JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 16

PRIMERA PARTE

 

XVI

 

   Un largo pasillo con suelo especular. Dos piernas femeninas apoyadas en plataformas de sujeción de realce posterior. Movimientos sinuosos y mirada concentrada. Cabello ébano, piel de nácar.

   Su concentración se funde con tu ansiedad. ¿Qué ves? A ti mismo sentado en una tensosilla con las manos dobladas hacia el espaldar. Entre tú y ella, cabello ébano, piel de nácar, está tu obsesión martirizante. Es sólo un hombre y está muerto. Te fijas en su pálida tez. En sus marcadas e intensas ojeras. Sí, está muerto. Cabello ébano, piel de nácar te sonríe desde el otro lado del kilométrico corredor estrecho. Cada vez más largo, cada vez más largo. Su silueta se hace difusa con la distancia, pero su cara está presente. Te sonríe. Sin altivez. Con amor. Tú odias esa autosuficiencia. Y tu enemigo, muerto en el suelo. Un guiñapo.

   Te vuelves hacia atrás. Alguien está seccionando tus muñecas. Lo hace limpiamente. No sientes dolor. Sólo el calor del láser. Qué primitivo. Quieres mirar tus pies y no puedes. Están allí abajo, en la distancia. A gran profundidad. Miras de nuevo sus hechizantes ojos. Te seducen, debes admitirlo. Te sonríes de ver a tu rival en el suelo desangrándose. Te sonríes de no sentir dolor mientras te bisturizan las manos. Te da igual ese detalle. Todo te da igual mientras no te hurguen en el cerebro. Tu especie lo tiene pequeño, tu cráneo tiene poca capacidad. Eres tan inteligente que te has adueñado de la situación.

   Deja de sonreír. Ahora se ríe a carcajadas. Al hombre del suelo lo ves de pie ante ti y corre para alcanzarte. Se va acercando pero no llega. Estás bien situado en tu tensosilla. Tus manos se separan del antebrazo. Ríes. Él no te alcanza. Seguirá sin hacerlo hasta que tú no distingas sus rasgos. Sólo sabes que es tu enemigo.

   Cabello ébano, piel de nácar se va cubriendo con una tela de araña. Sigue riendo. A carcajadas. Dedicadas a ti.

   Tom Seedus obstaculiza la carrera de tu enemigo. Le golpea la frente y su mano se hunde en ella. Boquiabierto, te mira y llora. Llora porque no sabe, llora porque no entiende. Te pide una explicación. No la tienes.

   Cabello ébano, piel de nácar está encerrada en su crisálida. El hombre sigue en tu busca. Te ve, te va a alcanzar. Gritas para que se detenga. Él se arrodilla, junta las manos en señal de plegaria y mira al techo. Desde él desciende una luz que lo baña con su radiante color oro.

   Ahora eres tú quien llora. La emoción te embarga soliviantando tus lacrimales. Entornas los ojos y cuando los abres de nuevo, notas pegada a tu cara otra cara. La cara de tu enemigo. Vuestras narices se rozan y notas la fragancia de su respiración. Aún no has reconocido al hombre. Tom Seedus te da la espalda y se aleja por el largo pasillo eterno. Antes de que se funda con el horizonte, explota en mil pedazos, en incontables moléculas de agua. La cara se te enfrenta, sonríe y te besa en los labios. Esa tersura, esa humedad, ese sabor… es Shainapr. Pero sus ojos… son… No, es imposible. Él dejó de existir. Pero sin duda se trata de él. Lamaret ha vuelto, Lamaret está entre nosotros. Lamaret viene a vencerte.

   Lo siento, Kras, de veras.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

 

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 15

 

PRIMERA PARTE

 

XV

 

   Los genéticos laboraron con precisión insultante en el cuerpo del finado. Lo más íntimo de aquél había sido desconsagrado por el bien de un objetivo fútil. El más nimio detalle de las coordenadas genéticas que estaban implantadas en los cromosomas que habían diferenciado a aquel ser humano de los demás, había sido estampado en un meticuloso mapa genético que serviría para clonar célula a célula un edificio orgánico que en toda su extensión sería la copia del genuino Merdik Lamaret.

