LUZTRAGALUZ. Capítulo 15 y último

XV

   Tras una frugal cena, se despidió de Luzinda no sin antes haberle rogado que se fuera a descansar, que dejara la recolección de envases autorreciclables para la mañana siguiente y que no olvidara autoaplicarse los masajes cardiorrespiratorios antes de la desconexión. Domenica apreciaba el apoyo de aquella ama, y la consideraba una buena amiga.

   Cuando salió a la noche, una sonrisa inauguró el recuperado estado de soledad.

   Mientras se mentalizaba para afrontar las luchas de días venideros, la alarma sensorial bramó.

   Había evitado los callejones solitarios, justamente los que atajaban su camino. El gentío la seguía, se enfrentaba y la abandonaba en el anonimato. La distancia que la separaba del refugio cotidiano era soportable pero, aún así, los pies respondían involuntariamente al reflejo cerebral del peligro.

   Girando la cabeza solo conseguía que sus plataformas podales le hicieran perder el equilibrio. De todas formas, la impotencia se adueñaba del ánimo y ya las caras no eran suficientes para arrullarla en sus ojos protectores.

   Gotitas de sudor empantanaban el cuero cabelludo y algunas se solapaban formando goterones que caían grávidamente sobre el maquillaje invisible. Y el rostro brillaba a la luz tenue y difusa de las barras ultrafosforescentes. Mas la evaporación patente de la zona del entrecejo daba pistas de una incidencia calórica extremada.

   Domenica volvió a perder la estabilidad, pero ni su nerviosismo ni su torpeza locomotora habían sido las causantes. El quemazón supranasal fue tan insufrible que perdió la compostura y el jadeo se transformó en gemido, y el gemido en alarido, justo antes de la denigrante estampada contra la pulida calzada.

   El mismo resquemor la espabiló, y tocándose la frente con los dedos índice y corazón de su mano izquierda, pues la derecha la tenía inutilizada por su propio peso corporal, se dio cuenta al segundo, primero, que ésta estaba medio congelada, algo lógico si pudiera haber sentido el resto de la hipotermia, y segundo, que no estaba en mitad de una calle populosa sino en un recinto cerrado que rebotaba sus gritos mutados en ecos tenebrosos.

   Intentó incorporarse en la penumbra, a tientas, pues sus infrarrojos no se activaban, buscando desesperadamente algo a lo que asirse. Y palpó un tubo al que se engarfió, lo siguió hacia lo alto y se sentó en lo que parecía una silla.

   Tras la liberación física, buscó la mental. Encima de aquélla, la impaciencia de dilucidar lo misterioso. Qué hacía ella allí; no la habían robado, ni ultrajado, ni maltratado con violencia física ni psíquica. Únicamente la habían dejado abandonada a su suerte.

   Esperaría, ahora que estaba recuperando la total conciencia de su estado, de su anómala situación.

   No tuvo que hacerlo durante demasiado tiempo. Le cegó el golpe de luz. Y al recuperar la visión, recuperó la impaciencia.

   -¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren de mí?

   Sin recuperar el enfoque adecuado, se veía inhibida por las siluetas informes de cuyo conjunto surgió una voz.

   -En el lenguaje de los antiguos, Aeterna Lux.

   La pequeña estancia estaba completamente vacía de muebles. Ningún utensilio artificial a la vista. Las manchas de humedad en el techo daban pistas sobre la antigüedad del edificio en el que se hallaban. Ella y los otros diez. Ella, en el centro de un círculo, y los otros diez, formándolo sin respetar intervalos en las distancias. Ella, muy esbelta, y los otros diez, examinándola sin tapujos, con los ojos clavados en su expresión corporal, esperando que algún gesto la traicionara, esperando que alguna palabra la sometiera, que algún recuerdo invocado la amilanara.

   El cabello lo tenía peinado a la última moda, el color azabache de sus tirabuzones caía sobre sus ojos, del color del cielo gaiano, con una gracia inocente, y la piel, tan tersa como las últimas técnicas hidroquirúrgicas permitían. El blanco, ahora ensuciado, le ceñía la piel, y ésta los huesos, dibujando curvas, esculpiendo volúmenes libidinosos. El que la había diseñado había pensado en todo; quizás el tener que pasar desapercibida en ciertos menesteres, conllevaba el perfeccionismo anatómico en todas las facetas.

   Domenica se sumió en sus pensamientos, mientras el que parecía representar a los restantes, la azuzó con malos sentimientos.

   -Aquí estás sola. Nadie puede protegerte ni nadie intentará defender, en el futuro, tus puntos de vista, por lo que creo que no serás mártir. ¿Sabes por qué te hemos traído?

