Hoy un te quiero. Mañana un te amo. Al día siguiente un te adoro.
Nunca un te libero.
SEGUNDA PARTE
Las primeras notas de color sonaron sigilosamente. Paralelamente, las vigilias iban desenmascarando estrepitosas esperanzas. La tribu al completo se hallaba alineada hacia el Este, pues los tempranos rayos solares despuntaban desde aquel sentido cardinal y no querían enojar a su dios faltando a esa cita diaria.
Después, acudieron al banquete de frutas que inauguraba la actividad de la jornada. La macedonia les nutría, purificaba digestivamente y daba fuerzas para completar la cadena trófica primaria: labranza, mantenimiento y recolección, equiparables a los remontables tiempos prehistóricos. La explotación animal no existía en este campamento. La manufactura del utillaje era símbolo de la nula sofisticación en la que habían desembocado. Lam Am amaba aquella simplicidad, y en ese sentido hacía todo lo posible por no contaminar con sus conocimientos aquel paraíso de rustiquez.
En los pedregales que bordeaban aquel fértil valle, una curiosidad aislada destacaba por su altura, y, aprovechando esa característica aportada por la erosión eólica y fluvial, por su utilización como torre vigía, entroncando con una lógica de supervivencia. El propósito de esa lógica pocas veces era aplicado. Pero aquella mañana, después de los pertinentes lavatorios, el turno de vigilancia liberó, mentalmente, la contraseña.
-¿Cómo puedes adivinar la alarma en esta visita?
–He querido explorar concienzudamente sus pensamientos y no los he encontrado. ¿Cómo pueden existir seres con la mente en blanco?
–Espera, se lo preguntaré a Lam Am.
–Os he captado. SINDRAS, se trata de SINDRAS. Esos cerebros positrónicos activan sus chips neuronales únicamente como causa o efecto inmediato, no existen espacios intermedios de descanso en los que ellos puedan fabricar pensamientos ajenos a cualquier manifestación inminente. Cualquiera de sus acciones está programada, y la improvisación sólo existe cuando tienen múltiples elecciones de respuesta– una breve pausa le sirvió para caer en la cuenta de que quizás estaba aportando demasiados datos a aquellas mentes ingenuas-. Dime, Stengar, ¿son muchos los que vienen?
–No logro captar su cuantía exacta, pero sí que van a llegar hasta el punto donde nos encontramos. ¿Por qué, Lam Am?
Lam Am conocía la razón, pero no podía perder su precioso tiempo contestando de golpe todos los enigmas que sobre su persona se habían formado sus compañeros de los últimos meses.
–Amigo, sólo sé que tenemos que separarnos de su camino. Pocas veces los SINDRAS van en conjuntos amplios sin llevar órdenes nocivas.
No recogieron muchas pertenencias. Quizá pensaron que volverían en muy corto plazo. Decidieron escindirse para dividir a su vez al presunto enemigo. Y si hubiera que atacar para preservar sus vidas, tendrían más facilidades si el número de individuos de los que defenderse fuera menor. Cada grupo tomó una de las direcciones que formaban las bisectrices de los ángulos Norte-Oriente y Norte-Occidente. Recorridos seis días, deberían encaminarse en el rumbo perpendicular al seguido, para así convergir en un mismo punto y retornar en formación conjunta al edén que los vio partir.
Cinco horas de ventaja desconcertaron a las unidades VESTIC. El vacío que sustituía a sus objetivos cinegéticos les obligó a recurrir a otras claves de rastreo. La improvisación e imaginación no estaban codificadas en sus cabezas aceradas. Por lo tanto, la búsqueda y captura mostraba otra faz distinta a la planificada, y las órdenes se aportaron en otro sentido.
-Señor, usted dijo que los capturáramos a él y a sus seguidores sin anular sus vidas- el interhiperondas bidireccional portátil salvaba las distancias que la presencia física del mando exigía.
-VESTIC 16TH100. Dividios los números asignados y ejecuta sin dilaciones las nuevas órdenes. ¡Debes acometerlas sin reparos!