   -Doctor Nair, es sorprendente. Aún no consigo asimilar cómo puede mantenerse incorrupto el cuerpo. No hemos visto necesario mantener su conservación criogénica en ningún momento- dijo el doctor Vingenstein, mientras frotaba una y otra vez sus afinadas manos.

   -Yo tampoco lo entiendo. Sin embargo, las órdenes del Almirante Kras han sido bien estrictas: Una vez que hallamos conseguido desarrollar tres clones a partir de la base de datos de la que disponemos, debemos deshacernos del testigo inerte de nuestros manejos- enarcó las cejas casi sin hacer demasiado caso a sus propias palabras.

   El edificio que albergaba toda clase de experimentaciones vanguardistas en busca del porqué de la existencia de la vida, se hallaba localizado en las afueras de la populosa ciudad. Como casi todas las arquitecturas de este tipo, la altura se había tornado profundidad. A veinte metros bajo la capa humífera, el organismo vacío de Lamaret era trasladado a la sección de escanerización para ser transparente a los ojos de los que buscaban su momificación. Desde tiempos ancestrales, esta inquieta costumbre había sido desechada por no hallarle sentido tradicional de ninguna clase, ni social, ni religioso. Pocas veces se hacían excepciones: El individuo a tratar podía ser requerido para ulteriores intervenciones ante posibles contrariedades en el funcionamiento de sus clones. Se pensaba que más tarde o más temprano, el cuerpo se disgregaría.

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   –Tengo una buena noticia que darte: Es el momento.

   –No, ahora no. Aún no he descansado lo suficiente.

   –No seas niño. Está dispuesto que sea ahora y debes cumplir los requerimientos.

   -¿Qué debo hacer?

   -¿Ves allá abajo tu cuerpo?

   –Casi no lo distingo entre tanto artilugio.

   –Debes apresurarte antes de que apliquen los ultrasonidos. En cuanto lleguen a profanar tu encéfalo, todo se acabó.

   -¿Sigo siendo luz, Shainapr?

   -¿Acaso lo has dudado en algún instante?

   –No, sólo que tengo miedo de volver al enfrentamiento con ese mundo de allí abajo. Los otros no deben sacrificarse así.

   -Sólo el que voluntariamente lo decida por Amor, así lo hará. Hay muchos que vuelven. Sé que tú has manifestado multitud de entregas a esta Humanidad.

   –Sí, sólo por ellos lo haré. Cuando me expandí, vieron que mis sentimientos son auténticos.

   -¿Qué sentimientos? Tú no tienes sentimientos aquí.

   –Bueno, quise decir mi conciencia. Parte de la Conciencia. Shainapr, ¿qué destino me espera?

   –El que tú te haces continuamente. Lo que ocurrió, ocurre y ocurrirá es resultado de ti como causa.

   –Shainapr, ¿volveremos a vernos?

   –Antes de lo que tú te piensas.

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   -Doctor, ocurre algo extraño en el panel de seguimiento. Juraría que el destello se ha movido.

   -Vingenstein, le he advertido que para estar en alerta debe conservarse puro.

   -¡Doctor! Se ha vuelto a repetir. Los spins de acoplamiento subcutáneo han vuelto a variar su sentido. Le ruego que deje el espectrógrafo de barrido y atienda a estas señales.

   El escéptico Miho Nair atendió la súplica del susceptible Vingenstein. Con paso decidido atravesó una amplia fracción del aséptico retículo especular que sustentaba equilibradamente el conjunto de enseres electrónicos que facilitaban sus labores indagatorias. Cuando se situó junto a su colega, no pudo dar crédito a lo que estaba presenciando.

   -No es posible, Vingenstein. ¡Está muerto y bien muerto!

   -Pero, doctor, vea que está recuperando sus funciones rectoras.

   -Lo veo, pero no me puedo permitir aceptarlo. ¡Es algo contranatural!

   -Nair, tranquilícese. Debe de existir alguna falla en el sistema de rastreo. Busquémosla y calmemos nuestros pánicos.

   Él, todo luz, se precipitó sobre aquella materia inerte e incólume. La suspensión vibratoria cesó y, con el brusco cambio, buscó la ensambladura correcta. En nanosegundos, volvió a sentirse perceptible y percibido. La luz que había sido se desparramó entre las finas membranas acuosas de sus tejidos. Los hematíes volvieron a jugar con el oxígeno, y las neuronas chispeaban en una catarsis de las ramificaciones que conducían los pensamientos. El soplo vital estaba reanimando lo que en los instantes precedentes no fue más que un vacuo caparazón.