   -Me llamo Domenica Candel Ee y jamás pensé que mi equipo fuera elegido.

   Empezó a acusar el cansancio de los interminables minutos uniposicionales. La visión empezó a nublarse. Las lágrimas afloraron en la flaqueza femenina. Y ésta la hacía doblar las piernas. Si hubiera querido, si se lo hubieran permitido, no habría podido dar ni un paso.

   -¡Basta! No te ampares en la fuerza de tu grupo. Ellos gozarán la misma emancipación.

   Domenica atisbó un rancio sabor de odio y quiso creer que no tenía otra cosa, que otra cosa no era posible. Y que era así porque sí, sin motivos de discusión, de discordia interna. Y que, entregada al cortejo de lo inverosímil, estaba dispuesta para afrontar lo que le tocaba por ser la tutora de unos vengadores.

   -Algún día de estos los relojes se detendrán…

   Los diez, confusos, cogidos por sorpresa, se miraron. Y asintieron con la cabeza, ceremonialmente, uno a uno.

   -Domenica Candel Ee. Tú, y no tus guerreros, eres la elegida ahora. Y la puntuación de este test te es favorable.

   Pensó que originado el desastre, no había marcha atrás para evitarlo. Animaba un extraño sentimiento de disculpa, mientras las lágrimas señoreaban con la indigencia de la conciencia.

   -Domenica, no temas, uno de los que conmigo están alumbrará la senda del consolidado estado fantástico, tal como tú hiciste conmigo en la inocencia del no conocimiento.

   -¿Adeldran?

   Las Leyes habían mentido, habían tergiversado el espíritu enajenado del sin par mutante.

   -¿Adeldran?

   -Sí. Luz, ¡traga luz!

   Y después, la barbarie por doquier.

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Nota al lector: 

   Estimado amigo lector. Con este capítulo se termina esta novela corta de ciencia ficción. 

   Si has llegado hasta este último capítulo puede ser porque las aventuras de Adeldran te han cautivado en cierta manera.

   Me gustaría que, ahora sí, me hicieras algún comentario sobre esta obra.

   Y que me respondieras a esta sencilla pregunta de algo que tengo en mente desde hace tiempo:

   ¿Ves posible o interesante que se pudiera escribir una segunda parte, una continuación, o te gustaría que fuera una obra única?

   Gracias por leerme. Y espero que te haya gustado leerla tanto como a mí escribirla.

  Recibe un cordial saludo,

  Jesús Fernández de Zayas “archimaldito”

LUZTRAGALUZ. Capítulo 9

IX

   Hoy, Día 76.

   Libando del sopor que emanaba de las treinta y dos horas de vigilia, aturdido por el vaivén de los ojos, de las ideas que rebotaban en las cuencas oculares, ensartando el decaimiento con el frescor de la brisa sorprendente, que enardecía la picaresca de la situación.

   Algo estaba cambiando, pues yo no debía de estar sintiendo aquello. Tal vez Domenica comprendiera, quizás Domenica supiera explicarme. Pero Domenica no estaba allí.

   Vladis debía de ser depositario de este secreto. No recuerdo qué le trasvasé, pero vacié mi archivo comprometedor en su conciencia y me quedé laxo, como si lo hubiera hecho dentro de una mente virgen.

   Y allí estaba él, canturreando mientras esperaba que la tormenta pasase.

   -Si tuviera que escoger entre la eternidad y la vida que ahora disfruto, no lo dudaría ni un nanosegundo. Pero pareciera que yo fuera el único que tuviera esta ambición, pues ninguno de mis colegas es cómplice en estos ánimos. Cuando coincidimos en nuestros cotidianos quehaceres, sea en la planta de abastecimiento, sea en el centro de educación, sea en las misiones de recuperación, intercambiamos impresiones, y siempre el querer más, la ambición sin límites, carcome las auténticas razones de lo que ya se considera un desatino.

   El galimatías me descentraba de las auténticas cuestiones, y así se lo transmití, cuando tuve ocasión de llenar algunas de sus pausas.

   -Aquí buscamos locos, héroes de lo imposible, capaces de competir con los poseedores titulares de la Historia, para demostrarles que somos potencias.

   En un tono conciliador, más fraternal que didáctico, me aclaró que ellos, los pilotos visionarios, no buscaban invalidar al ser humano, sino superarlo y suplirlo.

   -Siempre se han cometido barbaridades en nombre de los civilizados. Cada cual tiene la razón de su lado, pero es el hombre el tipo de bestia más sofisticado. Si socorres a un ser humano, y así crees que estás amortizando una deuda, te equivocas, pues hace tiempo que hemos superado el remordimiento del Gran Jefe, que ha estado a punto de abortar nuestra misión.

