Colocose las lentes de realidad virtual y olvidose de comer, de dormir, de orinar, de levantarse de su mullido asiento. Su cadáver olía.
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Dolor. Por Hadogemina y archimaldito
América
Después de tantas batallas, después de tantos sufrimientos, me encuentro ante mi mayor reto, en el que sé que voy a continuar luchando, que voy a seguir sufriendo.
Tengo la impresión de que por mucho que intente imaginar, por mucho que intente exorcizar mis miedos, no estoy preparado para afrontar lo que voy a encontrar en las Nuevas Tierras.
La visita al mago
Le asustó la grandiosidad de aquel recinto. Todo era descomunal.
El par de estatuas abstractas que representaban ambientes del lugar más recóndito y enimático de la Galaxia. El espejo bifacial, que girando y girando, multiplicaba hacia todos los rincones la luz de los reflectores cenitales que, a modo de estrellas de gran magnitud, formaban constelaciones arbitrarias. La piscina central, que a modo de lago artificial, albergaba en su seno las especies más sórdidas de acuátiles. Y la pirámide transparente del fondo, con un asiento en su centro interno, desde donde se invitaba, al que esperaba, a la evasión de la realidad gracias a los videohologramas integrados en las cuatro paredes triangulares, respondiendo a los impulsos oníricos del usuario.
Pero prefirió esperar de pie, sin moverse, registrando, a modo de biorradar, cualquier cosa que se moviera. La Sala de Recepción estaba también surcada por una cinta transportadora en la que se suponía que uno debía montarse para acceder al interior del palacio. Y de súbito, el sentido del moverse de aquélla cambió, por lo que se quedo a la expectativa de recibir en cualquier momento a su anfitrión.
El decorado cambió en segundos: Las estatuas levitaron hasta desaparecer tras dos aberturas del techo, el espejo detuvo su movimiento y se esfumó ante los ojos del reflejado, el líquido del estanque se dejó tragar, con toda la vida natátil, por la gran boca en que se convirtió su fondo, dejando su lugar a piezas que replicaban al resto del mosaico del firme. La pirámide quedó intacta en su construcción, pero no en su posición, pues se movió lateralmente hasta dejar el asiento sobre la cinta y dar la impresión de que toda ella resbalaba hacia él.
Cuando se situó en su perpendicular virtual, se detuvo, y una de sus paredes se hizo portezuela, dejando en una vista lateral el sillón. Él no creyó jamás en la magia, salvo en la que creaba la propia mente; por eso, cuando una forma difuminada fue llenando el espacio interior del asiento, y se fue corporeizando, sabía que los viejos trucos para impactar nunca perdían su efecto. El cuerpo fue irreconocible hasta materializarse completamente. Cuando fue sólido, algo lo iba irradiando a medida que un supuesto pedestal giratorio recorría un ángulo que permitía enfrentarlo cara a cara. Una sonrisa dibujada en un rostro arrugado y la total fulguración del interior de la pirámide insufló el habla a aquella figura.
-¡Saludos! Soy Lurcinckus, y está usted aquí para que yo le haga conocer… ¡La Muerte! 
Papá
A mi padre no le conocí lo suficiente como para hacer una valoración objetiva de él, ni siquiera para hacerla subjetiva. Él me abandonó a mi suerte tras la muerte de mi madre, pero lo que sí recuerdo de él es su idolatría por ella. La amaba intensamente, y por ese amor intenso llegó a hacer cosas increíbles, como matar a varios hombres que habían faltado a mamá. Era un hombre a la antigua, demasiado irracional a veces.
Aportaba el dinero en la casa para que a mi madre y a mí no nos faltase de nada. Lo malo es que nos faltó. Algunas veces llegamos a pasar auténtica hambre, y fue entonces cuando mi madre se decidió a contribuir también con su trabajo fuera de casa. Esto le hizo sentirse, al autor de mis días, un traumatizado, que se sentía impotente para intentar cambiar su situación laboral. La lealtad a su patrón le perdió. Y la verdad es que las cosas no llegaron nunca a su situación anterior. Las trifulcas por este motivo eran continuas. Pero mamá no dio su brazo a torcer: Siguió trayendo dinero a casa hasta el final de sus días.
Nunca supe en qué trabajaba mi madre. Sí que le reportaba pingües beneficios. Pero el origen de los mismos me ha sido siempre desconocido. Aunque sí recuerdo que esta cuestión le traía a mi padre por el camino de la amargura, pues debiéndolo saber, quería que mi madre lo dejase, y las discusiones se sucedían una tras otra. Y los lloros y lamentos de padre. Pero mi madre nunca se doblegó.
Mi educación, en mis primeros años, me la dio mi padre. Es una de las pocas cosas que debo, que tengo el deber moral, de agradecerle. Hasta los siete años no tuve la oportunidad de acceder a la enseñanza pública, factor que me dio bastante retraso en mi formación académica, pero la base la tenía desde muy pequeño, pues mi procreador me la fue incumbiendo con sus métodos heterodoxos. Fueran así o no, lo cierto es que fueron efectivos. Las tardes, después de la jornada laboral, eran dedicadas enteramente mí. Al día siguiente, cuando mi madre le sustituía en mi supervisión, ella revisaba todos mis adelantos y los de mi padre conmigo, y se sentía orgullosa, en este sentido, de él.
