LUZTRAGALUZ. Capítulo 14

XIV

   “Hoy, Día 76, prefiero dormir.”

   Éste es el último registro del que tengo constancia en mi diario interno.

   No entiendo.

   Hoy, Día 77.

   Estoy en La Catedral.

   Cautela.

   Soy un desprogramado servidor virado, con instrucciones dislocadas, con permutaciones inaceptables.

   Soy un foco de luz desconsagrado.

   La mano derecha, el dedo índice. El filamento negro. La inmundicia fluente. Deleite con las etéreas voces de los llamados ángeles, captadas más allá del paso a la cadencia del abismo. Y la ilusión, el espejismo eterno, de la trama básica de la existencia. Y la voz, cáustica desde el primer envite.

   Tradúceme tu impaciencia. Si alguien te examinara en profundidad, se daría cuenta que sólo aparentas, y tu estado anímico te delataría como el impostor que eres.

   La brecha abriéndose hasta dejar entrever el interior nauseabundo.

   El poder que detentas te apantalla, te libera de muchos tipos de agresiones, pero habrás notado, seguro que sí, que no eres inmune a la discordia jerárquica que me embravece, pues soy tu Señor, pues soy tu Creador.

   El implante, descubierto. La mentira, desbaratada.

   Nova Lux, Aeterna Lux.

  No hay diferencia.

   Él seguiría siendo inmortal, omnipotente y omnisciente; seguiría siendo la megacomputadora autoregenerada y eternamente autoevolucionada que creó a los ekstrim. Pero yo haría todo lo que estuviera en mi mano para trastocar sus objetivos. No utilizaría a robots y humanos en beneficio propio.

   Nunca más.

   El Señor debería tener una sobredosis de su propia medicina.

   Los hermanos, pilotos visionarios, respirarán tranquilos con el ajuste de cuentas.

   Hoy, Día 77. Registro interno en cuenta atrás para autoanulación: Tres, dos, uno.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 13

XIII

   El joven caminaba meditabundo, apesadumbrado, pero con paso ligero. No podía, no debía, mostrar fragilidad, flaqueza alguna, cuando se presentara ante El Creador. Y ya tenía a la vista la inconmensurable majestuosidad de La Catedral.

   Las tres plantas del edificio eran cómodamente accesibles desde los diez elevadores estratégicamente distribuidos, pero su sentido de autodisciplina le obligaba a seguir forzando su aparato locomotor aprovechando la agradable inclinación de la escalinata.

   Al final del trayecto, dos androides, que corrompían el ambiente espiritual de La Catedral con sus brillantes uniformes plateados, le salieron al paso. Sabía cómo debía ser el trato con aquellos dos servidores, seres diseñados especialmente para cumplir roles determinados, tan diferentes e infinitamente más limitados que los focos de luz y, por supuesto, que los ekstrim: Respuestas directas, tajantes, a modo de órdenes, mirándolos fijamente a sus burdas ópticas oculares, sin casi pestañear, pues cualquier gesto anexo podía ser tomado por una amenaza contra la que actuar sin consideraciones.

   -Placa de identificación -dijo uno de los servidores, con su impersonal falta de entonación en el hablar.

   -No trabajo aquí, soy visitante. Me han dicho que El Creador puede darme respuestas.

   -Identifíquese ipso facto- soltó a bocajarro el segundo, a la par que acercaba su lustroso rostro al del que consideraba temeroso y apabullado.

   -Adeldran, foco de… piloto visionario -a punto de dibujar una sonrisa que le hubiera valido muy cara, se retractó cuando el primero que le había hablado hizo tentación de cargar a potencia aturdidora su arma reglamentaria.

   -Acceso permitido, El Creador espera -afirmaron al unísono, al tiempo que se cuadraban al más puro estilo castrense, imitando una de las innumerables y arcaicas costumbres humanas con la que alguien pretendió enraizar su unilateral dependencia.

   Un corredor, de mármol rosa, parecía no desembocar en ninguna otra estancia. Al menos, en apariencia, debería seguir andando hasta que uno o más servidores filtraran el nuevo paso al Caelum. Pero su tiempo de reacción fue demasiado prolongado ante la nueva sorpresa.

   Cuando, desde su perspectiva, percibió que había recorrido unos sesenta metros, el mundo se hizo añicos: Millones, billones de cristales espejados caían desde todos los puntos dimensionales hacia él. Instintivamente, se tapó los ojos con el antebrazo derecho y echó cuerpo a tierra. Cuando, al creerlo conveniente, levantó la vista, no existían huellas de la catástrofe implosiva.

