Era monja. Era Sor Presa. De sus creencias. Obsoletas.
Sigo encerrado en esta celda esperando que alguien venga a explicarme qué hago aquí.
Una mano anónima me ofrece comida cada cierto tiempo, si es que a lo que me he acostumbrado a tragar se le puede llamar alimento. Pero a esa mano nunca la acompaña una voz y el silencio del otro lado es más hiriente porque seguro que sabe por qué estoy aquí, y lo más importante, quién soy, pues no lo recuerdo.
He intentado verme en el reflejo de mi propia orina pero la escasa luz me lo prohíbe. No tengo idea de cuál será mi aspecto pero la gravedad de mi voz al gritar auxilio me da pistas sobre mi edad aproximada.
No siento dolor en ninguna parte de mi cuerpo, por lo que deduzco, primero, que estoy sano, y segundo, que no he sido maltratado.
Tampoco huelo mal, y con el tacto deduzco que no tengo mi rostro barbado ni descuidado.
Me preocupa la idea de llegar a adivinar qué he hecho para merecer este trato.
No siento frío en los pies ni en las manos.
Es tan extraño todo esto.
Otra vez escucho murmullos y pasos. No son de la persona que me alimenta y espero que esta vez no pasen de largo.
Solo pido que no pasen de largo y que unos ojos me miren. Creo que así entenderé.
Otra vez escucho pasos.
El metal se endurecía dentro de mi cuerpo y, en la trascendencia del momento, me olvidé de recordarle que tenía poco tiempo para terminar lo que había venido a hacer.
Seguía sin sorprenderme la ausencia de sangrado. Ni una gota en su hoja mellada, ni en mi camisa, ni en mi piel. Los jirones de ésta se entrelazaban y se fundían para volver a ser una tersa continuidad.
Sus ojos desorbitados eran señal inequívoca de que no esperaba aquella reacción. Aún así, siguió asestando cuchilladas en mi torso, a la par que gritaba mi desgracia, que no era más que la suya, pues en cuanto se entumeciera su antebrazo se lo quebraría, y astillaría sus huesos como palillos.
Minimicé el efecto que mis próximas palabras iban a causar en mi inepto asesino. Se permutaron en mi conciencia con un millar de posibles reacciones y el resultado de la incógnita era siempre el mismo por lo que, además de hablar, actué.
-¿No creerías que me habían enviado para perdonarte? Tu defensa será ineficaz y estéril. ¡Muere!
La hoja de acero se detuvo en la concatenación de impactos.
Y entonces, las dos partes de su antebrazo derecho en dos colgajos, y el otro brazo, seccionado desde el hombro.
Las rodillas picudas clavadas en el suelo y el cráneo aplastado en sus zonas temporales. Los ojos vaciados de su humor y los carrillos estirados cual goma de mascar.
Y un lamento, su último lamento, más bien un farfullo, un arrastre de palabras sin sentido, que sustituían lo que podría haber sido una mirada de petición de clemencia. Sin comprensión de su significado.
Y, de pronto, una ola de sentimientos golpeó mi enervación. Y creí comprender todo el dolor que aquel ser, destruido ya, debía de sentir.
Y multipliqué ese dolor por mil sufridores como aquel al que estaba a punto de exterminar, en defensa propia.
Y mis manos taparon mis oídos y sienes, pues era insoportable el latigazo eléctrico que atravesaba todo mi cuerpo.
Y recordé. Y hui de aquella fantasía inventada por mi psiquis en un arranque de autoprotección.
Y volví a la realidad.
A tu cara.
A tu desalmada sentencia, sin atisbo de misericordia.
Y el dolor infinito que había imaginado segundos antes era una burla, una nimiedad, comparado con el que sentí en el momento culminante y real, cuando se quebró mi corazón y mi alma, al escuchar de tu boca las peores palabras.
-Ya no te amo.
Ni cuando le echaban a patadas de los bares.
Ni cuando le insultaban cuando pedía limosna en el mercado.
Ni cuando se cubría con los cartones mugrientos para dormir en la entrada de la sucursal del banco.
Ni cuando tenía que pegar a otro mendigo por un trozo de comida requemada tirada en un contenedor de basura.
Ni cuando aceptaba los magreos insanos del grupo de maricas de la calle norte para que le dejaran acercar los pies y las manos al calor del fuego del bidón gigante de lata.
Ni cuando recibía los porrazos de los maderos en los desalojos periódicos de la casona derruida del barrio.
Ni cuando se limpiaba los escupitajos de los yonquis sidosos del parque junto al lago.
Ni cuando las putas más insanas despreciaban sus intentos de ternura.
Nunca se había sentido más miserable que ahora, cuando la señora a la que ha ayudado a bajar el cochecito de bebé por las escaleras del Metro ha castigado su acto con la indiferencia, con la negación de su existencia, para proteger a su hijito de su despreciable abuelo.