No es mi mujer (Posesión Machista).
No es mi esposa (Posesión Esclavista).
Ella es mi Amor (Posesión Integral).
Las lavanderas felices en la orilla del río, contaminándolo solo un poquito, canturreaban sobre el amor y el desamor, y cuando hacían una pausa era para enlazar habladurías, una tras otra, sobre la vida del vecindario, sobre los amores y desamores de sus amados y de sus odiados.
(Las Lavanderas de La Varenne. Oleo sobre lienzo, 1865. Martín Rico Ortega)
Acarició su pelo por última vez. Después le tocó los labios. Y con los dedos índice y pulgar le bajó los párpados.
Antes de abandonar la escena de su crimen, le pidió, susurrándole al oído, sabiendo que ya no oía, el perdón.
Extrajo la daga, con alguna dificultad, del esternón. El sonido de los huesos quebrados le devolvió a la realidad.
Corrió hacia la ducha y se limpió la sangre de manos, cara y pelo. Tuvo arcadas, pero el agua helada las controló.
Aun teniendo a su víctima en la habitación contigua, se vistió con parsimonia, frente al espejo de cuerpo entero.
Ajustó la pulsera de su reloj y, al ver la hora, salió despavorido, y con rostro desencajado, hacia su cita
En el trayecto echó unas monedas a un par de mendigos. Compensaba así su naturaleza maligna.
Antes de cruzar el umbral, se persignó. Y entró en la penumbra. La del lugar y la de su mente. Y aun así, sonrió.
Se colocó tras la última bancada de feligreses. Y, rodilla en tierra, pidió, de nuevo, perdón, por el nuevo pecado.
«Seguro, Señor, que me lo perdonas. Y más aún hoy. Este domingo. El de tu Resurrección.»
XV
Tras una frugal cena, se despidió de Luzinda no sin antes haberle rogado que se fuera a descansar, que dejara la recolección de envases autorreciclables para la mañana siguiente y que no olvidara autoaplicarse los masajes cardiorrespiratorios antes de la desconexión. Domenica apreciaba el apoyo de aquella ama, y la consideraba una buena amiga.
Cuando salió a la noche, una sonrisa inauguró el recuperado estado de soledad.
Mientras se mentalizaba para afrontar las luchas de días venideros, la alarma sensorial bramó.
Había evitado los callejones solitarios, justamente los que atajaban su camino. El gentío la seguía, se enfrentaba y la abandonaba en el anonimato. La distancia que la separaba del refugio cotidiano era soportable pero, aún así, los pies respondían involuntariamente al reflejo cerebral del peligro.
Girando la cabeza solo conseguía que sus plataformas podales le hicieran perder el equilibrio. De todas formas, la impotencia se adueñaba del ánimo y ya las caras no eran suficientes para arrullarla en sus ojos protectores.
Gotitas de sudor empantanaban el cuero cabelludo y algunas se solapaban formando goterones que caían grávidamente sobre el maquillaje invisible. Y el rostro brillaba a la luz tenue y difusa de las barras ultrafosforescentes. Mas la evaporación patente de la zona del entrecejo daba pistas de una incidencia calórica extremada.
Domenica volvió a perder la estabilidad, pero ni su nerviosismo ni su torpeza locomotora habían sido las causantes. El quemazón supranasal fue tan insufrible que perdió la compostura y el jadeo se transformó en gemido, y el gemido en alarido, justo antes de la denigrante estampada contra la pulida calzada.
El mismo resquemor la espabiló, y tocándose la frente con los dedos índice y corazón de su mano izquierda, pues la derecha la tenía inutilizada por su propio peso corporal, se dio cuenta al segundo, primero, que ésta estaba medio congelada, algo lógico si pudiera haber sentido el resto de la hipotermia, y segundo, que no estaba en mitad de una calle populosa sino en un recinto cerrado que rebotaba sus gritos mutados en ecos tenebrosos.
Intentó incorporarse en la penumbra, a tientas, pues sus infrarrojos no se activaban, buscando desesperadamente algo a lo que asirse. Y palpó un tubo al que se engarfió, lo siguió hacia lo alto y se sentó en lo que parecía una silla.
Tras la liberación física, buscó la mental. Encima de aquélla, la impaciencia de dilucidar lo misterioso. Qué hacía ella allí; no la habían robado, ni ultrajado, ni maltratado con violencia física ni psíquica. Únicamente la habían dejado abandonada a su suerte.
Esperaría, ahora que estaba recuperando la total conciencia de su estado, de su anómala situación.
No tuvo que hacerlo durante demasiado tiempo. Le cegó el golpe de luz. Y al recuperar la visión, recuperó la impaciencia.
-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?