   -¡Vingenstein, Vingenstein! Vea esto- los ojos del momificador se salían de sus cuencas-. ¡Se está moviendo!

   Era cierto. Las córneas se dejaban ceñir por la fina capa epidérmica de los párpados y ¡se estaban moviendo anárquicamente! Como si aquel cuerpo no correspondiera a un muerto sino a un durmiente, las pestañas delataban actividad ocular.

   De pronto, ambos pulgares se engarfiaron. El terror estaba personificado en Nair. Vingenstein observaba inquieto, pero no histérico. Cuando éste presionó la aorta y comprendió que la sangre empezaba a circular por los canales internos de aquel organismo, decidió actuar con el riesgo de cometer una irregularidad.

   -¡No me deje solo con él!- gritó Nair.

   -No le hará nada; tardará en reaccionar inteligentemente.

   -¡Por eso mismo! ¿Y si es como un animal descerebrado? ¿Y si me ataca?

   -Doctor Nair, ¡cálmese, por favor! Que cuando vengan los supervisores no le encuentren en este estado.

   -Lo intentaré. Pero antes voy a inutilizar sus posibles movimientos.

   Cuando dos argollas de titanio engancharon las muñecas de Lamaret e iban a ser insertadas en estrías de acoplamiento magnético, obligando a tener los brazos en cruz, una sonrisa deformó su estático rostro.

   -¿Qué ocurre aquí?- fue lo primero que improvisó nada más renacer.

   Nair, con la boca entreabierta, como embobado, observaba cómo el ex-presidente terráqueo se desasía de su monocadena. Observaba como huía despavorido su fiel colaborador, y asistía impasible al erguimiento y posterior acercamiento de lo que creía era un zombi. Salió de su letargo cuando tuvo el rostro de Lamaret frente al suyo.

   -¿Quién es usted? ¡Explíqueme!

   -¡No es cierto! Si la brujería no existe, ¿cómo puedes estar vivo?

   -Ni yo mismo lo entiendo… aún. Sólo sé que lo estoy y que tengo muchas cosas que hacer, mucho tiempo que recuperar. ¿Dónde está la salida?

   -No se mueva- la voz átona de un SINDRA delató la sorprendente respuesta de las fuerzas de seguridad del Complejo Fénix. Cuatro unidades estaban apostadas en la transparente compuerta de salida, convirtiéndola en una emboscada.

   -¿Por qué me hacen esto? Únicamente quiero volver a contemplar el azul del cielo. De veras.

   -Señor, le queremos vivo. No complique las cosas. Señor, ¿dónde está? ¿Cómo es posible? Rastreen la zona.

   –Así, Merdik. Visualiza tus átomos y oblígalos a convertirse en energía.

   –Shainapr, me será imposible escapar.

   –No, Merdik, te integrarás a sus átomos y atravesarás sus estructuras como si fueran agua.

   -Eso escapa a la razón. ¡Dios mío! Mis fibras se han mutado en dúctiles haces de energía. Me noto, pero no me veo.

   –Tal como te dije. Además, ellos tampoco te ven. ¡Traspásalos!

   El invisible Merdik se lanzó contra los parapetados androides. Y el fugaz contacto entre las moléculas orgánicas e inorgánicas tambaleó los bloques internos funcionales del individuo que sufría la estampida iónica. Después, la compuerta, las paredes, y hacia arriba en cada uno de los centímetros que lo separaba de la libertad y del eterno aire hialino.

   -¡Estoy a solas conmigo mismo!

   –Lo lograste, Merdik. No fue tan trágico, ¿verdad?

   –Y ahora, ¿qué?

   –Es bien fácil. Tienes, a partir de ahora, un don que te ha sido dado por Voluntad del Supremo porque tú eres la Voluntad del Supremo. Te ha sido dada esta oportunidad porque serás otro más de los innumerables instrumentos de la Voluntad.

   –Shainapr, no entiendo muchas de las cosas que me dices.

   -Merdik, es dado que así sea. Que… todavía no entiendas. Sólo te pido que sigas siendo tú mismo. Actúa como el mortal que eres.