   El campo visual abarcaba una disposición reticular de infinitos espejos que, a modo de panal, le rodeaba con los infinitos reflejos de su figura. Y se veía a sí mismo emplazado en distintos lugares, adoptando diferentes reacciones vitales. Los segundos claves de su trayectoria, uno a uno, sin correlación cronológica. Actos y dichos que le situaron en una de las pistas dimensionales y no en otra. Los recordó y reconoció como propios y, apabullado por la información que minaba sus retinas, optó por clausurar su sentido visual. En vano, pues seguía enlazado por enigmático método a los recuerdos. Y tal como vinieron, se fueron.

   El silencio absoluto sustituyó al maremagno y, como cortándolo por un relámpago, la sentencia se dejó escuchar con resolución extrema.

   -¡¡¡Diagnosis: Humano en No Humano!!! Puedes seguir. ¡El Creador te quiere a su lado!

   El Caelum, una bóveda de doble cañón, le arropó y el mármol rosa le calmó. Al fondo, lo que podía tomarse por un ábside, que completaba la construcción que justificaba la elección popular de su nombre.

   Se paró en seco porque el camino daba lugar al vacío con la caída vertical de las tres plantas.

   -¡Adelante! ¡El vacío es forma, la forma es sólo vacío!

   -¿Es aquí donde moras?- dudó por un instante en seguir con lo que la Ley consideraba como osadía, pero al no recibir réplica alguna, se envalentonó y continuó gestionando a la no presencia-. ¿Es cierto que ya estuve aquí?

   -¡Da el paso y entrarás en mi reino!

   La caída, pensó, iba a ser bestial. Quizás estuvieran preparados los servidores pertinentes para evitar, en último momento, la estampada, y así El Creador sopesaría en su justa mano la magnitud de su fe.

   -¡Da el paso y estarás en mi seno!

   Ante las opciones que tenía, eligió el sentido común.

   Asomó el pie izquierdo y tanteo, y allí donde debería estar la nada, existía rigidez sólida. Desenfocó los ojos y los dirigió a su pie, y bajo él vislumbró un puente, y siguiendo su borde transparente hacia el horizonte adivinó una silueta homomorfa. La razón desequilibró la balanza y anduvo. El engaño visual había surtido efecto y Adeldran levitaba.

   -He adoptado esta forma porque es mejor absorbida por tus subprogramas.

   La sombra dejó de ser negro y de tragar luz para dejarse rellenar por la imagen nítida del poder.

…………………………………………………………………………………………………………..

   Las fases del contacto habían allanado las suspicacias de Adeldran.

   La levitación, que iba a ser permanente, y la presencia de El Creador, le introdujeron en suspensión mental y así asimilaría conceptos e ideas con pureza.

   -¡¡¡Acciona tus oculares!!!

   Obedeció.

   -Es momento de que te dé las claves.

   Acató.

   Adeldran miró a El Creador directamente, sin sentir barreras inherentes a la jerarquía. Quería adivinar cuál sería su aspecto sin el disfraz. Sus tres metros de altura y complexión robusta daban confianza, la que le restaban sus dos grandes manos, que movía con aspavientos acompañando cada expresión hablada.

   -Fuiste, has sido, eres y serás un mártir.

   Se hizo el silencio. Hermético, esperpéntico, como tantas veces se había mascado en aquel ambiente cuasi sagrado.

   Adeldran decidió mostrarse cauto a partir de que uno de los dos volviera a romper el helado paréntesis.

   -Tú, querido Adeldran, nunca lo has creído así, ¿verdad?

   El Creador pululó. Restalló y una cascada de haces de luz se derramó desde su interior. Conservaba indemne el contorno, aunque éste también fluctuaba. Y Adeldran sospechó.

   -¿Qué clase de engaño es éste? ¿He podido llegar hasta aquí para que se me manifieste un ridículo… holograma?

   La silueta se multiplicó y llenó el espacio que rodeaba al ofendido.

   -¡No hay engaño! Soy Yo siempre entre tú y la nada. ¡Mira!