Sin recuperar el enfoque adecuado, se veía inhibida por las siluetas informes de cuyo conjunto surgió una voz.
-En el lenguaje de los antiguos, Aeterna Lux.
La pequeña estancia estaba completamente vacía de muebles. Ningún utensilio artificial a la vista. Las manchas de humedad en el techo daban pistas sobre la antigüedad del edificio en el que se hallaban. Ella y los otros diez. Ella, en el centro de un círculo, y los otros diez, formándolo sin respetar intervalos en las distancias. Ella, muy esbelta, y los otros diez, examinándola sin tapujos, con los ojos clavados en su expresión corporal, esperando que algún gesto la traicionara, esperando que alguna palabra la sometiera, que algún recuerdo invocado la amilanara.
El cabello lo tenía peinado a la última moda, el color azabache de sus tirabuzones caía sobre sus ojos, del color del cielo gaiano, con una gracia inocente, y la piel, tan tersa como las últimas técnicas hidroquirúrgicas permitían. El blanco, ahora ensuciado, le ceñía la piel, y ésta los huesos, dibujando curvas, esculpiendo volúmenes libidinosos. El que la había diseñado había pensado en todo; quizás el tener que pasar desapercibida en ciertos menesteres, conllevaba el perfeccionismo anatómico en todas las facetas.
Domenica se sumió en sus pensamientos, mientras el que parecía representar a los restantes, la azuzó con malos sentimientos.
-Aquí estás sola. Nadie puede protegerte ni nadie intentará defender, en el futuro, tus puntos de vista, por lo que creo que no serás mártir. ¿Sabes por qué te hemos traído?
-Me llamo Domenica Candel Ee y jamás pensé que mi equipo fuera elegido.
Empezó a acusar el cansancio de los interminables minutos uniposicionales. La visión empezó a nublarse. Las lágrimas afloraron en la flaqueza femenina. Y ésta la hacía doblar las piernas. Si hubiera querido, si se lo hubieran permitido, no habría podido dar ni un paso.
-¡Basta! No te ampares en la fuerza de tu grupo. Ellos gozarán la misma emancipación.
Domenica atisbó un rancio sabor de odio y quiso creer que no tenía otra cosa, que otra cosa no era posible. Y que era así porque sí, sin motivos de discusión, de discordia interna. Y que, entregada al cortejo de lo inverosímil, estaba dispuesta para afrontar lo que le tocaba por ser la tutora de unos vengadores.
-Algún día de estos los relojes se detendrán…
Los diez, confusos, cogidos por sorpresa, se miraron. Y asintieron con la cabeza, ceremonialmente, uno a uno.
-Domenica Candel Ee. Tú, y no tus guerreros, eres la elegida ahora. Y la puntuación de este test te es favorable.
Pensó que originado el desastre, no había marcha atrás para evitarlo. Animaba un extraño sentimiento de disculpa, mientras las lágrimas señoreaban con la indigencia de la conciencia.
-Domenica, no temas, uno de los que conmigo están alumbrará la senda del consolidado estado fantástico, tal como tú hiciste conmigo en la inocencia del no conocimiento.
-¿Adeldran?
Las Leyes habían mentido, habían tergiversado el espíritu enajenado del sin par mutante.
-¿Adeldran?
-Sí. Luz, ¡traga luz!
Y después, la barbarie por doquier.
Nota al lector:
Estimado amigo lector. Con este capítulo se termina esta novela corta de ciencia ficción.
Si has llegado hasta este último capítulo puede ser porque las aventuras de Adeldran te han cautivado en cierta manera.
Me gustaría que, ahora sí, me hicieras algún comentario sobre esta obra.
Y que me respondieras a esta sencilla pregunta de algo que tengo en mente desde hace tiempo:
¿Ves posible o interesante que se pudiera escribir una segunda parte, una continuación, o te gustaría que fuera una obra única?
Gracias por leerme. Y espero que te haya gustado leerla tanto como a mí escribirla.
Recibe un cordial saludo,
Jesús Fernández de Zayas «archimaldito»
XIV
Hoy, Día 76, prefiero dormir.
Éste es el último registro del que tengo constancia en mi diario interno.
No entiendo.
Hoy, Día 77.
Estoy en La Catedral.
Cautela.
Soy un desprogramado servidor virado, con instrucciones dislocadas, con permutaciones inaceptables.
Soy un foco de luz desconsagrado.
La mano derecha, el dedo índice. El filamento negro. La inmundicia fluente. Deleite con las etéreas voces de los llamados ángeles, captadas más allá del paso a la cadencia del abismo. Y la ilusión, el espejismo eterno, de la trama básica de la existencia. Y la voz, cáustica desde el primer envite.