   -Si soy mortal, ¿por qué he vuelto a nacer?

   -Merdik, nunca fuiste arrebatado por la muerte.

   -Shainapr, ¿Shainapr? ¡¡Shainapr!!

   Solo. Desorientado. Jurándose a sí mismo que éste sería el último manejo que haría de su facultad recientemente adquirida. Así pudo atravesar los kilómetros de vidrio, hormigón y metal que le separaban de la naturaleza de aquel país. La poca naturaleza que seguía inmaculada.

   Decidió que debía partir hacia las montañas y buscar refugio.

   Y empezar de nuevo.

 

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 14

PRIMERA PARTE

 

XIV

 

   -¿A qué conclusión podemos llegar, Ihara?

   -No hay ningún resquicio en tu planteamiento. Lo debo admitir. Pero, Julius, ahora no hay contiendas. ¿No lo notas en las comunicaciones?

      Por ahora todo estaba saliendo a pedir de boca. No habían existido anomalías de vuelo ni de traslación. Las unidades de rastreo habían respondido milimétricamente. Y los vecinos no les habían molestado, pues el modelo del fuselaje no era competencia de los cruceros de combate destinados a destruir a los mercantes. Naves de recreo, habían pensado los controles militares dispuestos en las innumerables balizas de seguimiento.

   -Lutmos, háblanos de lo que veis desde ahí.

   -Gracias a Dios que la frecuencia en la que transmitimos está descatalogada, porque si no, oirían tus gritos hasta en la mismísima Sala de Juntas de la Confederación.

   -Quizá no exista ya, ¿no te parece?- ríe a gusto Imagien Landakeer, que en estos momentos se halla monitorizada en el psicomicrófono que une su mente de humanista recalcitrante a la del afable físico.

   -Mujer, no seas sardónica. Bueno, lo que he, perdón, hemos comprobado en este nivel de aproximación, sin más contacto que el visual, es que el sector, núcleo de tempestades políticas en nuestro querido año 122, se halla en un estado inoperante de comercio. No hay trasiego de bienes de ningún tipo. La dictadura de alguien a quien aún no hemos logrado desenmascarar, domina la relativa paz en la Unión de planetas.

   -Y eso, ¿es bueno o malo?

   -Depende. ¿Dónde está Lamaret?

   Sen Te dictamina que la no interferencia aún es necesaria y solamente mediante ella se puede saber de individuos puntuales.

   -De acuerdo, Sen. Lo intentaremos en el próximo salto.

   -No habrá próximo salto, Lutmos.

   -¿Quién lo dice?

   -Creo que no será necesario, de veras. ¿No te parece que todo aparenta estar bajo control y que los miedos de Lamaret no se han hecho realidad?

   -Hesir, por favor, avísame cuando os metáis en medio de la conversación. Me has dado un susto de muerte.

   -El SINDRA nos…

   -Hesir, se llama CITER. No hieras su dignidad.

   -¡Ah! ¿Tienes de eso?- volviéndose hacia el humanoide-. Perdona, chico. Bueno, como te estaba diciendo, 236-CITER nos ha dicho que no hay cuidado en esta sintonía.

   -Aún no estoy seguro de que Lamaret no tuviera razón. Llevamos pocos días inspeccionando. Sólo sé las instrucciones dadas por la, para mí, máxima autoridad hasta ahora. Y si dijo de cinco en cinco años, yo cumpliré las órdenes.

   -¿Y si lo votamos? Quizá alguien quiera volver.

   -Mit, me sorprendes.

   -No, es lógico, Estey.

   -Quizá tengas razón. Pero lo discutiremos después de la cena.

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 13

PRIMERA PARTE

 

XIII

 

  Sobre el único árbol en veinte kilómetros a la redonda, el dirigible se balanceaba al vaivén de los vientos. La herencia de su bitatarabuelo se había comportado magníficamente durante todo el trayecto, y no había sentido que hubiera nada que envidiar a los pilotos que se hallaban sobre su cabeza a kilómetros de altura, en aquellos dirigidos autopropulsados por energía atómica residual.

