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Acerca de Archimaldito

Buscador, eterno e incansable buscador. ¿De qué? Poco a poco lo sabrás.

Enterrados y aplastados

  Me he enterrado rápidamente, antes de que allanen la tierra con sus orugas apisonadoras. Dejando que el minúsculo tubo me traiga el aire del exterior, tomado a mínimos sorbos, controlando al mismo tiempo las arritmias de un corazón desbocado. En la oscuridad, siendo llenados mis agujeros corporales por la insalubre arena.

   Me pregunto cómo hacer para no hacer notar mi rastro, con los últimos arañazos en la última arena que cubrirá mis manos. En una tumba.

   Y de pronto, al no poder contar con el sentido de la vista, la vibración creciente me avisa del acercamiento paulatino. Las grandes planchas, que lo aplastan todo, serán mi salvación. Mi respiración sufrirá una conmoción por más de dos minutos. Pero no importa. Me he entrenado demasiado tiempo en el arte de la asfixia. Para este momento.

   Los tapones de cera maleable en mis orificios nasales filtran milisegundos de olor nauseabundo. Pero es el mejor sistema. Enterrado con los otros. Rodeado de cadáveres.  Y los enterradores-aplastadores me sobrepasarán. Y cuando me alcance la última plancha tendré cinco minutos para recomponerme del aplastamiento y seguirles para poder yo aplastarles.

   El comandante debe de estar haciendo su cronometraje. Para que el plan surta efecto.

   Seguro que a los noventa y tres desperdigados en el campo de exterminio nos está pasando la misma idea por la cabeza: Este pequeño sacrificio vale la pena. Todo vale la pena por la venganza. Los nuestros, vengados con justicia.

 

DCF 1.0

JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 2

PRIMERA PARTE 

II

   En un planeta cualquiera de la llamada Confederación, dos seres están dispuestos a afrontar una dura batalla.
   De pie, frente a una ventana traslúcida que deja pasar una tenue luz verde a una sala circular, cuya única pared se asemeja a una gran vidriera monocolor, un hombre espera.
   Una voz artificial anuncia la llegada del Congresista John Pee.
   Complexión robusta, extremidades fuertes, cabeza solemne, mirada penetrante, voz grave.
   -Que pase.
   A los cinco segundos, John Pee vislumbra la ancha espalda elegantemente vestida del que espera. Cierra las dos hojas de la puerta corredera por la que ha entrado y se mantiene estático esperando algún signo de vida.
   -Saludos, Suprema Excelencia.
   Por fin, lo esperado por Pee se cumple. Merdik Lamaret está a punto de dirigirle la palabra, sin mostrarle el rostro.
   -Me quería ver, tengo entendido.
   -¡Oh! Sí, señor- con precavido entusiasmo.
   -¿Y bien?
   -Tengo que hablarle de un asunto de sumísima importancia.
   -No estará exagerando como casi siempre, ¿verdad?
   -De ningún modo, señor…- con disciplina-, Suprema Excelencia.
   Dándose la vuelta, El Presidente mira a los verdes ojos de Pee y esboza una sonrisa que deja entrever sus alineados y blancos dientes. Todo es majestuosidad en sus actos. Hasta cuando ironiza sobre algo, no deja ningún resquicio en su inaccesibilidad.
   -Sé a qué viene. Le exijo que me plantee razones por las que debo renunciar a tantos años de trabajo. Exijo que intente convencerme del porqué de la bondad de la reducción de las exportaciones de agua.
   El congresista no sale de su asombro. Debería haberlo sospechado. El Presidente es El Presidente y a Lamaret no se le pasa nada por alto. 
   El sillón de descanso del Presidente está dispuesto a amoldar su estructura para recibir al corpulento mandatario. Cuando Lamaret se sienta, Pee se sienta.
   -Señor, somos unos de los pocos mundos de la Unión que tiene el preciado don de poseer H2O en todos los estados físicos posibles, y el único en un radio de siete sectores. Uno de los últimos planetas incluidos en el sector 34, el X, tiene una revolución en su superficie. ¿Y la razón? El agua. Cinco planetas del sector 23 están superhabitados; se teme que revienten de un momento a otro. ¿La razón? El agua. ¿Más ejemplos? En el sector 19…
   -¡Basta! ¿Sólo me dice lo negativo?
   -Señor, sé que en la mayoría de los planetas hidrófilos han habido mejoras sustanciales en el nivel de vida y en el desarrollo de las civilizaciones respectivas.
   Lamaret nombra el ambiente con el número de identificación del humanoide SINDRA que está a su servicio. Un robot cruza el umbral que separa la sala del resto del edificio. Se le indica con un gesto que espere detrás de Pee.
   -Antes de que usted viniera he tenido la certeza de hacer un estudio exhaustivo de la situación que usted me ha referido.
   -Veo que no comprende- con impaciencia.
   -No, veo que comprendo demasiado bien y que incluso usted no sabe a dónde quiero ir a parar- con decisión.
   -Estoy esperando, señor.
   -Desde que entró aquí, lo único que espera es una respuesta y se la voy a dar. Por favor, acompáñenos al SINDRA y a mí con paciencia.
   -Señor- sumisamente.
   A un gesto con la mano de Lamaret, el SINDRA da media vuelta y se deja seguir por El Presidente y por el congresista. En este orden.

