Altamar

Pataleaba sin parar. Nadie le escuchaba en su agonía. Si miraba hacia arriba, la inmensidad azul. Si miraba hacia abajo, metiendo la cabeza en el agua, la inmensidad negra. Hacía un buen rato que se había pinchado su colchoneta hinchable. No tenía que haberse quedado dormido.

 

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La Mar

 

   Cuarteada la piel de las manos. Con dolor punzante en las simas de los dedos, el pescador tiraba de la red llena de sufrimiento. Para llevar a los suyos algo que llenara la sima de sus estómagos.

 

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