-Señor, no hemos descubierto ninguna presencia de armas destructivas de desgaste.
-¡VESTIC 16TH100! Escucha con atención mis palabras y no intentes anteponer razones ético-morales ni de otro tipo para desentenderte de ellas. Tanto tú como yo somos unos mandados.
-Pero, señor…
La derivación de la conversación hizo que la voz se volviera intransigente ante los obstáculos que se creaban en la mente asimóvica del comandante VESTIC. La explosión de cólera del interlocutor humano hizo que el tono dado a la orden, que había sido primero sugerida, y luego recalcada, borrara cualquier atisbo de duda ante el seguimiento mecánico de las leyes cibernéticas.
-¿Lo has asimilado, VESTIC 16TH100?
-Sí, señor.
-Si es así, ¡repítelas!
-Señor, recibido mensaje imperativo: El contenido del mismo ha sido integrado en las unidades de información VESTIC subditadas a mí. Seguir acechando a Lamaret y…- un breve intermedio despertó el instinto castrense en la voz que se hallaba a miles de kilómetros de distancia del emplazamiento de las tropas androides; el breve espacio de silencio decidió la suerte de VESTIC 16TH100: sería sustituido de inmediato para su reprogramación y nuevo destino; aún cuando al final decidiera aparentar haber entendido la orden-… matarle.
Me tocaste el sabor,
conociste el olor,
de la fruta bella, de la fruta bella.
Y quisiste, amor,
que probase el dolor,
de la fruta bella, de la fruta bella.
Escuchando aquella canción lenta de los Bee Gees, la de los agarraditos y el descubrimiento del amor adolescente, la de la lagrimita incipiente, emocionante en su música y enigmática en su letra por no entender, aún, el idioma, pero jugando con la imaginación de lo que debía de contar el falsete de Barry el Barbas, y trayendo recuerdos obsoletos a la memoria, recuerdos recurrentes para aliviar la realidad actual circundante, asumiendo que el período de crisálida ha pasado y que hay que enfrentarse a otra emoción, a la del desquite, a la del disgusto, asumiendo sufrimientos, para vacunarse contra los que nos los van a provocar con lo mecánico, lo ritual, lo nada placentero de las rutinas.
Y prefiriendo el desconocimiento de la vida en aquel tiempo, cuando se estaba al margen de los acaeceres que pudieran surgir en la discordia existente en el mundo de los adultos.
Vuelvo a emocionarme pensando en ella.
Porque es lo único que puedo hacer: Pensar.
Porque, aunque noto, no sé cómo, que está a mi lado, no puedo verla, ni tocarla, ni escucharla, ni siquiera olerla.
Y pienso en ella, continuamente, para olvidarme de mi castigo eterno.
Provocado por mí mismo y mi falta de coraje.
Y pienso en ella, sin imaginar nada, solo recordando cómo era antes que yo dejara de ser.
Y en esta especie de limbo en el que me encuentro, ella y nada más, me hace olvidar el dolor continuo.
El de la pérdida de mi vida, de mi propia vida, desmerecida por mis actos egoístas.
Y me martirizo enfrentándome a mis propios miedos, a mis propios ojos que me miran con sorna e ira al mismo tiempo.
Y pensando en ella ahora me pregunto, muy íntimamente, por qué no pensé en ella antes.
Cuando la tenía a mi lado y la podía ver, tocar, escuchar, oler, y hasta saborear.
Cuando desoí sus advertencias sobre la espiral autodestructiva en la que estaba cayendo, resbalando tan precipitadamente.
Y preguntándome esto y más, me odio.
Y odio el amor que tuve por aquella vida artificial, que me ha llevado a esta vida en penumbra.
Y no entiendo por qué, pudiendo haber tenido plenitud con ella y con todos los que me amaban, preferí la destrucción.
La de mis neuronas.
Preferí el polvo blanco que ahora es negro.
Negro. Negro. Negro y profundo.
Sin fondo.
Sin salida.
Seguiré pensando. Es lo único que tengo.
En ella.