¿Para?

Tercos sinsabores de los nuevos tiempos

Espantadores de moscas invisibles

Restituidores de las masacres infames

Cansinos aduladores de los impresentables

Gimiendo al unísono por falta de aire

¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?

 

Saltando jerarquías de mando inasumibles

Bordeando precipicios carentes de fondo

Vistiendo santos ya vestidos

Vallando una propiedad que es de todos

Vigilando las lenguas vivaces pero sin músculo

¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?

 

Batallando en una guerra sin enemigo respetable

Horadando en los cerebros ya petrificados

Jamaseando la verdad incógnita

Liberando el excremento el espíritu enfermo

Allanando las cumbres inalcanzables

Y todo, ¿pa’ qué? ¿pa ‘ qué? ¿pa’ quién?

El escritor de ciencia ficción

   Visité aquel mundo y me quedé en él. Aún sabiendo que estaría solo el resto de mis días. Me daba igual. Nadie ni nada me esperaba en mi planeta de origen. Me ilusionaba ser un pionero. Aunque nadie lo llegara a valorar. Me atraía la aventura, aunque el relato de la misma terminara difuminado en la vejez decrépita. Me entusiasmaba empezar de nuevo, aunque la sombra de la rutina se cerniera sobre este nuevo período de efervescencia creativa.

 

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Mi traición

 

 

   Tengo una amplia biblioteca cuyos ejemplares fui atesorando durante años y, al cabo de esos años, me he dado cuenta que los tesoros inalcanzables existen.

 

   En la era de la información digitalizada, en la que nada existe si no está en las redes de internet, los kilos y kilos de papel impreso se acumulan, y con ellos, los kilos de desgana por pasar las yemas de los dedos por sus lomos y páginas.

 

   Y la tristeza me asola, y la impotencia me estropea aquel sentido antaño, quizás equivocado, de la bibliofilia. 

 

   ¿Fue, quizás, un autoengaño, un síndrome, del que no me percaté en su momento, relacionado con la acumulación sin sentido? ¿Tuve la esperanza, en su momento, de leer todo lo que compraba, recogía o intercambiaba?

 

   ¡Qué desfachatez utilizar un libro como mero adorno decorativo! Pero, ¿no es más ridículo e improductivo utilizar un libro como relleno de una personalidad no completada?

 

   El agua y el fuego son enemigos, naturales y artificiales, de nuestros amigos los libros, pero aún peor enemigo es su ignorancia, su exclusión, su desaire, su arrinconamiento.

 

   Eso alimenta el propio oscurantismo, la propia censura, el caer en una profunda manipulación voluntaria.

 

   Mis libros, mis tesoros, mis alarmas internas, que gritan, con su presencia, mi traición.

 

   Al menos aún tengo el consuelo, el lacerante consuelo, de demostrarme a mí mismo, que puedo crear palabras y dibujarlas sobre un papel inmaculado con el movimiento de danza de mis dedos, antes de trasladarlas al mundo virtual, como estoy haciendo en este instante, y que sólo el recuerdo futuro de ello impregnará mi vejez, cuando caiga en la cuenta de que la desfachatez presente podrá ser arrepentida sin penitencia, sin remordimiento, al posar mis ancianos ojos sobre las palabras escritas por mí y por otros, y que así haré justicia, poética y narrativa…

 

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Año 2014, la revolución del mundo llegará

   Por supuesto que el año 2014 va a ser el año del resurgimiento. Y con el año del resurgimiento, Élites varias como los políticos gobernantes y no gobernantes, la aristocracia privilegiada por una vida no merecida pero sí heredada, y los bancos defraudadores del pueblo pero amantes del capitalismo más acérrimo y sangrante, buscarán que con la vuelta a la búsqueda del empleo casi pleno nos olvidemos de sus tropelías y volvamos a poner la confianza en nuestros votos, en nuestros símbolos obsoletamente medievales y en los depósitos bancarios, para que en la vorágine de la vuelta al inexistente Estado de Bienestar suframos la amnesia que deberíamos tener ahora y puedan volver a sus fueros para seguir viviendo a costa de la sangre incolora, inodora e insípida de sus súbditos, nosotros, la plebe exterminable. Pero se olvidan que la memoria histórica sí existe y el ansia de lo justo nunca morirá y así, de algún modo, que tenemos que vislumbrar en la penumbra de los pensamientos anestesiados, la revolución del mundo llegará. 

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Las horas llanas

 

  Las horas llanas. Sin altibajos. Sin emociones. Vacías. Tan distantes los recuerdos. Tan próximos los pensamientos, los peores pensamientos. Esos que la soledad aflora. Tan poco caritativos con el espíritu débil. Sin control inmediato en una cabeza martirizada.

   Deseando que las horas llanas pasen, para caer en el nuevo día con más horas llanas.

   Y siempre, algo irremediable, siempre vacío.

   En el corazón.

 

La palabra perfecta

   Recuerdo aquel personaje de aquella novela en que el sufrimiento, por no encontrar la palabra perfecta para comenzar una historia escrita, le llevaba a la desesperación. Lo recuerdo porque, a veces, le envidio. Como envidio, sanamente, a los que pintan, a los que componen música, a los que, en definitiva, logran crear belleza.

   Como aquel personaje de aquella novela, sufro a veces por no encontrar la palabra correcta para comenzar una historia. Por la mente desfilan cien mil que no encajan con los sentimientos que anidan en mi corazón. Y a veces abandono el intento de crear algo por no luchar, por no aceptar sufrir.

   Sé que no soy un buen escritor. Es más, creo que ni siquiera puedo considerarme como tal. Soy un pobre desgraciado que intenta plasmar ideas en un papel antes de que estas se olviden.

   ¡Tengo tantas ganas de comenzar a escribir algo verdaderamente sincero! Sincero conmigo mismo, sobre todo. Porque si me traiciono a mí mismo, ¿qué soy?

   Algún día lo lograré. Encontrar la palabra perfecta. El sentimiento y pensamientos perfectos ya existen, pero transmitirlos ¡es tan difícil!

   Dijo un gran filósofo lo de sólo sé que no sé nada. Yo, además de no saber nada, ni esa ignorancia sé expresarla.

   Pobre de mí que tengo tanto que decir y no sé hacerlo.

   Cuando leo historias escritas por otros, me encuentro conmovido por su facilidad para hacerme sentir vivo, para transformarme en otras personas por algunos instantes, por llevarme a sitios que nunca visité ni visitaré, por transportarme a otros tiempos que siempre quise experimentar. Es maravilloso crear. Lo digo ahora y lo diré siempre.

   Es estupendo encontrar la palabra perfecta. La tengo en la punta de mi pluma. A punto de salir. El rompecabezas de mis sentidos se compromete a forzar la situación.

   La palabra perfecta es…

    ¡Maldita sea! Ha vuelto a escapar.

   Volveré a sentirme inservible. Volveré a sentirme incapaz de hacer ver a los demás que puedo ayudarles.

   Pero, en definitiva, soy lo que soy, y ya escribiendo esto hago un esfuerzo por definirme.

   Sé, en el fondo de mi ser, que la única palabra perfecta es… AMOR. No hace falta que ni la escriba. Basta con que la transmita.

   Recuerdo, entonces, a aquel personaje de aquella novela que también supo, a tiempo, que AMOR era su palabra buscada.

   Y quizás no le envidie tanto.

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