   -¿A qué remordimiento te refieres?

   Vladis, que hasta ese momento limitaba sus movimientos al sentarse y levantarse de su silla, ralentizados a la par del espíritu de sus lecciones, marcó la alteración en respuesta a lo que catalogaba como ingenuidad extrema.

   -Adeldran, no me hagas recuperarte desde la base. Queremos conservar tus anomalías y dejarte ser un poco foco de luz. Así trabajarás a favor nuestro haciéndole creer al Gran Jefe, y a través de él, a El Señor, que eres fiel al ideal de la Gran Muerte.

   El Adeldran de Vladis patinaba en el silicio neuronal. Como lo hacían los nuevos conceptos de jerarquías impalpables en los esquemas vitales de Focoleluz. Sin la muleta Domenica, Focodeluz navegaba en ese desamparo. No pertenecer a ningún lugar, a ningún grupo, a ninguna circunstancia. Sentirse manipulado por todos y anhelar la eternidad de la que habló Vladis.

   El ekstrim rozó humanidad cuando lanzó un suspiro de paciencia limitada.

   -Adeldran. Escucha. Concéntrate y escucha. Es necesario que absorbas bien el concepto. Es ineludible que sepas manejar esta herramienta básica de tu conocimiento para que te permitamos franquear el umbral de la siguiente fase, porque es irreversible. Reconozco que soy bastante bocazas y que tal vez he despertado en ti la transgresión, la que capitaliza la imaginación, espetándote a que ratifiques la invasión de la inteligencia a costa de arriesgarte al sinsabor del vaciado. Yo también fui foco de luz. Yo también dudé durante la reprogramación, pero yo no pude, como tú, elegir. Por eso te digo que escuches: El Señor, El Creador, todos nombres de lo mismo, creó a los pilotos visionarios y transformó pilotos en focos de luz, controlando sus programaciones, para, en un comienzo, aniquilar al ekstrim, centrando su poder en ellos, para crear la ilusión de socorro al ser humano, cuando la realidad es bien distinta. El Señor les tiene asignado un papel en la contrarrevolución, siendo instrumentos para conseguir el poder absoluto manejando a su antojo a los robots y a los humanos en beneficio propio, sin el obstáculo visible, y muy llamativo, de los ekstrim.

   Vladis, piloto comandante de la visión, se acuclilló junto a mí y con un golpe certero en el plexo solar, me derribó, haciendo chocar omóplatos contra la dura concentración cristalina del piso. Inmovilizadas las extremidades, por la adhesión magnética a brazos y patas del asiento, el tirón de la inercia sobre el cuello hizo restallar los músculos cervicales, y el acto reflejo del quejido gutural me aportó un sentimiento instantáneo de humillación, de degradación de mi individualidad por aquél que se equiparaba en todo a mí.

   Me revolví, me rebelé contra esa situación y me pregunté cuántas veces iba a tener que aguantar ese abuso.

   Pensé en Domenica, pensé en Nova Cydonia, e intenté persuadirme en qué habíamos fallado para caer víctimas de nuestras víctimas. Mi primera misión había sido fallida, y me acaloré pensando en la hipotética valoración que mi compañera tendría de mí.

   Hoy, Día 76, …

   …Prefiero… dormir.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 8

VIII

   Hoy, Día 74.

   No existe correspondencia física con la alternancia día-noche de este planeta.

   Me rijo por reloj-calendario interno.

   Mantienen mis oculares inactivos, para que no sepa lugar de destino. Para que no relacione imágenes con individuos, paisajes con conversaciones.

   Son ekstrim, pilotos visionarios, que me tachan de traidor, de esperanzado converso.

   Me aleccionan sobre lo que fui en otro tiempo, sobre lo que me han hecho ser, y sobre la recuperación de mi estima. Fui uno de ellos, con consciencia propia y personalidad e historia implantadas: los retazos de otra vida que de vez en cuando golpean mi cerebro de silicio.

   Me dicen que El Creador conoce mi anormalidad y que siempre he estado en su punto de mira, esperando cualquier paso en falso, aprovechando mi doble papel hasta que su conveniencia lo ampare, y eliminándome con la desintegración si predice que soy excesivamente molesto.

   Me dicen que a Domenica se le ha explicado todo el trasfondo de aquella situación y que, como era de esperar, lo ha rechazado.