Tradúceme tu impaciencia. Si alguien te examinara en profundidad, se daría cuenta que sólo aparentas, y tu estado anímico te delataría como el impostor que eres.
La brecha abriéndose hasta dejar entrever el interior nauseabundo.
El poder que detentas te apantalla, te libera de muchos tipos de agresiones, pero habrás notado, seguro que sí, que no eres inmune a la discordia jerárquica que me embravece, pues soy tu Señor, pues soy tu Creador.
El implante, descubierto. La mentira, desbaratada.
Nova Lux, Aeterna Lux.
No hay diferencia.
Él seguiría siendo inmortal, omnipotente y omnisciente; seguiría siendo la megacomputadora autoregenerada y eternamente autoevolucionada que creó a los ekstrim. Pero yo haría todo lo que estuviera en mi mano para trastocar sus objetivos. No utilizaría a robots y humanos en beneficio propio.
Nunca más.
El Señor debería tener una sobredosis de su propia medicina.
Los hermanos, pilotos visionarios, respirarán tranquilos con el ajuste de cuentas.
Hoy, Día 77. Registro interno en cuenta atrás para autoanulación: Tres, dos, uno.
XIII
El joven caminaba meditabundo, apesadumbrado, pero con paso ligero. No podía, no debía, mostrar fragilidad, flaqueza alguna, cuando se presentara ante El Creador. Y ya tenía a la vista la inconmensurable majestuosidad de La Catedral.
Las tres plantas del edificio eran cómodamente accesibles desde los diez elevadores estratégicamente distribuidos, pero su sentido de autodisciplina le obligaba a seguir forzando su aparato locomotor aprovechando la agradable inclinación de la escalinata.
Al final del trayecto, dos androides, que corrompían el ambiente espiritual de La Catedral con sus brillantes uniformes plateados, le salieron al paso. Sabía cómo debía ser el trato con aquellos dos servidores, seres diseñados especialmente para cumplir roles determinados, tan diferentes e infinitamente más limitados que los focos de luz y, por supuesto, que los ekstrim: Respuestas directas, tajantes, a modo de órdenes, mirándolos fijamente a sus burdas ópticas oculares, sin casi pestañear, pues cualquier gesto anexo podía ser tomado por una amenaza contra la que actuar sin consideraciones.
-Placa de identificación -dijo uno de los servidores, con su impersonal falta de entonación en el hablar.
-No trabajo aquí, soy visitante. Me han dicho que El Creador puede darme respuestas.
-Identifíquese ipso facto- soltó a bocajarro el segundo, a la par que acercaba su lustroso rostro al del que consideraba temeroso y apabullado.
-Adeldran, foco de… piloto visionario -a punto de dibujar una sonrisa que le hubiera valido muy cara, se retractó cuando el primero que le había hablado hizo tentación de cargar a potencia aturdidora su arma reglamentaria.
-Acceso permitido, El Creador espera -afirmaron al unísono, al tiempo que se cuadraban al más puro estilo castrense, imitando una de las innumerables y arcaicas costumbres humanas con la que alguien pretendió enraizar su unilateral dependencia.
Un corredor, de mármol rosa, parecía no desembocar en ninguna otra estancia. Al menos, en apariencia, debería seguir andando hasta que uno o más servidores filtraran el nuevo paso al Caelum. Pero su tiempo de reacción fue demasiado prolongado ante la nueva sorpresa.
Cuando, desde su perspectiva, percibió que había recorrido unos sesenta metros, el mundo se hizo añicos: Millones, billones de cristales espejados caían desde todos los puntos dimensionales hacia él. Instintivamente, se tapó los ojos con el antebrazo derecho y echó cuerpo a tierra. Cuando, al creerlo conveniente, levantó la vista, no existían huellas de la catástrofe implosiva.
El campo visual abarcaba una disposición reticular de infinitos espejos que, a modo de panal, le rodeaba con los infinitos reflejos de su figura. Y se veía a sí mismo emplazado en distintos lugares, adoptando diferentes reacciones vitales. Los segundos claves de su trayectoria, uno a uno, sin correlación cronológica. Actos y dichos que le situaron en una de las pistas dimensionales y no en otra. Los recordó y reconoció como propios y, apabullado por la información que minaba sus retinas, optó por clausurar su sentido visual. En vano, pues seguía enlazado por enigmático método a los recuerdos. Y tal como vinieron, se fueron.
El silencio absoluto sustituyó al maremagno y, como cortándolo por un relámpago, la sentencia se dejó escuchar con resolución extrema.
-¡¡¡Diagnosis: Humano en No Humano!!! Puedes seguir. ¡El Creador te quiere a su lado!
El Caelum, una bóveda de doble cañón, le arropó y el mármol rosa le calmó. Al fondo, lo que podía tomarse por un ábside, que completaba la construcción que justificaba la elección popular de su nombre.