   Los paisajes que había visto eran indescriptibles. Se había sentido dueño de aquel mundo. Lo había sobrevolado lenta, muy lentamente, tanto que le había dado tiempo a fijarse en los detalles que siempre había pasado por alto: las plantas bioacumulativas de plancton, los regeneradores de energía eólica, los inmensos tanques cuadrangulares de agua. Los bosques, las pocas ciudades superficiales, los espaciopuertos de las periferias rurales. Había saboreado ocularmente palmo a palmo cada uno de los arcos circulares que habían coincidido con su rumbo. Y ahora estaba allí, atado a las ramas de un árbol, haciendo descender la escalerilla para posar sus pies sobre seguro.

   Cuando el sol refulgió sobre su figura, cualquier hombre hubiera girado la cabeza ante aquel asombro de curvas. Un koatar se deslizó por el cabo de fijación y ella mostró sus carnosos labios que poco a poco fueron dilatándose hasta destapar el regalo de blancura marfileña. Se sentía gozosa de la vida.

   -Merdik, estás ya aquí.

   -Me alegro de que así sea.

   La cogió de la mano y no pudo evitar fijarse en sus largas y esbeltas piernas. El tacón que las sustentaba se introducía en la virginal tierra y dejaba la sensación momentánea de una disminución de estatura. Él sonreía ante el engaño visual.

   -Shainapr, tengo algo que decirte.

   -Dímelo sin pararte. Antes que caiga la noche tenemos que llegar al refugio.

   -Shainapr, sé que tienes algo para mí.

   La luminaria llegaba a su ocaso cuando cruzaron el umbral de la pirámide romboidal que los protegería de las instantáneas microcalorías ambientales del exterior.

   -Está lloviendo, Merdik.

   -No, creo que no es lluvia- él sonreía a cada caricia visual femenina.

   Chasquidos electrostáticos confundían los audifiltrantes acoplados a los temporales.

   -Dime lo que me tienes que decir, y ámame.

   -No es posible aún.

   -Me horroriza pensar que me estás torturando con toda la intención.

   -¿Qué te hace pensar así?

   El hombre la miró a los ojos, y su concentración en las pupilas verdiazuladas le hizo desdibujar las agradables líneas faciales hasta difuminar mentalmente el volumen craneal que tenía delante. Las pupilas ocupaban su campo visual y los sentidos se abalanzaron sobre él.

   Millones de cuerpos geométricos luminosos de micras cúbicas de volumen abarcaban la oscuridad de su pantalla mental. El espíritu se le fue por segundos y cuando quiso darse cuenta de que no controlaba aquella situación, era demasiado tarde. O quizá, demasiado pronto.

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   -¿Qué hora es?

   -Señor, veinte horas unificadas.

   -¿De qué día, VESTIC?

   -Señor, ¿qué?

   -Se ha vuelto a ir, ¿no?

   -¿Quién, señor?

   -Respóndeme.

   Dando prioridad a la primera pregunta formulada por su adoptador, el SINDRA respondió meticulosamente.

   -7 de Agosto del año integrado de 3123.

   -No es posible.

   -Lo es, señor. Estoy totalmente seguro. Me jugaría mi desconexión y posterior reprogramación.

   -VESTIC, por favor, déjame a solas.

   -Señor, sabe que nunca puede estar a solas. La puerta está vigilada.

**********************************************************************************************   Había intuido claramente que algo iba a suceder. Entendía que todos los avisos extraños que asaltaron de continuo su mente en este último período crítico de su vida, eran la antesala del fin total. Por eso, algo le decía que tenía que prepararse para lo que fuera a suceder.

   Desde la última vez que soñó con Shainapr, se dijo a sí mismo que deseaba continuar esa relación ficticia. Le intrigaba la razón de los mensajes enigmáticos que ella le transmitía. Cuál era la relación con su existencia.

   La meditación intraholística le ayudaba a conocerse a sí mismo y, por medio de ese descubrirse continuo, alcanzar a comprender el Cosmos en el que estaba inmerso.

   Sin embargo, hoy, cuando despidió al SINDRA de servicios básicos personales, se dijo que deseaba morir. Estaba claro que le iban a tener de por vida entre bastidores. Su figura efímera no necesitaba de un cargo efímero para ver que era prescindible. Ya hastiado de verse impotente, aquella noche decidió morir. Y resurgió la infinita pena por no poder ver de nuevo a su esposa, sin haber tenido la posibilidad de despedirse de ella, de descargarle de  la angustia que estaría sufriendo desde que le hicieran saber la nueva situación. Y la infinita pena por saber que ésta nunca cambiaría. Así pues, se autoconvenció de que ella comprendería.

