El monstruo no estaba dentro de él, sino que le acompañaba a todas partes, creyendo que sería absorbido por él, por entero.
Hoy sé que soy alguien porque alguien no me llamó por mi nombre.
Encontré fascinante que no se riera de mí mientras me miraba. Me insultaba cuando hacía como si no estuviera.
Personalmente agradecí que fuera como era, y no me molestaba que me ignorara mientras era.
Tal como a mí fue, fue para mí que fuera mientras era.
Por tercera vez se volvía a repetir el ritual. En la caverna de las abluciones, los hombres y mujeres se hacían sentir merecedores del amor de la Tierra. Con los pies mojados, se dirigían todos en fila hacia el exterior, donde se dejaban abrazar por las ramas de los árboles y acariciar por los arbustos florecidos. La bendición caía, entonces, sobre ellos. El Sol se despedía perdiéndose por debajo del contorno del planeta. La dicha les extasiaba por tercera vez. El amanecer sembraba la repurificación de sus almas. El apogeo emancipaba sus espíritus. El ocaso premiaba sus vidas y les daba esperanzas de continuarlas en un estado agraciado de pureza absoluta.
Abrazaban por última vez los recios troncos, aspiraban los efluvios de la flora, admiraban la mixtura de colores que se dejaba mostrar gracias a los últimos rayos del Sol. Sabían que en pocos minutos se escaparía aquel hechizo. La oscuridad borraría todo vestigio de belleza, y la que se pudiera vislumbrar a la luz de las antorchas sería una realidad corrompida.
Únicamente el plenilunio permitía alargar el efecto, y las jornadas no se consumían hasta que retornara la total falta de claridad.
El trabajo era totalmente vivificante. No dependiendo de los productos de la caza, por su calidad de nutrición, los habitantes del poblado iban invadiendo poco a poco los terrenos circundantes a la caverna de las abluciones, que tenía la doble función de recipiente de sus antepasados.
Teniendo las cuerdas vocales totalmente atrofiadas, confiaban su intercomunicación en la telepatía. No tenían enemigos, pues su dominación mental hacía que los instintos negativos fueran alterados de continuo en un constructivismo vinculativo. No existía preponderancia ni sometimiento tribal. Todos aprendían de todos. La supremacía mental no influía para nada en las relaciones con los individuos que trabajaran por el bien común. Pero existía cierta anarquía en la conducta grupal. Sin saber cómo canalizar sus intenciones, se sentían faltos de un líder, pues veían que existía un germen a desarrollar y ellos no poseían la audacia para hacerlo.
Hasta que apareció un tal Lam Am, del que sólo conocían que era proveniente de tierras lejanas. El hombre entunicado les orientó sobre sus ansias, y haciéndolas convergir en un fin común, les dio nuevas ganas de vivir.
En todo momento, el tal Lam Am disimulaba sus personales costumbres apartándose a disfrutar su intimidad lejos del grupo. Cuando fue ganándose la confianza de los adoradores solares, le construyeron una choza con juncos ribereños del lago, que les prodigaba de agua cuando la necesitaban para regadío.
Paulatinamente se fue integrando en el rodaje cotidiano de la tribu. Y siempre daba lo máximo de sí para hacerla feliz. Se fue convirtiendo en el líder que los adoradores del Sol necesitaban.
Un día, Lam Am, que a la caída de la noche solía refugiarse en su parapeto vegetal, decidió compartir los rituales nocturnos lunares de sus vecinos y, al hacerlo, asumió su papel de salvador de la esencia humana, representada por aquellos desheredados.
–Pues, Lam Am, ¿qué nos planteas?– sin pronunciar palabra, los mensajes ideográficos eran interpretados y emitidos con naturalidad.
–Os digo que he venido para que abráis los ojos. De donde he venido hay más hombres en todo distintos a nosotros, y más allá del Sol, existen otras tierras que sustentan otras muchas formas de vida inteligente– con los brazos levantados al cielo, sonreía a cada uno de sus interrogadores.
