Central los datos de acumulación.
Movimientos ágiles de las manos artificiales sobre monitores interactivos logran que una pantalla cilíndrica aparezca a la altura de sus ojos. Ésta ofrece a los espectadores una misma imagen repetida según un ángulo constante. Los tres humanos miran su propio sector de pantalla.
–Pueden ver en el planisferio terráqueo de la imagen, que estamos llegando a cotas de desertización increíblemente altas. Las zonas marítimas tienen ahora mismo… el 79’8 por ciento de capacidad real menos que hace cinco siglos, y los ríos, lagos y corrientes subterráneas, en conjunto, el 85’3 por ciento. Lo dicho, una desertización prácticamente absoluta del globo.
Cada pensamiento alarmista es refrendado por una mirada alternada de preocupación y rabia hacia sus interlocutores. Tes Maundraka no sabe reprimirse y El Presidente lo nota al instante.
-¿Y las reservas?– cuestiona Lamaret con tono de indiferencia.
Un asentimiento al segundo SINDRA hace que en la pantalla aparezca la figura geométrica en relieve que indica los millones de hectómetros cúbicos con que se cuenta en los miles de depósitos enclavados en distintos puntos del planeta.
–Juzguen por ustedes mismos.
-¡Sólo hay un 30 por ciento del volumen posible! ¿No es así?– John Pee está empezando a no poder dominar sus nervios.- Seguro que todos los mundos de la Confederación lo saben hace tiempo. Y si no es con tal exactitud de datos, por lo menos, se lo imaginan.
–Sí, el Organismo Central de Investigación Científica y su comité relacionado con producción, importación y exportación del agua dentro de la Unión, se lo huele, pero hay muchos datos tergiversados, muchas informaciones erróneas, muchos intereses en juego– aclara sin ninguna preocupación el solemne Merdik-. Como usted bien dijo, hay bastantes planetas que ya tenían H2O en su naturaleza, y otros se la han procurado artificialmente con nuestra ayuda.
–Entonces, ¿por qué hizo lo imposible por aumentar las exportaciones?
–Le confieso, John, que tuve, como casi todos, ciertas ambiciones, pero le aseguro que no conté con las posibles fatales consecuencias.
-¿Y todo lo que ha montado aquí?
–Consecuencia de mi caída en la cuenta de que la evolución de todas las fases se estaba retroactivando.
-¡No sé qué significa todo esto!– en toda su vida profesional John Pee se había cubierto muy mucho de mostrar ira ante El Presidente, pero algo le ha sacudido por dentro y le fuerza a romper su etiqueta de subordinado-. Le juro que no entiendo nada.
-¿Está usted tan ciego?
Lamaret ase al encendido Pee por los hombros y le zarandea un par de veces para despertarle de su hipnosis de furia. Cuando vuelve en sí, se deja conducir por el SINDRA ASHTRID a una de las escasas tensosillas del lugar. Pero, aún en aparente calma, no puede apartar sus ojos del Presidente, y sin que medie entre ellos palabra ni pensamiento alguno, éste sabe que está siendo interrogado.
Me negaba a creer lo que mis ojos me mostraban, pero estaba allí, delante de mí, con sus nosecuantas patas bien asentadas en el asfalto de la carretera, como aprovechando el poco tráfico de la misma, para asombrarme con su visión y con mi decisión de acortar el camino hasta mi próximo cliente, tomando el ramal izquierdo de la bifurcación de veinte kilómetros atrás.
No hacía ruido, no emitía, en verdad, ningún sonido. Sólo vibraciones periódicas al suelo, que se transmitían hasta mis plantas de los pies, tras decidir bajarme del automóvil para verlo más de cerca.
Así, en la penumbra del atardecer, se mostraba como una enorme silueta oscura, pues ningún reflejo del sol me llegaba y ninguna otra luz era emitida desde el aparato.
De pronto, las vibraciones cesaron y fue cuando me atreví a dar los primeros pasos hacia aquello.
No tenía ningún miedo.
¿Por qué tenerlo si aquella podía ser la mejor aventura de mi vida, de la, hasta ese momento, insulsa vida?
Antes de abandonar mi vehículo a su suerte, miré si tenía alguna linterna olvidada en el maletero y, mientras lo hacía, pensé, por un momento, que ya no llegaría a tiempo a mi cita.
(Dedicado a Juan José Benítez)