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Acerca de Archimaldito

Buscador, eterno e incansable buscador. ¿De qué? Poco a poco lo sabrás.

Papá

A mi padre no le conocí lo suficiente como para hacer una valoración objetiva de él, ni siquiera para hacerla subjetiva. Él me abandonó a mi suerte tras la muerte de mi madre, pero lo que sí recuerdo de él es su idolatría por ella. La amaba intensamente, y por ese amor intenso llegó a hacer cosas increíbles, como matar a varios hombres que habían faltado a mamá. Era un hombre a la antigua, demasiado irracional a veces.

Aportaba el dinero en la casa para que a mi madre y a mí no nos faltase de nada. Lo malo es que nos faltó. Algunas veces llegamos a pasar auténtica hambre, y fue entonces cuando mi madre se decidió a contribuir también con su trabajo fuera de casa. Esto le hizo sentirse, al autor de mis días, un traumatizado, que se sentía impotente para intentar cambiar su situación laboral. La lealtad a su patrón le perdió. Y la verdad es que las cosas no llegaron nunca a su situación anterior. Las trifulcas por este motivo eran continuas. Pero mamá no dio su brazo a torcer: Siguió trayendo dinero a casa hasta el final de sus días.

Nunca supe en qué trabajaba mi madre. Sí que le reportaba pingües beneficios. Pero el origen de los mismos me ha sido siempre desconocido. Aunque sí recuerdo que esta cuestión le traía a mi padre por el camino de la amargura, pues debiéndolo saber, quería que mi madre lo dejase, y las discusiones se sucedían una tras otra. Y los lloros y lamentos de padre. Pero mi madre nunca se doblegó.

Mi educación, en mis primeros años, me la dio mi padre. Es una de las pocas cosas que debo, que tengo el deber moral, de agradecerle. Hasta los siete años no tuve la oportunidad de acceder a la enseñanza pública, factor que me dio bastante retraso en mi formación académica, pero la base la tenía desde muy pequeño, pues mi procreador me la fue incumbiendo con sus métodos heterodoxos. Fueran así o no, lo cierto es que fueron efectivos. Las tardes, después de la jornada laboral, eran dedicadas enteramente  mí. Al día siguiente, cuando mi madre le sustituía en mi supervisión, ella revisaba todos mis adelantos y los de mi padre conmigo, y se sentía orgullosa, en este sentido, de él.

Pero era un bebedor, y cuando le daba a la botella, discutía con mi madre sobre los otros hombres que la agasajaban con sus piropos y atenciones. Ella le argumentaba que no tenía nada de lo que quejarse, que ella no le daría nunca motivos, pero él se obcecaba con sus celos impacientes.

A veces me pregunto si no sería mi padre la verdadera causa de la muerte de mamá. Sólo sé que tras el óbito, se desentendió de todo lo que le recordaba su vida en común con aquella mujer, incluida mi inocente persona. Me abandonó a mi suerte y nunca, jamás, se lo perdonaré.

Papa

Volvió a sus dominios

   Volvió a sus dominios, junto a su abuela, donde meses atrás dejó crecer un árbol del «elixir para regalar». Estrujó a su único familiar vivo contra sí y le juró y perjuró que volvería a intentar sembrar la paz en las mentes. La abuela, sabedora de la naturaleza de su nieto, abrazó también para sí aquel cuerpo al que se había acostumbrado tras su reencuentro.

   -Abuela, quiero acostarme.

   -Pero ¡hijo!, quédate un rato hablando conmigo. Acabas de llegar y no me has dado ni un beso.

   -Abuela, no te preocupes. Sólo estoy cansado.

   -Pero hijo, te encuentro desmejorado, noto que sufres.

   -Abuela, debes prepararte: Se acercan tiempos de sufrimiento.

VolvioASusDominios

El encuentro

Las manadas de manintamus pastaban dócilmente las rojas hojas de cuseria. Éstas fermentarían en sus aparatos digestivos y les provocarían un efecto narcotizador que los haría desfallecer y caer al suelo. Dormidos, el ciclo digestivo les haría rumiar su alimento y excretar por la boca un líquido viscoso que, en contacto con el aire y su temperatura ambiente, se solidificaría formando masas compactas de fertilizante muy apreciado para la actividad agrícola del planeta.

“Cuando dejaran atrás los ecos del radar que indicaban núcleos acumulativos de sujetos-obstáculo, volverían al nivel centimétrico de flotación.”

Más prados de cuseria.

Oteó en busca de la Gran Esfera.

Los parámetros ecolocativos ya indicaban vía despejada para mode normal de rodaje.

La Gran Esfera se acercaba a trompicones.

Algunas maniobras circulares rompían el equilibrio de fuerzas en favor de la centrífuga y tenía que asirse con desesperación al anclaje de estabilidad, aunque sabía que nunca podría salir expelido. La reacción era involuntaria, irreflexiva, pero le hacía sentirse alerta y en buena forma.

Llegó.

