Experimentó un dolor intenso, un espasmo en cada una de su células, cuando se veían ocupando el mismo espacio que las del otro.
Tanzer era un hombre solitario, de pocas palabras, de pocas acciones, que se dejaba arrastrar por la corriente de sus prójimos.
Había decidido quitarse de en medio.
Fue a la cocina a por un cuchillo. Pensó que cortarse las venas, de forma bestial, sería lo mejor. Sentiría su propia brutalidad y, en los primeros momentos de su muerte, saborearía, por primera vez, momentos de vida, la que se le iría escapando.
Cuando se disponía a darse un tajo en la muñeca izquierda, llamaron a la
puerta. Y la abrió. Y ella estaba allí.
Cuan ridículo se sentía atendiendo a la desconocida con una hoja de acero de veinte centímetros en la mano.
Yanil se mostró sorprendida por los ojos vidriosos de su interlocutor. Pensaba que se había equivocado de dirección. Y así era. Providencial fue su llegada, providencial fue su aparición ante la muerte.
-¿En qué puedo ayudarle?- dijo Tanzer, con una lágrima surcando su pálida fisonomía.
-¿Es usted el señor Ivan Ze?
La invitó a pasar a su acogedora casa. Y cambió el cuchillo por un recogeterrones cuando puso el azúcar en sus cafés. Intercambiaron impresiones vitales como si se conocieran de siempre. Y olvidó lo que minutos antes había rondado por su martirizada mente.
-Amor mío- le dijo ella a él-. Esto es un milagro. ¿Por qué he tardado tanto en encontrarte?
-Amor mío- le dijo él a ella-. ¿Por qué he tardado tanto en buscarte?
James Loverboy era, contrariamente a lo que podría creerse por su nombre, un tímido impenitente. No salía a la calle ni para comprar el pan. Le horrorizaba tener que mantener cualquier conversación, y más aún una conversación con cualquier mujer, y se arrepentía siempre de haber dado pie a alguna con cualquier pregunta estúpida.
Muchos creían que James Loverboy era homosexual y, aunque no les hubiera importado, se preguntaban cuándo conocerían a su pareja, y se distraían haciendo conjeturas sobre el aspecto y clase social del amante, hasta el momento, imaginario.
El día que apareció en el barrio con una despampanante mujercita, muchos tuvieron que tragarse la lengua, pero otros, los envidiosos, se preguntaban cómo un ser tan apocado podía atraer a cualquier espécimen del sexo opuesto.
James Loverboy seguía, de todas formas, mostrando su acervada timidez, pues se decía que nunca en público daba muestras de conversar con su novia y, menos aún, de hacer cualquier tipo de carantoña. Era una extraña relación y todos vaticinaban que duraría poco.
Un día, el pastor de la congregación le esperó a la salida del oficio, al que no solía acudir, por lo que se deducía que la influencia femenina estaba empezando a hacer estragos en las rutinas de James, y le espetó:
-¡Querido James! Me complace verte por aquí, en tan buena compañía.
Cabizbajo siempre, hasta en presencia de su amor, respondió.
-Gracias, reverendo.
-Me alegro de que hayas acabado de una vez por todas, con las habladurías.
En un acto reflejo, James Loverboy soltó la mano de su pareja y miró fijamente a los ojos del pastor Williams.
-¿Qué habladurías?
Gertrudis pensaba que estaba sola en el mundo porque nadie iba a visitarla, porque nadie la llamaba por teléfono, porque cuando hablaba nadie parecía escucharla. Hasta aquel día en que Gertrudis se encontró con un tal Pablo, un hombre poco hablador, que, sin embargo, le contó la pequeña historia de su vida. Al hacerlo de manera tan desinteresada, sin que ella le pidiera saber sobre su vida, Gertrudis empezó a confiar tanto en Pablo como en ella misma y poco a poco se dio cuenta de que no estaba sola en el mundo y de que su opinión contaba para las personas porque, como le confesó un día Pablo: “Si no tienes a nadie que te escuche ni a quien escuchar, nunca desperdicies la oportunidad de conocerte a ti misma. Y queriéndote a ti misma verás que también cuentas mucho para los demás porque la felicidad se reflejará en tu cara y en tus actos”.
Cuando Gertrudis lo comprendió, fue inmensamente feliz. Y Pablo, el señor poco hablador, fue su mejor amigo porque reflejaba esa luz que Gertrudis siempre quiso encontrar, y ella, empezó también a ser luz, una radiante y cálida luz.