   Era aún temprano para acostarse, pero la desesperanza de un nuevo día justificaba que no esperara a agotar las últimas horas del que estaba en curso todavía. Opacó los ventanales de su dormitorio y esperó.

   La inferencia de que alguna señal derivaría en el cambio de estado espiritual, le tenía alerta.

   Inspiró, espiró, inspiró, espiró. Se obsesionó por última vez con la respiración. Volvió a quedar fascinado con la visualización de su yo interno. Obvió que el siguiente paso le llevaría a la emersión de su espíritu. Cuando estaba ya dispuesto para integrarse en el vacío, y dejar su cuerpo adjudicado por entero al mundo material, sufrió el habitual shock del alma escapada.

   –No, no es el momento, querido Merdik.

   –Shainapr, ¿cómo tú aquí ahora?

   -¡Eres luz!

   Instantáneamente visualizó una potente luminiscencia que abarcaba todo su cuerpo etérico.

   -¡Eres paz!

   El corazón colapsó. Sin embargo, su mente seguía despierta y atenta a la dulce voz que le guiaba.

   –Voy a morir, ¿no es cierto?

   –No, no vas a abandonarlos aún. Eres importante para ellos y para nosotros.

   -¿Para quiénes?

   –Comprenderás en su momento. Ahora, concéntrate en tus latidos.

   -¡No tengo!

   –Sí, ¡escúchalos! Con atención.

   Al fondo, muy al final de sus percepciones, escuchó de nuevo el ritmo de la vida. Pero, ¿eran suyos?

   –Shainapr, no quiero morir. Reconozco que hace pocos segundos lo deseaba, pero ya no.

   -¡Atento! Ya ves tu cuerpo allá abajo.

   No era posible. Bueno, sí, lo era, pero no quería creerlo. Cuando antes lograba desembarazarse de su cuerpo, seguía sintiéndose a sí mismo. También antes había visto el continente de su espíritu como algo ajeno. Pero siempre se había sentido uno con él, con el invisible hilo del retorno. Ahora veía que la coraza que le había albergado no era ningún anclaje de su espíritu. Disociado.

   –Concéntrate en la luz.

   La luz. ¿Qué luz? ¡Oh! Ya la veía acercarse por rededor suyo y abrazarle. Viéndose envuelto por ella, se dio cuenta que aquella fuerza no era algo extraño. La luz era él y él era la luz.

   –Shainapr, ayúdame a volver.

   –Volverás, Merdik, no te preocupes. Pero en su justo momento.

   –Tengo miedo.

   –Ya no.

   Era todo y nada. O por lo menos sus sensaciones le ligaban a ambos estados.

   Merdik Lamaret tenía los ojos cerrados. La faz serena. Sus labios distendidos. Todo ello completaba una sonrisa de satisfacción.

   Al día siguiente entraron en sus dependencias sin permiso, como siempre. Se sorprendieron de que a aquella hora el sujeto que las ocupaba no estuviera sentado, como siempre, junto a la lámina de suspensión, con su habitual dosis de jalea real. Los grandes muros transparentes volvieron a dejarse atravesar por los rayos matinales.

   -¡Despiértele, VINHAM!

   El androide obedeció automáticamente las ordenes. Rozó con su fría mano de cuatro dedos la frente que la postura decúbito supino le ofrecía. Ningún cambio.

   -¡Déjeme a mí!

   El jefe de grupo de retención separó a su ayudante. Acercó su cara a la de Lamaret, y no pudiendo reprimir su infundido odio hacia aquel enemigo potencial, escupió la orden conveniente.

   -¡Señor, dentro de diez minutos debe estar dispuesto a  recibir al cotejador de mapas genéticos!

   No hubo respuesta. Decidió acercar el captador de anomalías a la sien derecha de aquella cabeza durmiente. Ante el inesperado veredicto, repitió la prueba con el hemisferio izquierdo.

   -¡No es posible! ¡Debe de fallar algo! ¡Presidente! ¡Le ordeno que despierte y me acompañe! ¡Déjese de fingir!

   -Señor, no finge. Creo que ha muerto hace exactamente cinco horas y treinta y ocho minutos.