–Dinos, Lam Am, ¿cómo sabes de ello?
-Yo estuve entre ellos durante décadas. Cuando decidí dejarlos, lo hice por razones que, aunque no vienen a cuento concretaros, os convencerían de inmediato.
-Pero, Lam Am, tú eres sabio en extremo. Si ellos son como tú, su mundo debe de ser perfecto.
–Esa es la paradoja. Son tan sabios que se olvidaron de sus raíces.
-Lam Am, cuéntanos más cosas. ¿Por qué antes no te confiaste a nosotros?
-Aún no era el momento. Ahora es dado que así sea– el fulgor azul de la Luna se reflejaba en su sudorosa faz-. Los que allá habitan tienen muchas comodidades que les hacen la vida más fácil. Ya no trabajan la tierra para obtener sus frutos. Ya no realizan esfuerzos físicos de ningún tipo para sentirse útiles. Hay otros que laboran por ellos. Estos nunca se agotan. Son incansables durante largos períodos.
-¿Son esos seres inteligentes de los que nos has hablado?
–No exactamente. Son inteligentes, pero esa inteligencia no les es propia. Es una inteligencia prestada.
-¿Son esclavos?
–Bueno, un esclavo es alguien que está sometido por otra persona. En el sentido literal del término, no lo son, pero en la práctica, sí, se puede aducir que se comportan como tales, aunque no sufren humillación con ello. Los SINDRAS, pues de ellos os hablo, son seres animados artificiales, creados por seres animados naturales, ¿entendéis?– Lam Am intentaba, sobre todo, utilizar explicaciones asequibles a aquel nivel cultural en el que se hallaba inmerso.
–Lam Am, ¿tú tenías esclavos?
-No, nunca tuve. Es más, ni siquiera llegué a sojuzgar a ningún SINDRA. En mi mundo no los había hasta que…
-¿Hasta qué?- aquella mujer se sentía presa de la emoción ante el relato.
–Hasta que llegó el momento en que yo mismo me sentí esclavo de aquellos seres artificiales.
-¿Esclavo de los SINDRAS?
-Sí, pero es una historia muy complicada. En verdad, ellos nunca me dominaron, sino que cumplían órdenes de otros que sí buscaban esa represión sobre mi persona. Siempre intentaban no dañarme ni física ni mentalmente, pues están regidos por unas leyes inamovibles que los orientan en sus conductas. En teoría, están para servirnos. Pero yo estaba en una posición de inferioridad frente a los que detentaban su reprogramación, y por ello sufría las terribles consecuencias. Ellos me vigilaban, guardaban y reprendían.
-¿Cuál fue el motivo de esa represión sobre tu persona?
-También es muy complejo de explicar– Lam Am oscureció su semblante. Su lucha aún continuaba, y su contienda interna había logrado cercenarse durante un largo período de calma. La cicatriz volvía a abrirse, sin embargo, con el recuerdo de sus sacrificios-. Hermana Twiringia, olvida mis preocupaciones. Son sólo mías y no quiero haceros partícipes de este sufrimiento.
–Lam Am, alecciónanos. Tú eres sabio.
–No, amigos. Yo no sé nada. Pero es un justo trueque. Yo aprendo continuamente de vosotros. Yo también debo darme a vosotros. Sólo os solicito una condición.
-¿Cuál es, Lam am?
–Confiad plenamente en mí, ocurra lo que ocurra.
-¡Así sea!- una genuflexión unánime acompañó al coro de pensamientos, y las caras resplandecientes de felicidad dirigían sus miradas al ser que les había hablado.
Cachetearon su cara para despertarla de una larga pesadilla de cuatrocientos años.
– ¡Bienvenida! Te buscaremos un cuerpo adecuado.
– ¿Qué pasó con el que tenía?
– Lo descongelamos hace doscientos años para curarte el cáncer y, tras fracasar, no aguantó el proceso de recriogenización. ¡No intentes mirar hacia abajo porque sentirás vértigo y terror al vacío!