   Y un dedo centelleante rugió en un arco y un gran holograma cilíndrico, en el que Adeldran se hallaba inmerso ocupando su centro geométrico, mostró imágenes discordantes:

   Alineados cientos de elefantes que pisaban con sus patazas las arenas improbables de un desierto metálico, y según iban volviendo a machacar lo estrujado por los anteriores, los granos compactados sufrían metamorfismo, y los que no entraban en ese juego físico resbalaban precipitándose en un alud que enterraba a miles de androides humanimorfos que reptaban en una cota más baja; las rocas metamórficas que iban mostrándose al aire libre tenían formas de tronco, extremidades y cabezas, todas ellas unidas por una lógica funcional que no añadía, aparentemente, nada nuevo al paisaje de desolación sin sentido. Inertes los miembros desenterrados, cobraban vida en cuanto una voz clamaba “¡Vive!” y alzándose al cielo se erguían junto al resto del cuerpo bruñido que era impactado por los primeros rayos de un sol tan cercano que fundiría si la densa atmósfera no los escudara. Las últimas trompas se enlazaban con los rabos que antecedían y se escapaban del campo visual de Adeldran.

   -¡Cruel metáfora! Pero, ¿estoy yo liberado o voy a ser aniquilado? Ya he sido enjuiciado demasiadas veces, así que, en uno u otro sentido, quiero un final definitivo.

   El Creador, El Señor de todos los Cyborgs, estalló en una carcajada que retumbó en todo el volumen de La Catedral. Debió de hacerlo en varias frecuencias sonoras porque Adeldran sintió un chasquido dentro de su cerebelo e intentó, en vano, desconectarse de la información que no filtraban sus pabellones auditivos.

   -¿Es ésta la respuesta?

   Se hizo la oscuridad absoluta y, sin el cese de la burla humillante, desapareció cualquier atisbo de manejo audiovisual, y Adeldran no pudo captar, con su visión por infrarrojos, ninguna señal de vida, natural o artificial.

   -Aquí empezó mi andadura a tu servicio, aquí empezó la infamia de mi esclavitud, la infamia de tus manejos, y parece ser que aquí termina la lujuria de mi conocimiento. La búsqueda del mismo acaba en las bases de un simple juego, cuyo fin último desconocen los jugadores. Seguiré sin saber qué soy, quién soy, por qué soy y para qué soy, porque he sido satisfecho en el por quién soy. Uno de los peones, Unus Primor, me advirtió con su desasosiego. Otro, el piloto visionario Vladis, me advirtió con su soberbia. No sé dónde encaja Domenica, aunque sé que practicó la apertura de las mil puertas conmigo, cuando yo aún me creía humano. Quizás hubiera sido mejor que me desprogramarais cuando El Gran Jefe advirtió mi heterodoxia. ¡Y aún os atrevéis a calificarme de Humano en No Humano!

   Cesó también el sonido.

   El aparato fonador del Adeldran desquiciado era nulo en el vacío.

   “La forma es vacío, el vacío es forma.”

   Horrorizado por los pensamientos, salpicados de maquiavélicos esperpentos, capaces de espantar a los monstruos de las ideas que giraban espídicamente sin atisbos de un principio, sin atisbos de un final coherente. Gastando, malgastando, los sacrificios precedentes, los suyos, los producidos por haber querido ir siempre contracorriente.

   Tanto horror encauzado al bochorno era vergonzoso y catapultaba a la miseria más profunda.

   Pensó que lucharía eternamente, para no conseguir absolutamente nada.

   La presencia física, material, existía, porque un roce, casi imperceptible, le susurró al oído izquierdo.

   -Modales extraños los tuyos… La estrella será nova.

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LUZTRAGALUZ. Capítulo 3

 III

   Hoy, Día 2.

   Se nos llevó a un lugar llamado La Catedral, donde altas y robustas columnas apuntalaban un escenario único en el que cientos de focos de luz eran sintonizados en una suerte de horno de convencimiento, y acabamos sentados en interminables hileras de escabeles de aluminio, lo que nos llevaba a apoyar nuestras manos sobre las prominentes rótulas, dándonos el aire de apaciguamiento, uniformidad y servilismo que nuestros instructores buscaban mostrar a su superior, ese alguien invisible en las sombras y al que supe llamaban Gran Jefe.

   Mirando a ambos lados de mi cara, creí ver que se multirrepetía mi gesto, y aunque la realidad se ceñía a un eco fáctico, el trasfondo de aquella acción englobaba el efecto de la red funcional a la que todos estábamos enlazados. Una cimbreante sonda les traspasaba el cráneo, y yo, como actor de aquel eco fáctico, debía de estar sufriendo la misma táctica en el mío.

   Semiencogidos, y asaltados nuestros pensamientos, fuimos aleccionados con lo que se esperaba de nosotros. Los datos matemáticos, ideográficos, abstractos en definitiva, iban siendo trasvasados a nuestros bancos e íbamos siendo puestos en antecedentes sobre nuestra misión.