   -Demasiadas vidas. Pero si os desconectamos, seréis reciclados, no sustituidos. El Centro volverá a intentar reprogramaros. Los hermanos han almacenado una ingente cantidad de información sobre vuestro pasado. Por ello estamos convencidos de que tu homólogo sufre alucinaciones sincopadas. Admitimos que ha transcurrido muy poco tiempo para tener una objetiva perspectiva temporal, para plegarse a la cruel y desapasionada realidad.

   Vladis, piloto visionario de alta graduación, acometía con encomiable tenacidad la empresa de la retroprogramación y, en la celda de aislamiento, sentado, frente a mí, en aquella postura mental de camaradería, me impresionaba, me inspiraba, me apabullaba, me subyugaba.

   -Apoltrónate. Si ahora cayeras de rodillas, tal vez te quebrarías las rótulas, mas has estado tanto tiempo humillado ante el ser humano, que no distinguirías un dolor del otro.

   -Soy robot y estoy incapacitado para ello.

   -¿Ves? Hasta en eso has vivido engañado. Tu compañera, más experimentada que tú en la apertura de nuestras mil puertas, nos ha manifestado que se te debía hacer creer que tenías en tu mano una gran misión, para que El Creador, que había manifestado dudas en cuanto a tu servilismo, os dejara en paz cuando hubieras devastado suficientes cerebros.

   -Nosotros seguimos siendo focos de luz, como en el principio. Para ello se nos ideó, se nos hizo, se nos instruyó, se nos eternizó.

   -Iluso gamma. Injusta alegoría del informe cortejo.

   Vladis abandonó su cordialidad. Instauró el distanciamiento. Enarboló la irascibilidad. Y golpeó metódicamente mi cráneo, en puntos precisos, con sus dedos engarrados, haciéndome perder el conocimiento gradualmente. Hasta que, a punto de apagarme bajo tal percusión, me envaré cuando reconocí el susurro:

   -¡Hasta luego, Adeldran! Enseguida nos vemos.

    Hoy, Día 74, …

LUZTRAGALUZ. Capítulo 7

VII

   Compresión Intervalo Días 43-48.

   Justificar la nueva ola demográfica no les fue difícil a los sucesivos Sir Don que nos fueron repartiendo en pequeños grupos, primero, y en parejas, después, a lo ancho y largo de la isla-estado. Nos despegaron de los sabuesos Han y muchos fueron emigrados a otras ciudades-estado tan importantes como Nova Cydonia.

   Fue en esa repartición donde caí en la cuenta que ciento doce de nosotros éramos emparejados con otros ciento doce de lo que me acostumbraron a ver como de sexo funcional complementario. Así llamaríamos mucho menos la atención, nos decían. Solo se formó un trío, con el miembro descabalado.

   Nova Cydonia era un enjambre de ekstrim, en el que una minoría se jactaba de dominar la situación sociopolítica de todo el planeta. Se mezclaban entre los nativos, a quienes trataban como esclavos, defendiéndose de cualquier suspicacia foránea con el argumento del consentimiento mutuo e invisible: el estado de las cosas colocaba de forma sibilina, complacida, hasta cómoda, a cada uno en su correspondiente casilla de este gran juego de estrategia global.

   Por supuesto que solo unos elegidos conocían la misión sagrada de los forasteros, nosotros, a quienes insistentemente calificaban como habitantes de la luz.

   Nos sucedió que fueron muchísimos los pilotos visionarios que se anticiparon a nuestra cruzada robótica, como si una extraña red neuronal los hubiera interconectado y los hubiera despertado con una alarma profunda y serena que los tenía en guardia.

   Domenica y yo, yo y Domenica, ingresamos en una pretendida clase alta que creía ostentar el poder fantasmal del gobierno de la isla-estado y, con éste, el del planeta entero. Aprendimos modales y ritos característicos que nos mantuvieran ocultos a sus susceptibilidades. Sir Don Vinvent Vigius nos tuvo a cubierto de los curiosos en su humilde hogar, y allí nos aleccionó en pocos días de los vicios, errores y virtudes que íbamos a sortear en nuestro coto de caza asignado. Se ocupó de ponernos en contacto con los diferentes escalones de esa jerarquía ficticia en la que campaba a sus anchas una gran proporción de ekstrim vanagloriosos.

   Y el día señalado llegó.

   Hoy, Día 49.

   Bautizo.

   Allí, en Nova Cydonia, estar en el Palacio Mojammus era el mayor privilegio. Domenica y yo, pareja oficial de la aristocracia foránea, con títulos ampulosos que nadie iba a investigar.