Oprimió el botón adecuado y la portezuela giró sobre sus goznes, no siendo necesaria la extensión telescópica de una banda portadora ya que el vehículo se mantenía en flotación mínima, por lo que no tuvo más que dar un paso, equivalente al descenso de un peldaño de escala.

Una vez en tierra firme, dejó tras de sí el afluente y se internó en una senda guijarrosa, que emitía sonidos grotescos bajo los pies descompasados.

El edificio no tenía aristas a las que agarrarse, ni ángulos en los que guarecerse.

A través de escaparates traslúcidos de la estructura, veía moverse siluetas difusas en febril tarea. Macrolaberinto polidisciplinar con pasillos radiales ramificándose a lo alto y a lo largo.

Distraído, una fuerza invisible le aspiró, hasta alcanzar una zona neutra en un cilindro antigravedad, donde una acción-reacción compensada le mantuvo flotando. No sabiendo qué siguiente movimiento ejecutar, esperó instrucciones: Un susurro le indicó asirse a una de las barras longitudinales adosadas a la generatriz. Y el cilindro se desplazó hacia una luz difusa en las alturas.

Cuando creyó que iba a chocar contra una de las paredes curvadas, se detuvo en seco y bajo sus pies se materializó un embaldosado que desembocaba en una puerta oculta en la pared. Se internó y bajó las escaleras que llegaban hasta el templo.

-Tú debes de ser Insavik, ¿verdad?

Al muchacho le sonó retórica aquella pregunta. Preguntas tontas que venían de personas presuntamente inteligentes. Sin embargo, asintió y lanzó una mirada de aprobación a su abuelo, al que no había conocido hasta ese momento.

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Alguien y nadie

A veces, alguien se sorprende de seguir siendo alguien, de contar los segundos para ser nadie.

 El mundo sigue siendo esa desesperanza casual que ilumina nuestros actos y, sin embargo, el desánimo corrompe las expectativas del esperanzado.

   A menudo, muy a menudo, eres alguien siendo nada.

   Si eres capaz de permanecer impertérrito ante la mirada extraña, estás pleno de personalidad inquebrantable, pues son siempre los rostros ajenos los que causan desdicha al culpable de pusilanimidad.

   Y, sin embargo, éste es el ciclo de la sandez, éste es el ciclo de la sordidez.

Alguien y nadie

Cerebro

   Cerebro no es igual a mente. Estoy convencido. Yo tenía cerebro y casi lo destruyo para alimentar mi mente. Caí en las drogas porque lo natural no me satisfacía en lo más mínimo.

   Si la persona que tenía conmigo me dejaba helado, quizás su paupérrima naturaleza se viera engrandecida con una ayuda de filtros artificiales que actuaran como lentes convergentes. Y el efecto traicionó mis expectativas: El objetivo quedaba a un lado y me dejaba absorber por los caminos secundarios de aquella senda de destrucción.

   Debo agradecer a tu dios, si es que existe, que me retirara a tiempo de aquel callejón sin retorno. Acción y reacción disgregaron los efectos malignos de los estupefacientes ingeridos. Acción directa de desviar toda mi atención e intención en mi eterna búsqueda de la perpetua perfección.

   E hice saltar la alarma. De sonido inexistente y, por su insonoridad, más audible. La locura continua, sin límite, fagocitaba mis neuronas, ya no tenía una perspectiva pura de lo que me rodeaba, ni de las cosas ni de las personas. Emergí en un mar de odio hacia los demás, un odio irracional hacia los recuerdos protegidos en la burbuja de la intocabilidad, hacia mi instrucción del devenir trascendente de las cosas, hacia lo poco que había recaudado de la sabiduría escasa y valiosa, como los hilos de azafrán, de mis prójimos. Sentí que me desgajaba como una naranja ácida y rebelde en su amargura. Y el viento me sopló la memoria.

   Perdí mi propia percepción de mí mismo, y eso era ya demasiado, insultantemente grave.

   Mi cerebro intervino como salvador de lo que contenía, como una madre que protege a sus crías, a sus cachorros por los que luchará hasta la muerte. Mi cerebro, desmembrado, no reconocía a sus propios integrantes; sus neuronas bailaban en la oscuridad, su materia gris se recalentaba y fundía en una cascada de lava incontrolable. Y acudió a sus reservas de lucidez. Su as en la manga: Me ordenó dormir, dormir hasta nuevo aviso. Desconexión ¡ya! Modo inoperante. El vegetal debía guarecerse de las lluvias demasiado intensas, antes que se transformaran en avasallador granizo.

   Padre, madre, morí una vez, y creo que decidí no volver a hacerlo más hasta que fuera mi auténtica hora, la definitiva.

   El hospital me enseñó a engarzar mis eslabones mentales. Muy, muy len-ta-men-te. Tanta languidez parecía anulación. Hasta que un día, el modus operandi entonó la situación en espera como algo superado. Y reviví. Como esos mesías resucitados en una segunda oportunidad.    

   Y si pierdo esa segunda oportunidad sabré que los pasos deben ser siempre hacia adelante, sin mirar atrás, sin dejar huellas en una vida a mis espaldas. Siempre hacia adelante.

   ¡Mesías malcarados!

Cerebro