Impaciencia

Me he vuelto a cruzar con ella.

La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos la estela de su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si la querré algún día.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma.

Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que muera para poder fundirme con ella.

 

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Apagado o fuera de cobertura en este momento

   Vio que con la razón no llegaba a ningún sitio, porque éste ya estaba ocupado por la desesperanza, y así, mientras cavilaba sobre cuáles deberían ser sus próximos pasos, los recuerdos nostálgicos sembraban su memoria, martirizándole con la impotencia de volver a ellos, porque sabía que no era posible hacerlo.

   Aun así, silbaba en las tardes de lluvia y renegaba de las de calor, porque el agua le animaba y el sopor le agriaba. Y aunque, en un acto reflejo, mientras paseaba solitario, alargaba la mano derecha esperando que ella se la cogiera, el aire agarrado le hacía saltar las lágrimas por no encontrarla a su lado.

   Lo peor de todo era saber que ella estaría entrelazando sus dedos con otro y que él, habiendo perdido su oportunidad, no volvería a estrecharla entre sus brazos.

   Reía, paseándose por la casa, imaginándola en las situaciones cotidianas, y cuando lanzaba una pregunta al aire y ésta no era contestada, lloraba de nuevo porque se esfumaba la imagen imaginada para dar paso a las sillas vacías, a la mesa incompleta, a la ducha sin rocío y sin los cantos de la amada. Y aunque había quemado todo sus vestidos y había dejado que el olor a chamusquina invadiera el hogar, siempre existía un retazo de su perfume que se le clavaba en la pituitaria.

   Continuamente pensaba en la manera más fácil de acabar con el tormento de esa soledad, pero la idea descabellada del suicidio se le iba tan pronto como le sobrevenía, pues pensaba que sus padres, aún vivos, no tenían culpa de su cíclica inmadurez.

   Y cada mañana, después de alargar el brazo y tocar solo almohada, resoplaba y forzaba, con la micción, la desaparición de su excitación provocada  por un sueño que se repetía cada noche, desde la separación, y tras el afeitado y el desayuno acelerado, conducía hasta el único sitio donde encontraba, por unas horas, la paz: Su trabajo.

   Frente a sus clientes, siempre optimista ante las ventas, se olvidaba de su vida y cumplía los sueños de los demás. El traje gris y monótono le confería neutralidad ante las confianzas no deseadas y su sonrisa, tan blanca como artificial, le granjeaba la fama, no merecida, de poseedor de un alto grado de positivismo.

   Pero la pesadilla y el desasosiego volvían en cuanto las tres vueltas de la llave de seguridad desanclaban la pesada puerta de su casa para dejar paso a la pesada losa de la soledad.

   Y la rutina de la leche fría en un tazón con fondo de cacao le hacía viajar en el tiempo, cuando el tazón estuvo caliente y rezumante de risas compartidas por los mismos labios que tocaban su borde azucarado.

   Y volvía, cómo no, a llorar. E intentaría, de nuevo, llamarla, sabiendo que el resultado iba a ser el mismo que la centena de noches anteriores, y siempre se decía que se conformaría con escuchar su voz durante un milisegundo.

   Y,  casi a desganas, marcaba las teclas de su teléfono de última generación. Como cada noche. Antes de apagar, momentáneamente, su vida. Antes de configurar el despertador al nuevo día. Y, casi a desganas, acercaba el oído al altavoz para escuchar el mensaje, ya memorizado, y repetido en playback frente al espejo del baño, de la falta de cobertura de su improbable interlocutora.

 

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Hasta luego

Te acabas de ir y ya te echo de menos. Acabo de encontrar este papel marchito en uno de los cajones y, tras terminar esta nota, lo dejaré bajo la almohada que tengo a mi lado, donde aún queda presente la huella de tu cabeza, que reposaba hace unos minutos mirando hacia el techo mientras desgranaba sus sueños para que yo los escuchara y los hiciera míos. Algo que no entiendo, porque me acabas de conocer.

Ahora que te has ido, creo que comprendo por qué lo hacías: Quizás estés harta de contarlos, siempre sin que te hagan caso, para justificarte por haber caído en la tentaciones que te pedía tu cuerpo, para no sentirte culpable por haber utilizado a otra persona para tu gozo egoísta, porque crees siempre que cerrara la puerta de tu apartamento sin mirar la vista atrás, porque para ella también ha sido un placer pasajero e intrascendente.

Pero me has dejado dormir sin despedirme antes. ¿Por qué? ¿Por qué te has fiado de mí en la primera cita? ¿Por qué crees que no levantaré tus ropas en tus cajones en busca de dinero y joyas para robarte? ¿Qué te he dicho para que confíes en mí, un desconocido hasta ayer noche, para pensar que actuaré honradamente y abandonaré, con un portazo, tu piso, sin llevarme nada a cambio en pago por tus increíbles orgasmos?

No sé si soy merecedor de tu confianza o si lo haces con todos.

Lo que sí sé es que tú tampoco esperarás encontrar algo como esta nota en tu cama.

Porque yo quiero confesarte que no me voy con cualquiera a su dormitorio nada más conocerla. No soy de esos que tratan a la mujer como un objeto de usar y tirar, te lo aseguro. Si he estado contigo es porque he visto algo en ti que no he encontrado en ninguna. Y, sinceramente, creo que pasaran muchos días hasta que descubra qué es. Porque te aseguro que no podré echarte de mis pensamientos y estaré dándole vueltas a la cabeza para buscar el modo de no perderte. Jamás.

Aún huelo tu presencia. Y no lo entiendo, porque recuerdo perfectamente que, en la primera pausa de descanso de tu sexo febril, te dije que me sorprendía que no olieras a nada. Que eras inodora en piel y cabello. Que eras algo raro y extraordinario.

Y aún tengo tus pupilas marcadas a fuego en mis pupilas, las de aquí dentro, las de mi cabeza, pues por mucho que aprieto los párpados no logro borrar la imagen de tus ojos mirándome intensamente, sin pestañeos, algo que yo no lograría sin que las lágrimas afloraran por el esfuerzo.

¿Qué me has hecho?

No serás bruja, ¿no? Y me echaste una pócima en el vino tinto de bienvenida.

¿Qué me has hecho? ¿Por qué quiero volver a verte? ¿Por qué quiero volver a abrazarte? ¿Por qué quiero volver a amarte?

¿Por qué, cuando he despertado y recuperé el sentido, y me percaté de que estaba solo, me ha faltado el aire, por qué he sentido arcadas de ansiedad? ¿Por qué?

Y para ser sincero contigo y conmigo mismo: ¿Por qué estoy escribiéndote? ¿Por qué necesito hacerlo?

Tienes mi teléfono y sabes que puedes llamarme cuando quieras. Si no lo haces, tras leer esta carta, lo entenderé. Paso de mandarte whatsapps y mierdas de esas. Quiero escuchar tu voz cuando me digas que quieres verme. Pero si lo haces, quiero advertirte, que nunca más te dejaré ir… sin que te despidas.

 

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