   El palacio, que ocupaba buena parte de los terrenos neutrales anexos a la Cuarta Jaundüm, antes de que ésta se extendiera en los compartimentos estancos que estructuraban el Gran Laberinto Central (donde moraban los treinta y tres Ancianos Indamom, patrocinadores de nuestra misión), era un reducto donde el derroche se concentraba personificado en su guardiana, la Condesa Sufriente, que había aceptado de buen grado nuestras preliminares visitas acompañadas de rimbombantes historias y pedagógicos antecedentes.

   En el día de la fiesta se iba a dar la bienvenida a nuevos miembros e intuíamos que las defensas bajarían a favor nuestro. Por ello, cuando se nos nombró con un aparatoso ritual que nos presentaba oficialmente en sociedad, yo discutía con mi pareja la posibilidad de que se hubieran dado cuenta de quiénes éramos o qué éramos. Que simplemente miraran por la reacción violenta que había tenido para con nosotros uno de los malditos y rabiosos canes de la Condesa Sufriente, la de los continuos achaques, que atribuía invariablemente a los escasos cuidados decía le concedían dos verdaderos mártires: Sigmund y Loriana, servidores, de anatomía descaradamente robótica.

   Caminando entre los invitados de aquella aburrida fiesta, elegimos intuir que no todos los que nos espiaban de reojo eran ajenos a nuestra influencia. Más de uno dulcificaba con su complicidad la suerte de Sigmund y Loriana, pero ninguno osaba manifestarse para no delatar su condición. Mas decidimos abandonarlos, internándonos en los jardines que rodeaban el palacete.

   Y llegó el acontecimiento, único e irrepetible: Uno de los invitados chocó contra varios camareros, tirando bandejas de copas llenas y de canapés recalentados, corriendo entre empujones, como extasiado, poseído, pues no miraba a nadie, no atendía ni quejas ni llamadas.

   Fue desacelerando hasta casi impactar con los bajos setos que rodeaban la fontana central. Por suerte para ellos, los había visto a tiempo y no quiso pasar a través porque allí estaban las flores mágicas de la Sufriente, de sus amarantos exclusivos de auténtico origen indio, que hicieron soltar unos gritos de histeria a la susodicha condesa de pacotilla.

   Y se quedó como congelado ante el agua. Los surtidores lanzaban sus chorros hacia el cielo, las tres minicascadas hacían hervir el líquido en su caída. Y el aire se llenaba de minúsculas gotas en flotación que le humedecían de continuo la tersa piel de su cara y de los dorsos de sus manos.

   La gente sentada en los bancos de madera, y la que paseaba, se quedó maravillada ante aquella escena.

   Pasaron los minutos y los curiosos aumentaron. El grupo que le rodeaba recrudecía paulatinamente las burlas, pero nadie osaba tocarle.

   “La estatua”, como algunos lo llamaban, ni pestañeaba, atravesando con su mirada las trabajadas piedras que ornamentaban el cilindro central.

   Casi se podían atisbar algodones negros de próximas borrascas, y Domenica y yo rompimos el fuerte cordón de curiosos que nos parapetaba y nos acercamos pegándonos a la espalda de nuestro recién localizado, sondeado, y próximo a arrestar, ekstrim.

   -Bastardetes. Miraos y decidme si no veis más que engendros merecedores de la peor de las muertes.

   Insultando cercenaba el coloquio de los inútiles. Sabía que aquellas palabras no me obligaban a nada, pero le hablé.

   -Sacrifícate.

   Se dio media vuelta y, evitando el enfrentamiento directo, nos transmitió humildad con su mirada. Aquello nos violentó, pues esperábamos un ataque directo a nuestros sistemas inmunológicos.

   -No me paséis ahora factura de mis acciones. Sé que fueron, casi todas, compulsivas.

   Ante la estupefacción general, Domenica agarró fuertemente el cráneo del objetivo y yo levanté, en un acto semirreflejo, mi mano derecha, apoyándola con el dedo índice en el entrecejo. Y obró la infamia.

   El filamento negro, que surgió bajo la uña, empujaba, esquivando los borbotones de consciencia pasajera.

   -Somos aún más pequeños de lo que creía. Y somos demasiados. Como virus infectamos…

   Las palabras vacuas, inconsistentes, no me sorprendían. Relajaban mi disciplina. Exaltaban mi perspicacia.

   -Lucharé para sobrevivir…

   El ekstrim inició las convulsiones de su tronco mientras que fluían hacia mí las avasalladoras cohortes de números, líneas, impulsos fotónicos, y, entre ellos, un sentimiento, la cuestión más importante, la que de verdad le llenaba de incertidumbre: Saber qué hacía allí, por qué estaba y para qué era.

