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Acerca de Archimaldito

Buscador, eterno e incansable buscador. ¿De qué? Poco a poco lo sabrás.

¿Para?

Tercos sinsabores de los nuevos tiempos.

Espantadores de moscas invisibles.

Restituidores de las masacres infames.

Cansinos aduladores de los impresentables.

Gimiendo al unísono por falta de aire.

¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?

Saltando jerarquías de mando inasumibles.

Bordeando precipicios carentes de fondo.

Vistiendo santos ya vestidos.

Vallando una propiedad que es de todos.

Vigilando las lenguas vivaces pero sin músculo.

¿Pa’ qué? ¿Pa’ qué?

Batallando en una guerra sin enemigo respetable.

Horadando en los cerebros ya petrificados.

Jamaseando la verdad incógnita.

Liberando el excremento del espíritu enfermo.

Allanando las cumbres inalcanzables.

Y todo, ¿pa’ qué? ¿pa’ qué? ¿pa’ quién?

 

(Improvisado y publicado en Twitter el 25 de enero de 2013)

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Con o sin alas

   Estaba volando.

   Esta vez era de verdad y no era un deseo de sus sueños. Ya se lo había visto hacer a demasiados superhéroes en la pequeña y gran pantalla. Ahora era él el que volaba.

   Pensó que iría a visitar a su madre, al otro lado del charco. Ahora sería fácil.

   Pero no quería ser maleducado y antes se despediría de su cuerpo, allá abajo. El que estaba postrado y perforado por infinidad de tubos, con demasiada gente nerviosamente atareada a su alrededor.

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LOS TREINTA PRECEPTOS

En 1909, Harold Klett publicó en The Library Journal de Nueva York un artículo titulado “Don’t”, en el que se contenían 30 preceptos relacionados con los libros. Al año siguiente apareció en Guayaquil una traducción anónima.

1. No leer en la cama.

2. No poner notas marginales.

3. No doblar las puntas de las hojas.

4. No cortar con negligencia los libros nuevos.

5. No garabatear vuestro interesante y precioso autógrafo en las páginas del título.

6. No poner en un volumen de un peso, una encuadernación de cien pesos.

7. No mojar la punta de los dedos para dar más fácilmente vuelta a las hojas.

8. No leer comiendo.

9. No fiar los libros preciosos a malos encuadernadores.

10. No dejar caer sobre el libro las cenizas del cigarro, y aún mejor no fumar leyendo.

11. No arrancar de los libros los grabados antiguos.

12. No colocar vuestros libros sobre el borde exterior o canal, como se hace frecuentemente cuando se lee y se interrumpe momentáneamente la lectura, en vez de tomarse el trabajo de cerrar el libro después de haber puesto una señal.

13. No hacer secar hojas de plantas dentro de los libros.

14. No tener los estantes de las bibliotecas encima de los picos de gas.

15. No sostener los libros sujetándolos por las tapas.

16. No estornudar sobre las páginas.

17. No arrancar las hojas de guarda de las tapas.

18. No comprar libros sin valor.

19. No limpiar los libros con trapos sucios.

20. No tener los libros encerrados en arquillas, escritorios, cómodas, ni armarios: tienen necesidad de aire.

21. No encuadernar juntos dos libros diferentes.

22. EN NINGÚN CASO sacar las láminas y los mapas de los libros.

23. No cortar los libros con horquillas para el cabello.

24. No hacer encuadernar los libros en cuero de Rusia.

25. No emplear los libros para asegurar las sillas o mesas cojas.

26. No arrojar los libros a los gatos, ni contra los niños.

27. No romper los libros abriéndolos enteramente y por fuerza.

28. No leer los libros encuadernados muy cerca del fuego o de la chimenea, ni en la hamaca, ni embarcado.

29. No dejar que los libros tomen humedad.

30. No olvidar estos consejos.

(Fragmento extraído del capítulo X “Preceptiva y práctica bibliófilicas” , de la obra La pasión por los libros, de Francisco Mendoza Díaz-Maroto, 2002, Colección Espasa Fórum, Editorial Espasa Calpe)

Bien. ¿Qué opináis? Yo reconozco que alguno de ellos me los saltaba a la tolera antes de tener conocimiento de los mismos.  Ahora intento seguirlos a rajatabla por el bien de mi modesta colección de libros.

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Añoranza

   Si miro la Luna y veo su cara, y viendo su cara entro en éxtasis, y entrando en éxtasis comprendo que la obra del hombre en la Tierra es mínima comparada con la de los selenitas en su mundo, entonces añoro los tiempos en que ellos quisieron dominarnos.

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¡Bravo, brava!

  ¡Bravo! ¡Bravo!

   Gritaban desde platea. Doscientas almas eufóricas, lanzando flores al escenario, aplaudiendo rabiosamente.

   Ella no veía nada pues, aparte de ser miope, le cegaban los focos que le apuntaban directamente y le seguían en su movimiento por el escenario mientras saludaba al respetable de todos los flancos.

   ¡Brava! ¡Brava!

   Vociferaban desde los palcos, lanzando flores al escenario, los que estaban más cercanos, y al público de platea, los más alejados, sugiriendo una suerte de lluvia perfumada que era bien agradecida por las damas presentes.

   Genuflexión tras genuflexión, impaciente porque aquello acabara y pensando en el subsiguiente martirio cuando fuera la actriz protagonista, y no ella, la receptora de tanta viva emoción.

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De larga duración

   Tengo que limpiar el desaguisado de mi último crimen. Demasiada sangre. Demasiados órganos reventados. Demasiadas pistas para los sabuesos. Esta vez me cazan. Como no lo remedie con premura, me cogen. Y no estoy dispuesto a pasarme la vida entre rejas. No ahora. Cuando he logrado escabullirme durante estos noventa y ocho años.

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