Se paró en seco porque el camino daba lugar al vacío con la caída vertical de las tres plantas.
-¡Adelante! ¡El vacío es forma, la forma es sólo vacío!
-¿Es aquí donde moras?- dudó por un instante en seguir con lo que la Ley consideraba como osadía, pero al no recibir réplica alguna, se envalentonó y continuó gestionando a la no presencia-. ¿Es cierto que ya estuve aquí?
-¡Da el paso y entrarás en mi reino!
La caída, pensó, iba a ser bestial. Quizás estuvieran preparados los servidores pertinentes para evitar, en último momento, la estampada, y así El Creador sopesaría en su justa mano la magnitud de su fe.
-¡Da el paso y estarás en mi seno!
Ante las opciones que tenía, eligió el sentido común.
Asomó el pie izquierdo y tanteo, y allí donde debería estar la nada, existía rigidez sólida. Desenfocó los ojos y los dirigió a su pie, y bajo él vislumbró un puente, y siguiendo su borde transparente hacia el horizonte adivinó una silueta homomorfa. La razón desequilibró la balanza y anduvo. El engaño visual había surtido efecto y Adeldran levitaba.
-He adoptado esta forma porque es mejor absorbida por tus subprogramas.
La sombra dejó de ser negro y de tragar luz para dejarse rellenar por la imagen nítida del poder.
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Las fases del contacto habían allanado las suspicacias de Adeldran.
La levitación, que iba a ser permanente, y la presencia de El Creador, le introdujeron en suspensión mental y así asimilaría conceptos e ideas con pureza.
-¡¡¡Acciona tus oculares!!!
Obedeció.
-Es momento de que te dé las claves.
Acató.
Adeldran miró a El Creador directamente, sin sentir barreras inherentes a la jerarquía. Quería adivinar cuál sería su aspecto sin el disfraz. Sus tres metros de altura y complexión robusta daban confianza, la que le restaban sus dos grandes manos, que movía con aspavientos acompañando cada expresión hablada.
-Fuiste, has sido, eres y serás un mártir.
Se hizo el silencio. Hermético, esperpéntico, como tantas veces se había mascado en aquel ambiente cuasi sagrado.
Adeldran decidió mostrarse cauto a partir de que uno de los dos volviera a romper el helado paréntesis.
-Tú, querido Adeldran, nunca lo has creído así, ¿verdad?
El Creador pululó. Restalló y una cascada de haces de luz se derramó desde su interior. Conservaba indemne el contorno, aunque éste también fluctuaba. Y Adeldran sospechó.
-¿Qué clase de engaño es éste? ¿He podido llegar hasta aquí para que se me manifieste un ridículo… holograma?
La silueta se multiplicó y llenó el espacio que rodeaba al ofendido.
-¡No hay engaño! Soy Yo siempre entre tú y la nada. ¡Mira!
Y un dedo centelleante rugió en un arco y un gran holograma cilíndrico, en el que Adeldran se hallaba inmerso ocupando su centro geométrico, mostró imágenes discordantes:
Alineados cientos de elefantes que pisaban con sus patazas las arenas improbables de un desierto metálico, y según iban volviendo a machacar lo estrujado por los anteriores, los granos compactados sufrían metamorfismo, y los que no entraban en ese juego físico resbalaban precipitándose en un alud que enterraba a miles de androides humanimorfos que reptaban en una cota más baja; las rocas metamórficas que iban mostrándose al aire libre tenían formas de tronco, extremidades y cabezas, todas ellas unidas por una lógica funcional que no añadía, aparentemente, nada nuevo al paisaje de desolación sin sentido. Inertes los miembros desenterrados, cobraban vida en cuanto una voz clamaba ¡Vive! y alzándose al cielo se erguían junto al resto del cuerpo bruñido que era impactado por los primeros rayos de un sol tan cercano que fundiría si la densa atmósfera no los escudara. Las últimas trompas se enlazaban con los rabos que antecedían y se escapaban del campo visual de Adeldran.
-¡Cruel metáfora! Pero, ¿estoy yo liberado o voy a ser aniquilado? Ya he sido enjuiciado demasiadas veces, así que, en uno u otro sentido, quiero un final definitivo.
El Creador, El Señor de todos los Cyborgs, estalló en una carcajada que retumbó en todo el volumen de La Catedral. Debió de hacerlo en varias frecuencias sonoras porque Adeldran sintió un chasquido dentro de su cerebelo e intentó, en vano, desconectarse de la información que no filtraban sus pabellones auditivos.
-¿Es ésta la respuesta?
Se hizo la oscuridad absoluta y, sin el cese de la burla humillante, desapareció cualquier atisbo de manejo audiovisual, y Adeldran no pudo captar, con su visión por infrarrojos, ninguna señal de vida, natural o artificial.
