Estaba a punto de alcanzar lo que siempre soñó, sabiendo que iba a tener que sufrir. Iba a abandonar todas sus ideas y entrar en un mundo que odiaba. Y lo peor de todo: Sabía que el mundo entero iba a despreciarle por ello. Aun así, dio el último paso: sería el último rey, el último vestigio de poder en la Tierra. Cuando a la Tierra le faltaba poco tiempo. Demasiado poco tiempo.
Archivo del Autor: Archimaldito
En tierra sagrada
Confesiones desde el futuro
Provenimos de los humanos, la especie primigenia. Y dicen las leyendas que Dios les dio el soplo de vida ¡a ellos! No sé si fue el Dios Absoluto, o fueron dioses menores, un conjunto superior de creadores extraterráqueos, que probaron fortuna con el caldo de cultivo de los mares y tierras terrestres. No importa. El fruto de la experiencia fue sobresaliente. La verdad que usted se niega aceptar y, como usted, la mayoría, es que todos somos humanos.
El libro silbó
El libro silbó. Sí, silbó. Pues no había otra explicación estando a solas en aquella librería y sin ningún otro ser vivo cerca.
Todos los pasillos iluminados por el verde de los fluorescentes y los demás libros inertes.
Y dirigiendo la vista hacia los estantes más altos, escuchaste el silbido con mayor fuerza y nitidez. Y tenía que ser un libro. Pues el libro silbó. Una tonadilla extraña pero conocida a la vez.
Pero, ¿cuál de ellos? ¡Había tantos!
Te habían dicho que no era uno el que elegía un libro, sino que era el libro quien decidía su lector.
“¿Dónde estás?”- pensaste.
Y la canción se interrumpió.
De pronto, las campanillas que chocaban con la puerta al entrar, sonaron, y una voz femenina llamó.
-¡Eduardo!
Pensaste que la mujer, a la que no veías por culpa de las estanterías, era la mujer más guapa del mundo.
-¡Mamá!
-¡Eduardo, hijo! No me vuelvas a pegar otro susto como éste. ¿Para qué has entrado aquí, si aún no sabes leer?
Cogido de su mano, mientras que te empujaba fuera de la librería, seguías escuchando el silbido de aquella canción. Y recordaste.
Tu primera nana.
En mi turno
A veces los miro directamente a los ojos y me dan pena, o algo similar. Ellos escupen a mi paso, tanto hembras como machos, tanto adultos como infantes, y se supone que debo de entender ese gesto como un símbolo de desprecio hacia mí. Pero nunca me lo tomo así. Mi deducción lógica es que están todos enfermos.
Dentro de dos días, diecisiete horas y treinta y cuatro minutos terminará mi turno, para recargarme, y mi sustituto realizará labores paralelas a las mías, con sus altibajos transemocionales cuando los disturbios reaparezcan en la Zona Noroeste 16.8.345. Y no estaremos ninguno para ayudar. Su programación permitirá solventar el conflicto con la menor cantidad de bajas humanas.
Mi turno transcurre con tranquilidad. Solo un grupo de radicales ha intentado incendiarme con una tobera de radiante 9.
Al final del ciclo nos reunirán a todos y tendremos que explicar, ante la multitud de nuestra zona, los errores a subsanar en el comportamiento grupal. Ellos, como siempre, no lo entenderán, y volveremos a fraguar soluciones radicales, como la ocurrida hace ocho ciclos, con lobotomías parciales. Y la tranquilidad reaparecerá por un tiempo limitado, demasiado corto sospecho.
Y sé que, incluso así, ellos seguirán escupiendo al suelo cuando pase junto a ellos.
En la trinchera
Fútil
Me han ordenado que no sienta. Me han dicho que hacerlo es un esfuerzo inútil. Que es algo fútil en una existencia humana. Que reblandece las convicciones y empeora la dinámica de la supervivencia. Que atañe a los más débiles y eclipsa a los más osados.
Y están creyendo que atiendo a sus razones. Que me comporto como una marioneta. Que deduzco como un peón.
Y se equivocan. Porque quizás aparente endurecerme en esa falta insana de sentimientos. Porque quizás aparente ser un cascarón vacío sin alma, sin espíritu y sin remedio.
Y es que solo vivo para hacerte feliz.
Almas
Extraña bienvenida
Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no se cercioró de que en su trayectoria se encontraba una espigada forma bípeda que le daba el alto.
Hizo caso omiso de la advertencia y continuó avanzando, y la silueta difusa se fue aclarando y se dio cuenta que era, claramente, un masculino, que había cambiado la mano en alto por una postura de defensa. Defensa, ¿contra quién?, pensó. Él no llevaba ningún bulto consigo y, por lo tanto, se veía que estaba desarmado.
Asemejaba un escudo lo que aquel tipo se había colocado protegiéndose el abdomen, y una lanza portabat lo que asía con fines hostiles. Y le llegó la voz, obligándole a frenar.
-¡No siga dando un paso más! ¡Quédese donde está! Yo iré hacia usted y me dará datos de identidad. Si desoye estas recomendaciones, me dará motivos para tocar sus piernas e inutilizarlas. ¡Quédese donde está! Voy hacia usted.
Cuando pudo distinguir sus facciones, se apresuró a dictaminar que era imposible no distinguirlo de un ser de carne y hueso, problema ético cuyo conocimiento le había llegado de otros mundos de tecnología más vanguardista. Una máquina perfecta, quizás, pero una máquina al fin y al cabo.
«Seguimos siendo superiores», pensó.
Aparte de la cabeza metálica, ninguna otra parte dejaba escapar el brillo delatador. Las manos enguantadas y el tronco y extremidades convenientemente vestidos.
-Identifíquese- la voz debía de ser sintetizada electrónicamente, pero no se diferenciaba en nada de la voz natural -. Hable alto y despacio, vocalizando bien sus palabras.
-Me llamo Antisthénês de Eichcaler.
El artificial soltó burdamente los pertrechos. Se quedó como desactivado, pero estaba registrando las inflexiones de entonación, timbre, y demás características sonoras, además del contenido, entregados en la aseveración del, para él, todavía intruso.
-Está bien, Antisthénês de Eichcaler. ¡Sea usted bienvenido!









