JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO 4

SEGUNDA PARTE

IV

    Por tercera vez se volvía a repetir el ritual. En la caverna de las abluciones, los hombres y mujeres se hacían sentir merecedores del amor de la Tierra. Con los pies mojados, se dirigían todos en fila hacia el exterior, donde se dejaban abrazar por las ramas de los árboles y acariciar por los arbustos florecidos. La bendición caía, entonces, sobre ellos. El Sol se despedía perdiéndose por debajo del contorno del planeta. La dicha les extasiaba por tercera vez. El amanecer sembraba la repurificación de sus almas. El apogeo emancipaba sus espíritus. El ocaso premiaba sus vidas y les daba esperanzas de continuarlas en un estado agraciado de pureza absoluta.

   Abrazaban por última vez los recios troncos, aspiraban los efluvios de la flora, admiraban la mixtura de colores que se dejaba mostrar gracias a los últimos rayos del Sol. Sabían que en pocos minutos se escaparía aquel hechizo. La oscuridad borraría todo vestigio de belleza, y la que se pudiera vislumbrar a la luz de las antorchas sería una realidad corrompida.

   Únicamente el plenilunio permitía alargar el efecto, y las jornadas no se consumían hasta que retornara la total falta de claridad.

   El trabajo era totalmente vivificante. No dependiendo de los productos de la caza, por su calidad de nutrición, los habitantes del poblado iban invadiendo poco a poco los terrenos circundantes a la caverna de las abluciones, que tenía la doble función de recipiente de sus antepasados.

   Teniendo las cuerdas vocales totalmente atrofiadas, confiaban su intercomunicación en la telepatía. No tenían enemigos, pues su dominación mental hacía que los instintos negativos fueran alterados de continuo en un constructivismo vinculativo. No existía preponderancia ni sometimiento tribal. Todos aprendían de todos. La supremacía mental no influía para nada en las relaciones con los individuos que trabajaran por el bien común. Pero existía cierta anarquía en la conducta grupal. Sin saber cómo canalizar sus intenciones, se sentían faltos de un líder, pues veían que existía un germen a desarrollar y ellos no poseían la audacia para hacerlo.

   Hasta que apareció un tal Lam Am, del que sólo conocían que era proveniente de tierras lejanas. El hombre entunicado les orientó sobre sus ansias, y haciéndolas convergir en un fin común, les dio nuevas ganas de vivir.

   En todo momento, el tal Lam Am disimulaba sus personales costumbres apartándose a disfrutar su intimidad lejos del grupo. Cuando fue ganándose la confianza de los adoradores solares, le construyeron una choza con juncos ribereños del lago, que les prodigaba de agua cuando la necesitaban para regadío.

   Paulatinamente se fue integrando en el rodaje cotidiano de la tribu. Y siempre daba lo máximo de sí para hacerla feliz. Se fue convirtiendo en el líder que los adoradores del Sol necesitaban.

   Un día, Lam Am, que a la caída de la noche solía refugiarse en su parapeto vegetal, decidió compartir los rituales nocturnos lunares de sus vecinos y, al hacerlo, asumió su papel de salvador de la esencia humana, representada por aquellos desheredados.

   –Pues, Lam Am, ¿qué nos planteas?– sin pronunciar palabra, los mensajes ideográficos eran interpretados y emitidos con naturalidad.

   –Os digo que he venido para que abráis los ojos. De donde he venido hay más hombres en todo distintos a nosotros, y más allá del Sol, existen otras tierras que sustentan otras muchas formas de vida inteligente– con los brazos levantados al cielo, sonreía a cada uno de sus interrogadores.

   –Dinos, Lam Am, ¿cómo sabes de ello?

   -Yo estuve entre ellos durante décadas. Cuando decidí dejarlos, lo hice por razones que, aunque no vienen a cuento concretaros, os convencerían de inmediato.

   -Pero, Lam Am, tú eres sabio en extremo. Si ellos son como tú, su mundo debe de ser perfecto.

   –Esa es la paradoja. Son tan sabios que se olvidaron de sus raíces.

   -Lam Am, cuéntanos más cosas. ¿Por qué antes no te confiaste a nosotros?

   -Aún no era el momento. Ahora es dado que así sea– el fulgor azul de la Luna se reflejaba en su sudorosa faz-. Los que allá habitan tienen muchas comodidades que les hacen la vida más fácil. Ya no trabajan la tierra para obtener sus frutos. Ya no realizan esfuerzos físicos de ningún tipo para sentirse útiles. Hay otros que laboran por ellos. Estos nunca se agotan. Son incansables durante largos períodos.

   -¿Son esos seres inteligentes de los que nos has hablado?

   –No exactamente. Son inteligentes, pero esa inteligencia no les es propia. Es una inteligencia prestada.

   -¿Son esclavos?

   Bueno, un esclavo es alguien que está sometido por otra persona. En el sentido literal del término, no lo son, pero en la práctica, sí, se puede aducir que se comportan como tales, aunque no sufren humillación con ello. Los SINDRAS, pues de ellos os hablo, son seres animados artificiales, creados por seres animados naturales, ¿entendéis?– Lam Am intentaba, sobre todo, utilizar explicaciones asequibles a aquel nivel cultural en el que se hallaba inmerso.

   –Lam Am, ¿tú tenías esclavos?

   -No, nunca tuve. Es más, ni siquiera llegué a sojuzgar a ningún SINDRA. En mi mundo no los había hasta que…

   -¿Hasta qué?- aquella mujer se sentía presa de la emoción ante el relato.

   –Hasta que llegó el momento en que yo mismo me sentí esclavo de aquellos seres artificiales.

   -¿Esclavo de los SINDRAS?

   -Sí, pero es una historia muy complicada. En verdad, ellos nunca me dominaron, sino que cumplían órdenes de otros que sí buscaban esa represión sobre mi persona. Siempre intentaban no dañarme ni física ni mentalmente, pues están regidos por unas leyes inamovibles que los orientan en sus conductas. En teoría, están para servirnos. Pero yo estaba en una posición de inferioridad frente a los que detentaban su reprogramación, y por ello sufría las terribles consecuencias. Ellos me vigilaban, guardaban y reprendían.

   -¿Cuál fue el motivo de esa represión sobre tu persona?

   -También es muy complejo de explicar– Lam Am oscureció su semblante. Su lucha aún continuaba, y su contienda interna había logrado cercenarse durante un largo período de calma. La cicatriz volvía a abrirse, sin embargo, con el recuerdo de sus sacrificios-. Hermana Twiringia, olvida mis preocupaciones. Son sólo mías y no quiero haceros partícipes de este sufrimiento.

   –Lam Am, alecciónanos. Tú eres sabio.

   –No, amigos. Yo no sé nada. Pero es un justo trueque. Yo aprendo continuamente de vosotros. Yo también debo darme a vosotros. Sólo os solicito una condición.

   -¿Cuál es, Lam am?

   –Confiad plenamente en mí, ocurra lo que ocurra.

   -¡Así sea!- una genuflexión unánime acompañó al coro de pensamientos, y las caras resplandecientes de felicidad dirigían sus miradas al ser que les había hablado.

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