Volvió a sus dominios

   Volvió a sus dominios, junto a su abuela, donde meses atrás dejó crecer un árbol del «elixir para regalar». Estrujó a su único familiar vivo contra sí y le juró y perjuró que volvería a intentar sembrar la paz en las mentes. La abuela, sabedora de la naturaleza de su nieto, abrazó también para sí aquel cuerpo al que se había acostumbrado tras su reencuentro.

   -Abuela, quiero acostarme.

   -Pero ¡hijo!, quédate un rato hablando conmigo. Acabas de llegar y no me has dado ni un beso.

   -Abuela, no te preocupes. Sólo estoy cansado.

   -Pero hijo, te encuentro desmejorado, noto que sufres.

   -Abuela, debes prepararte: Se acercan tiempos de sufrimiento.

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Alguien y nadie

A veces, alguien se sorprende de seguir siendo alguien, de contar los segundos para ser nadie.

 El mundo sigue siendo esa desesperanza casual que ilumina nuestros actos y, sin embargo, el desánimo corrompe las expectativas del esperanzado.

   A menudo, muy a menudo, eres alguien siendo nada.

   Si eres capaz de permanecer impertérrito ante la mirada extraña, estás pleno de personalidad inquebrantable, pues son siempre los rostros ajenos los que causan desdicha al culpable de pusilanimidad.

   Y, sin embargo, éste es el ciclo de la sandez, éste es el ciclo de la sordidez.

Alguien y nadie

Cerebro

   Cerebro no es igual a mente. Estoy convencido. Yo tenía cerebro y casi lo destruyo para alimentar mi mente. Caí en las drogas porque lo natural no me satisfacía en lo más mínimo.

   Si la persona que tenía conmigo me dejaba helado, quizás su paupérrima naturaleza se viera engrandecida con una ayuda de filtros artificiales que actuaran como lentes convergentes. Y el efecto traicionó mis expectativas: El objetivo quedaba a un lado y me dejaba absorber por los caminos secundarios de aquella senda de destrucción.

   Debo agradecer a tu dios, si es que existe, que me retirara a tiempo de aquel callejón sin retorno. Acción y reacción disgregaron los efectos malignos de los estupefacientes ingeridos. Acción directa de desviar toda mi atención e intención en mi eterna búsqueda de la perpetua perfección.

   E hice saltar la alarma. De sonido inexistente y, por su insonoridad, más audible. La locura continua, sin límite, fagocitaba mis neuronas, ya no tenía una perspectiva pura de lo que me rodeaba, ni de las cosas ni de las personas. Emergí en un mar de odio hacia los demás, un odio irracional hacia los recuerdos protegidos en la burbuja de la intocabilidad, hacia mi instrucción del devenir trascendente de las cosas, hacia lo poco que había recaudado de la sabiduría escasa y valiosa, como los hilos de azafrán, de mis prójimos. Sentí que me desgajaba como una naranja ácida y rebelde en su amargura. Y el viento me sopló la memoria.

   Perdí mi propia percepción de mí mismo, y eso era ya demasiado, insultantemente grave.

   Mi cerebro intervino como salvador de lo que contenía, como una madre que protege a sus crías, a sus cachorros por los que luchará hasta la muerte. Mi cerebro, desmembrado, no reconocía a sus propios integrantes; sus neuronas bailaban en la oscuridad, su materia gris se recalentaba y fundía en una cascada de lava incontrolable. Y acudió a sus reservas de lucidez. Su as en la manga: Me ordenó dormir, dormir hasta nuevo aviso. Desconexión ¡ya! Modo inoperante. El vegetal debía guarecerse de las lluvias demasiado intensas, antes que se transformaran en avasallador granizo.

   Padre, madre, morí una vez, y creo que decidí no volver a hacerlo más hasta que fuera mi auténtica hora, la definitiva.

   El hospital me enseñó a engarzar mis eslabones mentales. Muy, muy len-ta-men-te. Tanta languidez parecía anulación. Hasta que un día, el modus operandi entonó la situación en espera como algo superado. Y reviví. Como esos mesías resucitados en una segunda oportunidad.    

   Y si pierdo esa segunda oportunidad sabré que los pasos deben ser siempre hacia adelante, sin mirar atrás, sin dejar huellas en una vida a mis espaldas. Siempre hacia adelante.

   ¡Mesías malcarados!

Cerebro

 

El último vestigio. Por Hadogemina y archimaldito

Estaba a punto de alcanzar lo que siempre soñó, sabiendo que iba a tener que sufrir. Iba a abandonar todas sus ideas y entrar en un mundo que odiaba. Y lo peor de todo: Sabía que el mundo entero iba a despreciarle por ello. Aun así, dio el último paso: sería el último rey, el último vestigio de poder en la Tierra. Cuando a la Tierra le faltaba poco tiempo. Demasiado poco tiempo. 

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En mi turno

A veces los miro directamente a los ojos y me dan pena, o algo similar. Ellos escupen a mi paso, tanto hembras como machos, tanto adultos como infantes, y se supone que debo de entender ese gesto como un símbolo de desprecio hacia mí. Pero nunca me lo tomo así. Mi deducción lógica es que están todos enfermos.

Dentro de dos días, diecisiete horas y treinta y cuatro minutos terminará mi turno, para recargarme, y mi sustituto realizará labores paralelas a las mías, con sus altibajos transemocionales cuando los disturbios reaparezcan en la Zona Noroeste 16.8.345. Y no estaremos ninguno para ayudar. Su programación permitirá solventar el conflicto con la menor cantidad de bajas humanas.

Mi turno transcurre con tranquilidad. Solo un grupo de radicales ha intentado incendiarme con una tobera de radiante 9.

Al final del ciclo nos reunirán a todos y tendremos que explicar, ante la multitud de nuestra zona, los errores a subsanar en el comportamiento grupal. Ellos, como siempre, no lo entenderán, y volveremos a fraguar soluciones radicales, como la ocurrida hace ocho ciclos, con lobotomías parciales. Y la tranquilidad reaparecerá por un tiempo limitado, demasiado corto sospecho.

Y sé que, incluso así, ellos seguirán escupiendo al suelo cuando pase junto a ellos.

EnMiTurno