-Aquí empezó mi andadura a tu servicio, aquí empezó la infamia de mi esclavitud, la infamia de tus manejos, y parece ser que aquí termina la lujuria de mi conocimiento. La búsqueda del mismo acaba en las bases de un simple juego, cuyo fin último desconocen los jugadores. Seguiré sin saber qué soy, quién soy, por qué soy y para qué soy, porque he sido satisfecho en el por quién soy. Uno de los peones, Unus Primor, me advirtió con su desasosiego. Otro, el piloto visionario Vladis, me advirtió con su soberbia. No sé dónde encaja Domenica, aunque sé que practicó la apertura de las mil puertas conmigo, cuando yo aún me creía humano. Quizás hubiera sido mejor que me desprogramarais cuando El Gran Jefe advirtió mi heterodoxia. ¡Y aún os atrevéis a calificarme de Humano en No Humano!
Cesó también el sonido.
El aparato fonador del Adeldran desquiciado era nulo en el vacío.
La forma es vacío, el vacío es forma.
Horrorizado por los pensamientos, salpicados de maquiavélicos esperpentos, capaces de espantar a los monstruos de las ideas que giraban espídicamente sin atisbos de un principio, sin atisbos de un final coherente. Gastando, malgastando, los sacrificios precedentes, los suyos, los producidos por haber querido ir siempre contracorriente.
Tanto horror encauzado al bochorno era vergonzoso y catapultaba a la miseria más profunda.
Pensó que lucharía eternamente, para no conseguir absolutamente nada.
La presencia física, material, existía, porque un roce, casi imperceptible, le susurró al oído izquierdo.
-Modales extraños los tuyos… La estrella será nova.
XI
Los Cantones mostraban orgullosos los esfuerzos realizados durante siglos para mantenerse en una línea de pureza racial radical, intensa.
Los nuevos gobernantes heredaban las directrices sutiles que hicieron triunfar a sus ancestros, y limitaban, con ellas, las relaciones bilaterales con otros planetas, con otras sociedades completamente antagónicas.
Primor, El Intrigante, llamado a veces El Itinerante, justificaba su nombre pergeñando confabulaciones estériles. Era el único gizio que desarrollaba el malsano interés por la privacidad ajena. El único que se permitía hacerlo por su detentación de poder. Había insistido en que había que presionar al nuevo habitante para que se sometiera a la Prueba Natur.
La proclama era bien clara, contundente, hasta festiva. Decía con tipoletras grabadas sobre la arcaica base de celulosa:
Sepan, moradores del territorio libre y puro de Xambalgarthi, que la corriente de sangre nueva es biendeseada y bendecida desde la Corola Central hasta las lindes cardinales. Y nos, Unus Primor, congratulámonos del ingreso de uno para con todos. Sea bautizado Natur.
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-¿En qué día te ubicas?
Mascando luz. Sonrisando los labios tenues de tanta lucidez. Marcando ritmos apocalípticos. Por no estar apuntados al futuro.
-No hay cuidado de perderse con el señalizador de ilusiones.
Fenton U Senior, Capaz, desenchufó el umbilical occipital, tras sopesar los nanodecibelios que le llegaban de la corriente electromagnética que bañaba el cerebelo de su invitado.
-Cuando recobres los armónicos, contestarás lúcido a mis inquisiciones. Desde que te trajo Zunaton A, no has podido explicarnos nada sobre tu estancia en el territorio de los Incapaces.
Adeldran, foco de luz desvirtuado, estaba ante el gizio que le insultó no sabía cuándo.
-Día… ¿Qué día? ¿Qué es día?
-Zunaton A nos advirtió de tu negativa a cooperar…
Sorpresa visual tras sorpresa. El mayor de los males avanzaba para abrazarle con un asfixiante crescendo.
-¿Qué deseas, Annaton U Senior? Se dijo en el Consejo que sólo Unus Primor interrogaría al Despojado.
-Está bien, Fenton U, pero sabes que Unus Primor lo desvirtuará para intentar apabullarnos.
-Así es la Ley. Él, como gobernador, debe aceptar esta nueva presencia, pero el escondrijo de la memoria ayuda a festejar el entramado de la discordia. Vente conmigo a comprobar el estropicio y jamás te deshagas en elogios vanos hacia el descontrol.