– Creo que me gustaba más la otra pesadilla.
Lúdico e impúdico tu vello púbico.
Tentador y sabroso tu poto asombroso.
Y más lujuriosa tu boca carnosa,
Que la mía no puede esperar a comer ¡hermosa!
(Nota: «Poto» = «Culo» en jerga peruana)
No hay nada peor que subirse al tren sin un libro al que echarle los ojos.
Mirar a los demás e intentar esquivar sus miradas. Y bostezar, bostezar continuamente. Y recitar mentalmente las estaciones que faltan para llegar a la tuya. Y en cada una de las paradas, la cuenta atrás para terminar el suplicio.
Te imaginas que la maciza que tienes enfrente te echa reojos provocadores. Pero sólo te lo imaginas, ya que no te atreves a mirar directamente, no vaya a ser que el que está al lado sea su novio, o esposo, y acabes con la boca partida. O se sienta insultada. O lo que es peor, que te mire con desprecio porque tu físico le desagrade. Ya le gustaría un tipo cachas, rubio con ojos azules y que marcara un buen paquete.
Y si miras al negro del maletón, que qué miras, que eres un racista. Que nuestros abuelos y padres también emigraron para buscarse el pan de cada día. Así que chitón, que ellos también tienen derecho. ¡Pero si yo no he dicho nada!
Si me hubiera acordado de traerme el libro no sentiría la vergüenza de los que te recriminan por qué no le has dado una limosna al cantante sudamericano que ha desgañitado una canción inconclusa porque tiene que subirse al siguiente vagón antes que lo localicen los de seguridad.
No estaría al acecho de alguna embarazada, anciano o inválido para cumplir con el deber cívico de dejarle mi asiento y dar ejemplo de solidaridad que en otras circunstancias destacaría por su ausencia. Y claro, mientras los demás siguen bien sentaditos tú te bajarás en tu estación con un buen dolor de riñones, de estar tanto tiempo de pie.
Y estaría zambulléndome en otros paisajes, en otras pieles, en otros sentimientos. Y no en la cruda realidad que me rodea. Me evadiría de los pensamientos oscuros que me acechan cuando rememoro el planning laboral, cuando los espíritus malignos de los trepas no hacen más que mandarme malas vibraciones para que caiga del pedestal al que ellos quieren llegar. Aunque si estoy tan bien colocado, qué me impide coger el coche para desplazarme hasta mi lugar de curro. Mi conciencia ecológica, y ¡narices! hay que admitirlo, lo racano que soy, que la gasolina está por las nubes. A ellos, ¿qué les importa? Búsquense otra víctima. Que ya tengo yo bastante con tener que aguantar los caprichos del patrón, cual proletario oprimido.
Si no me hubiera centrado en comprobar que la fiambrera no se volcaba dentro del maletín y manchaba con los jugos del manduqueo todos los informes que tengo que presentar a primerísima hora. Si no hubiera contado una y otra vez los diferentes llaveros con innumerables llaves que son más un símbolo de la confianza que han vertido sobre mí los mandamases que algo práctico que se arreglaría con las dos o tres que utilizo siempre, para el local de las oficinas, para el coche de la empresa y para los almacenes de material. Si no me hubiera puesto a repasar los sobres, menos mal que ya sellados, que tengo que meter en el buzón de la primera esquina que doblo para venir a la estación. Sin tantos “si no” no me hubiera olvidado sobre la mesilla del recibidor mi estupendo libro de aventuras que estoy a punto de terminar, deseando volver a la biblioteca para pedir prestado otro.
