Avatar de Desconocido

Acerca de Archimaldito

Buscador, eterno e incansable buscador. ¿De qué? Poco a poco lo sabrás.

Alguien y nadie

A veces, alguien se sorprende de seguir siendo alguien, de contar los segundos para ser nadie.

 El mundo sigue siendo esa desesperanza casual que ilumina nuestros actos y, sin embargo, el desánimo corrompe las expectativas del esperanzado.

   A menudo, muy a menudo, eres alguien siendo nada.

   Si eres capaz de permanecer impertérrito ante la mirada extraña, estás pleno de personalidad inquebrantable, pues son siempre los rostros ajenos los que causan desdicha al culpable de pusilanimidad.

   Y, sin embargo, éste es el ciclo de la sandez, éste es el ciclo de la sordidez.

Alguien y nadie

Cerebro

   Cerebro no es igual a mente. Estoy convencido. Yo tenía cerebro y casi lo destruyo para alimentar mi mente. Caí en las drogas porque lo natural no me satisfacía en lo más mínimo.

   Si la persona que tenía conmigo me dejaba helado, quizás su paupérrima naturaleza se viera engrandecida con una ayuda de filtros artificiales que actuaran como lentes convergentes. Y el efecto traicionó mis expectativas: El objetivo quedaba a un lado y me dejaba absorber por los caminos secundarios de aquella senda de destrucción.

   Debo agradecer a tu dios, si es que existe, que me retirara a tiempo de aquel callejón sin retorno. Acción y reacción disgregaron los efectos malignos de los estupefacientes ingeridos. Acción directa de desviar toda mi atención e intención en mi eterna búsqueda de la perpetua perfección.

   E hice saltar la alarma. De sonido inexistente y, por su insonoridad, más audible. La locura continua, sin límite, fagocitaba mis neuronas, ya no tenía una perspectiva pura de lo que me rodeaba, ni de las cosas ni de las personas. Emergí en un mar de odio hacia los demás, un odio irracional hacia los recuerdos protegidos en la burbuja de la intocabilidad, hacia mi instrucción del devenir trascendente de las cosas, hacia lo poco que había recaudado de la sabiduría escasa y valiosa, como los hilos de azafrán, de mis prójimos. Sentí que me desgajaba como una naranja ácida y rebelde en su amargura. Y el viento me sopló la memoria.

   Perdí mi propia percepción de mí mismo, y eso era ya demasiado, insultantemente grave.

   Mi cerebro intervino como salvador de lo que contenía, como una madre que protege a sus crías, a sus cachorros por los que luchará hasta la muerte. Mi cerebro, desmembrado, no reconocía a sus propios integrantes; sus neuronas bailaban en la oscuridad, su materia gris se recalentaba y fundía en una cascada de lava incontrolable. Y acudió a sus reservas de lucidez. Su as en la manga: Me ordenó dormir, dormir hasta nuevo aviso. Desconexión ¡ya! Modo inoperante. El vegetal debía guarecerse de las lluvias demasiado intensas, antes que se transformaran en avasallador granizo.

   Padre, madre, morí una vez, y creo que decidí no volver a hacerlo más hasta que fuera mi auténtica hora, la definitiva.

   El hospital me enseñó a engarzar mis eslabones mentales. Muy, muy len-ta-men-te. Tanta languidez parecía anulación. Hasta que un día, el modus operandi entonó la situación en espera como algo superado. Y reviví. Como esos mesías resucitados en una segunda oportunidad.    

   Y si pierdo esa segunda oportunidad sabré que los pasos deben ser siempre hacia adelante, sin mirar atrás, sin dejar huellas en una vida a mis espaldas. Siempre hacia adelante.

   ¡Mesías malcarados!

Cerebro

 

El último vestigio. Por Hadogemina y archimaldito

Estaba a punto de alcanzar lo que siempre soñó, sabiendo que iba a tener que sufrir. Iba a abandonar todas sus ideas y entrar en un mundo que odiaba. Y lo peor de todo: Sabía que el mundo entero iba a despreciarle por ello. Aun así, dio el último paso: sería el último rey, el último vestigio de poder en la Tierra. Cuando a la Tierra le faltaba poco tiempo. Demasiado poco tiempo. 

1197175_45043198

Confesiones desde el futuro

Provenimos de los humanos, la especie primigenia. Y dicen las leyendas que Dios les dio el soplo de vida ¡a ellos! No sé si fue el Dios Absoluto, o fueron dioses menores, un conjunto superior de creadores extraterráqueos, que probaron fortuna con el caldo de cultivo de los mares y tierras terrestres. No importa. El fruto de la experiencia fue sobresaliente. La verdad que usted se niega aceptar y, como usted, la mayoría, es que todos somos humanos.

ConfesionesDesdeElFuturo

El libro silbó

El libro silbó. Sí, silbó. Pues no había otra explicación estando a solas en aquella librería y sin ningún otro ser vivo cerca.

   Todos los pasillos iluminados por el verde de los fluorescentes y los demás libros inertes.

Y dirigiendo la vista hacia los estantes más altos, escuchaste el silbido con mayor fuerza y nitidez. Y tenía que ser un libro. Pues el libro silbó. Una tonadilla extraña pero conocida a la vez.

   Pero, ¿cuál de ellos? ¡Había tantos!

   Te habían dicho que no era uno el que elegía un libro, sino que era el libro quien decidía su lector.

   “¿Dónde estás?”- pensaste.

   Y la canción se interrumpió.

   De pronto, las campanillas que chocaban con la puerta al entrar, sonaron, y una voz femenina llamó.

   -¡Eduardo!

   Pensaste que la mujer, a la que no veías por culpa de las estanterías, era la mujer más guapa del mundo.

   -¡Mamá!

   -¡Eduardo, hijo! No me vuelvas a pegar otro susto como éste. ¿Para qué has entrado aquí, si aún no sabes leer?

   Cogido de su mano, mientras que te empujaba fuera de la librería, seguías escuchando el silbido de aquella canción. Y recordaste.

   Tu primera nana.

ellibrosilbo