Farfullaba palabras ininteligibles que ni siquiera él comprendía. Creía que así era más interesante para los que nunca decían nada.

Farfullaba palabras ininteligibles que ni siquiera él comprendía. Creía que así era más interesante para los que nunca decían nada.

En el aire siempre se respira paz.
Son los hombres quienes la contaminan con olores nauseabundos.

Pásame la receta de tu amor,
que con su sabrosura estoy entusiasmado.
Explícame tus trucos,
que con tus salsas quiero hacer un mano a mano.
Déjame que pruebe cómo me cocinas.
Pídeme poner al fuego
un minuto de mi tiempo.
Enciende mi horno.
Y prueba, con tu cucharita,
si estoy en mi punto…
… para comerte.


Me gustas por bella,
me gustas por suave,
me gustas por buena,
me gustas por madre.
Me gustas en cien y mil formas,
me gustas y nunca de ti tengo bastante,
me gustas porque me asombras,
y siempre de ti tengo hambre.

Me ordenaste que no volviera a verte.
No me ordenaste que no te amara.
No me ordenaste que no te oliera, ni escuchara, ni tocara.


Cuando llegué, por fin, después de tantos años, a la playa de mi infancia, orilla de aquel mar inmenso, me tuve que echar a llorar, y no por la emoción, pues me di cuenta que la Tierra estaba perdida, y yo, con mis lágrimas.

Hoy no he sido, pues he pensado más de la cuenta.

Más me valía tener la valentía de agarrarme a tu mundo, sin pensar demasiado en sus aristas de imperfecciones.
Más me valía percatarme de la señal.