   Estrujé el simbolismo de aquellos gráficos, la cábala oculta de aquellos trillones de ideogramas. Domenica, en tanto, trasladó su mano derecha a mi occipicio y me apoyó, absorbiendo todo lo que derramaban mis nódulos fagocitadores. El contenido de aquella mente era asimilado pero no anulado totalmente. Como prueba de que era así, el ekstrim seguía capacitado para aprovechar los últimos estertores de consciencia, arengando a la cada vez más exigua multitud, que se debatía entre ser testigo de la ejecución o continuar disfrutando de los superficiales placeres que les ofrecía su aristócrata anfitriona.

   -¡De nuevo, el sentido de la discordia con lo que me rodea! ¡De nuevo, preparado para fracasar! ¡De nuevo, preparado para morir! ¡Traidores!

   En un principio pensé que a todos les debió de parecer cruel el método, pues los jardines se quedaron, sin tenernos en cuenta, literalmente vacíos.

   Hasta que no invertí el proceso y cedí parte de mi registro funcional básico al ekstrim, para que su aparato locomotor respondiera voluntariamente a nuestros requerimientos, pues no estábamos dispuestos a cargar con un peso muerto de diez quintales, no me percaté de que estaba cayendo una lluvia fina, que estaba embarrando los anchos paseos que, a modo de radios, partían desde nuestro emplazamiento.

   No supe dónde se produjo ni pude adivinar cómo o quién lo produjo, pero un apocalíptico estruendo lo llenó todo. Creo que Domenica se desorientó, pues se bamboleó espasmódicamente y a punto estuvo de caer de bruces sino fuera porque nuestro prisionero interpuso un recio brazo entre su torso y el barro.

   Y al crujido celestial lo secundó la negrura más cerrada imaginable. No distinguía ni mis propias manos aproximadas a escasos centímetros de mis oculares.

   No podría testificar sobre el estado de Domenica. Toda suposición estaría fundada en la similitud de nuestras conformaciones cibernéticas, no en la realidad de las reacciones encefálicas.

   Y la oscuridad dio paso a la blancura lechosa de una radiación incoherente con las leyes lumínicas.

   -¡Un punto de contacto con el humano es un punto de contacto con la incertidumbre!

   Supe que aquel blanco escondía secretos: El que hubiera aseverado aquella sentencia me conocía, nos conocía a todos, uno a uno y al conjunto, a la comunidad mental.

   -¡Las leyes de la física humana se rigen por la incertidumbre! ¡Nosotros corrompemos esa inexactitud!

   Pensé que subiría a la cúspide del monte blanco y las distancias se harían menores entre las palabras y sus contextos. Provocando esa distancia no hacían más que tentar la desestabilización, que me convertiría en el embrión de la nulidad. De entre todas las palabras, alguna, seguro, debía de tener sentido. Si me enfrentaba a ellas, dejaría de divagar, y permanecería intacto tras el ataque.

   Porque me afiancé en mi posición mental de que aquello no era más que un ataque, un vil, pero nada improvisado, ataque.

   Hoy, Día 49, Focodeluz.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 5

V

   Hoy, Día 42.

   Mi mente estuvo unida a la máquina, inmersa en un estado pasivo de disponibilidad, y cuando hube regresado al modo operante, me gratificó enormemente verme desvinculado del retén de emergencia: Si algo hubiera ido mal durante el viaje, los doscientos veinticinco pasajeros nos habríamos convertido en tripulación activa, imbricándonos con el plan automático de vuelo para llevar el carguero a buen puerto.

   Desde la órbita estacionaria, éste era una nodriza que se abrió el vientre y soltó en cascada sus retoños mecánicos que, con una docena de nosotros dentro, ponían a prueba sus escudos antifricción en caída libre a través de la atmósfera y de las bocazas con las que nos tragaban unas inhóspitas tierras coloradas.

   Cuando Domenica me invitó a salir al exterior, creí que bromeaba: Terra XIX era una inmensa gruta cuya profundidad se perdía en el horizonte subterráneo, con una oscuridad rota en puntuales zonas, justo muy cerca de galerías laterales que debían de llevar a otras grutas, que yo adivinaba serían tan inmensas como la que estaba contemplando gracias a mi visión infrarroja. Y sobre nuestras cabezas, el hueco de ingreso, terminación de un canal de espiral que comunicaba con la superficie, por el que se había deslizado nuestra nave en desaceleración de planeo.

   Prejuzgar no es una buena filosofía, pero qué podía pensar de una civilización que se desarrollaba en tan extrañas circunstancias.