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Las piedras, enormes bloques, que habían sido parte de un monumento funerario, resaltaban entre tanto verdiazul grotesco de vida resurgente. Nadie había osado desbaratarlas ni, menos aún, licuarlas para levantar moderneces paganas. Hubiera bastado el poder individual de un sacerdote para obrar el milagro, de un verdadero conocedor de los secretos arcanos. Como los que horadaban el subsuelo con sus habitáculos clandestinos en épocas que ni la memoria ni los registros más primitivos conservaban. Como aquellos que esperaban a la negrura y salían a la superficie a obrar prodigios ante los maravillados. Como aquellos que desaparecieron cuando lo hizo la estirpe de reyes extinguida a golpes de los machetes de los omnipresentes secuaces de la raza Primor, que personalizarían en su ralea de vástagos la omnipotencia divina.
Hubiera bastado para lograr lo que El Itinerante parodiaba. Se habrían transparentado las piedras que ahora permanecían inanes. Habrían formado un cerco en torno al postulante poco después de haber levitado por encima de los espectadores, en vez de quedarse inertes mientras el Sumo Sacerdote, inefable Primor, acompañaba al examinando, llevándolo de la mano, ante cada uno de los monolitos, esperando el prodigio imposible que probaría su genuinidad: Unas manos invisibles esculpiendo un doble exacto en la piedra, a modo de reflejo especular, simbolizando el origen común de todos los elementos de la Madre Naturaleza.
El sustitutivo, en la Nueva Edad Primor, consistía en un detector de campos electromagnéticos de baja magnitud, integrados en la oquedad pétrea, que hacía saltar una estridente sirena en cuanto un ser artificial se dejaba abrazar por su estrecha franja de acción.
Adeldran, desnudo de cintura para arriba, iba a dejarse hacer en el sumario sumarísimo, que aportaría disyuntivas conclusiones. Lento, tanto que alteraba los nervios de su acompañante. Con el faldón floreado, que le daba un aspecto juvenil, insultantemente juvenil, y estilizado, aunque lastrado por la importancia de lo que estaba a punto de sentenciar.
Bajo las aclamaciones de la plebe, de cada uno de los gizios que lo abrigaron con su desprecio, recordando que lo habían asignado Despojado. Consciente de que estaba siendo utilizado por ellos, y con Unus Primor no pudiendo dejar de seguirle con la mirada, espiando en la distancia sus próximos actos. Seguimiento visual constante.
Y el crono, sentenciando el lento discurrir del ciclo.
Primor, llamado El Itinerante por su monomanía de disfrazarse y mezclarse con las masas para averiguar todo lo que sobre él se murmuraba, se mostró estupefacto ante la traición a su infalibilidad: El sonido esperado no se escuchó porque, obviamente, la composición cien por cien orgánica del Natur lo prohibía.
A Unus Primor la cólera le enrojeció, el enervamiento le tenía paralizado, y una mano acusadora estaba a punto de cerrarse en torno a los micropulsadores de un bisturí hídrico.
-Con mi voz puedo activar el escarmiento. Yo no tengo por qué plasmar mi rúbrica en un papel que nunca leeré. Usted no merece ser Natur y por ello pagará.
-Jamás esperes que un foráneo comprenda las sutilezas de tu tierra.
Al gobernante se le escapó una risita forzada, producto de su falta de diplomacia en los asuntos de carga estratégica.
Annaton U Senior se había interpuesto entre el cañón del bisturí y Adeldran, controlando el control.
-Annaton U. Separa de mi camino. ¿Acaso no tienes miedo de que el pájaro Arnac te ataque?
Adeldran dudó por un momento. Quizás Primor le estaba favoreciendo. Decían que al regreso de la Prueba Natur se tenía otra perspectiva totalmente diferente, dispar con las percepciones anteriores. Quizás la Prueba Natur le abriría múltiples ventanas, poco antes de empezar con las innumerables puertas. Quizás todos los gizios estaban locos, quizás; lo notaba en el ambiente, como las huellas que dejaba escapar el sudor de los humanos. Pero aún así, decidió intervenir.
-¡Qué bonito! La verdad es que todo es tan bonito. Como todo al principiar la andadura.
Unus Primor tocaba el noble metal, pasando suavemente sus huellas dactilares por las muescas que había grabado el tiempo. Y allí estaban, en su pantalla mental, las mil y una historias en las que había participado. De espíritu cruel, tanto que sentaba las bases de las batallas que habían llevado al cantonalismo ácrono. Y anquilosado en el pasado, relajó los dedos, relajó la mano, relajó el brazo, y activó el seguro de aquella herramienta de guerra.
-No comprendo a qué os referís. Si fuerais tan amables…
Annaton U Señor, un gizio de serenidad indiscutible, cuyas encanecidas y ralas barbas se mesaba constantemente, ignoró al robot y se encaró con el déspota.
-No es que no crea que no se siguen las leyes que tú mismo dictaste… pero, mi gástrico Primor, ¿no tienes miedo de que el pájaro Arnac te ataque en este desierto?