Pero era un bebedor, y cuando le daba a la botella, discutía con mi madre sobre los otros hombres que la agasajaban con sus piropos y atenciones. Ella le argumentaba que no tenía nada de lo que quejarse, que ella no le daría nunca motivos, pero él se obcecaba con sus celos impacientes.
A veces me pregunto si no sería mi padre la verdadera causa de la muerte de mamá. Sólo sé que tras el óbito, se desentendió de todo lo que le recordaba su vida en común con aquella mujer, incluida mi inocente persona. Me abandonó a mi suerte y nunca, jamás, se lo perdonaré.
Volvió a sus dominios
Volvió a sus dominios, junto a su abuela, donde meses atrás dejó crecer un árbol del «elixir para regalar». Estrujó a su único familiar vivo contra sí y le juró y perjuró que volvería a intentar sembrar la paz en las mentes. La abuela, sabedora de la naturaleza de su nieto, abrazó también para sí aquel cuerpo al que se había acostumbrado tras su reencuentro.
-Abuela, quiero acostarme.
-Pero ¡hijo!, quédate un rato hablando conmigo. Acabas de llegar y no me has dado ni un beso.
-Abuela, no te preocupes. Sólo estoy cansado.
-Pero hijo, te encuentro desmejorado, noto que sufres.
-Abuela, debes prepararte: Se acercan tiempos de sufrimiento.
Alguien y nadie
A veces, alguien se sorprende de seguir siendo alguien, de contar los segundos para ser nadie.
El mundo sigue siendo esa desesperanza casual que ilumina nuestros actos y, sin embargo, el desánimo corrompe las expectativas del esperanzado.
A menudo, muy a menudo, eres alguien siendo nada.
Si eres capaz de permanecer impertérrito ante la mirada extraña, estás pleno de personalidad inquebrantable, pues son siempre los rostros ajenos los que causan desdicha al culpable de pusilanimidad.
Y, sin embargo, éste es el ciclo de la sandez, éste es el ciclo de la sordidez.
Oficialmente
Cerebro
Cerebro no es igual a mente. Estoy convencido. Yo tenía cerebro y casi lo destruyo para alimentar mi mente. Caí en las drogas porque lo natural no me satisfacía en lo más mínimo.
Si la persona que tenía conmigo me dejaba helado, quizás su paupérrima naturaleza se viera engrandecida con una ayuda de filtros artificiales que actuaran como lentes convergentes. Y el efecto traicionó mis expectativas: El objetivo quedaba a un lado y me dejaba absorber por los caminos secundarios de aquella senda de destrucción.
Debo agradecer a tu dios, si es que existe, que me retirara a tiempo de aquel callejón sin retorno. Acción y reacción disgregaron los efectos malignos de los estupefacientes ingeridos. Acción directa de desviar toda mi atención e intención en mi eterna búsqueda de la perpetua perfección.
E hice saltar la alarma. De sonido inexistente y, por su insonoridad, más audible. La locura continua, sin límite, fagocitaba mis neuronas, ya no tenía una perspectiva pura de lo que me rodeaba, ni de las cosas ni de las personas. Emergí en un mar de odio hacia los demás, un odio irracional hacia los recuerdos protegidos en la burbuja de la intocabilidad, hacia mi instrucción del devenir trascendente de las cosas, hacia lo poco que había recaudado de la sabiduría escasa y valiosa, como los hilos de azafrán, de mis prójimos. Sentí que me desgajaba como una naranja ácida y rebelde en su amargura. Y el viento me sopló la memoria.
Perdí mi propia percepción de mí mismo, y eso era ya demasiado, insultantemente grave.
Mi cerebro intervino como salvador de lo que contenía, como una madre que protege a sus crías, a sus cachorros por los que luchará hasta la muerte. Mi cerebro, desmembrado, no reconocía a sus propios integrantes; sus neuronas bailaban en la oscuridad, su materia gris se recalentaba y fundía en una cascada de lava incontrolable. Y acudió a sus reservas de lucidez. Su as en la manga: Me ordenó dormir, dormir hasta nuevo aviso. Desconexión ¡ya! Modo inoperante. El vegetal debía guarecerse de las lluvias demasiado intensas, antes que se transformaran en avasallador granizo.
Padre, madre, morí una vez, y creo que decidí no volver a hacerlo más hasta que fuera mi auténtica hora, la definitiva.
El hospital me enseñó a engarzar mis eslabones mentales. Muy, muy len-ta-men-te. Tanta languidez parecía anulación. Hasta que un día, el modus operandi entonó la situación en espera como algo superado. Y reviví. Como esos mesías resucitados en una segunda oportunidad.
Y si pierdo esa segunda oportunidad sabré que los pasos deben ser siempre hacia adelante, sin mirar atrás, sin dejar huellas en una vida a mis espaldas. Siempre hacia adelante.
¡Mesías malcarados!
El último vestigio. Por Hadogemina y archimaldito
Estaba a punto de alcanzar lo que siempre soñó, sabiendo que iba a tener que sufrir. Iba a abandonar todas sus ideas y entrar en un mundo que odiaba. Y lo peor de todo: Sabía que el mundo entero iba a despreciarle por ello. Aun así, dio el último paso: sería el último rey, el último vestigio de poder en la Tierra. Cuando a la Tierra le faltaba poco tiempo. Demasiado poco tiempo.








