A partir de

Ochocientos noventa y cinco por sesenta y cinco igual a cincuenta y ocho mil ciento setenta y cinco.

La calculadora solar funcionaba perfectamente y sabía que tenía que memorizar todas las operaciones matemáticas que tenía en el listado de su regazo, antes de destruirlo, antes de que el profesor saliera de detrás del parapeto de aquella inmensa mesa y se paseara entre las de los alumnos.

Seguro que le daría tiempo y…

-Comienza la prueba. Tienen ustedes una hora exacta. A partir de. Ahora.

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Pizzicato

El hombre se encontraba encerrado entre dos paredes y dos puertas porque estaba a oscuras en un largo pasillo de lo que estaba definiendo, en el agobio claustrofóbico, como una trampa, en el laberinto interior del Teatro.

   A tientas, tocando la pared con las yemas de los dedos y con el refilón de los zapatos, se dirigía hacia las casi imperceptibles lucecillas rojas que asomaban por detrás del teclado numérico de claves de apertura, para la libertad  que habría tras abrirse aquella puerta.

   Y mezclado con el sonido del riego sanguíneo y el palpitar inmenso del silencio sepulcral, se escuchaba, muy a lo lejos, la música que debía de emanar de un piano.  

   Se detuvo para escuchar concentrado, para que sus pasos no interrumpieran, con sus sonidos toscos de tacón, la belleza de la pieza. Pero no tuvo tiempo de deleitarse con ella, ya que inmediato fue el cambio de registro, con un pizzicato de violines que comenzaron a arremolinar su sentido de la orientación.

   No comprendía cómo se le podía estar haciendo tan largo el trayecto, cuando había podido vislumbrar, antes de que se apagaran las luces, la verdadera dimensión del recinto.

   Y gritó:

   -¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

   Se rió de su ocurrencia, por lo estúpida que había sido y, desechando una respuesta, siguió avanzando. Poco a poco. Porque no recordaba si podría haber algún obstáculo pegado a la pared.

   Los violines enmudecieron y volvió a escuchar su respiración mientras daba por alcanzada la puerta que, con el tacto de un ligero golpeteo de nudillos, aseguró era metálica. Y como así sentenció, así empezó a golpear con las palmas de las manos, provocando truenos en el aire, que rebotaban y se mezclaban, con sus gritos, en un caos.

   Desechó la posibilidad de intentar adivinar la combinación porque ni siquiera sabía cuántos dígitos tendría que marcar y continuó con sus desesperadas increpaciones a los posibles oyentes que hubiera al otro lado.

   Y nadie acudía.

   Y maldijo el despiste de una o varias horas antes. Ni siquiera tenía la posibilidad de la llamada de urgencia con su teléfono móvil porque ¡se lo había dejado en el aparcamiento, dentro del coche!

   Apoyó la espalda contra la pared y la deslizó hasta sentarse en el frío suelo.

   ¿Cómo había ido a parar allí?

   ¿En qué parte de las instrucciones del guardia de seguridad que le atendió se había equivocado?

   Tuvo claro que la persona que le habría estado esperando, para la entrevista de trabajo, habría finalizado con los otros candidatos y se habría ido.

   ¿Qué hora sería ya? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿A nadie más se le iba a ocurrir coger este atajo? ¿Por qué no aparecía nadie?

   Puso la cara entre sus manos y las acercó a las rodillas, balanceándose en pequeños ejercicios abdominales, como si escuchara una nana, y empezó a cantarla. Suavemente. Porque necesitaba el arrullo de su propia voz. Y sin saber si mental o física, empezó a escuchar una flauta, que lo acompañaba en su tarareo.

   Y decidió que no se adormecería. Que tenía que salir de allí. Y despegó las manos. Y levantó los párpados. Siguiendo cantando. Y una pequeña luminosidad empezó a hacerse patente. Veía sus manos, y sus rodillas, y sus zapatos, y el suelo. Y las paredes a ambos lados, y el pasillo que había dejado atrás, cada vez más claro, cada vez más blanco. Y no dejó de cantar, porque tenía miedo de que, si lo hacía, volviera la oscuridad. Y la flauta le seguía acompañando.