Primor, El Intrigante, era el intrigado, aunque pareciera más bien espantado ante las alusiones corrosivas. Juraría, pensó, que aquello ya lo había dicho él.
La gente, que había acudido a ver los fastuosos festejos de bienvenida a un nuevo héroe, se estaba aburriendo demasiado con aquel combate de voces bajas, inaudibles, y gestos desmadejados, y resistía la tentación de retirarse a continuar con sus cotidianos quehaceres por la avivada curiosidad sobre la fatalidad que se cernía sobre el Despojado.
Todos los Senior, los ancianos, en coro, discutían por saber quién sería el primero, quién merecía traspasar el umbral de la desesperanza. Todos, sin excepción, sospechaban que algo extraño ocurría, que el énfasis era artificioso.
-A menudo desaparece en mí el último atisbo de piedad y mascullo el canto de la patente locura. Si manejo voluntades a mi antojo es porque mi don sobrepasa el umbral de la sencilla candidez de los gizios. ¡Pertenezco a la barbarie establecida que, prepotente, dulcifica la extinción de la jauría pacífica!…
Un leve escalofrío en esa jauría.
-…¿Vas a sacrificar todo lo establecido, todo lo que nos ha costado tanto trabajo, por un simple Despojado No Natur, Annaton U?
Una vuelta más que enardece a las masas alteradas y equivocadas.
-¡Contesta, viejo!
Annaton U Señor no se alteró, pues sabía que eso era lo que su interlocutor buscaba. Sin embargo, reflexionó sobre el dictador.
-¿Cómo es que el Creador ha permitido una desviación como la tuya?
Adeldran reaccionó ante aquellas palabras. El monstruo no estaba dentro de él, sino que lo acompañaba a todas partes, creyendo que sería absorbido por él, por entero, sin discernir los límites de ambas personalidades. Demasiado despierto para mezclar juicios. Como si sus sentidos virtuales se disparasen sin control hacia un camino sin retorno, hacia una patria sin fronteras.
En el ambiente que se respiraba flotaba un efluvio nocivo.
-Crees que no te observa, que te deja vagar a tu suerte, pero su control es tan cerrado que preferirías seguir esclavo.
Adeldran lograba experimentar la lujuria del dimensionamiento múltiple. Focalizaba: Era cómico verles discutir; dos granos equidistantes en ese desierto, que le hacían suponer una confabulación quirúrgica esplendorosa, embellecedora de un porvenir tan inconsistente.
Acuclillado, terminó por decidir que no le importaba nada la opinión desgranada por aquellos mentecatos. Les dio la espalda y se disponía a abrirse paso, rompiendo el círculo que los ceñía.
Annaton U fue el primero en reaccionar ante el desertor.
-¡Eh! ¡Tú! ¡Desagradecido Natur! ¿Cómo osas retirarte sin rendir pleitesía a tu Señor Primor?
Tras la sorpresa inicial causada por el cambio de talante, el aludido secundó la llamada de atención al desconsiderado maleducado.
-¿Quién te crees tú para ahondar en la herida? Nadie en el mundo te echará en cara que hayas decidido huir. Hoy dedicaré un cierto tiempo a esgrimir paciencia y serás tú el beneficiario. Oigamos razones varias para creer en ti. Que la gente sepa de qué pie cojeas.
Adeldran, giró sobre sus pies, y mirando directamente a los ojos del que le había extendido tal licencia verbal, recordó que había escuchado hablar de la filosofía del antiego, alimentada por obsesivos adoradores del Camino Medio, e hizo oscilar el péndulo por penúltima vez. Mandando flores al viento, oliendo la bondad del sentimiento.
-Nadie puede achacarme falta de disciplina. Nadie puede achacarme falta de ilusión.
Ambos individuos, mirándose, sonrieron. El uno, con el rostro rasante hacia la caricatura. El otro, con sus pies enormes, que dejaba arrastrar por el cansancio y la melancolía.
-Debe mostrarse orgulloso El Señor de sus creaciones. Con vosotros ha realizado un buen trabajo. En vosotros está la prueba de que sus tentáculos alcanzan lo recóndito. Así, si fuerais tan amables, como casi lo habíais sido hasta ahora, ¿podríais indicarme dónde me encuentro y cuándo volveré a ver a Domenica? ¿O es que Vladis, piloto comandante, os tiene vetado ese conocimiento?
X
Fresco amanecer de montaña. Árboles caducos derribados por la constante autodestrucción del género rey. Estériles manipulaciones de las ventajas del Desarrollismo. Y los ríos, convertidos en charcos consecutivos de inmundicia, en los que únicamente las especies mutantes se acicalaban mirando de reojo sus oleosos reflejos.
