Una regla matemática dictaba la imposibilidad de mi existencia. Un tal Dios se había saltado algunas clases.
¡Atención! ¡Atención! Ha llegado el momento. Nuestro superior dirá la última palabra, la que debe escucharse.
Y él se negó. Y él luchó. Y él murió. Y nadie le recuerda, excepto yo, la Libertad.
No hay más remedio. Él es el único. Es la verdad.
Y él se negó. Y él luchó. Y él murió. Y ya nadie le recuerda, excepto yo, la Libertad.
Obedeced. Es nuestro bien. Es la solución a todos los problemas.
¡Mentira! Porque él se negó, y luchó y con él murió la humanidad. Ya no queda nadie para recordarlo, excepto yo, la Razón.
Hoy, día 18 de abril, me acabo de enterar, por la radio del coche, que Gabo murió ayer.
Como no veo la televisión y como tampoco voy a tener acceso a internet durante unos días, comenzando un período de aislamiento involuntario que comenzó justamente ayer, no voy a tener que caer en el recurso inmediato de hacerle mi homenaje particular con algún tuit o reseña en algunas de las páginas web en las que publico. Mejor. Así puedo madurar lo que escriba en mi cuaderno de hojas con cuadrículas.
La noticia no me ha sorprendido, dada la trayectoria en la salud del escritor, pero sí me ha apenado un poco.
Siempre digo que nadie muere, porque así siempre lo he creído. Y en esta ocasión no voy a manifestar nada que contradiga esa opinión. Y nunca se muere porque los frutos de una vida siempre quedan con nosotros, y algunos pedacitos de sus personalidades se quedan grabados en nuestro corazón.
En el caso de Gabriel García Márquez también será así.
Lo descubrí a mis dieciséis años cuando, en unas vacaciones con mis abuelos paternos, me decidí a leer algo distinto de la ciencia ficción que me había estado alimentando hasta ese momento y, aunque ya había leído algo de él dos años antes, esa lectura, “El Coronel no tiene quien le escriba”, por haber sido obligada en la asignatura de Lengua española y Literatura en el primer curso de BUP, no me había entusiasmado tanto, aunque sí llamó mi atención su final (“Mierda”), como la que me deleitaría, por placer propio, cuando extraje el volumen de “Cien años de soledad” de una colección encuadernada en símil piel, de esas acompañadas por fascículos semanales.
Lo original de su elaboración y de su propuesta me embrujó. Más adelante, cuando me enteré del concepto “Realismo Mágico”, me di cuenta, con la perspectiva que da el tiempo, que esa magia había hecho efecto en mi persona.
La concatenación de hechos posteriores relacionados con mi amor por la Literatura me han hecho ver que debo agradecer a Gabo de por vida, de por vida eterna, como la que él tendrá para mí, que prendiera la chispa de la explosión lectora y, más tarde, creativa, que me han dado, y siguen dando, tantas satisfacciones.
Es por ello, y mucho más, que Gabriel García Márquez ha creado con su vida muchas vidas, y no solamente las de sus personajes, sino la de sus lectores. Y así, Gabo nunca morirá, porque está naciendo continuamente en todas las partes del mundo, con cada lectura de sus obras, con cada sentencia de su espíritu.
Dando vueltas a ideas locas para ser leído. Concursando y publicando, pero necesitando ser más leído, aprovechando los nuevos medios de comunicación basados en nuevas aplicaciones para ordenadores, tabletas y teléfonos inteligentes, se me ocurrió, basándome en la recepción de vídeos y otros contenidos virales, hacer extensible esta virulencia a mis propios escritos, y «whatsappeados» y tuiteados a mis contactos para que estos a su vez los difundieran, he empezado a ser un poco más conocido en el ámbito de los «lectores ocasionales». Obviamente, sólo puedo difundir, a un solo golpe de vista, nanorrelatos y microrrelatos (nano relatos y micro relatos).
¿Qué os parece la idea? ¿Es original? ¿Es practicable durante mucho tiempo? ¿Es otra forma práctica de difusión?
En un evento de Sephora en la red social Tuenti se hizo, durante, aproximadamente, una semana, la siguiente pregunta: «¿Qué crees que está tramando Lady Gaga en este vídeo?»
Yo no tengo cuenta en esta red social, pero un amigo, que sí la tiene, me invitó a escribir mi impresión respondiendo a la pregunta de Sephora.
“En vuestras mentes dejo el elixir de lo absoluto, del conocimiento perfecto, el único que es válido, el propio, el de uno mismo.
Con él despertaréis a vuestra auténtica esencia, lejos de lo efímero que se nos impone desde la sociedad en la que nos hallamos inmersos.
No idolatréis en vano, no caigáis en las redes de las percepciones superficiales ni tratéis a vuestros prójimos como instrumentos de vuestros intereses más primarios.
Sois mucho más que simples cuerpos, sois mucho más que simples mentes amordazadas por los que se creen en posesión de la verdad.
Sois tan libres que no os lo podéis creer, pero así es. Sois todos parte de lo mismo.
Pensad por vosotros mismos. Ni siquiera hagáis caso a lo que os estoy diciendo.
¡Sed para ser!
Y os aseguro que llegara el instante en que comprenderéis la verdad.
Quizás me veis como lo que no soy: Un simple ídolo de oro… ídolo de barro.
Por eso este elixir es negro, para apagar ese brillo que os ciega.
En un mundo donde la fama, la apariencia, la lujuria, los falsos ídolos imperan, es necesaria, ahora mucho más que nunca, el despertar de la auténtica propia esencia.”
«Lady Gaga»