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Acerca de Archimaldito

Buscador, eterno e incansable buscador. ¿De qué? Poco a poco lo sabrás.

En mi turno

A veces los miro directamente a los ojos y me dan pena, o algo similar. Ellos escupen a mi paso, tanto hembras como machos, tanto adultos como infantes, y se supone que debo de entender ese gesto como un símbolo de desprecio hacia mí. Pero nunca me lo tomo así. Mi deducción lógica es que están todos enfermos.

Dentro de dos días, diecisiete horas y treinta y cuatro minutos terminará mi turno, para recargarme, y mi sustituto realizará labores paralelas a las mías, con sus altibajos transemocionales cuando los disturbios reaparezcan en la Zona Noroeste 16.8.345. Y no estaremos ninguno para ayudar. Su programación permitirá solventar el conflicto con la menor cantidad de bajas humanas.

Mi turno transcurre con tranquilidad. Solo un grupo de radicales ha intentado incendiarme con una tobera de radiante 9.

Al final del ciclo nos reunirán a todos y tendremos que explicar, ante la multitud de nuestra zona, los errores a subsanar en el comportamiento grupal. Ellos, como siempre, no lo entenderán, y volveremos a fraguar soluciones radicales, como la ocurrida hace ocho ciclos, con lobotomías parciales. Y la tranquilidad reaparecerá por un tiempo limitado, demasiado corto sospecho.

Y sé que, incluso así, ellos seguirán escupiendo al suelo cuando pase junto a ellos.

EnMiTurno

Fútil

Me han ordenado que no sienta. Me han dicho que hacerlo es un esfuerzo inútil. Que es algo fútil en una existencia humana. Que reblandece las convicciones y empeora la dinámica de la supervivencia. Que atañe a los más débiles y eclipsa a los más osados.

Y están creyendo que atiendo a sus razones. Que me comporto como una marioneta. Que deduzco como un peón.

Y se equivocan. Porque quizás aparente endurecerme en esa falta insana de sentimientos. Porque quizás aparente ser un cascarón vacío sin alma, sin espíritu y sin remedio.

Y es que solo vivo para hacerte feliz.

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Extraña bienvenida

Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no se cercioró de que en su trayectoria se encontraba una espigada forma bípeda que le daba el alto.

Hizo caso omiso de la advertencia y continuó avanzando, y la silueta difusa se fue aclarando y se dio cuenta que era, claramente, un masculino, que había cambiado la mano en alto por una postura de defensa. Defensa, ¿contra quién?, pensó. Él no llevaba ningún bulto consigo y, por lo tanto, se veía que estaba desarmado.

Asemejaba un escudo lo que aquel tipo se había colocado protegiéndose el abdomen, y una lanza portabat lo que asía con fines hostiles. Y le llegó la voz, obligándole a frenar.

-¡No siga dando un paso más! ¡Quédese donde está! Yo iré hacia usted y me dará datos de identidad. Si desoye estas recomendaciones, me dará motivos para tocar sus piernas e inutilizarlas. ¡Quédese donde está! Voy hacia usted.

Cuando pudo distinguir sus facciones, se apresuró a dictaminar que era imposible no distinguirlo de un ser de carne y hueso, problema ético cuyo conocimiento le había llegado de otros mundos de tecnología más vanguardista. Una máquina perfecta, quizás, pero una máquina al fin y al cabo.

«Seguimos siendo superiores», pensó.

Aparte de la cabeza metálica, ninguna otra parte dejaba escapar el brillo delatador. Las manos enguantadas y el tronco y extremidades convenientemente vestidos.

-Identifíquese- la voz debía de ser sintetizada electrónicamente, pero no se diferenciaba en nada de la voz natural -. Hable alto y despacio, vocalizando bien sus palabras.

-Me llamo Antisthénês de Eichcaler.

El artificial soltó burdamente los pertrechos. Se quedó como desactivado, pero estaba registrando las inflexiones de entonación, timbre, y demás características sonoras, además del contenido, entregados en la aseveración del, para él, todavía intruso.

-Está bien, Antisthénês de Eichcaler. ¡Sea usted bienvenido!

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Senderismo

A menudo paseo por el campo sin pensar en nada más que en disfrutar el aire puro que entra en mis pulmones, sin pensar en nada más que disfrutar del calor de la intemperie, a veces abrasador, sin pensar en nada más que en espantar los insectos que continuamente se lanzan contra mi cara, sin pensar en nada más que en autocurarme, por frotamiento,  los tobillos cuando alguna planta me los acribilla con sus pinchos, sin pensar en nada más que en el preciso momento en que cruzo el umbral de mi pisito para encontrarme a salvo bajo techo, con mi aire acondicionado, con mi cervecita en la mano, con mi televisor de plasma, con mi camita y su colchón de viscoelástica y con mi ducha con hidromasaje.

Senderismo

Nada sobre negro

Esta vez creyó que estaba en lo cierto. Estaba allí, solo, muerto y enterrado. A cubierto de la mirada de sus amigos y familiares, que le lloraban en el exterior. Y con la certeza de que le quedaban pocos minutos de aire. Sin claustrofobia. Sin ganas de gritar. Dejando que el final, su auténtico final, llegara.

Esta vez creyó que estaba en lo cierto: Después de tantos años de vida, de sabiduría errónea, del dejarse llevar por la corriente de los demás, la conclusión era que, después del después, no había nada. Absolutamente nada.

Nada sobre negro

«Nada sobre negro» es la primera colaboración literaria entre Hadogemina y archimaldito.