   Puso una mano en el suelo y se empujó para levantarse.

   ¡Qué delicada voz salía de sus cuerdas vocales! ¡Qué armonía! ¡Qué dulzura sublime!

   Recordó, entonces, que a eso había ido al Teatro. A cantar. Para que le escucharan. Para que le escogieran. Para el próximo proyecto operístico. Con su voz contratenor.

   Y siguió cantando, llenando de efluvios musicales lo que minutos antes había sido una pesadilla de silencio y caos.

   Eclipsando el sonido de la flauta, porque él también era la flauta, el violín, la orquesta entera.

   Tan entusiasmado que no se percató que una de las dos puertas se entreabrió. Y volvió la luz. Toda. Íntegra. La de todos los fluorescentes que cruzaban, longitudinalmente,  el techo del pasillo.

   Y calló.

   Y gritó.

   -¡Hola! ¿Hay alguien ahí?

 

 

 

 

(Dedicado a Juan Diego Baños de Andrés,

que, con una aventura casi parecida,

me inspiró este relato.)

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JAMÁS Y SIEMPRE A LA VEZ. PRIMERA PARTE. CAPÍTULO 9

PRIMERA PARTE

IX

   Tal como lo hicieron dos días antes, los científicos Lutmos y Mitshu esperan en la misma sala del mismo piso del mismo edificio al mismo hombre. No hacen nada, sólo parecen observar en silencio a su alrededor, sentados en dos de los anatómicos de la semicircunferencia. A veces, el buen Mitshu se levanta, y estira las piernas para finalmente optar por arrellanarse en el sillón central, mirar a Lutmos, sonreír y volver a ocupar su sitio correspondiente. Diez minutos después, entra en la sala un SINDRA seguido del hombre aguardado. Se ponen en pie al unísono e intentan reverenciar, pero Lamaret les prohíbe tal gesto.

   -No es necesario, señores. Estamos completamente solos y, además, somos amigos, ¿no es cierto?

   -Sí, Excelencia- vuelve a tomar asiento e incita a Mitshu con una ojeada para que haga lo propio.

   -Por favor, Estey. Deja los cumplidos- sonríe.

   -Bueno, Merdik, nos citaste a ambos por telex.

   -Dije que lo haría. Sois los últimos a los que he llamado, primero, porque sois los más primordiales, y segundo, porque sois los que vivís más cerca.

   -Eso es verdad, Lutmos. Ya le decía yo que…

   -¡Calle, Mit!- mirando fijamente a Lamaret-. ¿Primordiales?

   El presidente le ignora y cuestiona a Mitshu.

   -Sé que nunca se ha intentado el salto al futuro.

   -No, Merdik. Lo que nosotros llamamos el “Intratempo de contingencia 100” es, a nuestro entender, sumamente incierto.

   -Pero es arriesgado justamente porque nunca se ha llevado a cabo. Como sabes, el viaje espacio-temporal al pretérito es tan fácil de realizar que ya se ha convertido en una rutina- interviene lacónicamente Lutmos.

   -El futuro es demasiado tendente a cumplir las estadísticas de probabilidad de Tiening. Lo que éstas sugieren es que, suponiendo que se pudiera viajar en el tiempo, cosa hoy, en el siglo XXXII, más que probada, existe una diezmillonésima de probabilidad de que se haga imposible la estática temporal. En el pasado, la previsión se verifica, pero en el futuro se ha demostrado, teóricamente, claro, que el porcentaje de probabilidad aumenta hasta cotas increíbles, del orden de unas pocas milésimas.

   -Mit, Tiening fue un gran matemático del siglo XXV, lo admito. Pero la ciencia evoluciona y podía estar equivocado. Además, en caso de que tuviera razón, no es tan grande el riesgo. Alguna vez habrá que saltar sin red.

   -Creemos que vas a ordenarnos que nos convirtamos en trapecistas- impaciente Lutmos.