   -¿Quién le ha pedido opinión, VINHAM? ¡Maldito SINDRA!

   -Señor, sólo me permito hablar de realidades. El ex-presidente Lamaret ha dejado de existir.

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   -¿Llegaron a terminar su trabajo los genéticos?

   -De cierto, señor.

   -Entonces, que actúen inmediatamente. Les doy el plazo de un año. Ni más ni menos.

   La comunicación hiperondas terminó. Quiso eternizar el placer de aquella reciente pérdida. El gozo que sentía sólo sería comparable al que dentro de pocos segundos sentiría su más fiel colaborador.

   -¡Póngame con Incógnita! Prioridad cero.

   El lapso transcurrido desde la última instrucción dada, le permitió dar una bocanada al aire viciado de la combustión que se realizaba al final de sus labios.

   -Es celebración, señor. Doble celebración.

   -Seedus, por fin tenemos el poder total.

   -Almirante, ¿terminaron sus infundados temores?

   -Sí, por supuesto.

   -Entonces, acomódese en su trono.

   -Pero no olvide. Sólo usted y yo sabemos. Las unidades que descubrieron el cuerpo y todos los que han manejado esa información hasta llegar a nosotros, orgánicos y no, han de ser inactivados.

   -Lamaret ha muerto. ¡Viva Lamaret!

Reproche

   Mis padres me habían repetido, una y otra vez, que no tendría ninguna oportunidad. Que me querían y que por eso me decían la verdad. Para que la verdad no me defraudara cuando me encontrara con la cruda realidad. Yo les agradecía su tesón para echar mis sueños por los suelos.

   Pero esta, como las otras veces, se han equivocado: Esta vez sí que estoy en la cápsula. Y tras varios meses de acondicionamiento, podré comunicarme con ellos, para decírselo. Que no debieron haberme infravalorado.

   Ahora se quedarán, para siempre, solos. Porque de esta misión no se vuelve. Y tendrán que asimilar mi triunfo.

   Ellos seguirán siendo ciudadanos de su insulsa Tierra. Yo, una pionera en mi enigmático Marte.

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JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULOS 11 Y 12

 

PRIMERA PARTE

XI

 

   Datos a recordar: Veintiún elegidos en el Centro de Lanzamiento GENESIS. Dos de ellos a los gobiernos de dos de las tres máquinas que reposan sobre el puerto principal. La tercera está comandada por un humanoide específicamente instruido. Los integrantes de los tres grupos científicos estrechan la mano que les despide desde el presente.

   A una altitud de 11.100 metros sobre el nivel del mar, el cielo terrestre se ve surcado por los pioneros. La cota ha sido elegida como medida de prevención ante condiciones de espacio negativas. Lutmos, Mitshu y 236-CITER influyen en el funcionamiento de los transportadores situando las coordenadas. No hay tiempo para realizar pruebas de despegue. Un último vistazo a los pasajeros y los manipuladores del tiempo avisan para que la quietud se haga dueña de las naves.

   Los dedos índices de los pilotos transmiten trasvase energético a la consola de control.

   Merdik Lamaret es el único ente vivo que los ha visto marchar. Observa detenidamente el pedazo de cielo ocupado, segundos antes, por las tres máquinas del tiempo. El deseo de suerte es lanzado con lágrimas en los ojos y abandona GENESIS.

   Los dados han sido lanzados.

 

 

XII

 

   -¡Presidente! ¡Presidente!

   Merdik Lamaret vuelve en sí y muestra disconformidad con la realidad.

   -¡Vive Dios! ¿Qué ocurre?

   El módulo de descanso se halla invadido por artificios destructivos.

   -Repito: ¿Qué ocurre?- los codos se clavan en el espaldar ergonómico de la lámina de suspensión.

   -Levántese. ¡Aprisa!

   -¿Quién es usted?

   Como respuesta recibe el frío silencio de las catorce presencias extrañas que se hallan en su habitación. El frío brillo despunta en los cascos de combate.

   -Señor. Es un secuestro… ¡Ugh!

   El ayuda de cámara recibe un fuerte culatazo que desploma su conciencia.

   La espera se hace interminable. No se dice nada mientras es retirado el cuerpo del fiel Francesco. No se dice nada mientras Lamaret es obligado a erguirse mediante un doloroso contacto físico en las axilas. Los hechos hablan por sí solos.