Y si todo va bien, si no hay corte de fluido eléctrico, o alguno de esos problemas ajenos a la compañía de ferrocarriles, o alguna huelga de conductores de la que no me haya enterado porque siempre voy distraído por la vida, serán cuarenta y nueve minutos, contados por cronómetro, para desembocar en el paradero que está a cinco minutos andando de la parada del autobús que me dejará a diez minutos a pie de la puerta de mi trabajo. Y todo ello sin libro que devorar, o por lo menos algún periódico de esos gratuitos llenos de propaganda política subliminal que no he podido conseguir de esos amables repartidores por haberse agotado, aunque ya estoy acostumbrado que unas veces no me los den por coger el tren demasiado temprano o por hacerlo demasiado tarde. Nunca consigo coincidir con ellos.
Y los anuncios pegados en el interior del vagón me aburren por ser los de todos los días que ya tengo aprendidos de memoria. Y el estudio del plano de los trayectos de los que se compone el servicio de cercanías, con los que hago hipotéticos viajes por confluencias, transbordos y estaciones centrales. Ya no me queda nada que leer.
Aunque si soy un poco avispado podré echarle un vistazo por encima al periódico pagado del vecino. Hasta que se dé cuenta y con un refunfuño me advierta que está harto de los gorrones y con un simple movimiento de manos lo haga desaparecer de mi campo visual.
Hay que ver lo que me hubiera evitado si me hubiera traído mi libro.
Hasta por el hecho de concentrarme en el texto hubiera desaparecido de mis sentidos esa musiquilla enlatada que se corta cada dos por tres cuando la otra voz, también en diferido, te anuncia la próxima estación. A veces a tanto volumen que te desconcierta y otras tan bajo que no logras discernir de qué pieza se trata, que tal vez traería a tu cabeza recuerdos de alguna película entrañable, o la imagen sonriente de alguna chica con la que saliste a aquel pub donde la estaba pinchando, la canción, un disc jockey afanado y mal pagado. O cuando reproducen mal la cinta de las paradas y te las dicen en sentido inverso, cuando te anuncian que estás a punto de llegar a donde ya has estado hace media hora.
Con mi libro en la mano, podría estar en cualquier posición, aguantando apretujones, pisotones y malos olores de algunos que olvidan asearse por las mañanas, seguirían mis ojos fijos en las palabras, en el caudal de mensajes, acariciando las tapas resbaladizas, haciendo malabarismos para poder agarrarme al asidero y poder pasar a la siguiente página. Riendo o temblando de emoción. A mi bola.
Ya estoy llegando a mi destino.
Aunque pensándolo bien, a veces me relajo tanto que con el libro sobre mi regazo no puedo evitar echar una cabezadita, y más de una vez, y de dos, me he pasado de estación.
Cosas de la vida. Nunca estamos contentos. Pero sigo en mis trece: No hay nada peor que subirse al tren sin un libro que echarse a los ojos.
Él, el Amo, envidiaba las posesiones del que menos tenía.
Y a mí, otro más de sus siervos, me explotaba con saña.
Y la gran arcada me sobrevino. Y me acució a actuar. Pero, antes, pregunté, para intentar perdonar:
-¿A cuántos kilos de humanidad está dispuesto a fagocitar?
Y él, el amo, volvió a burlarse:
-¡Edmundo! ¡Es el mundo tremebundo sin igual!
Veo que te esfuerzas demasiado en comprobar que las cosas que te enseñan son una realidad palpable. Y no es así.
Ellos, los que enseñan, meten en tu cerebro una serie de conocimientos que no sirven para nada. Lo importante es vivir con las intuiciones, las que te han sido dadas al venir a este mundo. Solo debes confiar en ellas. Todo lo demás se hace para encontrar el placer, el del sexo o el del poder, y son múltiples los caminos que llevan a él.
Si sabes más, estás más cualificado en la sociedad y, por ello, realizas una función dada por un trabajo para el cual se te ha preparado. Este trabajo tiene como finalidad el conseguir dinero, dinero para sobrevivir o dinero para alimentar vicios distintos. Y para conseguir mujeres u hombres, si se está en la edad, o para conseguir poder, por no estar en la edad para conseguirlos por ti mismo.
Yo te aconsejo, pues, que no caigas en esta degradación. ¡No aprendas!