   -Estáis en lo cierto- saca un papel de un bolsillo de su mono-. Aquí, en mi mano, tengo los nombres de los que serán vuestros acompañantes en algo que es definitivo. Claro, si estáis de acuerdo con un plan pensado detenidamente.

   -¿Tuyo?

   -Sí, Estey, únicamente mío- le pasa el papel-. Como podéis leer, están casi todos los científicos a los que reuní aquí anteriormente. Los que no aparecen en la relación son los que se han negado categóricamente, como los especialistas en Homohistoria y Cosmopaleontología, y así, hasta nueve. Tampoco son tan imprescindibles. ¿En cuánto tiempo seríais capaces de poner todo a punto? Me temo que dentro de escasas horas tendremos sitiados los cielos por naves rebeldes, como las que han actuado en casi todos los mundos exportadores.

   -¿Para el futuro? En dos horas podemos cambiar las directrices de los cinco sistemas disponibles.

   -¿Se necesitan tantos para los pasajeros que deben acomodar?

   -Bueno, no. No, con tres hay suficientes. ¿Y el plan?

   -Con todos vuestros colegas he sido muy claro. Espero serlo con vosotros- reclinándose en el anatómico, mira al techo y escupe el proyecto-. Quiero que vayáis de cinco en cinco años. Si en el futuro la situación reinante es aceptable, volved y no intentaremos influir en el presente. Si algo va mal, volved y forzaremos la antítesis. ¿Comprendéis?

   -No podemos hacerlo así. De cinco en cinco años, ¡Imposible!-responde el doctor Lutmos- Porque cuando hacemos los viajes al pasado siempre, y esto es una norma irrevocable, siempre nos remontamos en una cantidad de años atrás que sea superior a la edad del mayor de los expedicionarios para que nadie se encuentre a sí mismo. Si lo hacemos como pides, muchos nos encontraremos con personas que creerán que habíamos muerto u oirán hablar de nosotros, y esto influirá en los acontecimientos que queremos estudiar objetivamente. Son normales estas contradicciones.

   -Cuando viajáis hacia atrás, soléis mezclaros con los nativos de ese tiempo, ¿no?

   -Exacto- Mitshu se retuerce las manos dando escape a sus nervios.

   -En esta ocasión no es necesario. Tenéis que aislaros de los demás, pero no de la historia que producen. Otra cosa: De pronto apareceréis en su espacio aéreo y las computadoras de seguimiento, o de lo que dispongan para el mismo fin, os acribillarán con preguntas datadoras.

   -Por eso no te preocupes, nuestras máquinas improvisan fabulosamente.

   -Vale, ¿nada más? ¿No tenéis nada más que plantear a mi plan?

   -Nosotros también improvisamos fabulosamente. Los acontecimientos nos mostrarán el camino. Mitshu, yo, y los otros diecinueve expedicionarios, aplicaremos, esperemos que con acierto, nuestras capacidades. Los que debéis de cuidaros sois vosotros, los que aquí quedaréis. Merdik, te apoyamos. Es casi de kamikazes el lanzarnos contra un blanco de tal movilidad, pero te apoyamos.

   -¿Hasta el final?

   -Sí- al unísono-. Preparados para coger carrerilla. Volvemos ya al centro, con tu permiso, y…

   -Bien, eso es cosa vuestra. Yo soy profano, ¿recordáis?

   Risas. No se sabe bien si adivinando la victoria o disfrazando la desesperación.

Salvo

Habían trabajado a marchas forzadas. Toda la familia. Codo con codo. Turnándose en las horas de vigilia. Aprovechando el frescor de la noche para avanzar. Y mientras, escuchando obsesivamente las noticias radiofónicas. Y todos, agradeciendo al cabeza de familia su actitud conspiranoica. Porque ahora ya estaban preparados para el final. Aunque, predecían entusiasmados, que sería el principio de una nueva vida en común. En el refugio. Para siempre. Hasta que desapareciera la radiación gamma en el exterior. En el resto de la Tierra.

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