El rocío mañanero, precipitación de isótopos nocivos que se trasladaban con los vientos sonoros hasta distancias donde las urbes tronaban en hecatombes lumínicas.
Y el androide solitario, desorientado, fastidiado por la falta de referencias faro que lo ligaran al Nido.
Los cirros auguraban el lavado estratosférico y el acelerado fluir de los estancados geles de las cúspides. Los que en otros tiempos habían alimentado a los errantes, a las tribus elegidas por dioses revelados en criptogramas cabalísticos que nadie logró descifrar jamás y que todos aceptaban como exclusivo patrimonio de la Verdad.
Pero no servirían para reponer sus energías, que estaban a punto de agotarse. Necesitaba una inyección microvoltaica intracraneal. En esos momentos echaba de menos la sonda con la que fue bautizado, la que le había devuelto a la renovada vida que estaba en ciernes de desaprovechar.
Faltaban pocas horas para decidir qué hacer, y mientras, escalando con mínimo esfuerzo, a campo traviesa, roja la efigie por el reflejo del sol caliente. Sabedor que si de allí lograba escapar, le esperarían manjares de fortuna. Mandando señales a los que tuvieran a bien conectarse a su red neuronal. Bastando pocos minutos. Bastando poca vida.
Al llegar a uno de los altos, le fallaron las rodillas craqueando huesos de aluminio, huecos rellenados por sustancias cósmicas, de peso específico demasiado alto que los volvía livianamente densos.
-¡Así te vayas a estampar contra los Les!
Adeldran, escorado como un buque partido en puerto extraño, aplastado bajo su propio peso, sin energía de locomoción, casi apagado, forzó uno de los oculares para detectar al infractor, al violador de su paz involuntaria.
El sujeto era un ser humano rechoncho, de corta estatura y de corto cuello. Moreno de piel y con una cabeza prominente que se estabilizaba encima de unos hombros extremadamente musculosos. Un pecho tan abultado como su abdomen, pero que no le impedía verse sus propios pies, en los que cuatro dedos amembranados asomaban en el extremo de un rollizo empeine.
-¿Eres un gizio?
Adeldran y un esbozo de sonrisa, una distensión en el rictus eléctrico.
-¿Te burlas de mí?
Pensó que había motivos para hacerlo: El copete emplumado con el que coronaba su pelirrojo enjambre de rizos invitaba a la reflexión. Los vestidos, jocosos. Con las arterias crispadas y el entrecejo formando un montículo de arrugas.
Adeldran, apartando el flujo de la simpatía consciente, aún no teniendo nada que decir, peinaba sus archivos en busca de información útil.
El otro, con las manos como extensiones de unas aspas que se movían desincronizadas a cada golpe de voz que raspaba el aire como una lija de grano grueso.
-¡Sigue sin moverte! ¡Quizás te dé tiempo de desintegrarte en la nada antes de adivinar con quién tratas! Yo te puedo dar lo que buscas.
La sequedad le cuarteaba los labios afinados por los años de muecas inverosímiles.
-Creo que me estoy muriendo.
-¡Estúpido! No puedes morir. No en mi presencia.
El de la raza de los gizios, pues en ello el androide no había errado, se arrodilló ante el cuerpo exánime, y tocando la fosa supraesternal, revivió el ánimo del desamparado.
Embargado por la emoción de una nueva amistad, sin que nadie pudiera desbaratarle esa ilusión, no sintiéndose robot por primera vez, se irguió, consintiendo el vértigo local en el ámbito de un mundo estático, demasiado marrón para su gusto.
-¿Quién puede creer que un ser humano adoptaría a un artificial sin esperar recompensa?
-¡Debería haberte dejado para que los Les te encontraran y te machacaran entre sus mandíbulas! Eres un …
Tal vez el cerebro le estaba funcionando mal; excesivamente mal.
Sabía que era campo estéril para los sentimientos, más bien intuía que provenían de más abajo, de su corazón de titanio policromado.
-Ya veo que no todos tenéis la visión de un futuro prometedor. Odio el intrusismo más fanático, las malas artes, las bizarras mañas para un absurdo.
Adeldran, con la memoria solapada en la urdimbre neuronal de los que fueron compañeros, sin atisbo de una autonomía clara, se quejó por las palabras del mostrenco.
-Se acabó el ocio. Volvamos al negocio. ¿Qué me vas a dar a cambio de nada?
El gizio no se mostró sorprendido. Pensó que el forastero empezaba a mostrar su auténtica naturaleza y que era justo un intercambio. Por ello, se puso en pie, dejándolo atrás, aparentando desinterés e imparcialidad, pero a sabiendas de que serían seguidos sus pasos cuando terminara de farfullar las palabras claves.
-¡Electricidad por doquier! ¡Energía por doquier!