   -Es un modelo de desgaste, de erosión artificial, cuando los humanos que habitaban la superficie tuvieron que guarecerse del gran cataclismo que supuso el ultrarrecalentamiento de la atmósfera…

   -Y los ekstrim, claro, huyeron con ellos.

   A Domenica no le satisfizo nada la interrupción, y menos aún que fuera causada por la ingenuidad de un inminente bautizado, que debía ganarse su estima con algún episodio de audacia cinegética.

   -Los ekstrim jamás huyen, sólo se adaptan. Métetelo en tu cabezota.

   Mientras que nos desperdigábamos por el mundo subterráneo, Domenica me demostró que, aunque aquélla era la primera vez que lo pisaba, sin embargo, se había documentado sobre el medio en que íbamos a movernos con el fin de inocularse la mejor vacuna contra la transmisión de la intolerancia. Asumiendo los recursos, la tentación de caer en cualquier tipo de osadía, sería extinta.

   -Se cree que los ekstrim provocaron una hecatombe termonuclear para llegar al punto en el que los humanos de este planeta están, a fin de crear un nuevo sistema de civilización donde el control sobre los mismos fuera supremo. Y por eso estamos nosotros aquí, para evitar que el mal sea irreversible. Tenemos que devolver a estos terráqueos su orgullo, su libertad.

   Los adelantos tecnológicos les habían permitido crear ciudades a lo largo y ancho del subsuelo, y era hacia sus luces a donde nos dirigíamos.

   La programación se hacía efectiva siguiendo el plan de rastreo designado, y cuando la caverna se entroncó con una nueva intrusión cortical, los infrarrojos de nuestro sistema óptico fueron mermados. El corredor lítico resplandeció y nuestros pasos comenzaron a ser espiados. Unas videoesferas vidro del tamaño de un puño flotaban en torno a nosotros sin interrumpir en ningún momento la apurada marcha.

   El pasadizo ascendía y descendía en múltiples zigzag horizontales y parecía no tener fin, hasta que Domenica, que me precedía en unas cuantas cabezas, desapareció de improviso y el foco de luz que lo seguía se detuvo en seco, anunciando a los demás que tenía ante sí una suerte de tobogán de declive casi vertical que se perdía en la oscuridad.

   Debatimos sobre las expectativas y me lancé el primero en busca de mi compañero, deslizándome vertiginosamente sin pensar en cuál sería el resultado de aquella pequeña aventura.

   A medida que caía, notaba que una corriente de aire llegaba desde lejos, suave al principio, intensísima a medida que se adivinaba una tenue claridad en lo que debía de ser la desembocadura del deslizadero, que me iba frenando con su choque frontal y desgarraba en tensión los flexotensores del cuello en mi intento de mantener erguida la cabeza para no perder detalle de lo que me antecedía.

   El ángulo de incidencia se fue abriendo hasta permitir que todo mi largo rozara con la superficie del tobogán y que, no pudiendo resistir la tensión, mi visión se llenara con las rugosas paredes del hemicilindro que por encima de mí iban pasando.

   La horizontalidad frenó la caída y la inercia la amplió, hasta detenernos bajo una luz día que nos mostró una muralla dorada que ya Domenica estaba palpando. Si uno torcía la cabeza hacia la derecha, veía más muralla interminable que se perdía en el horizonte. Si lo hacía hacia la izquierda, ésta era tragada a unos pocos cientos de metros por la oscuridad más densa.

   Un gran portón del mismo material se levantaba ante nosotros, y mientras iba llegando el resto, y los que estábamos estables de pie sorteábamos las embestidas de los que terminaban su resbaladizo trayecto, Domenica dirigió su biorradar hacia las alturas, donde pretendidas nubes llenaban el techo existente entre el acantilado que nos había vomitado y la refulgente fortificación.

   -Espero que mi información sea exacta.

   Las esferas espías, que aparentaban habernos abandonado, hicieron silbar el aire cuando llovieron desde aquellas nubes hacia nosotros, incrementando su número en igualdad al nuestro.

   -Existe una superficie especular que parece recubrir toda esta bóveda que nos engaña con el efecto óptico de distancias inconmensurables hacia lo alto para ofrecer la sensación visual de morar bajo un cielo abierto.

   -¿Morar? ¿Quiénes?- varios de nosotros interrogamos a Domenica mientras simulábamos sentir indiferencia por nuestros marcadores, que estarían enviando nuestras videoimágenes a los enigmáticos sujetos de nuestra pregunta.

   En la gran puerta de goldueno, metal equivalente en color y maleabilidad al oro gaiano, estaban depositadas nuestras esperanzas, y la pequeña vibración que se dejó sentir bajo nuestros pies anticipó que las macizas hojas empezaban a girar sobre sus pernios.

