Reflejos rotos


Los espejos quebrados y los miles de trozos minúsculos reflejando mi locura. Y allí me quedaría, esperando que llegara la noche con su oscuridad, para que la casa entera olvidara mi quebranto. Así es como le pedía misericordia. Cerrando los ojos y pisando los cristales desparramados por todos los suelos de mi vida, esperando sangrar en abundancia, para que aquella sangre voluptuosa y casi negra se filtrara en tu memoria, para que, en tu abandono, recordaras mi desgracia. Para que, en tu cobardía, el remordimiento perenne te hiciera volver algún día a alguna de mis noches llenas de lágrimas, para secarlas con el paño de tu amor.

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Lo cruel

El metal se endurecía dentro de mi cuerpo y, en la trascendencia del momento, me olvidé de recordarle que tenía poco tiempo para terminar lo que había venido a hacer.
Seguía sin sorprenderme la ausencia de sangrado. Ni una gota en su hoja mellada, ni en mi camisa, ni en mi piel. Los jirones de ésta se entrelazaban y se fundían para volver a ser una tersa continuidad.
Sus ojos desorbitados eran señal inequívoca de que no esperaba aquella reacción. Aún así, siguió asestando cuchilladas en mi torso, a la par que gritaba mi desgracia, que no era más que la suya, pues en cuanto se entumeciera su antebrazo se lo quebraría, y astillaría sus huesos como palillos.
Minimicé el efecto que mis próximas palabras iban a causar en mi inepto asesino. Se permutaron en mi conciencia con un millar de posibles reacciones y el resultado de la incógnita era siempre el mismo por lo que, además de hablar, actué.
-¿No creerías que me habían enviado para perdonarte? Tu defensa será ineficaz y estéril. ¡Muere!
La hoja de acero se detuvo en la concatenación de impactos.
Y entonces, las dos partes de su antebrazo derecho en dos colgajos, y el otro brazo, seccionado desde el hombro.
Las rodillas picudas clavadas en el suelo y el cráneo aplastado en sus zonas temporales. Los ojos vaciados de su humor y los carrillos estirados cual goma de mascar.
Y un lamento, su último lamento, más bien un farfullo, un arrastre de palabras sin sentido, que sustituían lo que podría haber sido una mirada de petición de clemencia. Sin comprensión de su significado.
Y, de pronto, una ola de sentimientos golpeó mi enervación. Y creí comprender todo el dolor que aquel ser, destruido ya, debía de sentir.
Y multipliqué ese dolor por mil sufridores como aquel al que estaba a punto de exterminar, en defensa propia.
Y mis manos taparon mis oídos y sienes, pues era insoportable el latigazo eléctrico que atravesaba todo mi cuerpo.
Y recordé. Y hui de aquella fantasía inventada por mi psiquis en un arranque de autoprotección.
Y volví a la realidad.
A tu cara.
A tu desalmada sentencia, sin atisbo de misericordia.
Y el dolor infinito que había imaginado segundos antes era una burla, una nimiedad, comparado con el que sentí en el momento culminante y real, cuando se quebró mi corazón y mi alma, al escuchar de tu boca las peores palabras.
-Ya no te amo.

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Mariquilla

A menudo pensaba en ella como la única que podría permitirme salir del laberinto en el que me había metido, casi voluntariamente, sin haber pensado las consecuencias.
Si no creyera que la paz que transmitía su mirada se estampaba con mi rabia interna por no haber escogido bien mi vocación, no me permitiría cortar su paso camino al mercado para decirle:
-¡Mariquilla! ¡Reza el Padrenuestro!
Sintiendo cómo mis tímpanos se fundían, como la cera, con la emoción, al escuchar de sus labios carnosos, y seguro que tersos y suaves:
-¡Señor cura!: ¿Todos los días va a ser esto?

Mariquilla

 

 

 

 

(Dedicado a mi madre, Carmen de Zayas Fernández, a la que siempre escuché el diálogo simulado, cuando sus hijos colmábamos su paciencia)

Ana la de los Panes

Tenía mucho que decir y nadie la escuchaba. Por eso, Ana “la de los panes” se encerraba en sí misma aguantándose las ganas de contar sus sombrías disquisiciones sobre el mundo que la rodeaba. Y como el mundo apocalíptico jamás llegaba, por mucho que aceptara teorías infames sobre el fin de los tiempos, se autoconvencía de que el resto de los humanos estaban equivocados en frivolizar sobre las señales que, según ella, justificaban sus predicciones.

Y del comprar en el supermercado, abasteciéndose puntualmente para la supervivencia ante el desastre que estaba siempre esperándola a la vuelta de la esquina, momentos en que las dependientas sufrían sus monólogos frente a la tahona, donde sabía que los panes de su sobrenombre jamás la replicarían, pasaba al correr por las calles de la ciudad medio desnuda, para convencer a sus vecinos de su falta de sentido del ridículo y de su escasa necesidad de apegarse a los símbolos, que según ella, eran parte de la esclavitud de la sociedad que la ahogaba, las prendas de vestir que oprimían su cuerpo y su alma, pocos minutos antes de dar con sus huesos, y sus carnes, en comisaría, donde volvían a soltarla después de ficharla y dar por perdida su sensatez. Y, ya vestida, volvía a insultar a los transeúntes desconocidos con proclamas antisistema, porque, siempre según su valoración, todos eran parte de un entramado que tenía, como único objetivo, acabar con las buenas costumbres de la caballerosidad y la femineidad propias de otros tiempos más deslumbrantes, porque de ellos abundaban las historias de los libros de los que se había estado alimentando su caótica memoria.

Hasta el fatídico día, la fatídica mañana.

Cuando Ana “la de los panes” después de hablar con sus panes, que ella creía siempre los mismos, pues sus aromas así se lo demostraban, pasó por la caja del supermercado, como de costumbre, sin pagar nada porque nada se llevaba, y doblando la esquina del edificio que sufría, tan a menudo, sus vandálicas trastadas, se percató de que un hombre, que estaba de pie silbando, la miraba. Y no solo eso, sino que tras sacar la lengua al extraño, escuchó cómo acompasaba los pasos con los suyos y la seguía a una corta distancia. Y sin atreverse a mirar hacia atrás sobre su hombro, lanzó un gritito de espanto cuando ese mismo hombro fue agarrado por la mano masculina que la amenazaba. Y recordó que tenía que salir huyendo porque sus doce gatos la esperaban. Pero la mano la atenazaba y la obligó a encararse a una vida olvidada.

-No temas, madre.

Desde aquel encuentro, fortuito para unos, premeditado para otros, Ana “la de los panes” no volvió a correr desnuda, ni a emular locuras, ni a exagerar sus amarguras. Porque Ana decidió que, hasta el día de su muerte, no tenía nada que decir ni nadie que la escuchara.

 

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Lámpara

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                                       Visualizó un enchufe.           Se acopló a  él.                 Irradió luz.                              Se convirtió en lámpara.      Les quitó la oscuridad.              Las penumbras.                     La soledad.