Plan de evasión

Era fundamental que memorizara todos los detalles de la huida pues no podía dejar ninguna pista material de sus planes. No quería cometer el error de su vecina, la que había creído que a los nuevos moradores de la casa no les importaría su presencia en la esquina blanca, al otro extremo de lo que se suponía iba a ser el dormitorio de matrimonio.

   Esa vez ella había sido pasada por alto, pero aprovecharía la noche para trasladarse al exterior, aprovechando que abrirían las ventanas para vencer el calor reinante.

   Antes de que volvieran a la carga a la mañana siguiente con alguna escoba o plumero que, seguro, quebraría alguna de sus frágiles patas, alguna de sus ocho largas patas.

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TELESCOPIO

Es para mí un honor que me dediquen cualquier cosa, y me enorgullece, más aún, que sea un relato.

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Se pasó toda su vida mirando a las estrellas. Como si alguien o algo estuviera observándole.

Desde pequeño leía a los grandes astrónomos y pensantes de la época con gran devoción. Siendo más mayor, utilizó sus ahorros de su primer trabajo fijo, para comprarse un buen y refinado telescopio, con el que arañaba las horas observando galaxias y planetas en busca de algo más. Su objetivo siempre fueron ellos y nunca pudo saber si aquella luz vibrante en la opacidad de la noche, era un objeto volador o sólo una estrella más, vibrando por sus nervios en el objetivo. 

Tal vez los buscaba con tanto ahínco, sólo por dar razón a sus excentricidades. O tal vez se sentía parte de un «algo» mayor y majestuoso, que le hacía sentir, que su planeta solo debía ser el principio. Eso nadie lo sabe, pero lo que él si supo, es que cuando…

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Nubes negras

   No he dicho toda la verdad sobre la existencia del amor desinteresado en mi historia. Aparte de mi madre, hubo otra persona: Vladis.

   Él fue un chico que me ofreció otra forma de amor que se salía de los parámetros normales: una amistad sincera, pura, perpetua. Perenne era su sonrisa al escucharme, perenne era el brillo de sus ojos al hablarme de sus pensamientos más recónditos, perenne era su entrega hacia mí en desinteresado intercambio de valores y de principios.

   Vladis fue, en definitiva, un hombre que me apoyó en mis mejores momentos y que me sorprendió con sus ánimos en los peores. Él fue mi salvador mental cuando mi madre se fue de mi vera para siempre.

   Le conocí en el colegio, y al principio de nuestra superficial relación, de obligados compañeros encerrados en un mismo recinto, no me fie de su extraño proceder. Me parecía absurdo que aquel chico enclenque y aparente despistado crónico ofreciera su ayuda académica sin objetivo de conseguir nada a cambio. Cuando otros se veían en el callejón sin salida de exprimir sus cerebros en busca de la nada de sus conocimientos, él los llenaba del rico jugo de la sabiduría. Y cuando casi todos conocieron el truco de acudir a él como gratuito salvamento, le empezaron a tomar por tonto. Tonto perdido, sin remedio y sin réplica. A él no parecía importarle. Hasta que yo me indigné en su lugar. No me gustan los explotadores y menos aún los explotados.

   Le abrí los ojos, y cuando consiguió reaccionar ante los abusos volcó todo su saco de virtudes sobre mí, no sé si en señal de agradecimiento. Fue imposible hacerle entender que no me debía nada, y él me hizo entender que no todo en la vida se hacía por agradecimiento, por beneficio, por compromiso o por responsabilidad. Y en su infantilidad me enseñó más que cualquier adulto y me abrió los horizontes de mi propio yo, los que no se han vuelto a cerrar jamás.

   Paseábamos, tras ir a clase, durante interminables kilómetros, hablando y hablando, aunque en la mayoría de las veces era un monólogo por su parte, pues yo prefería llenarme de aquello que parecía salir de la expresión de un ser muy experimentado en el devenir del mundo. Era un sabio con cuerpo de niño.

   Me tradujo el lenguaje de la Naturaleza, sus necesidades y sus protestas hacia el ser humano, me puso un espejo ante mi alma y me confesé con mis limitaciones inmateriales, me desengañó de los motivos auténticos del actuar del prójimo, me mostró las huellas que dejaban los amores platónicos en mi estela, me señaló, sin reparos, el despertar de mis próximas pasiones, me condujo al Cosmos, al Infinito, y jamás, repito, jamás, me mintió.

   ¿Qué querrían decir los demás cuando me hablaban de sentimientos impuros de él hacia mí? ¡Qué necesidad de calumniar a alguien por su destacar entre la mediocridad! Los que no le conocían eran los que, con el paso de los años, vieron en nuestra relación la suciedad no existente.

   Tanta fue la presión que ejercieron sobre nosotros, que un día, no señalado en mi memoria, Vladis desapareció de mi vida, pues no quiso que los otros me marcaran con un hierro imaginario y trastornaran mi inocente felicidad.

   Y me preguntaba cuándo volvería a encontrar a alguien como Vladis, a alguien como mi madre, seres que brillaron con altruismo puro. ¿Por qué todo se había corrompido?

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