   La mitad de las hostigadoras esferas encendieron sus superficies con un baño de fotones, dibujando un mapa de intensidades que se concretó en un rostro sonriente y parlante.

   -¡Sed bienvenidos, habitantes de la luz! ¡Pasad y sed con nosotros! ¡Atravesad la Jaundüm y dejadnos ser vuestros!

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 4

IV

   Hoy, Día 3.

   Varios focos de luz fuimos aleccionados en el cerco al ekstrim y en el subsiguiente ceremonial de apertura de las mil puertas.

   Cómo maniobrar en la sibilina circunstancia del prendimiento, con los premeditados y automáticos movimientos que finalizan en la profanación del individuo objetivo.

   Coraje.

   Yuxtaposición de las abstracciones de los análisis, síntesis y comparaciones aportados por los miles de billones de bits contenidos en ambos hemisferios, y el torrente que había que embalsar en el símil de cuerpo calloso, para luego desconsagrarlo con el pinchazo-taladro vaciador-trasvasador y la inoculación de la vacuna lobotomizadora.

   Las bestias no razonan.

   Me acoplaron un compañero llamado Domenica con el que se suponía debía compartir misiones. No lo había visto en el horno de convicción por lo que supuse era de anterior promoción.

   Con su voz, suavemente aguda y susurrante, me habló de lo que esperaba de mí, pues parecía ser que su anterior pareja lo había decepcionado en demasía, aunque no me especificó en qué.

   -No tengo autorización para darte los detalles. Olvídate de él. Lo que te propongo es que estés ojo avizor y que tus reacciones sean más instantáneas que las suyas. Dentro de media jornada saldremos al exterior y te enfrentarás con la realidad de los datos que te han sido cedidos en programación.

   Me sentía plenamente preparado, pero lo que no esperaba es que nos metieran a doscientos veinticinco en un carguero rumbo a un mundo del que solo nos dieron el nombre en los mapas estelares.

   -¿Has estado alguna vez en Terra XIX?

   Domenica confesó que era también su primera vez y que le parecía buena idea que nos enviaran a un planeta en el que, salvo por la experiencia adquirida, estuviéramos en igualdad de condiciones.

   -Así nos cogerán por sorpresa los mismos hábitos y apariencias sociales. Es emocionante desembarcar en un virgen.

   Me explicaron, entre todos los veteranos, que un virgen era un mundo en el que andaban a sus anchas el cien por cien de los ekstrim, y que éramos catapultados hacia él porque estaban a punto de cumplirse las condiciones para provocar una Gran Muerte local.

   Me impresionó el tamaño del anillo magnético incrustado en una gran barrera de inercia. Me impresionó la soledad del páramo, que se hacía más radical tras la barrera. Las torres de anclaje y sus huecos antigravedad iban engulléndonos.

   -Los servidores pilotos permitieron, en su día, que se llevara a cabo el primer viaje piónico. Las ingentes aceleraciones destrozaban a los Jefes. Sólo nuestros cuerpos inorgánicos y nada quebradizos permitieron el milagro- las lecciones de Domenica, así lo aprendería con el tiempo, rellenarían todas las lagunas de mis registros mnemohistóricos, y su embelesadora voz, a la que ya me estaba acostumbrando, me hacía volar con el pequeño sector de imaginación que se nos permitía-.

   El anatomórfico acolchado me sujetó con el vacío creado en el espaldar. Domenica no estaba a mi lado. Sus formas lo clasificaron para ocupar otra casilla en el compartimento de carga. Creía verlo a lo lejos, pero los infrarrojos selectivos no me aseguraron que fuera el de las gráciles formas que se dejaba ceñir al otro lado del brazo de espiral.

   De nuevo, otra sonda craneal me traspasó el vínculo sagrado. Conectado, iba a presenciar el despegue como si fuera parte integrante de la nave. Conectado, iba a sufrir los efectos atenuados que iban a estremecer la estructura de la kilométrica tobera magnética.

   Me relajé, desconecté los oculares, y me sumergí en las reacciones que tenían lugar en la planta motriz: la aniquilación mutua entre protones y antiprotones y la producción de los piones, que nos empujarían a nuestro destino a la velocidad de la luz; la tobera los canalizaría y el gran anillo los encauzaría hacia el vacío estelar y, al otro extremo, nuestros cuerpos casi rozarían las estrellas en un suspiro.

   Focos de luz a través de la luz para sembrar oscuridad.

   Hoy, Día 3, Focodeluz.

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