   El ambiente de La Catedral me era extraño. El silencio era roto a veces por un difuminado ronroneo, y la frialdad desatada por la temperatura de la luz, que daba a todo un color verdoso, me colocaba en un estado de aislamiento difícil de calibrar. Allí, acompañado por una multitud que era una conmigo, decidí indagar en el porqué de mi entidad, y el colectivo robótico al que estaba enlazado me dio su respuesta.

   Debía de estar pasando lo mismo por la mente de más como yo, pues la solución a los enigmas no fue individualizada.

   No sé cuál debía ser el ceremonial de mis puertas neuronales, pero sé que las redes corticales de mi sistema fueron estimuladas por el hipocampo, y mi memoria antigua se reactivó, embarcándome en la aventura de mi nacimiento, el primigenio, de mi faceta como ekstrim, piloto visionario, y de la súbita erradicación de mis actividades y el reingreso en la oscuridad mental.

   Fue el desarrollo de la neurona de silicio lo que llevó a los tecnólogos a elucubrar sobre las posibilidades del recubrimiento orgánico del titanio y la combinación de aparatos locomotores artificiales con réplicas musculares, de los sistemas vitales reestructurados con tecnologías microinformáticas y con la genética del carbono.

   Soy el fruto de una pirueta. La que un colectivo de pioneros realizó con el sistema nervioso y el cerebro: microcircuitos integrados instalados en caldos biológicos de máxima complejidad en los solapamientos químicos, dando lugar a los biochips moleculares que habitan en mi encéfalo.

   Fue la única salida válida al sinsentido de las mutaciones que se fueron instituyendo en la especie humana debido a la osadía de la biónica.

   Es curioso, casi podría afirmar que mi padre es un hombre hecho monstruo: el cibernauta, el cyborg astronáutico.

   Mientras que el contenido de información histórica saciaba mi sed indagatoria, la sensación de alienación se potenció cuando percibí la presencia de El Creador.

   La raza humana quiso dejar de ser planetaria y se lanzó a ser una malformación espacial: el hombre creó al superhombre, al cibernauta, mediante manipulaciones en su genotipo que, obviamente, se hicieron hereditarias. Y el objetivo no justificó aquellos medios. La ética ganó aquella jugada.

   El Creador informó al Gran Jefe del riesgo que detectaba en aquella gran masa cibernética de un desliz no aislable e ilocalizable. Recriminó duramente sobre la ligereza de los últimos controles de calidad. Se habían relajado en la selección y era incuestionable que se había producido la filtración de un espécimen no deseado que podía infectar al resto creando una masa crítica de inmanejables.

   Siguió bullendo la autoindagación con el flash de la idealización del primer servidor no humano.

   De basta construcción pero de indudable funcionalidad. Aquél era el primer eslabón en una cadena de éxitos exploratorios que llevaría al ser humano a salir de su encierro planetario. Los servidores irían ampliando los confines del Universo conocido y los humanos irían asentándose en todos los mundos geoafines.

   Chocó brutalmente, avasallando a través de la sonda intracraneal y fue ganando terreno sobre la corriente de autoconsciencia. La vacuna, una vez asimilada, igualaría todos los estados corticales de los conectados. El Creador había creído aplastar los análisis críticos de sus súbditos. Pero antes de silenciar completamente al hereje, un pensamiento escapó de entre los golpes del ariete antivírico y se abalanzó contracorriente sobre la omnimente.

   “Aún no sé que diferencia existe entre los ekstrim y nosotros. Ellos son fieles a su programación, independientes y enemigos de los humanos…”

   Misión adjudicada. Falsas apreciaciones anuladas.

   “… Nosotros, traidores.”

   Cuando la sonda me abandonó, encendí los oculares y el eco fáctico se reanudó.

   Las primeras filas habían sido evacuadas. Un orden preciso. La alineación, aplastante. Me preguntaba si los demás tenían aquellos pensamientos o era yo el único.

   Un apretón de manos del que esperaba a la salida de La Catedral. El Gran Jefe me estudió severamente y sesgó, con esta deferencia, la fluidez de los que me habían precedido y de los que me seguían. El Creador le había abandonado físicamente. Me susurró al oído izquierdo, rompiendo el protocolo, para que los demás no escucharan.

   -Modales extraños los tuyos.

   Fue en ese preciso momento cuando me di cuenta de que yo era, y no otro, la comprometedora y comprometida manzana podrida.

   Hoy, Día 2, Focodeluz.

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