Aquello

  Me negaba a creer lo que mis ojos me mostraban, pero estaba allí, delante de mí, con sus nosecuantas patas bien asentadas en el asfalto de la carretera, como aprovechando el poco tráfico de la misma, para asombrarme con su visión y con mi decisión de acortar el camino hasta mi próximo cliente, tomando el ramal izquierdo de la bifurcación de veinte kilómetros atrás.

   No hacía ruido, no emitía, en verdad, ningún sonido. Sólo vibraciones periódicas al suelo, que se transmitían hasta mis plantas de los pies, tras decidir bajarme del automóvil para verlo más de cerca.

   Así, en la penumbra del atardecer, se mostraba como una enorme silueta oscura, pues ningún reflejo del sol me llegaba y ninguna otra luz era emitida desde el aparato.

   De pronto, las vibraciones cesaron y fue cuando me atreví a dar los primeros pasos hacia aquello.

   No tenía ningún miedo.

   ¿Por qué tenerlo si aquella podía ser la mejor aventura de mi vida, de la, hasta ese momento, insulsa vida?

   Antes de abandonar mi vehículo a su suerte, miré si tenía alguna linterna olvidada en el maletero  y, mientras lo hacía, pensé, por un momento, que ya no llegaría a tiempo a mi cita.

(Dedicado a Juan José Benítez)

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La Puerta del Puma

   Allí, en el altiplano boliviano, a 4000 metros de altitud sobre el nivel del mar, el azul del cielo es irrepetible. El contraste con el verde de las montañas, insuperable. Y el enigma de los grises de Puma Punku, que así ha sido, es y será, eterno.

   Eterno, mientras ninguno de los gobiernos bolivianos auspicie excavaciones que liberen al exterior el 66 por ciento de las ruinas que aún siguen desconocidas para nuestra civilización.

   Los bloques andesíticos visibles están desparramados por toda la zona, a 980 metros del llamado Palacio de Calassassaya, en el asentamiento de Tiahuanaco, ordenados en grupos los pocos que se pueden mover, e imperturbables los grandes bloques que superan el centenar de toneladas.

   La Arqueología oficial supone, pues, que los restos pertenecían a una gran pirámide-templo levantada, según algunos, 15000 años antes de Cristo. Imaginar no cuesta dinero y eso es lo que se ha hecho hasta ahora.

   Y el asombro apoya la leyenda.

   El que causan los posibles métodos de transporte de las rocas más grandes: En barcas o balsas de totora desde no se sabe qué canteras, pues las moles no provienen de las montañas circundantes. Según otros, el transporte sólo se invertía en traer la materia prima en pequeñas cantidades y luego ésta se amasaba con fluidos milagrosos conocidos únicamente por los técnicos-sacerdotes, moldeando las formas que más tarde se unirían, para la construcción, con un pegamento especial desconocido en la actualidad, o con grapas de cobre arsenical, que sí han sido extraídas en las últimas excavaciones, y de las que quedan huellas perennes en algunas piezas de este gigantesco rompecabezas.

   Y el estupor que producen las anomalías magnéticas localizadas en un mismo bloque cuando el N de una inocente brújula se deja desorientar con el desplazamiento centimétrico encima del mismo. Y los canales de drenaje con los que eran capaces de transportar agua desde una distancia de 10 kilómetros.

   La miseria y el desconocimiento de los actuales habitantes de la zona, donde se halla el pueblo de Tiahuanaco, han hecho rapiña en Puma Punku para levantar viviendas y otros edificios del presente con lo sagrado del pasado, y es seguro que la información que osan tener los pretendidos sabios contemporáneos esté perdida en los cimientos de otros lugares sagrados de espíritu diametralmente opuesto al de los moradores del Tiahuanaco Antiguo.

   Fueran quienes fuesen los ideadores de la enésima maravilla de aquel mundo, los incas debieron de presenciarla en mejor estado y quisieron imitarlos no pudiendo superar, ni siquiera igualar, su perfección, y puede que le dieran el nombre con el que hoy se conoce, la “Puerta del Puma”, porque quisieran hacer homenaje a uno de los símbolos divinos, el felino solar, pues creían que Tiahuanaco, donde estaba integrada, era la cuna de los orígenes de la especie humana, y que el dios sol, simbolizado por el oro de cada una de las puertas del gran templo piramidal, presenciaba a través de la puma punku el discurrir de su creación.

   Hoy la base de esa admiración explota en múltiples conjeturas de un pasado que quizás fue, y del que quizás nunca se sabrá por qué fue y por qué dejó de ser. No mientras el puma no pueda saltar hacia el cielo infinito del conocimiento por hallarse enjaulado por la falta de interés y recursos, y por toneladas de tierra roja donde no crece más que la vegetación “puna” de los Andes.

 

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Tiahuanaco, 27 marzo 1994