Coma

Vuelvo a emocionarme pensando en ella.

Porque es lo único que puedo hacer: Pensar.

Porque, aunque noto, no sé cómo, que está a mi lado, no puedo verla, ni tocarla, ni escucharla, ni siquiera olerla.

Y pienso en ella, continuamente, para olvidarme de mi castigo eterno.

Provocado por mí mismo y mi falta de coraje.

Y pienso en ella, sin imaginar nada, solo recordando cómo era antes que yo dejara de ser.

Y en esta especie de limbo en el que me encuentro, ella y nada más, me hace olvidar el dolor continuo.

El de la pérdida de mi vida, de mi propia vida, desmerecida por mis actos egoístas.

Y me martirizo enfrentándome a mis propios miedos, a mis propios ojos que me miran con sorna e ira al mismo tiempo.

Y pensando en ella ahora me pregunto, muy íntimamente, por qué no pensé en ella antes.

Cuando la tenía a mi lado y la podía ver, tocar, escuchar, oler, y hasta saborear.

Cuando desoí sus advertencias sobre la espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, resbalando tan precipitadamente.

Y preguntándome esto y más, me odio.

Y odio el amor que tuve por aquella vida artificial, que me ha llevado a esta vida en penumbra.

Y no entiendo por qué, pudiendo haber tenido plenitud con ella y con todos los que me amaban, preferí la destrucción.

La de mis neuronas.

Preferí el polvo blanco que ahora es negro.

Negro. Negro. Negro y profundo.

Sin fondo.

Sin salida.

Seguiré pensando. Es lo único que tengo.

En ella.

 

Coma

Casi todo

 Tanzer era un hombre solitario, de pocas palabras, de pocas acciones, que se dejaba arrastrar por la corriente de sus prójimos.

   Había decidido  quitarse de en medio.

   Fue a la cocina a por un cuchillo. Pensó que cortarse las venas, de forma bestial, sería lo mejor. Sentiría su propia brutalidad y, en los primeros momentos de su muerte, saborearía, por primera vez, momentos de vida, la que se le iría escapando.

   Cuando se disponía a darse un tajo en la muñeca izquierda, llamaron a la Casi todopuerta. Y la abrió. Y ella estaba allí.

   Cuan ridículo se sentía atendiendo a la desconocida con una hoja de acero de veinte centímetros en la mano.

  Yanil se mostró sorprendida por los ojos vidriosos de su interlocutor. Pensaba que se había equivocado de dirección. Y así era. Providencial fue su llegada, providencial fue su aparición ante la muerte.

   -¿En qué puedo ayudarle?- dijo Tanzer, con una lágrima surcando su pálida fisonomía.

   -¿Es usted el señor Ivan Ze?

   La invitó a pasar a su acogedora casa. Y cambió el cuchillo por un recogeterrones cuando puso el azúcar en sus cafés. Intercambiaron impresiones vitales como si se conocieran de siempre. Y olvidó lo que minutos antes había rondado por su martirizada mente.

   -Amor mío- le dijo ella a él-. Esto es un milagro. ¿Por qué he tardado tanto en encontrarte?

   -Amor mío- le dijo él a ella-. ¿Por qué he tardado tanto en buscarte?

 

Pulmón

Me costaba respirar.

Me costaba asumir la inhalación del aire enfermo.

Me costaba asumir que ésta sería la última vez que tendría la oportunidad de terminar mi obra.

Demasiados muertos en el mundo.

Demasiados intereses ocultos para que siguiera habiendo demasiados muertos en el mundo.

Pero la advertencia íntima llegaba y mi intuición trabajaría para lograr el objetivo.

No habría solución más extrema que la aniquilación de los que ostentaban el poder.

No cejaría en el empeño de verlos a todos muertos: La Élite terminaría fagocitándose a sí misma.

Y respiraría el mundo. El mío. El de todos. Y los Derechos serían Hechos.

Porque todos serían iguales. Menos yo.

Porque cargaría sobre mi conciencia la exterminación de la ralea inverosímil.

Y pensando, en un nanosegundo, en todo ello, me costaba respirar.

 

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Matando

   Los dedos índice y corazón de su diestra se engarfiaron en las cuencas oculares y las vació de su contenido. El alarido fue ensordecedor, pero no podía permitirse dejarse vencer por la lástima.

   Y el siguiente paso sería completamente apocalíptico para su conciencia pues, sin retirar los dedos de las sangrantes cavidades, agudizó sus fuerzas y las convergió en sus extremidades superiores para cumplir su objetivo: La profanación.

   La potencia muscular que había combinado en ambos dedos y en la mano que sustentaba la base occipital de la cabeza permitió que estos llegaran a tocar lo más sagrado de aquel ser que tenía bajo su dominio. Tocó el cerebro y lo desgarró con las duras y afiladas uñas. Y aró en una parte mínima de sus circunvoluciones. Y la muerte hizo presencia. Y las lágrimas hicieron presencia. Y se sintió sucio, y desvalido, y retiró con autodesprecio sus garras.

   Desencajado, con los ojos desorbitados, contempló su cruenta obra.

   Temió caer en el arrepentimiento, pero ya no había lugar para ese sentimiento: Había sido consciente de todo el proceso del asesinato, segundo a segundo, movimiento a movimiento.

   Y perdió el conocimiento.

   Y murió un poco. Solamente un poco.

 

Matando1

Impaciencia

Me he vuelto a cruzar con ella.

La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos la estela de su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si la querré algún día.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma.

Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que muera para poder fundirme con ella.

 

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