   Una hueca carcajada se deja oír desde la caja de resonancia formada por uno de los escalofriantes cascos. La visera empieza su proceso de desmaterialización y los rasgos se muestran claros y contundentes.

   -¡Mayor Seedus!

   -Lamaret, escuche con atención lo que tengo que decir. Quiero que todo sea según las normas: A la autoridad suprema en funciones de Tierra, comunico a las 8:24 AM, en huso horario unificado, del 14 de Mayo del 3122, según calendario terráqueo integrado, que novecientas ochenta y cuatro unidades de combate orbitan su exosfera en acción de mutilación reticulocomercial. Se exige a la autoridad suprema en funciones de Tierra, que coopere con el Mayor Thomas Seedus, Comandante Ejecutivo. Y ahora, ¡brindemos!

   Son repartidos pequeños recipientes cilíndricos en los que se ha vertido un líquido muy peculiar. Cuando el último de ellos es entregado a Seedus, éste dirige sus incipientes ojeras a los temblorosos párpados del prisionero. Cuando Merdik posa el borde del receptáculo en su labio inferior, no logra captar ningún olor característico que le permita averiguar la naturaleza de la celebración que está a punto de ingerir.

   Todos, absolutamente todos los presentes, esperan que se haga efectivo el primer trago. Seedus está exultante.

   -Esto… Esto… Esto es… ¡Esto es agua!

   Thomas Seedus ha estado soñando con este momento desde hace tiempo.

   -¿No le parece irónico? ¿O es que acaso no cree que nos pueda ser de utilidad? Estoy convencido de que no habría torturado su mente durante esos pocos segundos de desconfianza si hubiera sido yo el primero en el brindis. Ahora gritaré a los mil vientos mi bienaventuranza.

   -¡Por la Tierra!

   Lamaret observa que las manos de los otros asen los, para él, desconocidos métodos de persuasión. Los digitopulsadores no perdonarían no ser acariciados. Y levantando su mano derecha, con honda consternación, secunda el brindis.

IvinY resucitado

   A veces, dependiendo del planeta donde se llevara a cabo el raro fenómeno, el Resucitamiento era mal entendido.

   Muchos creían que los Resucitados eran clones de alguien extinguido, cuyas obras se lograban eternizar con la herencia genética y caracterológica. Otros, los menos informados, justificaban su aprensión pensando que eran engendros mecánicos con programaciones informáticas reflejo de sus creadores que, por similitud, lograban extender a través de los siglos sus ideas y hechos.

   Pero un Resucitado no tenía absolutamente nada que ver con estas supersticiones.

   IvinY era ya parte de una leyenda, y como tal, su origen se perdía en el crisol del tiempo: Murió con una capacidad hiperpsicológica que le había hecho destacarse de sus coetáneos. Poseía, en lo que se conocía como su anterior vida, facultades mentales paracientíficas, tales como el hipnotismo, autohipnotismo y control de los pensamientos ajenos, así como una gran disciplina interna de autocontrol y exploración meditativa. Cuando falleció accidentalmente en una misión de reconocimiento espacial, su potencial mental se disparó hacia cotas extraordinariamente altas, lo que le permitió integrarse en espacio-tiempos vedados a los fintexianos normales, y por extensión, a los demás bigalácticos. Su estado vegetativo fue atrofiando todas las funciones fisiológicas, pero las cerebrales estaban tan iluminadas que soportaron todo el peso de la energización corporal, por lo que las esperanzas de una renovación vital se incrementaron hasta el extremo de la total recuperación del individuo comatoso.

   Lo que ocurrió después se contaba como en una penumbra, mezcla de terror y misticismo. IvinY no pudo soportar la limitación de su cuerpo, y a escasas horas de su revitalización, decide el suicidio, lanzándose a un vacío infinito cuyo final sería la resurrección en otro cuerpo, en otro cerebro. El patrón encefalográfico de cada individuo se mantenía como testigo declarante de la diferenciación exclusiva del mismo. No existían dos patrones iguales en todo el Universo. Cuando IvinY nació de nuevo, el patrón se repitió y se identificó la anomalía como parte del trasvase neuronal.

   IvinY sabía que él no era la única excepción aberrante. Existían más como él. ¿Cuántos?…

 

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